Keith Haring llegó a Barcelona el 22 de febrero de 1989. Ya era un artista muy reconocido y cotizado y, de manera completamente desinteresada y fortuita, decidió pintar un mural en la ciudad bajo la sugerencia de su amiga Montse Guillén.
Eligió una pared vieja en la plaza Salvador Seguí, en pleno Barrio Chino (lo que hoy conocemos como el Raval). En aquella época era un barrio degradado, muy castigado por la heroína y la marginación. Allí, con un radiocasete sonando de fondo y rodeado de vecinos y curiosos, Haring pintó durante cinco horas seguidas. Usó un único color, el rojo, y trazó sin boceto previo un enorme mural de más de 30 metros contra la epidemia del VIH con un mensaje directo: «Todos juntos podemos parar el SIDA».


Una jeringuilla es asfixiada por una serpiente enorme que tiene escrito justo debajo la palabra «SIDA». Una pareja une sus cuerpos formando una tijera que corta al animal por la mitad y otra figura le coloca un preservativo en la cola. Con trazos sencillos y reconocibles, Haring dio visibilidad al problema, a la necesidad de prevención y a la importancia de la ayuda colectiva.




Haring murió en 1990 debido a complicaciones derivadas del VIH, justo un año después de su visita. Poco después, la fisonomía de Barcelona empezó a cambiar por las obras de los Juegos Olímpicos de 1992. La plaza donde estaba la pintura se iba a reformar y, según el Plan Especial de Reforma Interior del barrio del Raval, el edificio en ruinas que sostenía la obra debía ser derribado.



Él mismo lo concibió como una obra efímera debido al mal estado del muro. Sin embargo, su valor planteaba un gran dilema: ¿cómo salvar una obra de arte pintada sobre ladrillos destinados a desaparecer?
La solución que encontraron el Ayuntamiento y un equipo de restauradores fue realizar un calco a tamaño real. Colocaron grandes plásticos transparentes sobre la pared, repasaron cada línea con rotulador, perforaron los bordes para convertirlos en una plantilla y guardaron muestras del tono exacto de pintura roja. Poco después, las máquinas tiraron el edificio y el muro que había pintado Haring desapareció por completo.

Este calco se guardó en los fondos del Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA), y la obra se ha vuelto a materializar en el espacio público en distintas ocasiones:
- Noviembre de 1996: se reprodujo por primera vez a partir del calco durante unos meses sobre el muro de hormigón exterior que une la calle de Ferlandina con la plaza de Joan Coromines.
- 1998: dos años más tarde, volvió a pintarse temporalmente en ese mismo emplazamiento.
- Febrero de 2014: al cumplirse el 25 aniversario del mural original, la obra se volvió a pintar en ese mismo muro exterior gracias a la colaboración entre la Keith Haring Foundation, el Ajuntament de Barcelona y el MACBA. Actualmente permanece en el mismo lugar.

Esto abre un debate interesante sobre el valor del arte: si el muro original ya no existe y las versiones posteriores las han ejecutado restauradores, ¿estamos ante una obra de Keith Haring o ante una simple copia?
En la pintura tradicional de museo se suele rendir culto al objeto físico: el lienzo irrepetible que tocó la mano del artista. Pero el arte urbano y conceptual responde a otra lógica:
- Naturaleza pública y efímera: Haring sabía que pintar en la calle implicaba que la obra podía deteriorarse o desaparecer con el tiempo.
- El mensaje por encima del soporte: El objetivo no era crear una pieza de coleccionista para subastar, sino un mensaje cívico de salud comunitaria.
- Una obra que se puede reactivar: Igual que una sinfonía no pierde autenticidad cuando una orquesta la interpreta años después de morir el compositor, el calco permite «interpretar» la idea de Haring con total fidelidad.

El calco que custodia el MACBA demuestra que el valor de este mural nunca estuvo en los ladrillos viejos de 1989, sino en una idea clara que, gracias a esa plantilla, puede seguir hablándonos desde la calle varias décadas después.
