COMENTARIO HISTÓRICO ARTÍSTICO DE ‘LA COMULGANTE’ DE MARÍA BLANCHARD
CONTEXTO HISTÓRICO-ARTÍSTICO
A pesar de lo exótico del apellido, María era de la tierra de sobaos pasiegos y anchoas. María Gutiérrez-Cueto Blanchard nació en Santander en la primavera de 1881, en el seno de una familia burguesa liberal con tradición editorial.
Hasta aquí, todo parece en orden, pero la realidad fue muy distinta: qué desgraciaíta, gitana, tú eres teniéndolo tó. Porque, precisamente, a quien muchos/as consideran como la «Frida Kahlo española» compartió con la mexicana la condena de un revés físico que condiciona su existencia. Y también afectó a la espalda, aunque de forma muy distinta. En su caso, nada de tranvías, fue un accidente sufrido por su madre, Concepción, durante el embarazo. Cosas de la burguesía es tener caballos y cosas de caballos poner en bandeja el riesgo de caer intentando alcanzar un estribo que se escapa entre las manos.
El resultado fue que María nació con cifoescoliosis, es decir, con una joroba que la marcaría para siempre. Y no es exageración: la que hoy se considera la dama del cubismo español —una de las más brillantes representantes de la vanguardia parisina de comienzos del siglo XX— cargó con una gran cruz por su físico. Tanto, que la gran escritora María Laffitte, afirmó sin rodeos que “la habían borrado de la vida” al no ser apta para los hombres, el matrimonio ni la maternidad. Pero lo más triste es que la propia pintora llegó a decir que:
“Cambiaría toda mi obra por un poco de belleza”
María Blanchard
Mátame Camión. Renunciar a tu infancia, a tu juventud, a tu carrera. Dejar un puesto como profesora en la Universidad de Salamanca por las vejaciones constantes de los alumnos, sin que nadie hiciera nada. Pero así son las cosas y así se las hemos contado. No fue la primera y será la última.

Si se puede llamar suerte —o más bien la nuestra, por poder admirar su obra—, toda esa frustración y tristeza se transformó en pincelada, técnica y emoción. Dentro de la pena de su vida, París le ofreció su etapa más sanadora, rodeada de personajes que no tenían mucho tiempo para fijar su mirada en chepas o cojeras más allá de sus pinceles y vasos de absenta.
Juan Gris fue su gran amigo, y junto a Picasso compartió la admiración por ese nuevo concepto cubista que en España tachaban de “payasadas”. Ante el paletismo reinante y las burlas acumuladas, la pintora decidió borrar todo rastro de “españoleta”, firmar como María Blanchard y quedarse en la capital francesa, renegando de sus orígenes.
Digamos que en Paris logra malvivir con cierta tranquilidad. Pinta bastante, expone y recauda poco pero, al menos, rodeada de gente entre la que se siente segura, aunque imagino que tampoco puede decirse querida. De su historia como persona puede intuirse tremenda pena y desgracia; de su legado como artista puede afirmarse que, quizá, fue la pintora española más importante de la pasada centuria.
ANÁLISIS DE LA OBRA
‘La comulgante’ transmite poesía. Un atisbo de abandono en un ambiente mágico. La autora lo comenzó en 1914 pero no fue hasta seis años después cuando lo retomó con motivo de su exposición en el Salón de Independants de Paris.
El lienzo nos sitúa ante una escena que parece fue recurrente en la pintura de la época. Una ¿niña? vestida de blanco, con el traje rígido y ceremonioso de la primera comunión, se presenta rodeada de todo el arsenal religioso-simbólico: el misal, la limosnera, la estampita, un cirio (quizá) algo desproporcionado. Todo parece pesar de más y, aun así, la figura está flotando en el espacio suspendida frente al altar. La mirada es neutra, no busca nada e, incluso, es difícil apreciar a dónde o qué observa. Y ya veis qué cosas más raras de cupidos, amorcitos; un tanto amorfos pero reconocibles.

Obviamente, esa fealdad aparente en protagonista y detalles es del todo buscada. Se muestra una belleza agria, una crudeza aparente. Una tela artificial, una pantomima decorativa y un maquillaje payasal. Mi sensación es que la figura no es una niña, representa un sentimiento de mujer atrapada en un figuración tradicional e irreal que se rodea de símbolos impuestos por la naturaleza opresora y asfixiante. Puede que esté embarazada, puede que no o que esa criatura nunca vea la luz. O igual llega a nacer pero rodeada de oscuridad.
La habitación claustrofóbica amontona mobiliario y decoración, con desorden, sin perspectiva pero, el mismo tiempo, captando lo devoto y espiritual del momento.
De nuevo, la condesa de Campo-Alange, María Laffite – quien escribió su biografía- resumió la escena con una frase reveladora: “La rigidez de la niña es la crítica inconsciente de la crueldad que encierra a veces la inocencia”. Una censura silenciosa hacia quienes, siendo ángeles en teoría, le negaron caridad y amor. Pero yo añado que también podría ser la representación de una adulta que guarda las mismas crueldades, disfrazada de niña.
El cortinaje rojo recuerda al uso que le dio Velázquez en obras como Las hilanderas o el retrato del Papa Inocencio X. Hay quien asegura ver en sus pliegues el rostro de un demonio acechante. Otros se fijan en las alas de los ángeles, donde los colores de la bandera francesa parecen insinuar la nostalgia de una libertad perdida.
En definitiva, esta obra no creo que represente una escena religiosa: más bien sirve como espejos cóncavo y convexo de la infancia, la fe y la soledad. Un grito silencioso pintado con la misma intensidad con la que María Blanchard vivió su lucha entre la belleza que anhelaba y la realidad que la condenaba.
CURIOSIDADES
Ramón Gómez de la Serna fue su primo. Creció cerca de la novelista Concha Espina. El pintor André Lhote dijo de ‘La comulgante’ que: «constituye un éxito casi escandaloso. No hay crítico de arte que no celebre en términos entusiastas esta revelación…». Fue compañera de piso de Diego Rivera y, de esa forma, terminó enamorándose del mismo hombre del que lo hiciera Frida, casualidades de la vida.
Federico García Lorca pronunció una conferencia en el Ateneo de Madrid, poco después de la muerte de María Blanchard, en 1932. Una elegía póstuma como las muchas que le debemos a él. También Clara Campoamor organizó actos para rendirle homenaje.
Cuando yo saqué mi cuartilla para apuntar el nombre de María y el nombre de su caballo me dijeron: «es jorobada».
Federico García Lorca
Quien ha vivido como yo y en aquella época en una ciudad tan bárbara bajo el punto de vista social como Granada, cree que las mujeres o son imposibles o son tontas. Un miedo frenético a lo sexual y un terror al «que dirán» convertían a las muchachas en autómatas paseantes, bajo las miradas de esas mamás fondonas que llevaban zapatos de hombre y unos pelitos en el lado de la barba.
Y, a pesar de todo, su huella decisiva en la renovación del arte del siglo XX fue ninguneada y olvidada hasta hace dos días como quien dice. Un puñado de exposiciones recientes, como una retrospectiva en el Museo Picasso de Málaga; o su inclusión con tres cuadros en una muestra de la pintura española del siglo XX en la Fundación Masaveu de Madrid o su presencia en la exposición Esperpento en el Reina Sofía, son salpicones resplandecientes.

Precisamente, el Museo Nacional de Arte Reina Sofía atesora 15 obras de la pintora santanderina. Pero, a decir verdad, una menos de las que querría.
La polémica entre el Museo del Prado y el Reina Sofía surgió en 2021 cuando el Prado adquirió ‘La Boulonnaise’. Según un decreto de 1995, el Prado gestiona obras de autores nacidos antes de Picasso (octubre de 1881) y el Reina Sofía las posteriores, pero Blanchard nació en marzo de ese año, lo que permitió la compra. El Reina Sofía se enfurruñó porque, según su criterio, la pintora se asocia al arte moderno y vanguardista, tradicionalmente bajo su catálogo.
Un desaguisao que, a su vez, reabrió el debate sobre si la división debe ser estrictamente cronológica o atender también a criterios estilísticos.
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