Este artículo no es para todos los estómagos. Trata un tema que rara vez aparece en los manuales de historia del arte, que incomoda en los museos y que genera reacciones viscerales incluso entre quienes están acostumbrados a las propuestas más transgresoras. Y, sin embargo, existe. Lleva décadas existiendo. Y sigue presente hoy.
Sangre, orina, excrementos, leche materna, lágrimas…. La lista suena a consulta médica, pero cada uno de estos fluidos ha sido el material elegido, deliberadamente y con todas sus consecuencias, por artistas que querían decir algo que el óleo o el mármol no podían expresar. No por incapacidad técnica, sino por una razón conceptual muy concreta: pocos materiales son tan inequívocamente humanos, tan físicos, tan inevitables.
El arte abyecto, término acuñado por la teórica Julia Kristeva y popularizado en los años 90, convierte precisamente en materia prima aquello que una sociedad rechaza, oculta o declara asqueroso. Y en ese gesto de mostrar lo que se supone que debe esconderse reside buena parte de su fuerza. Porque cada cultura decide qué considera repugnante, y esa decisión revela mucho más sobre sus valores y sus miedos que cualquier declaración oficial.
A continuación, se muestra un recorrido por algunas de las obras más llamativas de esta corriente, organizadas por el fluido que las protagoniza. No es una lista exhaustiva, pero sí suficientemente representativa para entender por qué esta práctica, lejos de ser una rareza, ha sido una constante recurrente en el arte del siglo XX y lo que llevamos del XXI.
Excrementos

90 latas numeradas y firmadas, cada una supuestamente con 30 gramos de las heces del artista, vendidas al precio del oro por peso. El gesto era una ironía feroz hacia el mercado del arte: si el artista es un genio, ¿acaso sus excrementos también tienen valor sagrado? Décadas después, algunas latas se han subastado por más de 200.000 euros.
Nadie ha abierto ninguna para verificar su contenido, ya que devaluaría su valor, lo que convierte el misterio en parte de la obra. Hay quien especula con que dentro solo hay yeso. Pero eso, en cierto modo, refuerza aún más la crítica: el arte vale lo que el sistema dice que vale, independientemente de lo que haya dentro.

El artista colombiano Fernando Pertuz llevó la performance corporal a uno de sus límites más extremos: defecó y orinó ante el público, para después consumir ambas excreciones junto con rebanadas de pan. La obra se inscribe en una tradición latinoamericana de performance política en la que el cuerpo del artista se convierte en escenario de denuncia social, pero la radicalidad del gesto va más allá de la simple provocación.

El título lo dice todo: lo que Pertuz señalaba era la capacidad de una sociedad para digerir cualquier cosa como la política, la guerra, o cuestiones mediáticas sin inmutarse. El acto de ingerir los propios desechos frente a un público que observa sin intervenir es una metáfora tan incómoda como literal.
Orina


A finales de los 70, Andy Warhol cubrió grandes lienzos con pintura de base metálica, principalmente cobre, e invitó a sus colaboradores y amigos a orinar sobre ellos. La orina reaccionaba químicamente con el metal produciendo manchas de oxidación de colores que iban del verde al naranja y el marrón, creando composiciones abstractas completamente únicas.
La obra es una referencia directa y burlona a las pinturas de acción del expresionismo abstracto, especialmente a Jackson Pollock, quien convirtió el gesto físico del artista en el centro de la obra. Warhol lo lleva a su conclusión más irónica: si lo que importa es el gesto corporal, qué gesto más corporal que este.

Andres Serrano sumergió un pequeño crucifijo de plástico en un recipiente con su propia orina y lo fotografió. El resultado es, paradójicamente, una imagen estéticamente bella. La luz atraviesa el líquido amarillo dorado y crea un halo cálido alrededor de la figura de Cristo, generando una atmósfera casi mística. Si no se supiera de qué estaba hecha, se podría pensar que es una imagen devocional.

Cuando se expuso en 1989 desató un escándalo político y religioso que llegó al Senado de EE. UU. y sirvió de argumento para recortar la financiación pública al arte. En Francia, una copia fue destruida por manifestantes. Serrano siempre insistió en que la obra no era una blasfemia sino una reflexión sobre la banalización de los símbolos religiosos en la cultura de consumo. Que una imagen sagrada pueda flotar en orina y seguir siendo bella es, quizás, exactamente eso.
Sangre

Carolee Schneemann, pionera del arte performativo y del uso del cuerpo femenino como material artístico, mantuvo durante varios meses un diario físico de su ciclo menstrual: dejaba secar su sangre sobre papel de seda, ciclo tras ciclo, construyendo un registro íntimo y completamente corporal del tiempo.
El resultado era un archivo tanto biológico como poético. Cada mancha era distinta en forma, intensidad y textura, y en conjunto componían una especie de calendario orgánico. Schneemann siempre defendió que el cuerpo de la mujer no era solo objeto de representación sino fuente legítima de conocimiento y de creación. Blood Work Diary es, en ese sentido, una de las propuestas más coherentes con esa idea. El cuerpo lleva su propio registro, y convertirlo en obra es un acto de autoría radical.

A lo largo de cinco meses, el artista británico Marc Quinn se extrajo sangre periódicamente hasta reunir aproximadamente cuatro litros y medio. Con esa sangre congelada rellenó un molde de su propio rostro, creando un busto de escala natural que debía mantenerse a temperatura de congelación constante para no derretirse.
La obra, que Quinn ha repetido cada cinco años desde entonces para documentar su propio envejecimiento, es una de las reflexiones más sofisticadas sobre identidad, temporalidad y fragilidad en el arte contemporáneo. El busto existe en una condición precaria: si el sistema de refrigeración falla, la obra desaparece literalmente. Esa vulnerabilidad no es un defecto sino el núcleo conceptual de la pieza: somos materia que solo se mantiene con las condiciones adecuadas.
Otros fluidos

Marcel Duchamp realizó sobre papel negro una composición abstracta utilizando su propio semen como pigmento. La obra fue un regalo para su amante de entonces, Maria Martins, escultora brasileña, y permaneció prácticamente oculta durante décadas. Cuando salió a la luz, su importancia histórica resultó evidente, pues probablemente sea el primer uso documentado de un fluido corporal como material artístico en el arte moderno occidental.

Jabones artesanales elaborados con leche materna de la propia artista durante su periodo de lactancia. La obra desplaza el fluido de su contexto íntimo para convertirlo en objeto público y funcional. La ambivalencia cultural hacia la leche materna, simultáneamente símbolo de ternura e incómoda en espacios públicos, queda encapsulada en un objeto aparentemente inocente.

Más de cien lágrimas recogidas, secadas sobre portaobjetos y fotografiadas en un microscopio. Fisher descubrió que cada tipo de lágrima tiene una topografía diferente: las de duelo no se parecen a las de alegría, las de irritación forman paisajes áridos y quebrados, las de emoción estructuras más fluidas. Las fotografías parecen mapas de territorios imaginarios. De todas las obras recogidas aquí, es probablemente la más cercana a lo poético: una arqueología del llanto.

Hay algo significativo en el hecho de que este repaso abarque desde 1946 hasta la actualidad. El uso de fluidos corporales en el arte no fue una moda pasajera ni una provocación puntual, si no que ha sido una herramienta persistente que distintas generaciones de artistas han encontrado útil para hablar de cosas que de otro modo serían difíciles de decir, o para generar discursos más contundentes, polémicos y provocativos.
Al final, quizás esa incomodidad es exactamente el punto. El arte abyecto no busca que te guste, busca que reacciones, que pienses por qué reaccionas así, y que te preguntes quién decidió que eso era asqueroso y desagradable y qué intereses protege esa decisión.
