COMENTARIO HISTÓRICO ARTÍSTICO DE DOCTOR POZZI EN CASA
CONTEXTO HISTÓRICO ARTÍSTICO
A pesar de que John Singer Sargent ya era un grande (con sus más y sus menos), a los críticos de la época este cuadro les pareció vulgar. Acostumbrados como estaban a ver delicadas, bellas, elegantes y distinguidas damas, es posible que el hecho de que se tratara de su primer retrato masculino de gran formato y cuerpo entero no terminara de convencerles.
Y, mencionado el artista, permitidme que, en esta ocasión, me centre en el retratado porque bien merece vuestra atención. Luego ya os cuento algo técnico y artístico en el análisis formal.
Samuel-Jean Pozzi llegó a ser tan célebre que los quioscos de París vendían postales con su retrato, rollo estampita. No en vano, el considerado como “padre de la ginecología francesa” profesó extensa práctica clínica y, sobre todo, meticulosas investigaciones dirigidas a hacer de la ginecología una especialidad médica independiente. Su fama traspasó fronteras gracias a su `Tratado de ginecología clínica y operativa´ publicado en 1890 que, traducido a seis idiomas, fue capaz de sentar y divulgar las pautas para que la mujer se sintiera cómoda durante las exploraciones y exámenes médicos en tan nobles zonas.

Cosa por la cual, bien merece un retrato o, ya puestos, una estatua de 50 metros en los Campos Elíseos. Así que, bien, sabemos de su pericia ginecológica pero, súmale: cirujano de renombre, librepensador y todo un seductor. De gusto refinado, Pozzi llegó a albergar una notable colección de arte. También se consideraba antropólogo, coleccionista de antigüedades. Y fue voluntario del ejército francés en la Guerra Franco-Prusiana y en la Primera Guerra Mundial. Político y activista, no se perdía un sarao, una actividad, una necesidad. Publicó al francés `Expresion of Emotions in Humans and Animals´ de Darwin; defendió a Alfred Dreyfus junto a Zola. Pero, por encima de todo y según los/as que le conocieron era “un amante excepcional”.
ANÁLISIS FORMAL E ICONOGRÁFICO
El cuadro es impresionante. Un rojo espectacular, y bien tratado, que se distribuye con maestría por sus más de dos metros de altura. En este período, Sargent estuvo especialmente interesado por representar la luz y el color aprendidos de la pintura española.
Los contemporáneos John y Samuel-Jean llegaron a entablar un gran amistad y el artista quiso sugerir a su amigo a partir de un atrevido y provocativo retrato muy lejos de los tradicionales de reputados médicos y doctores del siglo XIX que, en la mayoría de los casos, representaban rostros apagados sobre fondos oscuros que incentivaban la sobriedad de tan distinguidas mentes. Y a Pozzi, revolucionario como era, le encantó la idea.

El rojo lo invade todo, cada rincón: las cortinas, la atmósfera y, sobre todo, la amplia bata que le envuelve a modo de manto ceremonial. En tanta tela hay espacio para romper con la monocromía que parece querer destacar lo íntimo de la escena. Lo que se ve debajo de la bata es una camisa de noche de aire romántico a juego con la zapatilla bordada de aires principescos que emerge entre los pliegues del bajo. Y su rostro, altivo y orgulloso de haberse conocido. A pesar de ello, la mirada es serena y sincera. La barba y el pelo oscuros marcan la expresión y ponen la nota lago más dura a la íntima escena.
Será porque sabemos de su pericia pero son las manos las que terminan capturando la atención. Largas, precisas y elegantes, revelan tanto la destreza del cirujano como la sofisticación del hombre experto que sabe cómo utilizarlas. Moverlas.
Una de ellas juguetea con el cordón que ciñe la bata, cuyos pesados borlones caen de forma algo exagerada. La otra descansa sobre el pecho, recordando esos (forzados) gestos de honor y franqueza de los retratos nobiliarios de los siglos XVI y XVII. Sin embargo, el detalle del dedo índice doblado sirve para dotar de ambigüedad a la escena. Igual un poquito de insinuación que viene a mostrar a un personaje célebre por su encanto y poder de seducción, cuya personalidad estaba abocada a moverse constantemente entre la honestidad y el artificio.
CURIOSIDADES
La muerte de Pozzi contribuye con su vida novelesca y le pone el broche final a su espíritu caballeresco.
Básicamente, le pegaron tres tiros en el estómago en su propia consulta que, desde luego, no sirvió de refugio. El pistolero fue Maurice Machu, un señor al que había operado y que, según él, era la causa de su impotencia sexual. Debido a tal falsa creencia, Machu le exigía que le volviera a operar, pero nuestro doctor se negó a hacerlo y el resentido disparó su arma contra él primero para después hacerlo sobre sí mismo y suicidarse. Ya que te pones, haber elegido el orden inverso, criatura.
A pesar de lo esperpéntico de la escena, varios de sus allegados tuvieron tiempo de verle con vida, incluido el primer ministro, Georges Clemenceau (que también era médico, además de periodista). Le trasladaron a un hotel cercano y, uno de sus discípulos, el doctor de Martel, se hizo cargo de la intervención quirúrgica. Pozzi, consciente en todo momento, se negó a que le administraran anestesia general empeñado en dirigir la operación. Pero eran tres señores tiros. No pudo resistir mucho más. Eso sí, se reservó el último aliento para pedir que se le enterrara con su uniforme militar en el cementerio de Bergerac, su ciudad natal. Días después, Marcel Proust escribía a un amigo común: «mi dolor es muy profundo […]. Pienso en su bondad, su inteligencia, su talento, su belleza, en como lo he venerado constantemente…«.
Una última cosa. Por motivos obvios, si eres mujer me entenderás algo mejor. La llamada «pinza de Prozzi» es un instrumento ginecológico de vital importancia diseñado específicamente para la sujeción del cuello uterino durante procedimientos quirúrgicos y obstétricos. Sí, claro, fue idea suya y una de las muchas formas en las que su brillantez sigue viva.
