DAVID HOCKNEY
INTRODUCCIÓN
“Puedo decir con total honestidad que, durante los últimos sesenta años, he hecho lo que quería hacer cada día. Esto es algo que muchas personas no pueden decir.” David Hockney, de quien procede esta frase, hasta su reciente fallecimiento hace casi dos meses, el pasado 11 de junio de 2026, vivió sus 88 años como quiso, donde quiso y con quien quiso. Y no hubo día en las más de seis décadas de actividad artística que menciona que no se levantara cada mañana dibujando, esbozando nuevas ideas para cuadros y desatando su frenesí creativo en toda clase de medios y soportes.
En este artículo, basado en el vídeo que subimos a nuestro canal de YouTube hace una semana, trazaremos, a través de una parte mundialmente conocida de la obra de Hockney, sus piscinas, una refrescante experiencia en pleno verano. Y lo haremos a través del libro El mundo según David Hockney, con el que iniciamos una colaboración con la editorial Blume. Las páginas de este opúsculo de tapa dura, publicado en 2025, condensan una serie de declaraciones realizadas por el propio artista británico, organizadas en capítulos ilustrados con obras suyas reproducidas en alta calidad que nos permiten conocer, entre otros aspectos, su visión del arte, la naturaleza, la inspiración o las nuevas tecnologías. Os recomendamos esta amena lectura encarecidamente, que podéis adquirirla en tiendas físicas o en la magnífica página web de la editorial.
¿POR QUÉ PISCINAS?
Ya que este breve escrito gira en torno a las piscinas que tanta fama dieron a la carrera de David Hockney, un buen punto de partida es encuadrarlas y entenderlas en el contexto de su generación. Cuando se encontraba realizando estudios en la Escuela de Arte de su Bradford natal, allá por los años 50, dijo lo siguiente: “Descubrí que cualquier cosa podía convertirse en el tema de un cuadro: cualquier cosa era material que se podía utilizar. Eso hizo que me sintiera libre.”
Antes de cruzar el charco, Hockney plasmó en varias obras el grisáceo ambiente que llenaba las calles de Bradford, reflejo de la personal visión que tenía sobre Inglaterra, un lugar apagado, viejo y aburrido que aún tardaría años en permitir aquella homosexualidad que marcó la vida de nuestro artista. Fue este tedio inglés, entre otras causas, el que motivó su viaje a Estados Unidos, concretamente a California, “una tierra soleada llena de estudios de cine y gente guapa semidesnuda”, en palabras textuales de Hockney. A la semana de llegar, se había sacado el carné de conducir, comprado un coche y habilitado un estudio para pintar bajo la clara luz de la costa oeste americana.

En aquellos tiempos, el arte abstracto dominaba el panorama, y así lo expresa el propio artista: “En la década de 1960, la gente creía de manera rotunda que la abstracción era el camino que debía seguir la pintura. No había otro camino que seguir. Incluso yo lo sentía y lo seguía sintiendo cuando empecé a rechazarla.” Esta frase encuentra un irónico contraste con la siguiente: “Al principio, parecía que la abstracción iba a conducir a todo, pero no lo hace, ¿verdad?” Hockney sabía bastante de conducir en carretera, recién aprobado del práctico como estaba, y, cada vez con mayor seguridad, supo conducir firmemente las riendas de su trayectoria, por lo que, si bien pudo experimentar con el abstraccionismo, no pasó de ser uno de tantos lenguajes con los que fue moldeando el particular pluriestilismo que lo caracterizaría.

Fue a mediados de ese decenio cuando sintió una fuerte atracción por uno de los elementos más recurrentes en los chalés de Beverly Hills: las piscinas. Enamorado de la intensa luz californiana y los vibrantes colores que produce en aquellas tierras, Hockney quiso, a través de estos espacios acuáticos artificiales, exponer una serie de cualidades que permitieran al espectador percibir la belleza del mundo en algo tan sencillo, aprender que la vida es “emocionante, interesante, apasionante”, como solía declarar, que aunque muchas de las imágenes que nos bombardean a diario no son bonitas, el mundo, como concepto general, sí lo es si lo miramos el tiempo suficiente.
EL UNIVERSO EN UNA PISCINA

De las tantas ocurrencias que salieron de la boca de Hockney, una de las más curiosas es en la que nos apela de esta forma: “Nunca alcanzará los confines del universo en una nave espacial. Podría intentar llegar en autobús. Pero solo su mente puede llevarle hasta allí.” Al hilo del motivo que estructura este vídeo, es obligatorio preguntarse… ¿y por qué no intentar captar la infinidad del universo en una piscina? Mucha gente ha olvidado que “las pequeñas cosas sencillas son increíblemente ricas”, solía decir; las piscinas son el medio idóneo para recordaros este hecho.
A partir de los años 60, Hockney mostró un creciente interés por “pintar agua en movimiento de forma muy lenta y cuidadosa”, lo que devino no solo en sus famosas piscinas, sino también en obras donde aborda el agua de las duchas, la lluvia o la orilla del mar, que está siempre viva, y cuyos ritmos captó, por ejemplo, estando en Malibú. Según él: “El agua en las piscinas cambia su apariencia más que en ninguna otra forma: sus ritmos danzantes reflejan no solo el cielo, sino también la profundidad del agua.” Más que el agua en sí, que es incolora, Hockney estaba tratando de representar las transparencias y la luz que se refleja sobre su superficie.

El efecto positivo que el ambiente californiano confirió al ánimo del pintor lo convirtió en el lugar al que siempre solía dirigirse, por lo que es muy probable que, ya fuera de la lúgubre y tediosa Inglaterra, comenzara a valorar el presente, el aquí y ahora, que para él era eterno, y, si no se lo contempla con la intensidad suficiente, difícil de ver, pero, a través de sus ojos y sus palabras, podemos llegar a apreciar lo “hermoso, emocionante y misterioso” que es el mundo. Aunque podamos pensar que está muy podrido, “siempre es posible que haya algo bastante bueno en él”, como sus piscinas, auténticos bálsamos para el tórrido verano.
EL AMOR AL ARTE REFLEJADO EN UNA PISCINA
Cada mañana que se levantaba, Hockney, entre poner los pies en el suelo y terminar de despejarse, ya estaba pensando y anotando ideas a primera hora del día, fuera en sus cuadernos de apuntes o en el iPad, donde dibujaba flores frescas que regalarles a sus amigos. El amor, “único tema serio” según creía, lo manifestó en todas las facetas de su vida: amaba el mundo que lo vio nacer, amaba a los hombres y amaba, por supuesto, al arte por todo lo que le dio. “Los artistas, aunque estén muertos, permanecen vivos en sus obras”, y qué cierto es ahora que ya no está con nosotros.
“Hay que pintar lo se ama”, decía, y él siempre fue derivando de unos intereses a otros guiado por ese amor, por lo que, en un punto de su vida, llegó a enamorarse de las sensaciones, ambientes y estímulos que emanan de las piscinas. Fuera del prisma del arte, nunca creyó poder estar seguro de lo que veía, ya que es este el que nos hace ver el mundo, y es verdad que la forma en que los diversos artistas de la historia lo han representado tuvieron y siguen teniendo un profundo efecto en nosotros. Gracias a haber plasmado su forma de captar la realidad, gozamos a día de hoy de una amplísima cartelera de perspectivas con que alimentar la nuestra propia.

Mediante la fluctuante agua de las piscinas, uno es capaz de percibir la esencia de un artista que, fuera a donde fuese, siempre se mantuvo en continuo movimiento, buscando temas que pintar y nuevos medios de expresión. Para Hockney, “No puede haber arte sin juego”: con la constante experimentación, el artista siempre acaba sorprendiéndose de los resultados obtenidos, nunca cesa en su diversión y, ante todo, abraza el cambio en su camino hacia adelante, ya que él no quería quedarse solo con algo que hubiera encontrado.
HOCKNEY Y LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS
Bajo esta última premisa del cambio y la innovación, se entiende bien que Hockney nunca estuviera “en contra de las nuevas tecnologías”, al contrario, le encantaba probar toda clase de novedades técnicas y explorar sus posibilidades a nivel artístico. Es así como, en primer lugar, indagó en el terreno de la fotografía, por el que ha llegado a ser tan conocido como sus pinturas de piscinas gracias a sus “fotocollages”. Si bien muchos piensan que la fotografía es un calco de la realidad, lo cierto es que, como sentenciaba nuestro artista, no deja de ser otra forma de representación de la misma que ofrece una visión tan creíble como la que puede devolvernos una pintura.
Ambas disciplinas tienen sus más y sus menos, y, en relación a los patrones en movimiento que presenta el agua de las piscinas, Hockney tenía claro que la fotografía es incapaz de capturar la violencia de su dinamismo, pues el objetivo de la cámara solo puede congelar una fracción de segundo. En este sentido, la consideraba “bastante poco realista”, a diferencia del medio pictórico, cuyas herramientas posibilitan una experiencia mucho más auténtica pese a las limitaciones del soporte bidimensional.

En el afán de probar cosas nuevas, Hockney utilizó toda clase de avances tecnológicos para perseguir sus fines artísticos, como impresoras, faxes y computadoras. En las últimas décadas de su vida, como hemos apuntado anteriormente, se lanzó a crear piezas de arte digital empleando un iPhone y un iPad, que protagonizan una interesantísima etapa de su trayectoria. Tras una inmersión a fondo en ambos medios, llegó a una conclusión lógica para alguien que estaba más acostumbrado a lo tradicional: “Siempre se regresa al tablero de dibujo. Siempre. Incluso en el ordenador, se vuelve al tablero de dibujo.”
LA ALEGRÍA DE VIVIR EN EL AGUA DE UNA PISCINA
“No se puede negar el principio de placer en el arte, pero eso no significa que todo el arte sea fácil y alegre. Se puede experimentar un profundo placer al observar un cuadro de la Crucifixión.” Con esto en mente, Hockney, aún así, tenía claro que “El arte debería tratar sobre alegría”, y todo lo que hemos visto hasta ahora acerca de su obra, modo de vida y visión del mundo lo prueba con creces. Si, como él afirmaba, “Es responsabilidad de un artista preocuparse por el mundo”, teniendo en cuenta que parte de una concepción hedonista del mismo, el fin de un artista, según Hockney, es hacer que sus creaciones hagan feliz al espectador al ponerlo en contacto con dicho paraíso terrenal.
No obstante, no son pocos los problemas que uno halla en la senda hacia la felicidad en este valle de lágrimas, una de ellas haber perdido el contacto con la naturaleza, algo que le resultaba estúpido al artista inglés, puesto que formamos parte de ella, no estamos fuera de la misma. En parte de los entornos de las piscinas que pinta, Hockney presta una atención especial al factor natural, tan atractivo y fascinante como el rostro de las personas. “Enseñar a alguien a dibujar es enseñarle a mirar”, decía nuestro hombre, y quien se toma el tiempo necesario para aprender a ver las cosas del mundo, sin duda, está un paso más cerca de apreciar su belleza y lograr ser feliz.

EPÍLOGO
“Algunas hojas caen del árbol más rápido que otras. Como las personas. Algunas mueren antes, otras más tarde.” Para fortuna del mundo, David Hockney vivió 88 años, de los cuales más de sesenta los dedicó en cuerpo y alma a llenar el mundo de su variopinto arte, para que todos pudiéramos ver en él ese lugar de felicidad, belleza y movimiento tal y como lo captaban sus ojos, tal y como lo refleja el agua de sus sempiternas piscinas. Y tú, querido lector, ¿qué ves reflejado en las piscinas de Hockney?
BIBLIOGRAFÍA
GAYFORD, M. (ed.), El mundo según David Hockney, Barcelona, Blume, 2025
LIVINGSTONE, M., David Hockney, Madrid, Fundación Juan March, 1991
