Saturno devorando a su hijo

Ficha técnica

Título: Saturno devorando a su hijo
Autor: Francisco de Goya y Lucientes
Cronología: 1820-1823
Estilo: Expresionismo
Materiales: Revestimiento mural trasladado a lienzo
Ubicación: Museo del Prado, Madrid
Dimensiones: 1,43 m x 81 cm

COMENTARIO HISTÓRICO ARTÍSTICO DE SATURNO DEVORANDO A SU HIJO

Introducción

Imaginen cruzar el umbral de una casa en absoluto silencio. Es el año 1823. No hay luz eléctrica, no hay visitas, no hay aplausos. El sol se oculta sobre los campos de Madrid y las sombras devoran lentamente las paredes. Te adentras en el comedor de la planta baja… el espacio destinado al alimento, al refugio y a la convivencia diaria.

Pero en los muros de yeso no hay flores ni paisajes bucólicos. De la penumbra emergen visiones de pesadilla. Y en un rincón, iluminada únicamente por el parpadeo de una vela, hay una masa de carne informe y desgarbada que sostiene entre sus garras el cadáver de un ser humano.

Un anciano de mirada extraviada le hinca los dientes a un cuerpo ensangrentado. Se presiente el crujido de los huesos y el desgarro de la carne. No hay título original. No hay firma. No hay un contrato ni una transacción comercial detrás. Esta obra no fue encargada por un rey, ni expuesta en un salón, ni vendida a un coleccionista. Su autor la pintó en la intimidad más abrumadora de su vejez para no volver a explicarla jamás.

Hoy nos adentramos en el análisis definitivo de una de las pinturas más aterradoramente célebres de la historia del arte español. Un lienzo rodeado de enigmas, censuras ocultas, hipótesis sobre la salud mental de su autor y debates académicos que llegan incluso a cuestionar quién sostuvo realmente el pincel.

La caída del pintor de la Corte: La enfermedad, la sordera y la guerra

Para comprender por qué un hombre decide pintar semejante monstruosidad en el muro de su casa, debemos desmantelar el mito y mirar al hombre roto que sostenía el pincel. Francisco de Goya y Lucientes no siempre pintó pesadillas.

Durante décadas fue el retratista más cotizado y admirado de la corte española. Pintó a reyes, condes y duques con vivos colores y una elegancia deslumbrante. Sin embargo, en 1792, una enfermedad devastadora y misteriosa cambió su existencia para siempre, dejándolo completamente sordo.

Ese aislamiento acústico volcó su mirada hacia su propio universo interior. A partir de entonces, su obra se bifurcó: por un lado, los retratos oficiales para ganarse la vida; por otro, grabados y bocetos personales donde exploraba la locura, las supersticiones y la crueldad humana.

A su tragedia personal se sumó el desastre colectivo. Goya presenció los horrores brutales de la Guerra de la Independencia Española. Vio masacres, ejecuciones y miseria. Y cuando la guerra terminó, la ilusión de una España ilustrada se desmoronó con el regreso del rey absolutista Fernando VII, quien inició una feroz persecución contra los pensadores liberales

Anciano, sordo, traumatizado por la violencia de su tiempo y temiendo por su propia seguridad, en 1819, a los 73 años, Goya decide aislarse. Compra una finca junto al río Manzanares, a las afueras de Madrid: la ‘Quinta del Sordo‘. Curiosamente, la casa ya se llamaba así por su anterior dueño, pero el destino quiso que el nombre encajara a la perfección con el pintor. Allí, tras recuperarse a duras penas de una enfermedad que casi le cuesta la vida, emprende su obra más enigmática.

El mito clásico de Cronos y Saturno: La profecía, la violencia temprana y la devoración

Antes de mirar los trazos oscuros de Goya, debemos viajar miles de años atrás en el tiempo para entender la sangrienta historia mitológica que inspira este cuadro. En la mitología griega, este titán era conocido como Cronos; los romanos lo rebautizaron más tarde como Saturno.

Según la Teogonía de Hesíodo, el principio del cosmos fue una historia de violencia entre padres e hijos. El cielo, Urano, gobernaba de forma tiránica y enterraba a sus propios hijos en las profundidades de la tierra para que jamás le quitaran el poder. Su esposa, Gea, cansada de esta tiranía, conspiró con el más joven de sus hijos: Saturno. Armado con una hoz, Saturno castró a su propio padre, lo derrocó y se proclamó el rey supremo del universo.

Pero esa victoria venía acompañada de una maldición. Al tomar el trono, Urano y Gea profetizaron que Saturno sufriría exactamente el mismo destino: uno de sus propios hijos lo destronaría y terminaría con su reinado.

Consumido por la locura y el terror absoluto a perder su estatus divino, Saturno tomó una decisión espeluznante. Con cada hijo que daba a luz su esposa Rea, Saturno se los arrebataba de los brazos inmediatamente después de nacer y los engullía enteros para encerrarlos vivo en sus entrañas.

El mito concluye cuando Rea, desesperada por salvar a su sexto hijo, Zeus, engaña a Saturno entregándole una piedra envuelta en pañales. Saturno se traga la piedra pensando que es el bebé, y Zeus es criado en secreto hasta que crece, regresa, obliga a su padre a vomitar a sus hermanos y finalmente lo derroca, cumpliendo la profecía.

Esta narración mitológica ya contenía un componente atroz de canibalismo familiar y locura por el poder. Pero lo que veremos a continuación es cómo los pintores decidieron adaptar este mito… y cómo Goya lo retorció hasta convertirlo en algo puramente terrenal y aterrador.

El universo de las Pinturas Negras: La transformación de la Quinta del Sordo en un exorcismo visual

Directamente sobre la capa de yeso seco de las paredes de su casa, Goya comenzó a pintar catorce murales al óleo que la historia del arte bautizaría como las ‘Pinturas Negras‘. Es un hecho comprobado que los nombres con los que las conocemos no los puso Goya; fueron asignados años después de su muerte por historiadores e inventariadores.

Su paleta se redujo de forma drástica a negros de carbón, tierras, ocres, grises y destellos de rojo sangre. En la planta alta dispuso escenas alegóricas y misteriosas. Pero en la planta baja, en el comedor principal, situó las obras más asfixiantes.

Junto a ‘El Aquelarre‘ y ‘La Leocadia‘, en una de las esquinas del comedor, plasmó la figura de Saturno. Diversos historiadores plantean la hipótesis de que esta elección no fue casual: sitúa una escena de canibalismo feroz en la misma estancia donde se consumían los alimentos cotidianos, convirtiendo el espacio doméstico en un escenario de tensión psicológica.

No había público previsto. Ningún visitante iba a contemplarlas. Goya pintó estas paredes para sí mismo, sumergido en el silencio de su aislamiento.

Radiografía de la abominación: Anatomía, deformidad y el grito mudo del titan

Saturno devorando a su hijo
Saturno devorando a su hijo

Analicemos la obra con detalle. Teniendo en mente el mito clásico que acabamos de recordar, la interpretación de Goya rompe radicalmente con la tradición histórica.

El Saturno de Goya es una criatura monstruosa y simiesca que emerge de un fondo negro impenetrable. No hay arquitectura, ni paisaje, ni atributos divinos. Su postura es deforme, encorvada, con las articulaciones en ángulos inverosímiles.

Fíjense en las manos, sus dedos ganchudos y nudosos no sostienen suavemente, sino que se clavan con violencia en la espalda de la víctima, haciendo brotar sangre entre los nudillos. Y la víctima es clave: no se trata del bebé indefenso tragado entero como dice la leyenda de Hesíodo, sino del cuerpo ya desarrollado de un ser joven a quien le ha arrancado la cabeza y el brazo derecho de un mordisco. Por la anatomía de las caderas y las piernas, varios investigadores sugieren la hipótesis de que podría tratarse del cuerpo de una mujer joven o de un adulto estilizado.

El rostro es el epicentro del horror, su boca abierta de par en par traga la carne sangrienta, mientras unos ojos desorbitados y desproporcionados miran con una mezcla de locura, culpa y terror desmedido. Saturno no parece disfrutar de su acto; parece víctima de un impulso frenético e incontrolable.

LA COMPARACIÓN DEFINITIVA – Rubens vs. Goya: El dios académico frente al monstruo desencajado

Para entender la verdadera magnitud de lo que hizo Goya, debemos comparar su obra con la versión realizada casi dos siglos antes por uno de los grandes maestros del barroco: Peter Paul Rubens. Ambas pinturas cuelgan hoy en el Museo del Prado, y el contraste entre ellas es una lección magistral de historia del arte.

1. La perspectiva del mito versus la visión interior:

Rubens pinta en 1636 un encargo oficial para el torreón de la Parada del rey Felipe IV. Su Saturno es un dios mitológico, un anciano de cuerpo atlético y musculatura esculpida que sostiene una guadaña, el símbolo del tiempo. Se apoya en las nubes y el cielo está visible. Rubens narra una historia clásica con dramatismo barroco, pero manteniendo la distancia alegórica y la dignidad de los dioses.

Goya, en cambio, elimina todo el ornamento mitológico. No hay guadaña, no hay nubes, no hay cielo. Su Saturno no es un dios olímpico; es una bestia sin atributos divinos atormentada en la oscuridad.

2. La Víctima y la violencia:

En la obra de Rubens, la víctima es un bebé recién nacido que llora atemorizado mientras Saturno le muerde el pecho. Es una escena trágica, pero retratada con un refinamiento técnico donde la sangre es contenida.

En la versión de Goya, la violencia es explícita y descarada. Devora a un cuerpo juvenil mutilado. No hay delicadeza en el trazo; hay pinceladas agresivas, empastes de pintura aplicados casi con furia y una masa de rojo cadmio que representa la carne desgarrada.

3. La Mirada del monstruo:

El Saturno de Rubens mira a su víctima con una expresión calculadora, fría y despiadada. Es la ejecución implacable de un destino.

El Saturno de Goya, sin embargo, dirige su mirada hacia afuera, hacia el espectador. Es una mirada desencajada, con los ojos inyectados en blanco. Rubens pinta la crueldad de un dios; Goya representa el terror psicológico de un ser que se sabe monstruoso pero no puede detener su propia naturaleza.

Mientras que Rubens se mantiene dentro de los límites del arte académico, Goya rompe con el neoclasicismo y el romanticismo, anticipándose en casi un siglo al expresionismo moderno.

Hipótesis, censuras y el gran debate sobre la autoría: ¿Eran realmente obras de Goya?

Saturno devorando a su hijo

Dado que Goya no dejó notas escritas sobre el significado de estas obras, los historiadores han desarrollado diversas hipótesis para interpretar ‘Saturno’:

1. La hipótesis del tiempo y la decadencia:

Saturno como alegoría de Cronos, el tiempo que todo lo devora. Para un Goya anciano y enfermo, la figura simbolizaría la angustia ante la vejez, la pérdida de facultades y la mortalidad inevitable.

2. La hipótesis de la crítica política:

Muchos historiadores sostienen la teoría de que Saturno encarna al absolutismo de Fernando VII o al propio Estado español devorando a sus jóvenes liberales y sacrificando el futuro del país tras la guerra.

3. La hipótesis de la censura oculta:

Existe un debate muy comentado entre los investigadores. En las fotografías que el fotógrafo Jean Laurent tomó directamente de las paredes de la Quinta del Sordo en la década de 1870, antes del traslado a lienzo, algunos expertos afirman observar que la figura de Saturno presentaba originalmente un detalle eréctil en la zona genital. Según esta hipótesis, Goya habría querido vincular el impulso sexual con la violencia destructiva. Durante la posterior restauración a finales del siglo XIX, por el puritanismo de la época, esta zona habría sido modificada o tapada. No obstante, otros especialistas señalan con cautela que podría tratarse simplemente de una grieta o deterioro del yeso seco.

4. La teoría de la autoría alternativa:

A principios del siglo XXI, el historiador Juan José Junquera planteó la controvertida hipótesis de que las Pinturas Negras no habrían sido realizadas por Francisco de Goya, sino por su hijo Francisco Javier de Goya, basándose en registros de propiedad de la finca. Es muy importante aclarar que esta teoría es minoritaria y que la inmensa mayoría de los expertos de arte y la institución del Museo del Prado la rechazan categóricamente, confirmando la autoría indiscutible de Francisco de Goya por su técnica y coherencia estilística.

Finalmente, en la década de 1870, el restaurador Salvador Martínez Cubells realizó el delicado traslado de los frescos de la pared a lienzo por encargo del banquero Émile d’Erlanger. A pesar de los retoques y del deterioro inevitable, la fuerza visceral de Saturno sobrevivió para ser donada al Estado español.

CONCLUSIÓN: El espejo negro de la condición humana y despedida

Francisco de Goya no pintó a Saturno para ser admirado en un salón, sino como un grito mudo en la soledad de su casa.

Ya sea como alegoría del tiempo que se agota, como denuncia de una nación que destruye a sus hijos o como la manifestación de sus propios miedos internos, esta obra trasciende los siglos porque aborda las sombras más profundas de la psique humana.

En esta época de Halloween, mientras disfrutamos de las historias de terror y de monstruos fantásticos, el Saturno de Goya nos recuerda una verdad eterna: los monstruos más aterradores no vienen de otros mundos… siempre han habitado dentro de nosotros.

Bibliografía

  • Bozal, V. (1997). Pinturas negras de Goya. Madrid: TF Editores.
  • Arnáiz, J. M. (1996). Las Pinturas negras de Goya. Madrid: Antiqvaria.
  • Sánchez Cantón, F. J. (1963). Goya y sus Pinturas Negras en la Quinta del Sordo.
  • Bozal, V. (2005). Francisco de Goya. Vida y obra (vol. II). Madrid: TF Editores.

OTRAS ENTRADAS EN NUESTRA WEB QUE PUEDEN INTERESARTE

¿COMPARTIR ESTE ARTÍCULO?

Share on facebook
Compartir en Facebook
Share on twitter
Compartir en Twitter
Share on linkedin
Compartir en Linkdin
Share on pinterest
Compartir en Pinterest

Deja tu comentario

Deja una respuesta

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos y para fines de afiliación y para mostrarte publicidad relacionada con sus preferencias en base a un perfil elaborado a partir de tus hábitos de navegación. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Configurar y más información
Privacidad