Dado que hoy es el Día internacional de las abejas, la Real Academia Española (@laraeinforma) compartía esta mañana en sus redes esta definición para el «Diccionario de autoridades» de 1726.

Como apunte, hay que señalar que la utilización de los signos de puntuación fue algo que se fue desarrollando y adaptando con el paso del tiempo, por lo que la propia RAE parecía usar indistintamente los espacios entre comas y puntos, lo que ahora puede sorprendernos, pero existía una mayor flexibilidad (dentro de unas pautas determinadas) y no estaban las reglas tan fijadas como posteriormente, ya que la lengua es algo dinámico y cambiante que se va adaptando a su uso por la sociedad.
Este Diccionario, decíamos, constituyó el primer repertorio lexicográfico publicado por la Real Academia Española entre los años 1726 y 1739.


Si dejamos de lado a la hormiga, la abeja se posiciona dentro del ideario popular como el paradigma del trabajo, el orden y el esfuerzo dentro del mundo animal. Miles de ellas (entre treinta y ochenta mil) se organizan en cada colmena donde se dividen para el proceso productivo según su edad y rol dentro de la comunidad.

Las obreras pueden ser limpiadoras, nodrizas -alimentan a las larvas y a la reina con jalea real-, constructoras de los panales de cera, recolectoras del polen y el néctar de las flores para producir la miel o guardias protectoras de la entrada a la colmena.
La abeja Reina es la única hembra fértil de la colmena y es la encargada de poner los huevos, mientras que el zángano es el macho cuya función principal es la de aparearse con ella.
Todas ellas, cada una con su función específica, aúnan esfuerzos para producir la miel, desarrollándose en el seno de la colmena un proceso que requiere de una comunicación afinadísima entre ellas: así recogen el néctar para después transformarlo en miel y almacenarlo en las celdas del panal hasta que esté lista para ser recolectada.
Aunque la producción de miel es un objetivo muy importante para ellas, son fundamentales también en la fabricación de otros productos para el consumo humano como la jalea real.
Además, se trata de insectos polinizadores cruciales para la reproducción de muchas plantas, incluyendo cultivos comerciales. Con la polinización recolectan el polen de una flor y lo transportan a otra, contribuyendo así también a la reproducción de las plantas, lo que favorece la producción alimentaria humana y la biodiversidad.
Comentaba Luis Raúl García, especialista en abejas y docente de la Facultad de Zootecnia y Ecología de la Universidad Autónoma de Chihuahua (2021, México): “Las abejas son de total importancia para el mundo, ya que de ellas depende el 60% de polinización mundial, el otro 40% lo polinizan otros insectos, pájaros, inclusive corrientes de aire, sin embargo, sin las abejas, en un aproximado de 5 años el planeta se quedaría sin vida”.
Constituyen, entonces, un eslabón de suma importancia para la salud del planeta y su correcto funcionamiento. Se hacen imprescindibles porque son necesarias y todo gracias a su trabajo impecable.
Habiéndonos situado sobre la relevancia de estos insectos, estaría bien «ir entrando en materia».
Hubo durante el Barroco italiano una familia de nobles entre los que se incluía un papa, Urbano VIII -cuyo nombre civil era Maffeo Barberini-, muy poderosa y protectora de las artes: los Barberini. También se identificaban con el éxito, la productividad sin descanso y el trabajo duro. Por ello, tomaron de las abejas esa característica para identificarse con ellas en su escudo heráldico y convertir esa alegoría en su sello familiar.
Algunos ejemplos de la producción artística promovida por la familia
Tres abejas doradas sobre fondo azul junto con una tiara papal y las llaves de San Pedro (que legitiman el origen divino de la familia de nobles), patrón de Roma al que se considera primer papa de la historia.

El significado del escudo nos queda claro tanto en el “aval religioso” como en lo que se refiere a las abejas y su vinculación con el esfuerzo y la dedicación a la tarea.
Como las abejas hicieran con la miel, los Barberini se dedicaban a sus negocios como mecenas de obras de arte y arquitectura con la misma entrega y efectividad, protegiendo a importantes artistas como Carlo Maderno, Borromini, Bernini (1598, Nápoles) que llegó a incorporar las abejas a sus obras como el Baldaquino de San Pedro, en la Basílica de San Pedro del Vaticano, entre 1623 y 1634, en honor a sus principales clientes.

El “Baldacchino di San Pietro” es un ciborio o baldaquino monumental (estructura heredada de los primitivos templos cristianos) sustentado por cuatro columnas de 20 metros de altura en bronce macizo negro y sobredorado.
Se ubica en el centro del crucero de la Basílica, directamente bajo la cúpula, ya que este elemento arquitectónico se vinculaba fuertemente con lo sagrado porque miraba al cielo y tenía forma de círculo: la “forma perfecta” que simbolizaba la perfección del universo en el Renacimiento, momento en que se construyó la basílica.
El baldaquino, que fue realizado por Bernini, se encarga de cubrir el altar mayor, hallándose ésta sobre la tumba del apóstol San Pedro. Todos los elementos están conectados entre sí, sin dejar nada al azar. Había que legitimar el poder de una Iglesia debilitada en esos momentos ante los ojos de sus fieles.

La construcción de la Basílica de San Pedro fue concluida en tiempos del papa tras el Concilio de Trento durante la Contrarreforma (que duró hasta 1700) en 1615.
En este contexto de necesidad de reconducir la popularidad perdida de la Iglesia Católica de Roma fue preciso rematar el programa iconográfico del templo en el que también participó Borromini (1599, Bissone), eterno rival de Bernini.
El proyecto encargado a Bernini había sido iniciado por Carlo Maderno que fue el que incorporó las columnas salomónicas. Estas columnas “retorcidas” conocidas como helicoidales beben de la tradición cristiana del Templo de Salomón y en España se dieron a conocer gracias a arquitectos renacentistas como el jesuita Juan Bautista Villalpando, que diseñó la Catedral de Baeza.

Bernini, protegido por los Barberini, dejó el “sello de la casa” con su escudo sobre una especie de faldoncitos que penden del dosel, en los cuatro lados del baldaquino, destacando el color de los insectos descubiertos en pan de oro sobre el bronce negro.

Otro de los proyectos importantes financiados por tan poderosa familia fue, por supuesto, su propio palacio: el Palacio Barberini.
Su fachada presenta, como era muy habitual por estas fechas, lo que se conoce como una superposición ortodoxa de los órdenes. Esto es: el más sólido, que es el dórico, en la planta de abajo, en la intermedia el jónico y el más ligero en la última, el corintio. La puesta en práctica de este criterio lo impuso Leon Battista Alberti durante el Renacimiento con el Palacio Rucellai y esta fórmula funcionó infinatamente con posterioridad.
Con la planta de la entrada aporticada, todas ellas se dividen entre sí por cornisas y en el centro de la fachada volvemos a ver el escudo de armas de la familia Barberini con sus tres abejas triunfales y una inscripción referida al papa que mandó a construir la edificación: Urbano VIII.


Este palacio es hoy sede junto al Palacio Corsini de la Galleria Nazionale d’Arte Antica y el Istituto Italiano di Numismatica y se construyó entre 1625 y 1633.
Fue este mismo papa, Urbano VIII, quien tras ser nombrado Sumo Pontífice compró para sus sobrinos una villa en la colina del Quirinale que antes pertenecía a los Sforza.
Para ello, quien se encargó de la construcción fue nuevamente Carlo Maderno, el mismo que comenzó a trabajar en el Baldaquino de San Pedro antes de que lo concluyese Bernini y trabajó en la fachada de la Basílica.
Como curiosidad que “nos toca de cerca”, el rey de España Carlos IV residió en este palacio durante su exilio tras la caída de Napoleón en 1814 cuando se encontraba acogido por su hermano Fernando I de las Dos Sicilias, desde ese año hasta 1819. Su esposa, la reina María Luisa de Parma había fallecido en Villa Barberini dos semanas antes por una pulmonía.

Pero esa es otra historia. Volviendo al palacio, este fue uno de las más imponentes obras de arquitectura del Barroco y, como decíamos, fue iniciado por Maderno, uno de los arquitectos favoritos de los Barberini, con la colaboración de su sobrino Francesco Borromini, de quien Bernini tomará el relevo cuando Maderno fallece, terminando el palacio en 1633 junto a Borromini. Nuevamente juntos en un proyecto -aunque aquí Borromini trabaja subordinado a Bernini, que toma el papel de su tío Maderno-, probablemente no muy felices debido a su competencia atroz.
El palacio presenta una estructura con alas abiertas que lo conectaban a la antigua villa de los Sforza, configurándose en forma de “H”, muy típico en el diseño barroco.
La arquitectura de esta etapa trata de hacer extensible su forma matérica hacia el entorno que la rodea, tratando de crear una sensación de infinitud, de manera que muchos edificios de esta época se proyectaban hacia afuera, como queriéndose “aproximar” al espectador.
Esto tiene que ver con las nuevas ideas imperantes en aquel momento dentro del marco de la filosofía sobre la idea del universo como espacio ilimitado en la que el hombre queda desplazado respecto al centro de este (contraviniendo la idea renacentista y neoplatónica de que el ser humano constituía el centro de toda la creación).
Así, la noción de los diferentes espacios físicos cambia y esto se traduce tanto a la arquitectura con formas proyectadas hacia al exterior (con mucho uso de elementos cóncavos y convexos que juegan con el espacio) así como de ilusiones ópticas en pintura que le dificultan al espectador distinguir lo pictórico de la realidad tridimensional: los llamados trampantojos (trompe-l´oeil), como veremos.
Cuando Bernini remató el proyecto del palacio, lo hizo enlazando las alas mediante pórticos, lo que resulta en la fachada del pórtico coronado por una doble galería cerrada.
En el interior del palacio, el “Salón de recepciones” fue pintada al fresco por Pietro da Cortona (1596, Cortona) con el Trionfo della Divina Provvidenza (nuestra imagen de portada), obra maestra del ilusionismo barroco. Mediante un trampantojo como los que acabamos de mencionar un poco más arriba, enmarca un cielo abierto mediante falsos entablamentos en un programa iconográfico que simboliza el “buen gobierno” y las virtudes del papa y su familia.

Cerca del Palacio Barberini se ubica, en la Plaza Barberini, la Fuente de las Abejas, creación desarrollada por Bernini en 1644 en la esquina con la Via Veneto. Aquí nuevamente el icono insignia de la familia: sus pequeñas abejitas talladas en el mármol.
El papa Urbano VIII en esta ocasión le encargó al Maestro una fuente pequeñita que sirviera de abrevadero de caballos.
La fuente no está ahora donde se ubicó inicialmente, ya que al principio se emplazó en la esquina del Palazzo Soderini, pero en 1880 fue retirada de la circulación por constituir un obstáculo para esta y guardada en el depósito municipal de Testaccio, perdiéndose piezas.
En 1915 se encargó una copia a Adolfo Apolloni, que usó travertino procedente de la demolida Porta Salaria (puerta de la muralla aureliana de Roma) en vez del mármol de Carrara original. El 28 de enero 1916 se inauguró y se colocó donde está ahora.

La Fuente de las abejas posee un abastecimiento algo débil del agua, fruto este de su conexión con la Fontana di Trevi (cuyo proyecto también fue iniciado por Bernini y una de las mayores fuentes monumentales del Barroco), ubicada muy cerca de esta, por la que Bernini no pensó por ello en la realización de una fuente monumental, sino de pequeñas dimensiones.
La Fontana di Trevi se hizo también a instancias de la familia Barberini, concretamente por instrucciones del papa, para renovar la fuente ya existente por entonces, que data de 1453 y es obra de Leon Battista Alberti para el entonces papa Nicolás V en su intento de restaurar la ciudad de Roma, retomando la costumbre clásica de colocar una fuente conmemorativa al final de los acueductos, ya que Alberti lo que hizo fue vincular los tres estanques de agua ya presentes por entonces.
Cuando llegó el turno de Urbano VIII, ya en 1625, encargó a Bernini la modificación de una fuente que le parecía poco monumental. Bernini solo alcanzó a cambiarla de sitio en la misma plaza porque el papa murió y no se concluyó el proyecto.
En la placa de mármol de la fuente hay una inscripción que dice que el papa Clemente XII encomendó la fuente en 1735 pero sin embargo fue en 1730 cuando organizó un concurso para construir el nuevo modelo donde ganó Alessandro Galilei, pero a los ciudadanos no les agradó la idea de que fuera un florentino quien reconstruyera una fuente tan insigne, así que al final fue el arquitecto romano Nicola Salvi el elegido.
Éste tampoco vio la obra terminada antes de morir, así que quien la culminó fue Pietro Bracci de 1770 a 1773 colocando la escultura de Océano, ya correspondiente con el Barroco tardío,en el centro de la fuente.

Océano era, según la mitología griega y la Antigüedad clásica, un enorme río que daba origen, según Homero, a todos los demás dioses. Para Hesíodo era uno de los titanes, hijo primogénito de Urano y Gea y era el origen de todos los ríos. En cualquier caso, el punto en el que se originó todo cuanto vemos; el punto de partida.
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