“El juicio” de Luis Zueco. La Inquisición contra Goya

El 25 de febrero recibimos en el correo una nueva propuesta de colaboración literaria por parte de Ediciones B, fundada en 1987 como heredera de la histórica editorial Bruguera e integrada en el conglomerado de la compañía Penguin Random House en 2017. Quien nos contactó trabaja en la línea de publicaciones “Histórica”, concretamente se trata de la editora del novelista Luis Zueco, autor de títulos bastante conocidos entre el público amante de las narraciones que aúnan tramas de intriga inmersas en contextos históricamente rigurosos, fundamentados en una sólida labor de documentación gracias a la cual el lector se ve transportado no solo a diferentes coordenadas espaciales, sino también temporales.

Este literato porta a sus espaldas una serie de títulos muy aplaudidos por el público y la crítica internacionales, como la Trilogía Medieval (El castillo, La ciudad y El monasterio) o El mercader de libros (2021), faceta literaria imprescindible en su vida que aúna, por otro lado, con un igual de importante puesto como director de los castillos de las localidades zaragozanas de Grisel y Bulbuente. Siendo Zueco natural de Borja, uno de los emplazamientos más emblemáticos de la provincia de Zaragoza, era cuestión de tiempo que dedicara una de sus novelas a una de las más reconocidas personalidades que han visto nacer las tierras mañas: Francisco de Goya y Lucientes.

Es así como, por tanto, nos llega la propuesta de reseñar su nuevo título histórico, El juicio, que fue publicado hace escasos dos meses, el 12 de febrero, llegándonos el ejemplar el 19 de marzo. Bajo el subtítulo “La Inquisición contra Goya”, la portada nos anticipa el momento preciso de la vida del artista de Fuendetodos que va a determinar el contexto en el que discurren la historia y sus personajes. Para mayores señas, el reverso del libro contiene una sinopsis de la lectura:

1799, Madrid. Francisco de Goya y Lucientes, pintor de cámara del rey, publica un libro con ochenta enigmáticas imágenes titulado Los Caprichos. El contenido de sus páginas -una afilada crítica de la sociedad de la época, del pueblo crédulo, de la nobleza y del clero- empieza a correr por la ciudad como la pólvora. El escándalo llega a oídos de la Santa Inquisición, una institución ya en declive que decide enfrentarse a alguien tan célebre y respetado como Goya para demostrar que sigue conservando un enorme poder.

Mientras tanto, Angélica Diez llega a la corte huyendo de un oscuro pasado y acude a Goya para que la retrate. A pesar de su larga lista de espera, el maestro accede con una condición: también deberá posar para el encargo secreto de un poderoso político. El cuadro pasará a la posteridad como La maja desnuda. Pronto el artista y su misteriosa modelo se verán atrapados en una persecución sin tregua, repleta de conspiraciones y misterios, por las calles y los palacios de Madrid.”

Un tercer párrafo alberga el reverso del libro, mecanografiado en letra dorada para diferenciarlo del color negro utilizado en los anteriores, y en él se elabora una brevísima valoración de la nueva obra del escritor borjano:

“En una novela tan vibrante como extraordinariamente documentada, Luis Zueco nos descubre uno de los episodios menos conocidos de la vida del genio y nos transporta a un momento de inflexión para España, cuando el arte se convirtió en un espejo de la sociedad y, por lo tanto, en un arma capaz de cambiar la Historia para siempre.”

Sin movernos del anverso, la faja inferior que va por encima de la sobrecubierta, además de recomendarnos sus dos novelas previas a El juicio (El tablero de la reina y El mapa de un mundo nuevo), sentencia en pocas palabras que “Leer a Luis Zueco es viajar en el tiempo”, afirmación con la que concordamos absolutamente. Antes de ahondar en ella, no podemos resistirnos a señalar positivamente tanto la portada de la citada sobrecubierta, con los nombres del autor y el libro resaltados en fino bajorrelieve, como el aspecto del volumen sin esa sobrecubierta, una tapa dura de negro mate bellamente resaltada en el anverso por un bajorrelieve dorado del retrato de perfil de Goya del primero de los “Caprichos”, y un lomo de caracteres igualmente dorados que conceden un elegante brillo.

Volviendo a lo anteriormente apuntado, como nos dijo la propia editora al mandarnos el correo colaborativo, para la escritura de las 624 páginas que conforman el tomo, Zueco lleva diez años documentándose a fondo sobre el episodio de la persecución de la Inquisición contra Goya, el contexto español entre 1799-1805, cómo lucían las ciudades que visita la protagonista, Angélica Diez, en esos años (Madrid, Zaragoza, Cádiz…), cuál era el código de vestimenta de cada clase social, etc. A una mejor ubicación de los diversos escenarios que recorren los personajes contribuyen la disposición en las guardas del Plano topográphico de la Villa y Corte de Madrid (1769) de Antonio Espinosa de los Monteros, señalándose con cruces los lugares más emblemáticos y asiduos donde se ambientan las tramas.

Antonio Espinosa de los Monteros, Plano topográphico de la Villa y Corte de Madrid, 1769

Para quienes quieran conocer los entresijos de esta larga travesía, el autor dispone tras el epílogo una serie de breves apartados ahondando en todo el proceso de recopilación y consulta bibliográfica que le ha permitido construir con tal grado de certeza histórica su relato. Amén de dar agradecimientos a todos los que le han ayudado y acompañado en esta década de incansable trabajo, sintetiza en un par de páginas la historia completa de los «Caprichos» de Goya, así como la de sus majas vestida y, sobre todo, desnuda, cuadro crucial en la trama de El juicio, como ya apunta la sinopsis. Para una idea más completa de la figura del aragonés, esboza una breve línea cronológica de su vida, un par de pinceladas sobre los escenarios históricos de Madrid, Zaragoza y Francia que recorrió el pintor y que albergan parte de su obra, y una selección de las fuentes manejadas.

Un breve inciso hemos de hacer en este instante por si vuestra ansia de conocimiento es todavía mayor, lo cual siempre es bienvenido. Si gustas de seguir profundizando en la creación, publicación, retirada y destino posterior de los caprichos goyescos, estás de enhorabuena, porque el pasado verano tuvimos la ocasión de colaborar con la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando para grabar tanto la Calcografía Nacional, con las correspondientes planchas y estampas de Goya, como las salas que exponen la colección pictórica del aragonés que guarda esta institución. De la edición de todo el material filmado salió una trilogía cuya primera parte, que os dejamos aquí abajo, está completamente centrada en los “Caprichos”.

En lo referido al apartado literario propiamente dicho, retomando el hilo, a la narración ficticia que se desenvuelve en el tejido histórico tan bien urdido que hemos comentado, sin hacer ninguna clase de spoilers que arruinen la experiencia de la sorpresa y el desconocimiento para aquellos interesados en sumergirse en las páginas de Luis Zueco, solo podemos decir que desde el prólogo hasta las páginas finales del epílogo todo está tan bien urdido, tan magistralmente contado y organizado, que cuando te quieres dar cuenta ya has consumido cien, doscientas, trescientas páginas, y si eres un devoralibros, como suele decirse, estamos seguros de que un par de días te serán suficientes para llegar al desenlace de la historia.

Nosotros somos el tipo de lector calmado, que va reflexionando sobre lo leído y pensando en cómo va a dirigir la pluma el escritor en los siguientes capítulos, en cómo va a echar por tierra nuestras suposiciones para pillarnos completamente desprevenidos. Ha habido veces que, por tener que atender otras tareas y compromisos, hemos tenido que postergar la sesión de lectura prevista para otros días, mas, independientemente del asunto que impedía a nuestros ojos pasear por las páginas tan cuidadosamente salidas de la mente de Zueco, en la nuestra siempre nos picaba el gusanillo por saber cómo seguía desenvolviéndose la vida de los personajes, hacia dónde les llevaban sus objetivos y de qué manera, en base a sus continuos trasiegos, su visión del mundo se iba moldeando con cada nuevo hallazgo.

Tras la dedicatoria inicial “A Elena y Martina”, Zueco trae a colación la cita “No hay criatura tan aterradora en la tierra como un hombre justo”, extraída de George R. R. Martin, autor de la saga Canción de hielo y fuego que originó la mundialmente conocida serie televisiva Juego de tronos. De esta manera, empieza a inducirnos una honda reflexión en torno a las dos preguntas que la propia sinopsis nos formula: “¿Puede un pintor juzgar al mundo? ¿Puede el mundo juzgar a un genio?”. A lo largo de 94 capítulos, enmarcados por los correspondientes prefacio y epílogo, titulados todos ellos y divididos en ocho partes también debidamente nombradas y, además, encabezadas por estampas de los “Caprichos” sabiamente escogidas en base a la materia narrativa que comprenden, el lector podrá, finalizada la lectura, concluir sus propias respuestas a las antedichas cuestiones.

Francisco de Goya, El sí pronuncian y la mano alargan al primero que llega (capricho nº2), 1797-1799. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Este grabado encabeza la primera parte de El juicio

Cientos de páginas, para muchos, seguramente puede resultar una cifra abrumadora, mas el estilo de escritura de Zueco abunda en diálogos que dinamizan notoriamente el pasar de las páginas, y las descripciones de lugares, personajes y situaciones, igual que los lienzos de don Francisco de Goya, quedan definidos en un par de pinceladas sueltas y firmes condensadas en breves párrafos. Por añadidura, el autor recurre con frecuencia a oraciones breves concatenadas que agilizan aún más el acto de leer, lo que reincide en ese símil con las pinceladas cortas y precisamente dadas con que la paleta del maestro de Fuendetodos pudo acometer cientos de pinturas en su vida.

Quiero insistir especialmente en cómo ha planteado Luis Zueco la cuestión dialogística de El juicio, y lo voy a expresar mediante otro símil. Se incide a lo largo y ancho del espacio novelístico en la idea de que Goya, a través de los ochenta grabados de sus “Caprichos”, no solo criticó vicios de la sociedad como la ignorancia, la superstición, los abusos del clero o la miseria, sino que los personajes afirman más de una vez que el maño, en verdad, le tomó el pulso a España. Os invito a que hagáis lo que se narra en uno de los capítulos: coged un capricho cualquiera de la lista y expresad libremente lo que os suscite la imagen que tenéis delante; evidentemente, la lectura va a ser de obligatoria actualidad, pero precisamente ahí reside uno de los puntos más fuertes de las estampas goyescas: su intemporalidad.

Ese mismo pulso que Goya tomó a la España de entonces a través de técnicas como el aguafuerte, la aguatinta o la punta seca, en un medio que le prestaba mayor libertad que la pintura, la cual principalmente cultivó en forma de encargos particulares y lienzos para la familia real en calidad de pintor de corte, es el que late en los diálogos que algunos personajes tienen entre sí en cierto punto donde sus historias se entrecruzan forzosamente. No puedo decir qué personajes llegan a entablar este tipo de conversaciones tan cargadas de tensión en el ambiente, mas si indicar que cada palabra pronunciada, cada pensamiento, cada decisión, se escriben con tal precisión psicológica y verbal que casi parecen estar los individuos pensando su próxima jugada como una partida de ajedrez donde ambos, en última instancia, buscan acorralar al contrario y darle jaque mate.

Son muchas las interesantísimas citas que podría mencionar textualmente para ilustrar la magistral narrativa de Zueco; para esta idea concreta de la importancia de la luz de la razón tan buscada por la Ilustración y tan inmejorablemente inmortalizada en el grabado número 43 de los “Caprichos”, El sueño de la razón produce monstruos, inserto el siguiente párrafo extraído del primer capítulo:

“El mundo de la oscuridad es más real que el de la luz; hay menos mentiras, los vicios no se ocultan y las personas se muestran como realmente son. No hay destellos brillantes, ni hermosos paisajes ni decoradas fachadas ni lujos que distraigan. La realidad está desnuda ante los ojos, solo hay que atreverse a mirar.”

Se ha repetido harto que las figuras que desfilan por estas estampas constituyen un retrato grotesco de la sociedad, pero, tras leer a Zueco, el que esto escribe se plantea si realmente es correcto utilizar aquí el término “grotesco”, quizás sea hora de preguntarnos si lo que veía Goya a través de sus ojos de artista era la cruda realidad sin filtros, en su más puro estado, y así como la percibió y sintió es como la grabó en las matrices de cobre. En el estilo del maestro aragonés no caben pautas representativas forzadas para evocar una determinada imagen y reflexión, sino que su propia visión del mundo, de la sociedad que le rodeaba, bastaron para conseguir que sus afilados útiles de trabajo, con pungente veracidad, inmortalizaran una serie de imágenes que, pese a ser hijas de un periodo concreto, siguen resultando de ácida actualidad, por desgracia.

Y esto conduce el relato a un tema todavía más complejo y universal, como es el del inmenso poder que puede llegar a tener el Arte en manos de artífices con plena conciencia de la capacidad de una escultura, un cuadro o una pieza de teatro, entre otras manifestaciones, para generar en esa misma sociedad a que se toma el pulso la proliferación de preocupaciones, ideas y visiones críticas de la realidad que a ciertos sectores del poder quizás no les interesen, véase la Santa Inquisición, que no por nada inició una persecución contra Goya por el contenido de sus “Caprichos”. Que una obra sea censurada es el mejor barómetro para saber el nivel de opresión y de miedo que tienen los gobernantes ante el conocimiento de la verdad por parte del pueblo.

En este sentido, creo que las reflexiones personales que va urdiendo la protagonista de la historia de Zueco, Angelica Diez, son la perfecta ilustración de este concepto del poder del Arte. Ella es una joven mestiza de Nueva España que llega a la península junto a su padre huyendo de un oscuro pasado, sin saber que en Madrid va a tener que enfrentarse a problemas todavía peores que van a promover en su interior un desarrollo paulatino que, conforme se vaya tirando de los hilos de las tramas, nos va devolviendo a una mujer cada vez más madura, segura y racional que, sin dejar de lado la intuición femenina que le inculcaron su madre y su abuela, empieza a pensar con la mente fría de su padre.

Ante la compleja pregunta de qué son las artes que le formula un personaje fundamental en ese viaje evolutivo, don Bernardino, en el capítulo 40, no nos resistimos a copiar su respuesta a continuación:

“-Las artes… -responde con voz suave, casi susurrando para no romper el silencio reverente de la tienda- para mí son como un puente. Un puente que une lo que sentimos con lo que los demás sienten, aunque estén muy lejos o hayan vivido hace mucho tiempo. Es un lenguaje que no necesita palabras, y aun así nos habla con fuerza. Nos hace reír, llorar, pensar… Nos recuerda lo que somos y lo que podemos llegar a imaginar.

Hace una pausa, y sus ojos brillan con una mezcla de asombro y certeza.

-Y… yo creo que también es algo que necesitamos. Como el aire que respiramos, como la música que nos conmueve… Nos hace sentir vivos, nos hace buscar algo más allá de lo que vemos cada día.”

“¡Eso es!” responde Bernardino ante tan elaborada respuesta, nacida del corazón de una persona que, por circunstancias del destino, ha vivido situaciones adversas y ha perdido cosas importantes, y en ese camino que emprende con el objetivo de intentar recuperarlas, descubre cuán inconmensurable puede llegar a ser el poder del Arte, para bien y para mal. Precisamente por posar desnuda para Goya de cara a la realización de su famosa maja, sin ser consciente inicialmente de su acto, termina viéndose envuelta en una investigación por parte de la Santa Inquisición que, junto al escándalo de los Caprichos, mueve a la joven criolla por todo Madrid con el fin de librarse de toda sospecha y poner a salvo a sus seres queridos.

Francisco de Goya, La maja desnuda, 1795-1800. Museo del Prado

Y hasta aquí podemos leer, ir más allá es tentador, pero no deseamos arruinaros la experiencia que una novela como El juicio de Luis Zueco puede ofrecer a aquellos lectores interesados en desentrañar el misterio de su premisa línea a línea, página a página. Queridos amantes del género histórico y de la narrativa en general, si estáis ahora mismo en busca de un nuevo libro que llene el vacío que ha dejado la conclusión de vuestra anterior lectura, si no sabéis qué leer, una vez más, os recomendamos encarecidamente este título con que el escritor borjano vuelve a saltar a la palestra literaria.

No dudamos de la gran calidad de toda su producción anterior basándonos en El juicio, a la espera quedamos de recibir en el futuro más colaboraciones con tan interesante literato, así como con Ediciones B y Penguin Random House. Esperamos de corazón os haya gustado esta reseña, escrita con cariño de principio a fin igual que el libro de Luis Zueco. Os agradecemos el haber contado con nosotros para dar a conocer todo el duro trabajo de una década, estamos seguros de que Goya leería con mucho agrado y pasión todas y cada una de las páginas de esta novela. Un fuerte abrazo, y esperamos vernos de vuelta muy pronto.




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