Cuando Madrid se mira en el espejo de Goya (y vuelve a vestirse de verbena)

Hay ciudades que avanzan con prisa y otras que, de pronto, se giran para comprobar si su reflejo todavía les pertenece. Madrid hace ambas cosas a la vez. Y en ese gesto de memoria reinventada surge el neochulapismo: una estética que rescata el mantón, el clavel y la parpusa para devolverlos al presente, no como disfraz nostálgico, sino como declaración identitaria.

Pero antes del prefijo “neo” estuvo la raíz. Y en esa raíz aparece un nombre inevitable: Francisco de Goya.

Goya y el Madrid castizo

Pocos artistas entendieron Madrid con la complejidad de Goya. Ni pintor cortesano exclusivamente, ni simple cronista popular, su mirada osciló entre los salones aristocráticos y la calle. En ese tránsito encontró uno de sus grandes temas: el pueblo madrileño.

Sus cartones para la Real Fábrica de Tapices son, en cierto modo, el primer gran álbum visual de lo castizo. Allí aparecen majas, chisperos, vendedores ambulantes, meriendas populares y verbenas que convierten la vida cotidiana en materia artística. Obras como La pradera de San Isidro, La gallina ciega o El pelele no solo documentan costumbres: construyen una iconografía madrileña que todavía hoy sigue activa en el imaginario colectivo.

La gallina ciega (1788-89)
El Pelele (1791-92)

En La pradera de San Isidro, el horizonte de Madrid se despliega bajo un cielo luminoso mientras grupos de hombres y mujeres celebran la romería junto al Manzanares. No hay solemnidad cortesana. Hay vino, conversación, flirteo, mantones desplegados sobre la hierba y una ciudad que se reconoce en la fiesta compartida. Goya convierte la escena popular en protagonista absoluta, desplazando el foco artístico desde el poder hacia la vida común.

La pradera de San Isidro (1788)

Y ahí reside parte de su modernidad. Goya no idealiza al pueblo; lo observa. Mira con ironía, pero también con afecto. Sus personajes ríen, descansan, discuten o bailan con una naturalidad que rompe con la rigidez académica del siglo XVIII. Madrid deja de ser únicamente escenario institucional para convertirse en experiencia urbana.

Lo castizo como lenguaje visual

El casticismo madrileño encontró en Goya una forma de representación que todavía resuena. Sus majas, lejos de la caricatura folclórica posterior, poseen una fuerza escénica singular: miradas desafiantes, gestos teatrales y una conciencia de sí mismas que las vuelve profundamente contemporáneas. Obras como La maja vestida o La maja desnuda terminaron consolidando una estética vinculada a Madrid que mezclaba sensualidad, orgullo popular y sofisticación visual.

La maja vestida (1800-1807)
La maja desnuda (1795-1800)

También en cuadros como El entierro de la sardina aparece ese Madrid carnavalesco y ambiguo donde conviven celebración y extrañeza, sátira y tradición. Lo castizo, en Goya, nunca es una postal inmóvil: siempre contiene tensión, teatralidad y una cierta conciencia crítica.

El entierro de la sardina (1812-19)

Por eso su influencia resulta tan visible hoy. Muchas de las imágenes que circulan en editoriales de moda, fotografía contemporánea o campañas vinculadas a la identidad madrileña recuperan códigos profundamente goyescos: el contraste lumínico, la frontalidad de los retratos, la mezcla entre elegancia y calle, o esa capacidad de convertir lo popular en sofisticación visual.

San Isidro y la ciudad performativa

Cada mes de mayo, Madrid reactiva ese imaginario durante las Fiestas de San Isidro. La pradera vuelve a llenarse, reaparecen los trajes regionales y el organillo convive con conciertos, puestos callejeros y estética digital. La ciudad se representa a sí misma a través de una escenografía heredada que, sin embargo, nunca permanece intacta.

Las redes sociales han amplificado este fenómeno. Mientras la Feria de Abril en Sevilla domina desde hace años el relato visual asociado a la tradición española, Madrid ha comenzado a construir una narrativa propia basada en el neochulapismo: una reinterpretación contemporánea de lo castizo donde el mantón se combina con botas militares, los claveles dialogan con tatuajes y la verbena entra en TikTok sin perder del todo su raíz popular.

En ese contexto, Goya reaparece como referencia inevitable. No solo porque pintó Madrid, sino porque entendió algo esencial: que toda identidad urbana es una representación en movimiento.

Del costumbrismo al neochulapismo

El costumbrismo del siglo XIX utilizó los tipos populares como afirmación cultural frente a las influencias extranjeras. El neochulapismo, en cambio, funciona desde otro lugar. No busca preservar una pureza identitaria, sino resignificar símbolos tradicionales dentro de una ciudad híbrida y global.

Madrid ya no es la villa cerrada de los sainetes; es una metrópoli plural atravesada por acentos, estéticas y comunidades diversas. Y, aun así, sigue recurriendo a sus iconos históricos para narrarse. Quizá porque las ciudades necesitan mitologías reconocibles incluso en plena contemporaneidad.

Lo interesante es que ese regreso no se produce desde la nostalgia estricta, sino desde la reinterpretación. Igual que Goya transformó escenas cotidianas en imágenes modernas para su tiempo, el Madrid actual convierte la tradición castiza en un código reutilizable: editorial, viral, irónico y urbano.

La pradera como metáfora contemporánea

Si hoy volviéramos a pintar La pradera de San Isidro, probablemente aparecerían cafeterías de especialidad junto a puestos de limonada, zapatillas deportivas bajo los mantones y móviles iluminando la noche de verbena. El skyline sustituiría parte del horizonte antiguo, pero el impulso colectivo seguiría siendo el mismo: reunirse para celebrar la ciudad.

Madrid siempre fue mestiza. Lo fue en tiempos de Goya y lo sigue siendo ahora. Tal vez por eso el neochulapismo conecta con tanta fuerza: porque no intenta congelar el pasado, sino dialogar con él.

Y en ese espejo donde Madrid vuelve a mirarse, la figura de Goya permanece intacta. No como reliquia museística, sino como el primer gran intérprete de una ciudad que aprendió a convertir su vida popular en imagen, en relato y, finalmente, en identidad estética.

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