INTRODUCCIÓN
La lista de artistas que integran el denominado “surrealismo polaco”, movimiento que mencionamos la semana pasada al hilo del vídeo y artículo Beksiński, es mucho más extensa, va notablemente más allá de los tres nombres que dejamos apuntados. Aunque acabamos de etiquetar esta forma de arte como un movimiento, puesto que el surrealismo, en su más amplio sentido, fue una tendencia de las vanguardias, lo cierto es que Polonia y su pléyade artística han hecho de su visión del surrealismo, más que un movimiento, una manifestación cultural que sobrepasa los límites del marco temporal original del surrealismo, irradiando su estela casos representativos hasta hoy.
Os da la bienvenida a este nuevo artículo de La Cámara del Arte uno de dichos artistas: Mariusz Lewandowski. Tras haber pasado página a las composiciones de quien, sin temor a equivocarnos, puede considerarse el máximo exponente del surrealismo polaco y, más concretamente, del terror polaco, Zdzisław Beksiński, queda claro que su influjo a nivel mundial es extenso, qué decir entonces del que tiene en su país natal. Por supuesto, Lewandowski -el artista, no el futbolista- fue comparado con el maestro, y él mismo reconoció que este lo había influido, mas hoy tendremos ocasión de indagar a fondo en su estilo personal para detectar en qué puntos se acerca o aleja del universo beksinskiano. Hechas las presentaciones, vayamos con el vídeo.
SÍNTESIS BIOGRÁFICA
Los datos biográficos que podemos dar sobre Lewandowski son bastante escuetos, ya que siempre quiso mantener su privacidad y que fuera el arte el que hablara de su identidad. Nació el 31 de julio de 1960 en Działdowo, una ciudad al norte de Polonia que es capital de su propio condado y forma parte, desde 1999, de la provincia o voivodato de Varmia y Masuria. Desde su infancia, vivida en medio de la Guerra Fría, mostró un gran interés por el dibujo, garabateaba en los márgenes de viejos libros del hogar familiar, mas su vocación pronto se demostró que era la pintura, a la que le dedicaba noches enteras, cuando la casa estaba tranquila, y de ahí salían bodegones, paisajes, retratos y toda clase de cuadros que solía regalar a sus familiares.

Sin embargo, nunca recibió en sí formación artística, sino que fue entrenado como mecánico de maquinaria agrícola, cultivando, pues, la actividad pictórica de manera independiente y fuera del trabajo. El talento de Lewandoswki, dadas estas circunstancias, tardó muchísimo en ser descubierto masivamente, y no fue una persona privilegiada, razón principal que motivó ese desempeño profesional como mecánico. Él nunca se rindió, su perseverancia era férrea, y todos los días dedicaba un tiempo a la pintura.
Aunque trabajó también, de forma temporal, en una empresa metalúrgica, poco a poco el arte le fue ocupando más tiempo, y sus inicios profesionales en el sector vinieron en forma de letreros para tiendas, cintas funerarias y copias de obras con las que pudo ir mejorando su técnica al óleo de cara a definir su propio estilo. Gracias al continuo apoyo que le brindó su familia, no cejó en su empeño de encontrar compradores interesados en el área de Masuria, a cuyo pequeño poblado de Górowo Iławeckie se trasladó en algún punto de su vida, trabajando y residiendo allí con su familia hasta morir.

La verdadera clientela potencial que catapultaría su carrera y le otorgaría una fama internacional fueron las bandas de música metal a partir de 2017, año en que una de ellas, Bell Witch, colaboró con él para crear la carátula de su disco “Mirror Reaper”. Un factor decisivo en esta mayor difusión fue el salto a la era digital, ya que, gracias a sus hijos, comenzó a publicar sus obras en línea y a promocionarlas a través de una página web y por redes sociales. A partir de entonces, decenas de bandas contactaron con Lewandowski para encargarle diseños de portadas de discos o para solicitar permisos de reproducción de alguna obra ya existente, ninguna de las cuales, por otro lado, llevó a exposiciones públicas, ya que nunca gustó de participar en ellas.
La lástima fue que solo gozó de cinco años de fama y reconocimiento en el mundo del arte, ya que el 15 de julio de 2022 la familia del artista emitió en redes sociales un comunicado completamente inesperado: a pocas semanas de cumplir 62 calendarios, la luz de Mariusz Lewandowski se había apagado para siempre. Sus seres queridos han mantenido en privado la causa de su muerte durante todo este tiempo, pero la tristeza por tan súbita pérdida sigue reflejándose en las redes, ya que las cuentas oficiales de Lewandowski no cesaron su actividad, al contrario, se han convertido en el medio principal con que mantener vivo el legado del polaco y seguir dándolo a conocer en todos los rincones de la Tierra.
LEWANDOWSKI Y EL HEAVY METAL
Con 57 años de edad, Lewandowski experimentó el boom artístico que tantas décadas de ahínco le mereció, y no vino de manos de un museo, una galería u otra institución artística. Como hemos anticipado, en 2017 Dylan Desmond, el vocalista de la banda de doom metal Bell Witch, buscando una nueva identidad visual para el metal extremo, descubrió las composiciones de Lewandowski y no tardó en ponerse en contacto con él para llevar a cabo sus planes. Fue así como, tras una larga cadena de correos, nació la pintura Esencia de la libertad, creada expresamente para la carátula del disco “Mirror Reaper”, cuya gigantesca y fantasmagórica figura central es el espíritu del baterista de Bell Witch, Adrian Guerra, que había fallecido dos años atrás. Hacia él apunta su guadaña la silueta de la muerte que se erige sobre el precipicio de la parte inferior izquierda.

Se le abre así al artista un nicho muy potente y fructífero en el que desempeñó toda su destreza y universo personal hasta que la guadaña de la muerte segó su vida de golpe. En total, colaboró con una treintena de bandas, casi todas adscritas a uno de los subgéneros que conforman la parte más agresiva del heavy metal, el metal extremo, como el thrash metal, el black metal o el death metal. En la página “Encylopaedia Metallum. The metal archives” podéis consultar todos los grupos con los que colaboró Lewandowski: algunos les pidieron solo un encargo, como Abigail Williams, Necrogod o Sepulcher, mientras que otros, satisfechos con el artista, le confiaron las carátulas de varios discos, como Devenial Veredict, Livløs o Mizmor, que, curiosamente, había usado años atrás una imagen de Beksiński.
En el proceso creativo, pese a escuchar en su juventud bandas como Led Zeppelin, Black Sabbath o Deep Purple, y apoyar activamente propuestas como las de Dream Theater y Riverside, el rock y el heavy no le resultaban adecuados para concentrarse, prefiriendo en su lugar la música electrónica. Ahora bien, como parte de su trabajo, él escuchaba las canciones que integraban los discos para los que se requirieron sus servicios e intentaba traducir al lenguaje pictórico lo que esos ritmos y sonoridades le transmitían: un aire original, libre y sin límites.

Existe también la opción, previamente anotada, de que una banda, como sucedió con Shrine of the Serpent, se interese por una obra de su colección ya existente, entonces el contacto fluido en línea para dar forma al diseño es reemplazado por una solicitud formal y legal donde ambas partes llegan a una conclusión que les beneficia: Lewandowski ve reconocida su labor y cobra por los derechos de reproducción, y el grupo, con dichos permisos, puede utilizar el archivo digital de la composición en soportes diferentes al del propio CD, como camisetas, tazas o pósteres. Lo cierto es que muchas veces la misma banda termina adquiriendo el óleo original, junto a la licencia de reproducción, por su valor único, y así sucedió, sin ir más lejos, con Bell Witch.
EL UNIVERSO DE LEWANDOWSKI
En el sentido más estricto, el universo de Mariusz Lewandowski nace de la noche, el momento del día que siempre dedicaba a la creación artística, cuando reinaba en el hogar el ambiente de paz, tranquilidad y confidencia que, como él mismo declaraba, necesitaba para fluir en el lienzo sin interrupciones. A la par, quiso dejar claro que, pese al carácter surrealista, fantástico y tenebroso que caracteriza su estilo y que se materializa en personajes tétricos, abrumadoras ruinas y la omnipresencia de la muerte, todo ello no refleja su auténtica visión de la realidad, y así lo expresó: “¡La verdad es que amo la vida! No soy un hombre amargado que está esperando las trompetas de los profetas angelicales del Apocalipsis”.
La continua presencia, física o etérea, de la muerte en sus pinturas entronca con el hondo sentido existencial que estampaba en ellas, con el cual nos invita a reflexionar sobre la vida y la muerte no tanto en clave de macabro recuerdo de que a todos nos llegará, sino en el sentido de que es una parte inseparable de nuestras vidas. Por supuesto, su filosofía vital es una de tantas, y era consciente de ello, por lo que no busca imponer la suya como la única posible, todo lo contrario, quiere advertir al espectador de no confiar su pensamiento y sus creencias en otros, cada uno debe forjar los suyos propios.

Los motivos que pueblan esos escenarios apocalípticos y pesadillescos pueden explicarse con una breve sentencia salida de su boca: “Me atrae lo desconocido: paisajes austeros de mundos lejanos con artefactos imponentes, como salidos de una pesadilla”. Sin embargo, aquí radica una de las diferencias capitales que, como comentaremos en un rato, distinguen su universo del beksinskiano: mientras en este último todo parece tender hacia la oscuridad, los ambientes de Lewandowski tienden a la luz. Se acentúa así una filosofía pictórica donde el peso de la muerte no impide, por otra parte, que las formas y las pinceladas destilen sentimientos de esperanza y optimismo.
Aunque en los escenarios de Lewandowski somos capaces de reconocer formas familiares de nuestro entorno, la manera en que son presentadas origina un mundo que sabemos de inmediato que no es el nuestro, o por lo menos no la versión que nosotros habitamos. Constantemente nos invade, en estos entornos, una sensación de sublimidad cuya dimensión casi siempre es patente, ya que suele disponer una figura en miniatura sobre un precipicio inferior o diversos seres transitando cuya pequeñez hace que un miedo a lo ignoto se filtre por los poros de nuestra piel. No solo resultan ominosas las arquitecturas y accidentes geográficos que articulan estos paisajes de ensueño, sino que existen a su vez criaturas colosales que, pese a su magnitud, no pierden la complexión humana, y, por tanto, sufren igualmente los avatares de la realidad que les ha tocado vivir.

Todo este cúmulo de sensaciones, impresiones y reflexiones es logrado por Lewandowski gracias a una refinada técnica de óleo sobre lienzo conseguida mediante un incansable esfuerzo que resulta admirable, como poco, sobre todo teniendo en cuenta que, en una situación tan poco ventajosa como la suya, muchos habrían terminado desistiendo en su lucha. La suma de tantos años de ardua dedicación forjó el estilo de un artista que juega hábilmente con las gamas frías y cálidas, predominando unas veces unas, otras guardando un equilibrio cargado de drama, tensión y misterio. La luz se vuelve, así, una de sus grandes fortalezas, transmitiendo su inmenso poder cautivador por medio de vibrantes, amplias y empastadas pinceladas que desbordan sobremanera los asfixiantes límites de la línea.
BEKSIŃSKI Y LEWANDOWSKI
Para concluir este escrito, consideramos de alto interés dedicar un apartado a realizar una comparación entre los estilos de Beksiński y Lewandowski para saber hasta qué punto este último se nutrió de las enseñanzas del primero, y dónde, una vez encontrado su propio lenguaje, radican las diferencias. Como se ha apuntado al inicio, ambos son artistas encuadrados en el “surrealismo polaco”, pues muestran un enorme interés por plasmar visualmente las imágenes almacenadas en el inconsciente.

Quizás sea en ese interior donde nazcan los ambientes de pesadilla de sus universos, si bien Beksiński no las veía como tal, sino como autorretratos con los que pintar cosas “bonitas”; por su parte, Lewandowski sí mencionó abiertamente el término pesadilla en una cita que hemos expuesto en el apartado anterior. En todo caso, los dos tienen preferencia por escenarios austeros con imponentes estructuras que induzcan a una reflexión metafísica sobre “la inevitabilidad de la existencia humana”, como decía Lewandowski.
Ante tan ominosos horizontes, unas atmósferas cargantes y seres que, no perdiendo el aspecto humano, se rigen por parámetros y leyes a donde no llega la comprensión de los mortales, somos presas del terror de lo sublime, el cual es un rasgo diagnóstico del estilo de Lewandowski, no estando presente con igual frecuencia en Beksiński. Eso sí, aunque los óleos de Lewandowski se acercan mucho más a la dimensión del terror cósmico, ello no implica que sean más oscuros, al contrario, muchos críticos y admiradores de su producción han señalado, en este punto, una diferencia clave con Beksiński: mientras este tiende a la oscuridad, Lewandowski se encamina a la luz, y quizás por no perder de vista la luz es por lo que sus criaturas siguen manteniendo la figura humana y no se transforman en monstruos beksinskianos, marcando así otra divergencia.

Ambos pintores polacos, como ya hemos comprobado, tienen fuertes lazos con la cultura del heavy metal, concretamente del metal extremo, aunque también ha quedado ya claro que en Lewandowski su importancia es titánica: sus pinturas no solo fueron utilizadas en algunas carátulas de discos, como sucede con Beksiński, fue directamente su estilo el que, a través del canal digital, captó la atención de bandas de doom metal y otros subgéneros, las cuales contactaron con Lewandowski para realizarle encargos directos, pedirle los derechos de reproducción de pinturas previas o, incluso, adquirir las originales. Beksiński ganó su fama en exposiciones, mientras que Lewandowski adquirió un reconocimiento más concentrado en el nicho del heavy metal.
Otra convergencia en sus pensamientos estriba en que ni Beksiński ni Lewandowski quisieron nunca dar lecturas que pudieran cerrar el abanico interpretativo de sus obras, si bien Lewandowski dio un poco más de información en las entrevistas que concedió, en su página web y, además, sí tenía costumbre de poner título a sus telas, a diferencia de Beksiński. Por lo tanto, ante las creaciones de ambos debemos admitir que somos más ignorantes que sabedores, que, aunque podemos reconocer ciertos elementos, en verdad desconocemos si encierran alguna clase de significado. Delante de un cuadro de Lewandowski, simple y llanamente, no somos nadie, nos limitamos a dejar que los eventos sucedan tal y como los ha orquestado el artista, y a que, llegado el momento, la recurrente aparición de la parca nos convoque a sus aposentos.
CONCLUSIÓN
La repentina muerte de Lewandowski supuso un duro golpe para los amantes del heavy metal y, por supuesto, una desoladora pérdida para sus seres queridos, sobre todo para su mujer y sus hijos, con los que deseaba retirarse a una plácida villa campestre, rodeados de naturaleza, belleza y paz. Pese a la fama que adquirió en el nicho de la música extrema, él nunca se consideró a sí mismo una celebridad, mantuvo hasta el final una humildad inquebrantable y un profundo amor hacia su tierra y su familia. A falta de analizar al tercer artista de esta trilogía del terror polaco, querido lector, ¿con quién te quedas: con Beksiński o con Lewandowski?
WEBGRAFÍA
SIEVERS, A., “Mariusz Lewandowski: the man behind the art”, en The Music [en línea], https://themusic.com.au/features/mariusz-lewandowski-the-man-behind-the-art/BmQSGBs aHRw/08-04-19 [consultado el 24/10/2026]
