Cómo aprendimos a mirar la violencia
Creo que la mayoría estaremos de acuerdo en que hay algo profundamente incómodo en permanecer delante de muchas de las obras de Francisco de Goya (Fuendetodos, Zaragoza, 1746 – Burdeos, Francia, 1828).
No importa cuántas veces las hayamos visto en libros, documentales o museos. Cuando las contemplamos, a menudo aparece cierta sensación de desasosiego difícil de explicar. Las figuras deformadas, los rostros desencajados y las escenas violentas nos abruman, quizás, porque no parecen pertenecer únicamente al pasado. Hay algo extrañamente contemporáneo en ellas.
Dicha sensación puede venir motivada por la intencionalidad del propio autor, el cual, a través de sus obras, no solo pintó la violencia, sino que nos abrió a una nueva interpretación de ella: pintó nuestra manera de mirarla. Y, de algún modo, aquí seguimos, observando el horror a través de la mirada que él inauguró hace ya más de dos siglos.
En líneas generales, la guerra y el sufrimiento se solían representar, al menos en el arte occidental, con una mirada épica, religiosa o incluso de heroicidad. Incluso las escenas más violentas permanecían edulcoradas, cuidadas en estética, ordenadas o dignificadas, lo que propiciaba que se mantuviera cierta distancia de protección hacia el espectador.
Basta observar obras como La rendición de Breda, de Velázquez, donde el honor militar y la nobleza representan la guerra, o El martirio de San Felipe, de José de Ribera, que como tantas obras barrocas, muestra el horror del sufrimiento físico desde una óptica religiosa de espiritualidad y belleza estética, amortiguando así el impacto por el dolor representado.
Sin embargo, Goya rompió con todo eso.
En series como Los desastres de la guerra, compuesta por 82 grabados realizados entre 1810 y 1820, la violencia deja de ser gloriosa para convertirse en algo brutal, crudo y profundamente humano. Ya no se representan héroes, ya no encontramos la grandilocuente y bella victoria. Tampoco hay un áurea clásica que suavice la escena. Solo encontramos cuerpos mutilados, ejecuciones, hambre, miedo y desesperación humana.
Por primera vez, el espectador parece enfrentarse directamente con el horror: se ha producido un cambio en la representación visual de la violencia y Goya ha sido el artífice.

En la actualidad, parece por todos aceptado que la violencia, vende. Basta pensar en el éxito contemporáneo de las películas bélicas, las series sobre asesinos, las fotografías de guerra o incluso el turismo vinculado a espacios del trauma y la muerte.
El ser humano, al observar la violencia, experimenta una mezcla de rechazo y atracción. Nos incomoda, pero también nos captura visualmente. Genera en nosostros un impacto emocional, sentimos, en parte, una necesidad constante de acercarnos a todo aquello que nos provoca miedo.
Goya supo anticipar esa fascinación por contemplar el sufrimiento ajeno. Lo comprendió mucho antes que nadie.
Años después, entre 1819 y 1823, ya anciano y profundamente marcado por la enfermedad y la sordera, Goya pintó directamente sobre los muros de la Quinta del Sordo las conocidas Pinturas negras, probablemente la representación más radical del miedo, la violencia y la angustia en toda la historia del arte occidental.
Obras como Saturno devorando a su hijo, en la que cualquier persona que se encuentre leyendo estas líneas ya habrá pensado, continúan provocando una reacción física en quien las contempla. El cuadro resulta grotesco y perturbador. Es casi imposible apartar la mirada de él cuando te aproximas. No existe armonía ni distancia. El horror ocupa todo el espacio visual. Y, sin embargo, casi esperando que algo cambiara, seguimos contemplándolo.

Ahí aparece una de las grandes y bien sabidas contradicciones de la representación artística del sufrimiento: la violencia puede generar rechazo moral y fascinación estética al mismo tiempo. De hecho, gran parte de la cultura visual contemporánea sigue funcionando exactamente así. Si no, ¿por qué no apartamos la mirada?
La fotografía de guerra, el cine postapocalíptico, las ruinas de ciudades o ciertas estéticas vinculadas a la decadencia beben directamente de esa tensión entre belleza y destrucción. Incluso fenómenos actuales, como la fascinación visual por Chernóbil, las ciudades abandonadas o determinados espacios de memoria participan de esa misma lógica estética: observar el colapso desde una posición relativamente segura. El horror, el miedo o la violencia se convierte entonces en experiencia visual.
Pero Goya introduce algo que para nosotros puede resultar más incómodo todavía, la imposibilidad de permanecer neutral frente a la violencia. Sus obras no permiten una contemplación completamente cómoda. Obligan al espectador a posicionarse emocionalmente. Nos convierten, en cierto modo, en testigos. No nos dejan permanecer impasibles.
Ayer mismo, en un programa cualquiera de la televisión pública se hablaba de este tema tan actual y del cual, aunque sea difícil escapar, muchos son conscientes: vivimos en una época saturada de imágenes de sufrimiento. Consumimos guerras, catástrofes y tragedias a través de pantallas constantemente. Vemos bombardeos mientras desayunamos, desplazamos imágenes de destrucción con el dedo y convivimos con una sobreexposición visual al dolor que habría sido impensable en cualquier otra época. Permanecemos en un estado de anestesia provocado por la realidad social en la que vivimos. Y es aquí, precisamente, cuando caemos en la contradicción, ya que cuanto más violencia vemos, menos nos afecta.
El filósofo francés Guy Debord ya advertía en los años sesenta de que vivimos en una sociedad que convierte la realidad en imágenes y espectáculo. El sufrimiento ajeno tampoco queda fuera de esa dinámica, muchas veces terminamos consumiendo el horror como si fuese un contenido más.
Es aquí donde podemos valorar aún más la obra de Goya, ya que no intentó rebajar la violencia para hacerla agradable. No pretendía que nos sintieramos más cómodos al enfrentarnos al horror, no quería que se perdiera la realidad de lo que representaba y, para ello, lo mostró como algo incómodo, irracional y profundamente perturbador. Sus imágenes no nos tranquilizan, más bien nos enfrentan con nosotros mismos.
Y eso es, tal vez, lo que lo hace contemporaneo, que como supo comprender que contemplar el horror dice algo de nosotros, no se limitó a pintar escenas violentas. Decidió despertar nuestra curiosidad, desafiar nuestros límites éticos y aprovechar nuestra necesidad de observar aquellas cosas que tememos.
Hoy en día seguimos visitando museos, memoriales, campos de concentración o escenarios de catástrofes, movidos por esa misma tensión entre memoria, aprendizaje, emoción o fascinación visual. Cambian los formatos, cambian los contextos históricos, pero la pregunta permanece igual: ¿Por qué necesitamos mirar el sufrimiento?
Quizás porque la violencia nos recuerda nuestra propia fragilidad. Puede ser porque contemplar el horror desde una posición segura produce, de alguna forma, un alivio emocional. O tal vez porque, en el fondo, existe algo profundamente humano en intentar comprender aquello que nos destruye.
Y las pinturas de Goya siguen ahí, siglos después, obligándonos a sostener la mirada. Recordándonos que lo verdaderamente inquietante no es la violencia que muestran sus obras, sino el hecho de que aún no podamos dejar de mirarlas.
Bibliografía
- Berger, J. (1972). Modos de ver.
- Bozal, V. (2005). Francisco Goya: vida y obra.
- Burke, P. (2001). Visto y no visto.
- Hughes, R. (2003). Goya.
- Sontag, S. (2003). Ante el dolor de los demás.
Imágenes
- museodelprado.es. El tres de mayo de 1808 (Francisco de Goya).
- museodelprado.es. Grande hazaña! Con muertos! (Francisco de Goya).
- museodelprado.es. Saturno devorando a su hijo (Francisco de Goya).
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Realizado por: Natalia Egea

