EL MISTERIO DE LAS JOYAS IMPERIALES DESAPARECIDAS
INTRODUCCIÓN
No todos los robos de Arte que se han producido en la historia los han perpetrado, como nos hacen ver en la ficción, grupos de hombres vestidos de negro y con pasamontañas que ocultan sus identidades, es más, la mayoría de los que os vamos a ir trayendo en esta sección se alejan de ese modelo. Ya vimos que el paisaje de Cézanne del Museo Ashmolean fue extraído por personas que entraron y salieron casi como Pedro por su casa, y, ya fuera de las instalaciones, se perdieron entre la multitud como paisanos.
Sed así bienvenidos a este nuevo artículo de La Cámara del Arte. Hoy os traemos otro caso de saqueo de bienes artísticos que nos traslada a la segunda década del siglo XX, a los años finales del gobierno de los zares de Rusia, cuando la revolución bolchevique de 1917 derrocó y asesinó a los últimos Románov. Entre otras medidas tomadas por los revolucionarios, se confiscaron como botín sus valiosas pertenencias materiales, donde se incluían joyas altamente refinadas, muchas de las cuales hoy siguen sin estar localizadas. Dentro de estas, sin duda, ocupan un puesto de honor los llamados huevos de Fabergé por su calidad técnica, material y artística, y del total de cincuenta que fueron regalados a la familia imperial, siete permanecen en paradero desconocido. ¿Quieres conocer toda esta historia? Quédate, que te la contamos.
ROMÁNOV Y FABERGÉ
Imperio ruso, 1885, nos encontramos en las últimas décadas de existencia de la familia Románov, segunda dinastía de zares de la historia de Rusia. Estos emperadores llevaban en el trono desde 1613, año de la coronación de su primer representante, Miguel I. Para el primer año que hemos dado, quien controlaba el territorio ruso era Alejandro III, que había sucedido a su padre, Alejandro II, en 1881. Como toda familia real, que goza de alto poder adquisitivo a expensas del pueblo, Alejandro quería regalarle a su joven esposa, María Fiódorovna, un detalle muy especial como muestra de amor y lealtad.
Existía, desde la Rusia medieval, una tradición rural según la cual el marido le regalaba a su mujer un colgante con forma de huevo cada mañana de Pascua. Esta costumbre terminó infiltrándose en las altas capas de la sociedad, y es así como se entienden, en su forma más básica, los huevos de Fabergé, como una versión de mayor tamaño, lujo y calidad de aquellos colgantes. La idea de un obsequio de este tipo para consagrar la felicidad conyugal de los zares la concertó con el hombre que da nombre a dichos huevos, Peter Carl Fabergé, joyero petersburgués perteneciente a una prestigiosa familia de origen francés.
Peter había heredado el taller familiar en 1872, tras haberse formado con reputados joyeros europeos, y al regresar y ponerse al frente de la Casa Fabergé, comenzó a combinar lo que había observado en Europa con la tradición eslava de la Madre Rusia. Elevó a tal nivel los estándares de calidad de la firma de su familia que, en poco tiempo, las élites rusas le confiaban a él sus mayores exigencias, lo que conllevó una ampliación de su obrador y el consiguiente aumento de la plantilla laboral para poder acometer ese volumen de encargos. Así mismo, obtuvo por sus joyas una medalla de oro en la Exposición Panrusa de Moscú de 1882, y fue esa la muestra pública definitiva que llevó su fama a oídos de la familia imperial, que lo convocó en el citado año de 1885 en su residencia principal, el palacio de Gátchina.
Ante tan importante pedido para su carrera, Fabergé centró prácticamente todos sus esfuerzos en contentar al zar y, sobre todo, a la zarina, a quien iba destinado el regalo. La mañana de Pascua de aquel año, Alejandro III le entregó a su amada María el primer huevo de Fabergé, seguramente el que más recuerda de todos a un huevo en su sencillez gracias a su esmalte blanco y el interior dorado, que, como si se tratara de una matrioska, esconde una sorpresa: una gallina, también de oro, delicadamente trabajada y que, a su vez, guardaba otras dos miniaturas hoy perdidas, una réplica de la corona imperial hecha con oro y diamantes, y un colgante de rubí.

Desde entonces hasta su muerte en 1894, Alejandro III siguió pidiendo a Fabergé un huevo único para cada Pascua con sorpresa incluida, y como reconocimiento por su gran labor, lo nombró proveedor oficial de la corte imperial rusa, pudiendo así lucir el emblema del imperio en su establecimiento. Este impulso permitió difundir su marca no solo por toda Rusia, sino también por toda Europa, abriendo con los años sucursales en ciudades como Moscú, Kiev o Londres.
Cuando hereda el trono Nicolás II, hijo de Alejandro III, la tradición de los huevos Fabergé no solo continúa, sino que se amplía, ya que este encargaba al joyero no uno, sino dos ejemplares: uno para su esposa, Alexandra Fiódorovna, y otro para su madre. Los principios rectores de lujo, innovación técnica y excelencia artesanal se siguen incrementando tanto en los encargos aristocráticos y burgueses como, sobre todo, en los huevos imperiales, estrictamente supervisados por el propio Peter desde el diseño hasta la ejecución y el acabado final.

Y, por supuesto, las sorpresas del interior estaban a la orden del día, tanto por su exquisito detallismo como por los sentimientos que despertaban en el zar y su familia al evocar momentos y lugares clave de su historia. Así lo vemos en ejemplos como el Huevo del palacio de Gátchina de 1901, que recrea, como el propio nombre indica, la residencia principal de los zares; o el Huevo del yate imperial Standart de 1909, tallado en cristal de roca, permitiendo ello ver la sorpresa sin necesidad de abrirlo, en este caso nada menos que el barco con que vacacionaba la familia del zar.

NI ZARES, NI HUEVOS
Hasta los últimos huevos de Fabergé de 1917, los Románov atesoraron en su colección un total de cincuenta piezas de la más refinada joyería, más otras dos que Fabergé no pudo entregar. ¿Qué ocurrió aquel año? La Revolución rusa puso fin a la vida de lujos y caprichos de los zares y su régimen, viéndose Nicolás II obligado a abdicar. Los bolcheviques, líderes de la revolución, confiscaron buena parte de las joyas de la colección imperial, bien para venderlas a funcionarios rusos, bien para adjudicarlas en subastas europeas y estadounidenses.
Así fue como comenzó su diáspora y continuo devenir por diversas instituciones, colecciones privadas y casas de subastas de todo el mundo, donde han alcanzado cifras millonarias. En la actualidad, 43 de los 50 huevos están perfectamente localizados y expuestos en sus respectivos espacios, restando un total de siete cuya pista sigue sin poder rastrearse, se perdieron indefinidamente tras la revolución de 1917, no sabiendo, por tanto, si siguen intactos en algún lugar o si han dejado de existir para siempre. Aunque este tipo de pérdidas siempre son de lamentar, quedémonos con el dato más que positivo de que se conserva el 86% del total de huevos imperiales de Fabergé, así como fotografías, aunque de mala calidad, de algunos de los perdidos.
¿Y qué pasó con la marca? Tras la caída y asesinato de la familia de Nicolás II en Ekaterimburgo en 1918, la Casa Fabergé entró en rápido declive al ir ligada buena parte de su fama y sustento a los zares, y ante el temor de ser capturados por las tropas bolcheviques por su afinidad con el viejo régimen, Peter huyó del país, muriendo en Suiza en 1920 a los 74 años. Sus talleres y joyerías de Rusia, como era de esperar, fueron igualmente expropiados, mas su legado, como vemos, ha perdurado.
OTRAS JOYAS DESAPARECIDAS
Cuando fueron fusilados los últimos miembros de la dinastía Románov, según cuentan las fuentes, las doncellas aguantaron varias balas debido a que habían blindado los forros de sus corsés con piedras preciosas de su tesoro con el fin de intentar salvaguardar una pequeña parte de su patrimonio. En su infructuosa huida contra los bolcheviques, la familia y muchos de sus amigos y sirvientes se hospedaron en la Mansión del Gobernador de Tobolsk, la capital histórica de Siberia, con un voluminoso equipaje que incluía, además de ropa, medicamentos y otros suministros, piezas de porcelana, vajilla de plata y oro, y gran cantidad de joyas cuyo valor conjunto podía ascender a los 2,8 millones de rublos, que serían, al cambio, 15,7 millones de euros.
Comprendiendo que el regreso era ya imposible y que pronto serían trasladados a Ekaterimburgo, los Románov, además de coser las joyas en los citados corsés, dividieron sus bienes en tres partes: una fue entregada a un convento cercano, cuyas monjas los habían ayudado; otra fue dada a un sacerdote llamado Alexéi Vasíliev, y la última fue enviada a la ciudad de Omsk. Fuera del territorio ruso, un barco cargado con 29 contenedores fue enviado a Reino Unido con la esperanza de hallar asilo en ese país; qué pasó con él al final es un misterio.
Un último rumor habla de un tren cargado con casi quinientas toneladas en forma de lingotes de oro, que iba a partir de San Petersburgo hacia Kazán, ciudad asediada por el Ejército Rojo para hacerse con él. Cuando ganaron la batalla, este, supuestamente, estaba ya de camino a Siberia, concretamente a Irkutsk, donde sí conseguiría ser interceptado por mercenarios checos, que pudieron apropiarse de una parte sustancial del botín, regresando la otra a Kazán. Rizando el rizo de la leyenda, dícese que uno de los trenes donde los checos cargaban la mercancía, el cual ascendía por los montes Sayanes, descarriló y se hundió en las profundas aguas heladas del lago Baikal, pero ningún cazatesoros hasta la fecha ha hallado dicho oro sumergido.
De todo ello, tan solo se tiene noticia de la primera de estas remesas, que consistía en 154 piezas de joyería que pasaron de la madre abadesa a un amigo cuando el convento fue desamortizado en 1923, y tras diez años ocultándolo, el propietario, Vasili Mijáilovich Kornilov, reveló su paradero entre cruentas torturas de la policía política de la Unión Soviética. El monto engrosó las arcas del Gobierno y fue mantenido en alto secreto por los servicios de contraespionaje rusos hasta 1996, cuando Boris Yeltsin, presidente de la Federación de Rusia, dio a conocer la lista completa de joyas, muchas de ellas seguramente desmanteladas y vendidas en pos de la causa comunista. En esa nómina, hallamos toda clase de objetos, como tiaras, broches, pendientes o collares ricamente engastados.
CONCLUSIÓN
La esperanza es lo último que se pierde, y el dicho se alentó por última vez, en el caso que nos ocupa, en 2004, cuando un comerciante de chatarra de Estados Unidos, tras una investigación en internet, descubrió que guardaba en su casa un huevo de Fabergé, para más señas el Huevo del reloj, tercero de la lista, que alberga en su interior un lujoso reloj Vacheron Constantin. El huevo revolucionó el mercado del Arte durante semanas, y fue vendido por la reputada joyería Wartski por el equivalente en libras esterlinas de 23 millones de euros.

Ante un episodio tan relativamente reciente, como poco, cabe todavía esperar que, algún día, vuelvan a salir a la luz los huevos perdidos de Fabergé, así como el resto de joyas del tesoro de los Románov. Y a ti, querido lector, ¿cuál de todos los famosos huevos de Fabergé te gusta más? Nos vemos en otra entrega sobre robos Arte
BIBLIOGRAFÍA
TRIGO, A., Ladrones de arte. Robos célebres de grandes obras, Barcelona, Ariel, 2025
