El Museo Nacional de Arte Romano de Mérida es uno de los referentes, no sólo a nivel nacional sino también a nivel internacional, en cuanto al estudio del mundo romano se refiere. No olvidemos que Augusta Emerita fue una de las capitales de Hispania, llegando a convertirse en una de las capitales de provincia más florecientes e importantes de todo el Imperio.
Muestra de todo ello son las cientos de piezas expuestas en el museo (sin contar las otras cientos, por no decir miles, que duermen en sus almacenes). Si visitáis la ciudad y tenéis muy poco tiempo, aquí os traemos un TOP 5 de las mejores piezas del museo. Con un criterio completamente subjetivo.
CABEZA DE AUGUSTO VELADO
Realizada en mármol y perteneciente al siglo I.
Hallada en el aula sacra del teatro.

Es, quizá, la pieza más icónica de todo el museo, incluso de Mérida.
Esta cabeza del fundador del Imperio (y cuyo nombre llevó la ciudad en época romana: Augusta Emerita) se encontró en una zona muy especial del peristilo del teatro romano: el aula sacra.
Se trata de una habitación, situada al fondo del peristilo, dedicada al culto imperial. En ella se encontró no sólo a Augusto, sino también a Tiberio y Druso el Menor.

La cabeza, completamente exenta, se insertaba en un cuerpo togado.
Esta pieza nos muestra al emperador en su faceta Pontifex maximus, el sumo sacerdote del colegio de pontífices y cabeza religiosa del estado, siendo el rango más alto de todos ellos.
Esa especie de media melena que parece que lleva Augusto no es otra cosa que parte de su toga, con la que se cubría la cabeza para ciertas ceremonias, como cuando ofrecían un sacrificio.
No se conoce el origen del busto, es decir, si se hizo en un taller local o si, por el contrario, se hizo en uno de fuera. Lo que sí sabemos es que sigue el modelo del Augusto de Via Labicana, donde vemos al emperador también como pontífice máximo.
Volviendo al aula sacra, ¿por qué los romanos rendían culto a los emperadores si no eran dioses? Pues porque Augusto fue el primero en incluir el culto a la familia imperial dentro del panteón oficial y, así, usarlo como herramienta política, pues Octavio supo como nadie usar su imagen como propaganda política y como nexo de unión de un imperio tan amplio como el romano.
Hay una anécdota curiosa. Al antiguo director del museo, en una entrevista, le preguntaron qué pieza salvaría del museo si sólo pudiese escoger una. Y no dudó un segundo: la cabeza de Augusto Velado. Yo haría lo mismo.
MOSAICO DE LOS AURIGAS
Perteneciente al siglo IV.
Hallado en la calle Arzobispo Massona (centro de Mérida)

Este mosaico formó parte del pavimento de una casa, pues en época imperial los suelos solían ser de mosaico. Eso sí, los de las casas más pudientes. Estos mosaicos se hacían con pequeñas piezas de piedra, mármol o pasta vítrea con las que se formaban diversos dibujos, desde las decoraciones geométricas más simples hasta verdaderas escenas mitológicas donde se llegaban a incluir sombras para dar relieve y profundidad.
El museo conserva una excelente colección de mosaicos, pero quizá este sea el más importante, no sólo por tamaño, sino por el detalle de su decoración: gran cantidad de motivos geométricos y vegetales y tres grandes escenas figurativas.
En la parte central, hoy perdida, se situaba un tondo vegetal con una escena báquica. Aún se pueden ver algunas figuras femeninas que bailan y tocan los crótalos, posiblemente bacantes, mujeres que participan en las bacanales, ceremonias dedicadas al culto del dios Baco. En las esquinas, se representan los vientos.

En los laterales, dos aurigas, una en cada extremo. Los aurigas eran los conductores de los carros de caballos que corrían en el circo y que era el deporte favorito de los romanos. Montados en un carro tirado por cuatro caballos (cuadriga) los aurigas daban siete vueltas alrededor de la spina, una estructura central, a una velocidad vertiginosa digna de la mejor carrera de Fórmula 1. Ganaba el que conseguía completar las siete vueltas primero sin haberse quedado por el camino.
Aquí vemos a dos aurigas victoriosos, subidos a sus respectivas cuadrigas. Llevan la vestimenta típica de este tipo de deportistas: un corselete con bridas que llevaban sujetas a la cintura para controlar a los caballos. Además, portan la palma, símbolo de la victoria y llevan la fusta en alto, mostrando así el triunfo. Gracias a las inscripciones que los acompañan podemos sabe quieren fueron: MARCIANVS NICHA (izquierda) y PAVLVS NICA (derecha).


Pero no sólo a ellos podemos conocer, sino también el nombre de uno de los caballos y del propietario o criador del mismo. El caballo se llamaba INLVMINATOR y su propietario GETVLI.
El hecho de que en un mosaico se les represente nos ayuda a hacernos una idea de cómo triunfaron las carreras circenses en la sociedad romana. O acaso el dueño era muy fan o, incluso, dueño de alguna de las facciones (equipos) que corrían en el circo.
Una curiosidad: si os habéis fijado alguna vez, gran cantidad de mosaicos romanos están destruidos por el centro, que normalmente alberga un tondo con algún tipo de decoración. Parece ser que se creía, ya en época posterior, que bajo esos motivos decorativos, los romanos pudientes escondían sus riquezas. Por ello, los destrozaban para encontrar… absolutamente nada.
PINTURAS DEL ANFITEATRO
Perteneciente a finales del siglo III.
Halladas en el anfiteatro.

En el momento de su hallazgo, formaban parte de una tumba de época tardía pero, gracias a su temática, se pudo deducir que formaron parte de la donación de la balaustrada del podium del anfiteatro, zonas que debió estar bastante decorada pero, desgraciadamente, hoy se conservan pocos restos de estas decoraciones a lo largo de todo el imperio.
Son cuatro fragmentos en total en los que podemos ver diferentes escenas: un hombre en posición de caza, la lucha entre una tigresa y un jabalí, otra escena de caza entre una figura masculina y una leona y un trozo con un paisaje montañoso.
Hay que reconocer la gran calidad con la que están realizadas las escenas donde, incluso, se puede apreciar la textura de la piel de los diferentes animales que se representan o el tejido de las ropas.
¿Qué representan estas escenas? Pues estamos viendo venationes, espectáculos de caza muy populares en tiempo de Augusto y que se realizaban en el anfiteatro.

Consistían en escenas de caza donde cazadores especializados, luchaban contra animales traídos desde diversas partes del imperio, aunque la mayoría procedían de África.
Además de la calidad, estas pinturas son tan importantes porque nos permiten conocer cómo se vestían estos venatores. Así, vemos que llevaban unas túnicas cortas blancas que se ajustaban a la cintura y se decoraban con dos franjas rojas verticales. Bajo ellas, unos pantalones rosados y unas botas altas oscuras que se ataban detrás de la rodilla. Lo más destacado, quizá, sea ese guante metálico, llamado manica, que los protegía de los mordiscos de las fieras. Incluso uno de ellos porta una especie de red.
Como véis, no sólo de espectáculos gladiatorios vivía el anfiteatro.
DÍPTICO CONSULAR
Perteneciente a mediados del siglo IV.
Adquirida por el Ministerio de Cultura en 2004, fecha desde la que forma parte del museo.

Este objeto tan curioso se trata de una especie de librito realizado con placas de marfil y que usaban los cónsules, ya durante la antigüedad tardía, para que todo el Imperio conociera su nuevo puesto. A veces también eran usados por los emperadores. Era una especie, diciéndolo entre muchas comillas, de tarjeta de presentación donde venía el nombre del susodicho y el cargo que ostentaba, aunque también nos puede recordar a una recordatoria, como las que se dan en bautizos y comuniones.
Por supuesto, no eran objetos comunes, sino de completo lujo (tened en cuenta que estaban hechos de marfil, un material muy caro) y que los magistrados entregaban a quienes les recibían como muestra de amistad.
Desgraciadamente sólo conservamos una de las dos placas, eso sí, con una bellísima decoración en una de sus caras.
En el centro vemos un tondo realizado a base de frutas, hojas y espigas, que se ata en la parte baja con una cinta y, en su interior, el busto de un hombre, que viste una túnica con bellos brocados. En su cabeza, un nimbo. Lleva dos objetos en sus manos: en la derecha una tela (mappa) y en la izquierda un cetro.
Enmarcando la figura, cuatro pequeñas rosetas.
Sin duda lo más interesante es la inscripción que en su parte superior podemos leer:
“V(ir) C(larissimvs) AT INL(vstris) EX C(omite) D(ometicorvm) CON(svl) ORD(inarivs)”
(Varón preclaro e ilustre, de Conde Palatino a Cónsul ordinario)
ESTELA DE LUTATIA LUPATA
Perteneciente al siglo II.
Hallada en el Cerro de San Albín.

Las estelas funerarias son una constante en los descubrimientos arqueológicos del mundo romano (con permiso de la cerámica) y el museo conserva una excelente colección. De entre todas ellas, esta siempre me ha llamado la atención, tanto por su belleza como por su historia.
Esta tipología de estela funeraria es típica de la zona emeritense, donde se ve una edícula o templete donde se sitúa la imagen de la difunta.
Se trata de una figura femenina vestida con una túnica de manga larga (la manga larga era típica en la vestimenta femenina del mundo romano, por aquello del pudor y la honra de la mujer) y que muestra unos pequeños pliegues en la zona del escote.
El rostro es tratado con una delicadeza tremenda, transmitiendo una serenidad casi contagiosa.
Pero, sin duda, lo más curioso es lo que la joven lleva: un instrumento de cuerda. ¿Qué significa esto? Pues parece ser que, al representarse con él, lo que nos quieren contar es que era una tañedora destacada de ese instrumento o también hay quien ve un carácter funerario y como la música era muy importante en este contexto.
Pero esas no son las únicas dudas que este objeto nos deja, pues la identidad de quién dedicó este monumento también es algo controvertida. Lutatia Severa se ha querido ver como la maestra que la enseñó a tocar el instrumento, quizá tras acogerla en su casa de pequeña. Puede que le enseñase el manejo del instrumento para su disfrute.
Debió ser muy querida para dedicarle esta estela.
La inscripción que podemos leer en ella reza así:
“D(is) M(anivus) S(acrum) / Lutatia Lupata ann(orum) XVI / Lutatia Severa alum(ae) / h(ic) S(ita) e(st) S(it) t(ibi) t(erra) l(evis)”
(Consagrado a los Dioses manes / Lutatia Lupata, de dieciseis años / Lutatia Severa a su alumna / Aquí yace, que la tierra te sea leve).
BONUS: PASARRIENDAS DE LOS FILÓSOFOS
Perteneciente al siglo IV.
Hallada en la Zona Arqueológica de Morerías.
En depósito en el museo desde 2012 (desde el Consorcio de la Ciudad Monumental de Mérida).

Esta pieza, realizada en cobre, ha sido identificada como un pasarriendas para las correas de los caballos, aunque también se ha interpretado como un aplique de carro.
Independientemente de lo que sea, lo que verdaderamente importa son las dos figuras que lo decoran: dos hombres barbados, sentados y mirando ambos hacia la misma dirección.
Si nos fijamos, visten a la griega, pero al modo de la Grecia más arcaica, con himation, una túnica rectangular y larga que cubría todo el cuerpo y que se sujetaba al hombro, dejando el pecho al descubierto.
Ambos llevan objetos que han permitido identificarlos (o interpretarlos) como filósofos: el de la izquierda lleva algo parecido a una tablilla de cera abierta y, el de la derecha, un rollo de papiro. El conjunto lo cierran dos cabezas de felino que surgen tras ellos y que se ubican en los laterales, apareciendo con las fauces bien abiertas.
Parece un objeto un tanto extraño para dedicarlo a un par de filósofos, ¿verdad? Pues parece ser que no. Y es que esto mostraría cómo, en la Antigüedad, la Filosofía era una de las disciplinas más importantes dentro de la educación romana y, cuyo origen está en la traducción de textos griegos.
BIBLIOGRAFÍA Y WEBGRAFÍA
“Museo Nacional de Arte Romnao. Mérida”. Ministerio de Educación y Cultura. Madrid, 1997.
MUSEO NACIONAL DE ARTE ROMANO.
https://cultura.gob.es/mnromano/home.html
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