Las bodas siempre han sido un acontecimiento. Desde las más sencillas en tiempos grecorromanos hasta los medio festival que se organizan hoy en día. Aunque aún quedan algunas reminiscencias de esos rituales antiguos, sobre todo de época romana.
Vamos a conocer cómo eran las bodas en la antigua Roma y, después, analizaremos uno de los frescos más bellos sobre este tema.
Casarse a la romana

Las bodas eran un acto privado y normalmente no solían dejar documentos sobre el acto en sí, aunque sí que han llegado hasta nosotros las llamadas justas bodas, que tienen valor jurídico donde se decía, por ejemplo, que los hijos engendrados dentro del matrimonio eran legítimos, eso sí, siempre que fueran reconocidos por el padre y, además, serían los herederos del patrimonio.
La fecha no se escogía de cualquier forma. Se evitaban los días y meses de mal augurio. Por ejemplo, el martes y el mes de marzo no eran adecuados, pues estaban dedicados a Marte, el dios de la guerra.
Una vez escogida la fecha, comenzaba el ritual.
La noche antes de la boda, la novia consagra a la divinidad los juguetes de su infancia, simbolizando el paso de la niñez a la madurez. Hay que tener en cuenta que las mujeres se casaban entre los 15 y 18 años, aunque a partir de los 12 ya era legal contraer matrimonio con hombres que, normalmente, eran bastante mayores que ellas.
El día de la boda, la novia vestía una túnica recta, que se ceñía al cuerpo con un cinturón anudado. Nudo que solo podía ser deshecho por el esposo en la noche de bodas. También solía llevar un velo rojizo.
Todas las habitaciones se adornaban con flores y guirnaldas, tanto de la casa del novio como de la novia, incluidas las puertas de la calle.
El comienzo de la ceremonia lo marcaban los auspicios, necesarios para conocer si la voluntad de los dioses era favorable.

Tras esto, comenzaba la ceremonia en sí, donde una mujer mayor actuaba como maestra de ceremonias y unía las manos derechas de los cónyuges. Y así, quedaba sellado el matrimonio.
También había otro tipo de bodas que seguían un ritual mucho más antiguo donde el Flamen Dialis (el sacerdote mayor de Júpiter) la presidía. En ellas, los esposos se sentaban en sendas sillas cubiertas con pieles de animales sacrificados y cubrían su cabeza con un velo. Unían sus manos, daban una vuelta alrededor del altar y comían algo de trigo, sellando así el matrimonio.

No podía faltar el banquete, que en eso no hemos cambiado. Se celebraba en casa de la novia y, al caer la noche, se iniciaba otro ritual: el de acompañar a la novia a la casa del novio, donde viviría la pareja. Aquí, la novia se agarraba a su madre, entre lloros y lamentos, mientras su esposo intentaba arrancarla de sus brazos, emulando así el episodio legendario del rapto de las sabinas.
Viajemos ahora a los inicios más arcaicos de Roma. A su fundación
Rómulo necesitaba poblar la ciudad y, para ello, abrió las puertas a todo aquel que quisiera unirse. Ladrones, fugitivos o esclavos fugados fueron los que respondieron a esta llamada. Hombres todos en definitiva que, si bien para guerrear eran muy valientes, difícilmente podrían hacer prosperar la ciudad. Necesitaban mujeres o, si no, la comunidad no sobreviviría más de una generación.
Ante esto, Rómulo envío a embajadores a las comunidades vecinas para pedirle alianzas, apoyándose en la grandeza que Roma estaba destinada a tener, pero ninguno aceptó. Así, Romulo urdió un plan.
Durante las fiestas consuales (o eso cuentan) celebradas en agosto, se invitó a los pueblos cercanos a disfrutar de ellas, como era costumbre. Todos disfrutaban del ambiente de forma relajada cuando Rómulo hizo una señal a sus hombres y se produjo el caos: raptaron a todas las jóvenes vírgenes que pudieron.

Ante aquella situación, los hombres (mayoritariamente sabinos según cuenta el mito) huyeron por temor a que aquella emboscada tomase un cariz aún mayor.
Las mujeres (unas 683 según cuenta Dionisio de Halicarnaso) fueron repartidas entre los romanos, asegurándoles que no les ocurriría nada malo. Ellas aceptaron (tampoco les quedaba otra) y realizaron los rituales nupciales.
Tras aclarar esto, volvamos a la boda.
Habíamos dejado al novio intentando llevarse a la novia emulando ese episodio mitológico. Tras esto, el cortejo se dirigía a la casa del novio, que se había adelantado para recibir a la novia en la puerta. Ella llevaba en sus manos el huso y la rueca, símbolos de su futuro doméstico, mientras iba acompañada por algunos invitados, que iban con antorchas y cantando, para así ahuyentar a los malos espíritus.
Una vez en casa del esposo, y tras varios rituales, la novia procedía a entrar. Pero no podía pisar el umbral, por lo que era llevada en brazos por los invitados y recogida por su esposo.
Es curioso ver como esa tradición de entrar con la novia en brazos aún hoy se sigue usando.
Dejemos ahora a los novios en su alcoba que hagan sus cositas…
Bodas Aldobrandinas
Este fresco, de época de Augusto (segunda mitad del s. I a.C.) apareció en 1601 en la hoy desaparecida iglesia de San Giulinao l’Ospitalario, que estaría ubicada en la Plaza Vittorio.

El fresco formaría parte de un friso mayor situado en una antigua domus. En el momento de su descubrimiento, se arrancó de la pared y pasó a formar parte de la colección del cardenal Pietro Aldobrandini, de ahí su nombre.
La escena la forman diez personajes, divididos en tres estancias: dos de interior (la de la izquierda y la central) y una de exterior (la de la derecha).
En el centro, una joven novia (la mujer completamente vestida) es consolada por una diosa, interpretada como Venus. La joven tiene miedo porque sabe que se va a encontrar en la noche de bodas. A los pies de la cama, una figura masculina con corona de flores ha sido interpretada como Himeneo, deidad de las bodas.

A la izquierda vemos a Peito, diosa de la persuasión, que está apoyada en una columna mientras a su lado, dos figuras femeninas parecen hacer rituales.
Finalmente, y cerrando la composición, a la derecha, aparecen tres figuras femeninas, que se han interpretado como tres musas por los objetos que portan: una lleva una lira, otra lleva una corona de hojas de palma y la tercera vierte esencias en el quemador.

En cuanto a su significado no está claro. Hay quienes ven alguna escena mitológica, otros algún tipo de ritual de la antigüedad e incluso, pasajes de la literatura clásica.
Pasó a formar parte de los Museos Vaticanos en 1838.
BIBLIOGRAFÍA Y WEBGRAFÍA
- ESPINÓS, J.; MASIÁ, P.; SÁNCHEZ, D.; VILAR, M.; Así vivían los romanos. Anaya. 1997.ç
- MARQUÉS, NÉSTOR; Fake news de la antigua Roma. Engaños, propaganda y mentiras de hace 2000 años. Espasa. 2019.
- MARQUÉS, NÉSTOR; “¡Que los dioses nos ayuden! Religiones, ritos y supersticiones de la antigua Roma. Espasa. 2021.
- HISTORIA NATIONAL GEOGRAPHIC. https://historia.nationalgeographic.com
- LA BRÚJULA VERDE. https://www.labrujulaverde.com
- MUSEOS VATICANOS. https://www.museivaticani.va

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