Gerda Taro

BIOGRAFÍA DE GERDA TARO

La captura de un instante, el inconformiso. La lucha

Os voy a contar la historia de una chica ingeniosa, inquieta, irreverente, inteligente, imaginativa, incansable, intrépida. Inspiradora e interesante. Increíble e inolvidable.

Esta es la historia de Gerta Pohorylle, nacida en Sttutgart el 1 de agosto de 1910 y muerta el 26 de julio de 1937 en Brunete. Insaciable. Incontrolable. Inerte, tras ser arrollada por un tanque oruga en plena batalla. En plena lucha. Inconformista.

Era una burguesa con conciencia de clase pero judía y polaca, lo que la empujó a huir del ascenso del partido Nacionalsocialista Obrero Alemán de la mano de su amiga Ruth Cerf destino París después de repartir una cuanta propaganda antinazi. Allí hizo todo lo que pudo para concienciar sobre el peligro del ascenso del fascismo santiguada al poder de las mentes brillantes en oposición a la barbarie. Se rodeó del mejor de los ambientes. Coqueteó todo lo que le dio la gana. Amó y fue amada. Aunque más de lo segundo que de lo primero. Era guapa, atractiva, seductora. Pero, ingobernable. Decida y tenaz.

Gerda Taro
Fragmento de retrato de Gerda Taro hecho por Fred Stein. París, 1935.

Se ganó sus primeras perras como secretaria del psicoanalista René Spitz, conocido por el estudio de las relaciones recíprocas madre e hijo/a pero eso es otra historia. Lista a rabiar, eso era coser y cantar. El trabajo se le daba de maravilla y sin esfuerzo era la mejor mecanógrafa aunque, para lástima de sus promotores, su interés era otro. Quería lucha, quería cambio, quería realidad. Y documentarlo, para el presente y para el futuro. Para los de ahora y para los que vendrán. Que no se vuelva a repetir, acabemos con ello. De raíz.

Su descaro y extravagancia la llevaban a presumir de compromiso y dedicación a la causa izquierdista hartándose de champán en los cafés más distinguidos del bohemio Montmartre. Y ¿qué pasa? Una cosa ni quita a la otra. Lo quería para ella y para todos/as, sin represiones y con libertad. Lucía bella y radiante vistiendo sombreros elegantes y vestidos de boutique. Una forma de celebrar la supervivencia, el estar, el significar. La vida. El gusto de lo efímero y el placer del instante en un mundo al revés, peligroso.

Y vaya que sí, se enamoró del instante, de su captura, de su recuerdo. Quedó prendida de una ‘Leica’. Propiedad del matrimonio formado por Fred Stein y Liselotte Salzburg (Lilo), otros dos refugiados antifascistas que regentaban un estudio fotográfico y que, incluso, fueron caseros de Gerda alquilándole una habitación en su humilde piso parisino.

Gerda trabajando con su máquina de escribir, también objetivo de la cámara de Stein.

Ya avisé que Gerda se rodeó de magia, de personas con ganas de cambiar el mundo desde el lado correcto de la historia. No en vano, Stein acabó siendo uno de los pioneros de la fotografía callejera moderna y uno de los retratistas más célebres del siglo XX. Albert Einstein, Hannah Arendt, Marlene Dietrich, Che Guevara, Salvador Dalí. Y los más famosos retratos de Gerda, también son suyos. Él logró captar su sonrisa, su vehemencia. Como era ella. Incontestable.

El nacimiento del mito y la batalla por España

Ya os adelanto: los sueños, el descaro, la responsabilidad, el compromiso, la agudeza, la seducción y la libertad. La valentía y el orgullo. Singularidad. Toda la osadía. Todo el amor fueron arrollados. Pero sigamos con la historia.

La vida en París la satisfacía sobre manera, iba con unos y con otras. Sentía el gusanillo de la acción y de la adrenalina. Ya se sabía fotógrafa, ese era el destino que la vida le tenía preparado. Ese era, lo había encontrado. Quizá intuido. Y, entonces, en ese momento de esplendor compartido con Georg Kuritzkes, un joven intelectual judío de origen ucraniano que vivía en Alemania, del que se enamoró en Leipzig a principios de los 30 y con el que se reencontró en su exilio parisino; se topó de bruces con la horma de su zapato. Con su hombre, con el que compartiría gloria primero y desgracia después.

Gerda Taro
Gerda durmiendo plácidamente en París, en 1936. Robert Capa.

Endre Ernö Friedmann era descarado y se las daba de qué, de algo. Húngaro hasta las pobladas cejas, era puro instinto y fogosidad, cosa que a Gerda debió engatusarla como ese animal fiero que te mira desde dentro de su jaula. Por aquellas, Endre no era Robert, Gerta no era Taro.

Se conocieron en una sesión de fotos con Ruth quien aprovechaba sus espectacular físico suizo para ganarse la vida como modelo. A Ruth le daba cosa acudir sola sin conocer al fotógrafo y su amiga la acompañó sabiendo que le sobraba carácter si la cosa se ponía fea. Porque podía ponerse, ¡qué os voy a contar que no sepáis! Y más allá de tener que partirle la cara al húngaro, Gerda se enamoró o, al menos, se encandiló, le cambió la vida. Lo cierto es que encajaron, se entendieron y labraron una historia común que les hizo prosperar en el terror y bucear en su pasión. Juntos. Y digo, juntos, crearon a Robert Capa: un personaje ficticio, un famoso fotógrafo estadounidense que resultaba vender sus fotos a través de estos dos representantes. Juntos pero -sobradamente demostrado está- la idea fue de Gerda. De la pizpireta. De la incansable.

Terraza del Café du Dôme, 1935. Fred Stein.

La ley del mercado, la ley del más fuerte. Solo por pensar que las fotos venían de un reputado yanqui, se pagaban al triple de su valor francés. El negocio, socio. Entonces, Endre empezó a coquetear con España y una República que empezaba a tambalearse sin augurar nada bueno. Tras un viaje a la Costa Azul francesa en el que se pulieron gran parte de lo que habían ganado y terminaron de pulirse el uno a la otra, las entrañas se pusieron sobre la mesa.

«Es un granuja mujeriego, dotado de un enorme potencial y de una audacia y un encanto personal que podían salvar a los dos de la miseria»

Gerta Pohorylle sobre Endre Friedmann

Gerda empezó a trabajar en Alliance Photo en categoría de editora de imágenes y, a principios de 1936, tuvo en sus manos su primera acreditación de la agencia ABC Press Service, emitida en Ámsterdam. Allí hizo su carrera Robert Capa. Ella pasó a ser oficialmente Gerda Taro en homenaje al artista japonés Taro Okamoto, un maestro del abstracto, y por la actriz sueca Greta Garbo. Lo que ocurrió es que la fina línea entre Robert, Friedmann, Taro… empezó a diluirse y, en la mayoría de las situaciones, las creaciones se le asignaban al genio masculino cuando la realidad es que la que disparaba su cámara era la pequeña Gerda y su destreza sobresaliente. Innata.

Gerda Taro
Gerda Taro en el frente de Córdoba con un soldado, 1936. Rober Capa.

Entonces llega lo que nunca tuvo que llegar y lo que ha impregnado nuestra historia de demencia, canallería, impunidad, desasosiego, repugnancia, injusticia y barbarie. Anticipándose al propio conflicto, Gerda lo vio claro y puso sus ojos en España como brazo continuista y ensayista del fascismo más despiadado con el estallido de la Guerra Civil. Ambos Roberts viajaron de inmediato a Barcelona junto a su amigo y compañero de profesión David “Chim” Seymour, otro maestro futuro y con gran protagonismo en la historia de estos dos y la maleta mexicana. No te la puedes perder.

En el frente de batalla codo a codo con republicanos contra Franco

Gerda cautivaba a sommeliers, artistas, obreros, paseantes y estudiantes. También a soldados. O, más bien, guerrilleros de poca monta que hubieran implorado por no tener que coger un arma en su vida. Junto a Endre y Chim cubrieron las batallas del noreste de Aragón y del sur de la provincia de Córdoba. Se impregnaron como parte del ejército improvisado, se tiraron al barro y retrataron sin pudor uno de los acontecimientos más devastadores de la historia universal.

Gerda era popular, querida y respetada entre los milicianos. Veía retratos por todos lados, ángulos que destacar a cada paso de batallón. Capa empezó a ser su compañero, no su amor. No había tiempo para eso y las distracciones eran considerables. Mientras tanto, iba y venía a París contando sus andanzas, la que consideraba también su lucha. La que debía ser la de todos presagiando lo que estaba por venir tras el conato fascista ibérico. Conocieron a Ernest Hemingway y George Orwell, se reencontró con Georg Kuritzkes. Sufrió pero fue ella hasta la última trinchera. Disfrutó. Contribuyó.

Gerda comparte comida con un soldado republicano identificado como el oficial e instructor de vuelo Pablo Janza. Foto descubierta, en mayo de 2026, por los investigadores e historiadores españoles David Iñíguez y David Gesalí en el Archivo Estatal Militar de Rusia (RGVA) en Moscú.

Bajo el sello ‘Photo Taro’, sus instantáneas aparecieron en Life, Regards, Illustrated London News, etc. Se deslizaba entre los vivos y la absoluta estupefacción pero, al mismo tiempo, retrataba la crueldad sobre cuerpos desmenbrados sin nombre. Como un soldado, antepuso su cámara a su sentir. Y así nace la leyenda de tres fotógrafos, del que uno es imaginado, que comparten material haciendo complicado quien es el responsable de cada cual.

Gerda Taro
Milicianos en el frente de Córdoba, 1936. Gerda Taro

Y después de un sin fin de batallas desgarradoras, llega una de las más grandes. Brunete, julio, 1937. Robert Capa, porque así ya le llamaban, regresó a París y Gerda se quedó en Madrid porque, disfrutona como era, quería aprovechar la cercanía de las atrocidades con su café favorito en la Gran Vía donde charlar con Hemingway y John Dos Pasos. Por aquellas, le revoloteaba Ted Allan, un periodista, escritor, guionista y activista canadiense que quedó «a su cargo».

12 de julio, Gerda vuelve a Brunete con la cámara sí, y con la pistola que conservaba pegada a su cadera como una luchadora más. Su plan era volver a París el 26 pero motivada por la recuperación de cierto territorio parte de su bando, quiso acercarse a la contienda para obtener material que llevarse consigo. Se fue con Allan, con aquel que le prometió a Capa cuidarla pero la cosa se puso fea. Los que sabían les dijeron que se fueran, que abandonaran la zona. Al contrario, se refugiaron en un pozo. Y allí metida soportó los bombardeos aéreos a cargo de la Legión Condor alemana. En medio del ruido, Allan le pidió regresar a Madrid y ella aceptó tras conseguir algunas fotos de la desbandada republicana. Y se iban a ir. Y casi lo tenían.

«Esta noche celebraremos una fiesta de despedida en Madrid. Compré champán»

Gerda Taro a Ted Allan mientras abandonaban Brunete

Y en esas estaban, a bordo de un coche que transportaba unos cuantos heridos cuando, de pronto, el conductor de un tanque republicano perdió el control y chocó contra el lateral del auto aplastando a Gerda y arrojando a Allan a una zanja. Fueron llevados al hospital del El Escorial, un antiguo internado jesuita. Pero no pudo ser. Ted salió de una operación. La ‘pequeña zorra roja’ no.

Tanque soviético T-26 republicano en Brunete en julio de 1937, mismo modelo que terminó con la vida de Gerta Pohorylle. Gerda Taro

Y se apagó la luz de la primera fotoperiodista de guerra. La suya y la del resto. Impasible. ¿Quién pasó a la historia? Robert, no tanto Gerda. Endre sí, porque él si podía ser Capa.

Una fotografía perdida y encontrada

En 2018, coincidiendo con el 80 aniversario de su muerte, el hijo del médico que la atendió en su lecho de muerte reconoció y descubrió un patente hecho histórico.

John Kiszely, un general británico retirado, cuyo padre de origen húngaro, Janos Kiszely, fue médico voluntario con las Brigadas Internacionales que lucharon contra Franco.

Gerda Taro
Gerda Taro en su lecho de muerte, 26 de julio, Brunete. Autoría desconocida.

Por si quedara alguna duda, en el reverso de la instantánea hay un breve texto manuscrito, en español e inglés, que encaja bastante bien con lo que sucedió: «Frente Brunete Junio 1937 (en Torrelodones) Mrs Frank Capa of Ce Soire of Paris, killed at Brunete» (Señora Frank Capa de «Ce Soir» de París, asesinada en Brunete)«. Señora Frank Capa. Ni rastro de Gerda. Pero, vaya, si es ella.

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