COMENTARIO HISTÓRICO ARTÍSTICO DE VERTUMNO Y POMONA
CONTEXTO HISTÓRICO
El Paris de finales del siglo XIX se ocultaba tras una nube de humo de cigarro liado y el verde intenso del absenta. Prostitutas en cada esquina, artistas ávidos de éxito probando fortuna con poca fama y mucha miseria. Todos los caminos llevaban al arte, todos los caminos llevaban a la capital francesa con ansias de revolución y modernidad. Las mujeres llevaban corsés, cancanes. Los hombres se guardaban todo el mérito para sí.
Las manos de Camille Claudel eran delicadas, femeninas y habilidosas. Sedosas y perfeccionistas. Muy propias para la costura, para bordar las más sublimes telas. Pero no. Desde niña, jugaba a dar forma de rostro al barro. A lo desechable, a lo perecedero y nada noble material. Se pringaba las manos, las ropas de señorita. Se apartaba el pelo de la cara dejando un rastro anaranjado en su frente fruncida y concentrada en moldear. Se afanaba en distinguirse y en crear vida donde el resto veía desperdicio.
Cosas de la vida, su padre la apoyaba, su madre no. No parecía cumplir sus expectativas de género, ni tampoco los moldes de arcilla creados para ella socialmente. Y poco le importó, se piró. ¿A dónde? A París, sí. A buscar la crème de la crème. Su petit croissant. 17 años tenía la moza cuando llegó a la ciudad del amor que tanto de desamor le terminó trayendo. Y como las academias oficiales todavía rechazaban mujeres, terminó formándose en talleres privados junto a otras como ella. En su lucha feminista estaba, cuando apareció Auguste Rodin. El mismo. El maestro, el engatusador, el artista. El hombre.

Lo que la engrandeció primero, dándole la oportunidad de convertirse en su alumna, en creadora; la empequeñeció después a la sombra de un Rodin impresionado pero empeñado en robarle su espíritu creativo. Su obra y su aliento. Los días se hacían eternos a su lado, aprendía y compartía su trabajo. Moldeaban y se amaban, o le amaba. Confiaba y había fascinación real pero él era un señor consagrado y ella solo una joven con ganas de seguir sus pasos. Y, simple y llanamente, el poder ganó al prodigio.
No obstante, Camille se convirtió en una presencia fundamental en la vida y en la obra de Rodin y es innegable que parte de la evolución artística del escultor estuvo profundamente influenciada por ella. Tanto es así, que son muchas las voces que sostienen que, en los trabajos realizados durante los años que compartían taller y confidencias, resulta difícil determinar dónde terminaba la mano del maestro y dónde empezaba la de su “querida” alumna.
ANÁLISIS FORMAL
Camille era, sencillamente, una virtuosa. No es que no se formara o no pusiera empeño en aprender, eso se tiene o no se tiene. Se nace o no se nace. Sus esculturas son vida, movimiento y emoción. Parecen hablar y sentir.
`Vertumno y Pomona´, son personajes de una historia de amor narrada por Ovidio en sus Metamorfosis. Por hacerlo corto, Vertumno, dios con el poder de la metamorfosis que representaba la mutación y el cambio, le tira los trastos a Pomona, diosa de la fruta y los árboles frutales.

A Vertumno se le atribuía el don de transformarse en todas las formas o cosas que desease y con aspecto de anciana fue a felicitarla por las frutas de sus árboles. Aprovechando la efusividad, le dio un buen meneo y cuando se quitó el disfraz, Pomona cayó rendida de amor dispuesta a culminar. Y eso es lo que quiere transmitir Claudel, su frustración frente al engaño y su crisis emocional a raíz de los desplantes de Rodin.
Con el impresionismo ya en boca de todos/as, la escultora juega con la luz, las texturas y la composición para representar a las figuras enlazadas. Líneas curvas y verticales fluyen orgánicamente en un baile de tensiones. En esta escultura el vacío se expresa, la ausencia está presente y el espacio físico que separa y, a la vez, une los torsos genera esa tensión dramática que precede al contacto absoluto, al deseo consumado.
El mármol es noble, suave y pulido. Transparente, de modelado clásico, en contraste con la base tosca y salvaje. Entre las transiciones de luces y sombras, el claroscuro emerge en un baile sin fin.
CURIOSIDADES
“Camille Claudel forma parte de esas mujeres (pero también hombres) que, a pesar de poseer talento y determinación, a pesar de querer intensa y yo diría abrumadoramente, han sido derrotadas”.

En febrero de 2026, Assia Petricelli y Sergio Riccardi publicaron la novela gráfica: Troppo libera. L’arte, l’amore, la lotta di Camille Claudel.
Su autora y autor, describen la suya como una historia fuerte y dramática que busca implicar y conmover. Reflexionar sobre lo chungo que lo han tenido las mujeres por el hecho de serlo en la esfera pública, el arte, en todos lados. Aunque ahora, usemos su imagen heroica y romántica, la de Camille Claudel es una historia trágica. De verdad, resulta muy triste, ninguneada tanto en lo personal como en lo profesional.
Rodin le prometió una y mil veces un futuro juntos. Le decía que iba a dejar a Rose. Que la amaba. Que “mi feroz amiga, me paso el día pensando en usted”. Pero nunca sucedió. Ni antes, ni después. Y la pobre Camille empezó su particular vía crucis hacia una espiral de autodestrucción que la anulaba como persona y como artista. En ninguna de las facetas se sentía amada, ni como mujer, ni como escultora. Y se hizo pequeñita. Y la hicieron desaparecer. Y la condenaron por amar y por crear las piezas más hermosas.

Su estabilidad emocional se fue a la mierda. Confusa y atemorizada empezó a dudar de sí misma pero con la clarividencia necesaria de saber que querían arrebatarle sus ideas, su obra y su corazón. Todo a la vez. Quién la encontró, la destruyó en lo más profundo. ‘La edad madura’ es su rendición.
La ruptura total llegó alrededor de 1898 cuando Camille ya era solo un harapo. Tocada y hundida en la miseria, imposible volver a sacar la cabeza. Se aisló y, claro, se emparanoió con esto y con aquello. Después de la muerte de su padre —la única persona que realmente la protegía—, su familia tomó una decisión preciosa y del todo considerada en vista de las circunstancias.
El 10 de marzo de 1913 su mamá la internó con todo el cariño del mundo en un hospital psiquiátrico a pesar de que los médicos aseguraban que, fuera de algunos delirios, Camille conservaba perfecta lucidez a los 48 años. No solo eso, es que varias veces recomendaron su salida pero su querida familia hizo caso omiso y nunca quiso buscarla. 30 años permaneció encerrada sin motivo. 30, se dice pronto.
«Lo que me hacen sufrir es imposible de expresar«
Camille Claudel en una de sus cartas escritas desde el psiquiátrico.
En el mientras tanto, Rodin se consagró como uno de los escultores más importantes de la historia del arte. En 1917, murió rodeado de prestigio, honores y reconocimiento. Ese mismo año se inauguró el Museo Rodin en París. Ese que a día de hoy guarda la mayor parte de la obra de Camille pero, igual, ella también merecía el suyo. No hacer la goma, tirar la primera y dejar que el resto la siga.
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