Mundo onírico: Cómo el arte interpreta los sueños

Desde la pintura metafísica de De Chirico y Dalí hasta un videoclip de Teddy Swims

“Slippin´ into bad dreams

Where there´s no you and I

No sound when I cry

I love you and I need you to set me free

From all of these bad dreams”

En Bad Dreams, sencillo de Teddy Swims (Georgia, EE.UU., 1992) el intérprete y compositor explora el dolor de una ruptura amorosa y llora en silencio (“sin sonido”, como reza la letra) en sus peores sueños, buscando que la que fuera su pareja lo rescate y libere de este tormento.

Los escenarios del videoclip nos remiten a mundos oníricos en los que Teddy camina por un puente que discurre entre nubes tan pronto como lo hace sobre el mar.  El sol se desplaza rápidamente sobre el firmamento como si de una pelota se tratase y vemos salas con perspectivas imposibles con el suelo totalmente encharcado de agua. Pero, ¿qué estamos viendo? Está claro que estamos presenciando un sueño, el bad dream de Swims.

Colores planos y terrosos, estructuras edilicias, juegos de perspectiva entre luces crepusculares y matutinas. Nos acordamos sin quererlo de la interpretación que del mundo de los sueños hacía el mismísimo Giorgio de Chirico (Grecia, 1888).

En Chirico muchas veces no se distingue bien entre el sueño y la realidad. Hay confusión y extrañeza porque no existe una coherencia entre los elementos integradores de los diferentes escenarios, que a menudo se presentan con una ausencia total de personajes. Solo existe silencio, soledad y vacío (un vacío misterioso y desconcertante) y la percepción subjetiva del productor del sueño.

Pintura metafísica de principios del XX

Hubo un movimiento en los primeros años del siglo pasado que se encargaba de representar el mundo inconsciente de los sueños: la pintura metafísica. Se trataba también de otorgarle una importancia especial a los objetos inanimados de los entornos que nos rodean. Se desarrolla entonces una atención a la simplicidad de las cosas ordinarias “que apunta a un estado del ser más alto, más oculto”.

Además de Chirico, uno de los principales exponentes, también hubo otros artistas que se adscribieron a esta tendencia, como su hermano Alberto Savinio (Grecia, 1891), o el italiano Carlo Carrà (1881).

Muchas de las obras que surgen aquí son caldo de cultivo para la creación de posteriores artistas como Salvador Dalí (1904, Figueres), vinculándolo con el surrealismo. Concretamente el maestro catalán beberá mucho del arte de Chirico.

La pintura metafísica está vinculada con la práctica de la escritura automática que surge en la misma época, sobre la década de los 20, y que persigue activar el pensamiento inconsciente como técnica literaria. Muy influenciada por el psicoanálisis de Sigmund Freud (Chequia, 1856), también influyó en las demás artes, como pasa con mucha frecuencia.

Antonio Savinio es el seudónimo adoptado por Andrea de Chirico, aún más conocido como escritor (“Contad, hombres, vuestra historia”, de 1942, para muchos su obra maestra) que como miembro de la corriente de la pintura metafísica, a quien supera en fama su hermano.

            El poeta se sienta en un estado de reflexión y ensoñación si atendemos a los elementos compositivos de la obra: noche despejada sobre la que se yuxtaponen sin sentido dos cuerpos arquitectónicos. Al fondo, el alzado de un edificio y delante de el y tras el personaje principal, una estantería llena de libros que hacen alusión a la parte intelectual vinculada a la cultura y el saber.

            En la esquina inferior derecha, una máscara de lo que podría ser un poeta griego como Sófocles o Eurípides, probable fuente de inspiración para el autor protagonista del lienzo en su creación literaria.

            En tonos ocres y grisáceos, todo encaja en los patrones del estilo metafísico: presencia arquitectónica con la única relación del protagonista con el entorno imaginado; yuxtaposición de los elementos y falta de coherencia lógica entre planos; presencia de la noche y desarrollo de un sueño.  

Carlo Carrà, que se inspiró en artistas trecentistas como Giotto o Paolo Uccello para la representación arquitectónica, pasó del futurismo (protagonizado por otras figuras exponenciales como Boccioni o Marinetti) en la pintura abstracta a la metafísica surrealista.

Actualmente ubicado en el Museo Nacional de Bellas Artes de Argentina, aquí Carrà se desvinculaba de aquel futurismo radical italiano en el que pretendía romper con todas las normas establecidas.

Mucho más sosegado a sus cuarenta y seis años de edad, el pintor se centra en retratar los volúmenes sólidos de una “casa roja”. El ambiente onírico aquí no se percibe con tanta claridad como en los anteriores ejemplos, pero se trata de un sueño, envuelto en una luz que ofrece un clima especial, tratando de generarnos cierta inquietud, como toda la pintura metafísica.

Combina tres planos: al fondo, una casita con vegetación tras ella; en el centro la casa roja que pone título a la obra. Y en primer plano, el interior de una casa que no vemos, pero de la que sobresale un alféizar sobre la que está colocado un pequeño bodegón. Así, parece que el protagonista del cuadro es el propio espectador, que observa el paisaje desde el poyete donde se localizan estos elementos de esta naturaleza muerta.

Giorgio de Chirico: el mayor exponente de la Pintura metafísica

Giorgio de Chirico (Volos, Grecia, 1888) está considerado por los expertos como el principal precursor de la pintura metafísica, aunque también se barajan otros nombres como el del mencionado italiano Carrà.

Parece ser que su influencia es fundamental para posteriores tendencias artísticas como la llamada Nueva Objetividad o el Realismo mágico.

Chirico inauguró, si es que fue el, la metafísica con El enigma de una tarde de otoño, en 1910.

A Chirico, que se estaba recuperando de una enfermedad intestinal, le parecía que algo en la atmósfera que le rodeaba y en la que vivía había cambiado, como si todo se hubiese contagiado de su nueva visión pesimista, en el momento de pintar este cuadro:

“Permítaseme relatar cómo tuve la revelación de una pintura que presentaré este año en el Salón de Otoño, titulada Enigma de una tarde de otoño. En una límpida tarde otoñal estaba sentado en un banco en el centro de la plaza de Santa Cruz, en Florencia. Naturalmente, no era la primera vez que veía aquella plaza: pero acababa de salir de una larga y dolorosa enfermedad intestinal, y me hallaba como en un estado de mórbida sensibilidad. Todo el mundo que me rodeaba, incluso el mármol de los edificios y de las fuentes, me parecía convaleciente. En el centro de la plaza se alza una estatua de Dante, vestida con una larga túnica, con sus obras pegadas al cuerpo y la cabeza, coronada de laurel, pensativamente reclinada…. El sol otoñal, cálido y fuerte, aclaraba la estatura y la fachada de la iglesia. Tuve entonces la extraña impresión de mirar aquellas cosas por primera vez, y la composición del cuadro se reveló a los ojos de mi mente”.

Y aquí surgió la magia. Retrató por primera vez una imagen onírica, como surgida de su propia ensoñación, contaminada de un aire denso y polvoriento, tamizado por los lánguidos pero cálidos rayos de un sol de otoño.

Había estado más veces en la plaza de Santa Cruz de Florencia, pero sin embargo no con la misma visión y en el mismo estado anímico con el que las cosas empiezan en algún momento a verse distintas.

Es en estado mental cuando accede a los procesos del inconsciente donde los procesos de pensamiento son otros y por tanto comienza a representarse en la pintura con elementos de todos esos mecanismos que tiene el sueño: surrealistas y absurdos, misteriosos y fantásticos.

Llama la atención la sensación de soledad e inquietud que se percibe en estas piezas. El mundo en ellas parece ser detenido, como si se hubiera suspendido el tiempo.  

La obra más representativa del arte de De Chirico fue La canción del amor (“Canto d´amore”) de 1914, ya que supuso uno de los eslabones necesarios en el proceso de desarrollo del Surrealismo. Hoy se encuentra en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

¿En qué elementos se observa ese “Surrealismo temprano”? Principalmente en la falta de lógica en la disposición de los elementos, que se figuran sin ton ni son a tamaños y en colocaciones que no tendrían en la vida real. Hay algo tan descontextualizado y sinsentido en el cuadro que nos hace caer en la cuenta de que realmente se está “viviendo” un sueño: la cabeza de Apolo del Belvedere en dimensiones colosales al lado de un gran guante rojo recibidos a la cara interior de un edificio tratado con volúmenes planos y geométricos. Y en el plano inferior una sólida bola verde que da la sensación de pesar un quintal.

Siguiendo el pensamiento lógico podría tener poco sentido, pero produce esa sensación de desconcierto y desasosiego que tanto busca la Pintura Metafísica y después también el Surrealismo.

Esta obra influyó notablemente en la inclusión de pintores como René Magritte (Bélgica, 1898) y Dalí en el Surrealismo.

Así como los pintores metafísicos basaron su obra en los postulados freudianos sobre el inconsciente humano, el surrealismo se fundamentó en el pensamiento de Nietzsche. La idea fundamental de este punto de vista estriba en que el ser humano no se mueve por la razón, sino que lo hace siguiendo sus propios impulsos.

Este pensamiento ya se observaba en De Chirico en su crítica al positivismo imperante de la época caracterizada por el objetivo de hacer mensurable cualquier hecho mediante datos concretos, reduciendo la realidad a simplificaciones excesivas, como si no existieran matices; solo puntos extremos, concretos y únicos.

Chirico entonces recurre al simbolismo y a lo suceptible de ser interpretado: “En la sombra de un hombre que anda bajo el sol hay más enigmas que en todas las religiones pasadas, presentes y futuras”.

De Chirico y Dalí, una difícil relación de influencia artística

Aunque la relación entre ambos pintores no fue siempre fácil, se percibe una gran influencia del arte del primero sobre el segundo.

Dalí hace una reinterpretación de la pintura metafísica de De Chirico llevándolo a su terreno surrealista. Hay elementos que toma del maestro italiano como sus famosos maniquíes sin rostro y ese ambiente onírico y algo siniestro, siendo que el de Figueres aportaría en este sentido más elementos que hacían referencia al terreno de los sueños (de hecho, así se le ha conocido, junto con otros artistas como Joan Miró, Marc Chagall…como “el pintor de los sueños”).

 Este óleo sobre lienzo actualmente se encuentra en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. “La persistencia de la memoria” es una de las obras con las que Dalí se integró en el movimiento surrealista en los años 30, en el contexto de la Gran Depresión, cuando el mundo vivía una sensación de crisis del orden establecido.

Con estos relojes derretidos como símbolo central de la obra, el pintor catalán representaba la distorsión del tiempo como si se tratase de una medida humana y por tanto subjetiva, no sujeto a leyes que rigen el universo.

Las hormigas en el reloj naranja, muy al estilo “tempus fugit” de las vanitas renacentistas, simbolizan la decadencia, descomposición y deterioro de la materia con el paso del tiempo. Es bonito comprobar cómo en el arte todo se interrelaciona.

En el cuadro de Dalí todo resulta extraño, hinóspito, como una fatal pesadilla. La mitad de un rostro en el centro de la composición alude al sueño en el que como espectadores estamos sumergidos.

Dalí aquí sustituye las formas arquitectónicas por un paisaje marítimo en el horizonte, que crea una falsa sensación de calma. Todo parece estático y muerto, hasta la rama seca y sin hojas por la que se derrite uno de los relojes.

La llamada “Nueva Objetividad”, un movimiento surrealista de la década de los veinte que llegó a colación de la Pintura metafísica nos dio artistas como los geniales Otto Dix (“Jugadores de cartas”, de la que escribimos un artículo en 2023) o George Grosz.

Gracias al desarrollo de la pintura metafísica también nace el conocido “Realismo mágico” que vemos en artistas como Frida Kahlo (1907, México) o la española Maruja Mallo (1902).

En ocasiones los pintores se inspiran en otros de forma deliberada y otras simplemente están inspirados por su arte porque son sensibles al contexto visual y cultural que los rodea, volviéndose permeables a unas y otras tendencias, pero no existe una recreación consciente de la obra de otro pintor.

Al desarrollarse la técnica de la pintura metafísica, ésta ejerció su influencia sobre otras tendencias derivadas o complementarias como el “Realismo mágico” o la “Nueva objetividad”, así como el Surrealismo.

Kahlo diría: “En realidad no sé si mis cuadros son surrealistas o no, pero sí sé que representan la expresión más franca de mí misma”. Esto es, los artistas son fruto del contexto socio-cultural y artístico que los rodea y sus creaciones son reflejo de todos esos elementos juntos que acaban integrándose totalmente en ellos y derivando en distintas propuestas según la capacidad creadora de cada uno.

Los procesos creativos, aunque originales, nunca son fortuitos; todo está conectado entre sí. De esta manera podemos trazar un hilo de conexión entre el surrealismo de De Chirico o Carrà hasta un videoclip de Teddy Swims hablando de los sueños con un siglo de diferencia.

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WEBGRAFÍA

Museo Nacional de Bellas Artes, Argentina

National Geographic. Historia. Giorgio de Chirico, el misterioso padre de la pintura metafísica (J.M. Sadurní, 9 de febrero de 2024)

MoMA

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