COMENTARIO HISTÓRICO ARTÍSTICO DE EL HIJO DEL HOMBRE
CONTEXTO HISTÓRICO ARTÍSTICO
Hablando de contexto, hay que tener en cuenta que cuando Magritte pinta esta obra ya contaba con 60 palos. Lo que significa que, como surrealista de pro, se había pasado el juego. Su lenguaje visual estaba tan consolidado y era tan reconocible que poco le importaba si la gente entendía lo que quería transmitir o, más bien, se quedaba “a por uvas”. Algo que, generalmente, es lo que sigue pasando.
“Um, Umm, qué interesante resulta este cuadro. Sin duda, se hace palpable que el artista quiere transmitir algo, lo siento. Esto es el arte”. Pues mira, a veces no tiene por qué serlo. No sintamos vergüenza de ver y expresar lo que vemos sin más cortapisas porque no todo tiene por qué tener un significado transcendental. Magritte, precisamente, basó su carrera en pintar lo que no está, lo que nos vemos, o lo que no sabemos interpretar. ¿Quizá, la nada? O, por el contrario, ¿el todo? Sea como sea (y en sus propias palabras): “todo lo que vemos esconde otra cosa”. Y eso, precisamente, es lo que distinguió su obra de gentes contemporáneas: aferrarse a mostrar lo que no estaba.
“Para mí la idea de un cuadro es la concepción de una o varias cosas que pueden hacerse visibles mediante mi pintura… La idea no es visible en el cuadro: una idea no puede verse con los ojos”.
René Magritte

En este ‘El hijo del hombre’ juega con la idea de autorretrato prescindiendo de lo imprescindible, su rostro. A cambio, vemos una gran manzana “granny” desafiando la norma tradicional y otorgando protagonismo a un objeto cotidiano que, además, de estar presente en otras obras del artista ¿puede? hacer alusión al pecado original. O yo qué sé, o qué se yo. Un fruto que forma parte del imaginario de y corrobora el título de la obra como una posible alusión a Cristo. Sea como sea, sigue la firme intención del pintor belga por tapar y ocultar caras. Y, aunque lo negó en varias ocasiones, puede que si llegas hasta el final de esta entrada, descubras un “posible” significado de peso. Si es que eso es suficiente para una mente surrealista de más.
Dicho lo cual, el atractivo de ‘El hijo del hombre’ no está en lo que se ve a simple vista, sino en lo que impide ver. Interpretaciones aparte, lo que es un hecho es que existe cierta tensión entre lo visible y lo invisible. Será por eso que esta obra es una de las más reproducidas y comentadas dentro del denominado arte moderno. Puede que Magritte no busque mostrarnos el mundo, sino hacernos titubear al explicar lo que creemos ver.
ANÁLISIS FORMAL E ICONOGRÁFICO
El estilo de Magritte, especialmente en la última etapa de su carrera, es fotográfico, publicitario. Por eso, la estructura es simple, frontal y estable; lo esperado en un retrato tradicional. Muy estático. Una figura parada en el centro con verticalidad bien marcada sobre un horizonte que equilibra y da profundidad al conjunto. Es gracias a esa simplicidad compositiva por la que la manzana logra su propio protagonismo raruno y sobrevalorado.
Detrás de la figura con bombín, un murete corta el espacio a la altura de sus caderas y, al fondo, puede intuirse un mar y cielo nublado. Igual el personaje está en un paseo marítimo. O no. Recordemos que lo importante aquí es el arte de ocultar. No estamos en un interior íntimo, pero tampoco en un paisaje abierto del todo. Desde luego, falta «info». La escena nos sitúa en una zona intermedia que podría interpretarse como una antesala entre lo real y lo ficticio. En el ‘Mito de la Caverna’ de Platón a medio camino entre la naturaleza y el mundo de las ideas.

Siguiendo esa intención fotográfica sin mucho adorno, la paleta es principalmente neutra (grises, negros, azules apagados), con un acento cálido sobre la corbata rojiza y la nota de color del verde brillante de la manzana. Así que, además de su posible significado, formalmente, la manzana no solo tapa sino que es la que decide y dirige el foco de atención de quien observa la obra. Por su parte, la luz es homogénea, sin pizca dramatismo o juego de luces.
Todo es real. Hay un hombre plantado de frente. Un espacio. Incluso, un mar y un cielo. Sin embargo, la manzana que flota e inunda el espacio consigue que, a través de un recurso sencillo y mundano, el espectador se convierta en cómplice y ansíe poder ver. Saber y completar lo que, considera, incompleto.
CURIOSIDADES
Quizá el refrán “cuando el río suena, agua lleva” no es el más acertado para empezar a contar esta historia pero es que, en toda ella, es bastante creepy. No se sabe mucho de la infancia de René pero para qué queremos más. Lo que se sabe es fuerte y, sin duda, un trauma que marcó al pintor (y a su expresión artística) de por vida. Magritte creció en un ambiente no muy saludable ni estable mentalmente. Su madre, que se afanaba en intentar suicidarse una vez tras otra, vivía encerrada en una habitación a recaudo de su padre que quería evitar la tragedia. Papelón del bueno.

Un día cualquiera, su madre, finalmente, se escapó y, tras estar deambulando perdida y sin destino, fue hallada muerta en el rio Sambre. Eso es verídico. Ya otra cosa es la fabulación que dice que el propio Magritte vio como recuperaban el cuerpo de las aguas con un camisón enrollado en la cabeza que ocultaba su rostro.
A pesar de que el propio Magritte desacreditó, en varias ocasiones, la interpretación de que ‘Los amantes’ (en sus dos versiones) estuviera influenciada por aquel mal recuerdo, se sigue manteniendo que otras obras suyas como ‘La astucia simétrica’, ‘La invención de la vida’, ‘Homenaje a Mack Sennett’ o ‘La filosofía en el dormitorio’, podrían haberlo estado también.
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