Machu Picchu

Ficha técnica

Título: Machu Picchu
Autor: Desconocido
Cronología: Iniciado hacia 1450
Estilo: Arte inca
Materiales: Piedra
Ubicación: Valle Sagrado de los Incas, distrito de Machupicchu, provincia de Urubamba, departamento del Cusco, Perú

COMENTARIO HISTÓRICO-ARTÍSTICO DE MACHU PICCHU

INTRODUCCIÓN

Salvo que seas oriundo de América, un especialista de la materia que vamos a tratar en este artículo o un amante de la misma, lo más probable es que conozcas poco o muy poco acerca de las civilizaciones indígenas que se desarrollaron a lo largo y ancho de tan vasto continente, conociendo quizás los nombres de las tres culturas más complejas que dominaban sus respectivas áreas hasta la llegada de los españoles en el siglo XVI: los mayas, los mexicas (mal llamados aztecas) y los incas. Los dos primeros se expandieron por Mesoamérica, una de las dos grandes regiones geográficas del periodo prehispánico; la otra, el área andina, fue la cuna de los terceros, y ellos precisamente son los protagonistas de esta velada.

Dentro de esos limitados conocimientos que, sobre todo, posee el público occidental, podría apostar a que un alto porcentaje de quienes están leyendo esto conocen, aunque sea solo de oídas, el Machu Picchu, y otro porcentaje es capaz de evocar una imagen general de su aspecto visual por haberla visto en algún medio con anterioridad. Un caso semejante podría suceder con la ciudad maya de Chichen Itzá, muchos son capaces de reconstruir en su cabeza la morfología de aquella pirámide escalonada conocida como el “Castillo” o Templo de Kukulcán, y me atrevería a apuntar las dos razones más probables de este fogonazo de cultura general que tanta gente maneja: ambas entidades fueron elegidas en 2007, por votación popular, dos de las nuevas siete maravillas del mundo moderno; y las dos son Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Para ser más precisos en el caso que nos ocupa, lo que está catalogado en la lista de la UNESCO no es solo la ciudad inca en sí, sino lo que se denomina en conjunto Santuario Histórico de Machu Picchu-Parque Arqueológico Nacional de Machu Picchu (SHM-PANM por sus siglas), un área natural y cultural que, además de comprender el objeto de este análisis, abarca una extensión de más de 37.000 hectáreas cuya riqueza biológica se traduce, entre otros datos, en 24 ecosistemas poblados por 332 especies de árboles y habitados por 75 de mamíferos y 444 de aves, de ahí que fuera registrado como patrimonio mixto. La biodiversidad es, además, tan variada que va desde las cálidas selvas tropicales hasta las nieves eternas a mayor altura.

Para rematar esta introducción, resulta curioso cuanto menos que, dentro de ese gran desconocimiento hacia las culturas indígenas americanas, las cronologías son, de entre todos los factores a tener en cuenta, los peor manejados en términos generales. Para haceros una pequeña idea de lo que luego desarrollaremos en profundidad, el imperio incaico como tal apenas duró un siglo de historia, no es una civilización milenaria como la egipcia, y en lo que atañe a la construcción del Machu Picchu, este comenzó a erigirse hacia 1450, década en la que Europa ya estaba llena de catedrales góticas, Gutenberg inventó la imprenta, Constantinopla cayó ante los otomanos, el Quattrocento estaba en auge y nació Leonardo da Vinci. Mientras vais asimilando esta realidad comparativa, procedemos con un par de cuestiones genéricas sobre el área andina y los incas para una mejor contextualización.

Mapa de las civilizaciones indígenas americanas antes de la conquista española; nótese la superior proporción del imperio inca con respecto a los territorios mexica y maya. El Orden Mundial

CARACTERÍSTICAS GENERALES DEL ÁREA CULTURAL ANDINA

El concepto de área cultural comprende una de las dos principales categorizaciones que los especialistas suelen utilizar al estudiar las civilizaciones antiguas, la otra sería la periodización. Aunque ambas tienen limitaciones, imprecisiones y ángulos muertos, en un plano mayor siguen resultando de enorme utilidad al iniciar una aproximación general a la materia de estudio, y, a partir de ella, los más interesados ya entonces acudirán a fuentes más específicas.

Concretamente, el área cultural andina es una de las que conforman el conjunto de Sudamérica, y se encuentra dividida en tres zonas principales: septentrional (suroeste de Colombia, Ecuador y noroeste de Perú), central (gran parte de Perú y Bolivia) y meridional (norte y centro de Chile, y noroeste de Argentina). Como indica su nombre, se encuentra vertebrada por la cordillera de los Andes, que determina las condiciones climáticas y el terreno de la zona, teniendo que adaptarse los diversos núcleos de población que se asentaron aquí desde, por lo menos, el 15.000 a.C. En la zona de Mesoamérica sucede lo mismo, demostrando ello la importancia del binomio cultura-medio ambiente en el ámbito prehispánico, ya que la modificación de uno de los dos afecta al otro y viceversa (ALCINA, 987, p. 3).

Ilustración de los pisos ecológicos del área andina

La zona central fue la que mejores características reunió de cara a los grandes asentamientos y las culturas más complejas, todas con una base agropecuaria reforzada con el comercio, predominando un mayor componente agrícola o ganadero en función del desarrollo que unas áreas geográficas u otras permitieran. En este aspecto, se diferencian tres ámbitos: costa, montaña y sierra, siendo su límite oriental la selva amazónica; a su vez, estos determinan, en base a la altitud, zonas frías, templadas y cálidas. En ese orden se pueden cultivar, respectivamente, papas, frijoles y yucas, entre otros alimentos, siendo los entornos más fértiles los valles de pequeños ríos que, desde el altiplano, penetran en la desértica costa a modo de oasis. Cuando el clima es duro y los únicos cultivos posibles resultan insuficientes para sostener la demografía, el pastoreo de camélidos es la actividad dominante, encuadrando ahí llamas, alpacas, vicuñas y guanacos.

Si atendemos a la cuestión de la periodización, el asunto se vuelve mucho más delicado y debatido, distinguiendo épocas de mayor diversidad cultural, llamadas periodos intermedios, copadas por desarrollos regionales como los de las culturas moche, nazca o chimú; y momentos de mayor homogeneización, calificados como horizontes por auspiciar los esfuerzos unificadores de núcleos como Chavín, Tiahuanaco o los incas. Tras décadas de intenso fragor académico, a la hora de establecer cronologías en el área cultural andina, suelen distinguirse siete etapas desde los orígenes hasta la época colonial: Precerámico (ca. 4000-1800 a.C.), Periodo Inicial (ca. 1800-900 a.C.), Horizonte Temprano (ca. 900-200 a.C.), Intermedio Temprano (ca. 200 a.C.-600 d.C.), Horizonte Medio (ca. 600-1000), Intermedio Tardío (ca. 1000-1438) y Horizonte Tardío (1438-1534).

EL IMPERIO INCA O TAHUANTINSUYO

Teniendo en cuenta las pautas globales apuntadas en el anterior apartado, la cronología de desarrollo del imperio incaico, llamado Tahuantinsuyo en lengua quechua, que vendría a significar “región de las cuatro partes”, protagoniza el Horizonte Tardío, ya que perduró desde su fundación en 1438 hasta la conquista de Francisco Pizarro en 1533, poco menos de un siglo, como dijimos. Los incas llevaron a cabo una “articulación territorial global” hasta entonces desconocida (SORROCHE y VILLALOBOS, 2004, p. 57), extendiéndose su dominio no solo por todo Perú, sino también por parte de Bolivia, Ecuador en la frontera septentrional y el norte y centro de Chile en la meridional. No todo fue conquista militar, para la cual contaban con un cuerpo bien disciplinado y organizado, hubo también muchas alianzas diplomáticas con los grupos étnicos previos.

Mapa de la expansión inca del Tahuantinsuyo desde Pachacútec hasta Huayna Cápac. Reddit

Esta expansión hizo que los incas fueran absorbiendo los rasgos culturales de los pueblos conquistados, lo que no implica, por otro lado, que la propia cultura inca careciera de un modelo original, sino que este se origina basándose en lo que observan y aprenden del sustrato milenario sobre el que se imponen. En ese sentido, ellos adoptaron una visión etnocéntrica como “Ombligo del Mundo” cuya etnia se remonta, en sus orígenes, a pequeños asentamientos que derivan en jefaturas o señoríos en torno a la zona de Cuzco ya en el Horizonte Medio, emprendiendo en el Horizonte Tardío un expansionismo imperialista iniciado en 1438 por Pachacútec y concluido en 1525 por Huayna Cápac, gobernantes noveno y undécimo de la dinastía incaica, formada por nombres míticos e históricos.

Esta es la historia que puede trazarse en base a los datos documentales y arqueológicos conocidos, mas los incas concibieron dos relatos cosmogónicos para explicar unos orígenes míticos: el primero lo protagoniza una pareja, Manco Cápac y Mama Ocllo, creada por el dios Sol, Viracocha, en el lago Titicaca, de donde salen con la misión de difundir su cultura con una vara que se termina clavando en Cuzco, la tierra de su destino; la segunda historia, la más difundida, versa sobre cuatro hermanos semidivinos que salen de una cueva, con sus respectivas mujeres, para realizar una peregrinación en la que, tras afrontar retos sobrenaturales, logran asentarse, igual que en el otro caso, en el paraje cuzqueño.

Estas visiones nos dan una idea de la importancia que va a tener la religión en el imperio incaico en tanto que efectivo mecanismo coercitivo sobre la población, y no solo eso, sino que el propio territorio del Tahuantinsuyo, como ya aclaramos, etimológicamente alude a una división política en cuatro secciones cuyos cuatro caminos parten y confluyen en las calles centrales de la capital, Cuzco, y cuatro precisamente eran los hermanos del segundo relato cosmogónico. El control de un territorio tan vasto y sofisticado devino en una compleja jerarquía burocratizada, como cabría esperar en un imperio, donde, insistimos, la religión es fundamental, estableciéndose por ello un modelo estatal teocrático en el que el “emperador” se legitimaba como hijo del Sol.

Teniendo en cuenta la multiculturalidad de la que parte el imperio incaico para conseguir su propia identidad cultural, no es de extrañar que la suya sea una religión politeísta conformada por deidades tomadas de cultos precedentes, si bien ahora se aglutinan para conformar una religión sincrética de carácter estatal. La diosa andina por antonomasia es Pachamama, que encarna la naturaleza y la fertilidad; luego tendríamos a varios dioses creadores, como el citado Viracocha o Pachacamac; en relación al culto al gobernante, se instituyen así mismo un dios solar (Inti) y otro lunar (Mama Killa); finalmente, hallamos otros dioses menores, como Illapa, divinidad del rayo, o Supay, dios del inframundo.

Atendiendo ya a los aspectos sociales, la conformación de una sociedad tan compleja como la incaica evidencia un paulatino proceso evolutivo que se reflejó en la propia organización interna (SORROCHE y VILLALOBOS, 2004, p. 39). El núcleo fundamental de esta es el llamado ayllu, estructura de carácter parental que comprende extensas familias en las que, a su vez, existe una jerarquía que controla el acceso a la tierra, al trabajo y al pago del tributo. Por encima del ayllu está la “nobleza”, que gozaba de privilegios varios, sobre todo quienes integraban la panaca (familia real), entre ellos el hijo heredero; y, en la cúspide social, la realeza, donde se incluyen el soberano, el Sapa Inca y su mujer. En esta diferenciación social, un factor clave es la indumentaria, que permite distinguir visualmente el estatus de cada individuo.

Código de vestimenta del Sapa Inca y su esposa (Coya). Página de Facebook de A3 Arqueología, antropología y arte

El férreo engranaje burocrático inca, así como la herencia del pasado, permitió al poder perfeccionar unos sistemas de organización del trabajo y movilización demográfica muy eficaces que dieron sus frutos a la hora de ejecutar importantes proyectos de estado, sobresaliendo la mita, que era el tributo laboral que el ciudadano estaba obligado a prestar al Estado cuando este se lo requiriera. Así, se llega a entender la existencia de una abundante y cualificada mano de obra para acometer las grandes empresas imperiales, especialmente las relativas al urbanismo, y, en este punto, las ciudades incas constituyen el culmen de un largo proceso espaciotemporal que tuvo sus primeros hitos en enclaves como Huaca Prieta, Cerro Sechín o Chavín de Huántar, y grandes ejemplos en urbes como Chan Chan o Tiahuanaco a las que ahora se unían obras maestras como Cuzco, Machu Picchu u Ollantaytambo (SORROCHE y VILLALOBOS, 2004, p. 141).

Antes de pasar a hablar de su sobresaliente arquitectura y magistral ingeniería, queremos terminar esta breve introducción al mundo inca, primero, con los quipus. Se trata de un sistema de registro consistente en un conjunto de nudos y cordones atados a uno principal que, mediante diferentes colores y tamaños, identifican varias materias, como oro, plata o guerreros, que se contabilizan en unidades, decenas, centenas e incluso millares. Su grado de precisión llegó a asombrar a los españoles (SORROCHE y VILLALOBOS, 2004, p. 63), ello pese a no alcanzar los niveles de desarrollo y sofisticación de, por ejemplo, el calendario y la escritura mayas.

Ejemplo de quipu, Museo de Arte de Dallas, Texas

Por otro lado, no podemos dejar pasar las artes desarrolladas en el seno de la cultura incaica, donde la síntesis de las ricas tradiciones precedentes, una vez más, no nublaron la creatividad de los artesanos y artistas del Tahuantinsuyo, entendiendo al artista como parte de un engranaje mayor donde los cambios artísticos no se operan por voluntad consciente como en el Renacimiento (KUBLER, 2003, p. 43). Desde tipologías tan originales como la pajcha, destinada a libaciones rituales, pasando por la fineza de su orfebrería y los coloridos tejidos, cuyos motivos han sido relacionados, por su simbología, con algo similar a la heráldica europea e, incluso, relacionan con un posible sistema de escritura; hasta la maestría de su cerámica, en la que despuntan los keros, heredados de Tiahuanaco, y, sobre todo, el urpu, formato que recuerda, salvando distancias, al aríbalo griego.

Dos manifestaciones artísticas incaicas: a la izquierda, urpu o aríbalo inca; a la derecha, poncho (uncu) con más de 150 patrones geométricos (tocapus). Wikimedia Commons

INGENIERÍA Y ARQUITECTURA INCAS

La gestión de un territorio tan vasto y complicado como el que llegó a tener bajo su control el imperio incaico requirió, además de una burocracia al uso, un aparato militar fuerte y un control mediante la religión, complejas labores de ingeniería para solventar, en primer lugar, la comunicación de unas partes de la geografía con otras. Nace así el Camino del Inca, Qhapaq Ñan en quechua (literalmente “camino principal”), la red vial oficial del Tahuantinsuyo, que va desde Pasto en Colombia hasta Santiago de Chile, pasando por el altiplano y la costa en dos vías paralelas conectadas por tramos secundarios. En total, el Camino del Inca, a lo largo de sus más de 30.000 kilómetros de longitud, pasa por seis países: Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Argentina.

Mapa de los caminos del Qhapaq Ñan a lo largo de las cuatro demarcaciones del Tahuantinsuyo. Página de Facebook de Qhapaq Ñan Perú

Este complejo viario estaba destinado al traslado de personas, mercancías, que se almacenaban en zambos para su posterior redistribución; y mensajes, portados por los llamados chasquis a través de un bien calculado sistema de postas habilitadas en el trayecto. Todas las sendas estaban empedradas y adaptadas al respectivo terreno, obligando muchas veces a los ingenieros incas a salvar accidentes físicos mediante estructuras como puentes colgantes. Si bien pudo aprovecharse la anterior red de caminos empleada con semejantes fines por el imperio Huari en el Horizonte Medio, no cabe duda de que esta fue ampliada y perfeccionada por los conocimientos técnicos de los incas.

Estos fueron los responsables, a su vez, de otra de las grandes infraestructuras ingenieriles que marcaron el enorme grado de desarrollo de la civilización inca: las andenerías, auténticos “monumentos” de arquitectura agrícola (GASPARINI y MARGOLIES, 1977, p. 311). Dados los fuertes condicionantes topográficos del área andina comentados anteriormente, aquí el desarrollo de tecnología hidráulica alcanzó mayores cotas que en Mesoamérica, solo así se garantizó la explotación agraria (SORROCHE y VILLALOBOS, 2004, p. 80). Gracias a la comentada mita, se pudieron construir y mantener estas imponentes obras.

Los andenes o terrazas se adaptan a los perfiles de las montañas mediante muros de contención rellenos de tierra y con frentes ataludados construidos con piedras muy bien trabajadas y asentadas, primera muestra que vemos del refinado trabajo de cantería que impresionaría hasta a los europeos. Para acceder a los sucesivos niveles, se practicaron todo tipo de escaleras amoldadas a la orografía, y para garantizar el riego de los cultivos se trazaron canales en cada uno de los andenes o taludes. En función de la zona donde se construyan, los alimentos cultivables varían según el grado de humedad y el ángulo de incidencia de los rayos solares, almacenándose el producto en colcas, donde, además de distribuir la cosecha, se ejecutan ciertas labores de procesado, como la desecación de papas.

Vista de las andenerías orientales de Machu Picchu. Wikimedia Commons

Tanto el Qhapaq Ñan como las andenerías buscaban transformar el núcleo del imperio incaico en un territorio humanizado con el que dar unidad política al vasto territorio controlado (SORROCHE y VILLALOBOS, 2004, p. 194), y ambas obras de ingeniería manifiestan uno de los valores característicos de su arquitectura más destacados por los especialistas: la calidad de la cantería. Es cierto que contamos con ejemplos cualificados preincaicos, como los monumentos de Tiahuanaco, cuya técnica lítica de tan buen acabado pudo influir a los incas (GASPARINI y MARGOLIES, 1977, p. 9), pero no fue hasta su periodo de predominio cuando se utilizó la piedra de manera masiva y con tan sofisticado nivel de desbastado, escuadría, pulido y encaje, tan milimétrico que no pasa entre sus junturas una navaja.

Este trabajo, que puede resultar habitual para el público occidental, se vuelve más sorprendente cuando sabemos que, aunque pudieron usar herramientas de metal, los incas trabajaron sus sillares, sobre todo, con martillos de piedras más duras que las que se iban a labrar. Lo que parece un escaso desarrollo tecnológico generalizado en todas las culturas indígenas americanas, tanto las andinas como las mesoamericanas, que estrictamente hablando casi siempre se mantuvieron en una Edad de Piedra, no impide, contra todo pronóstico, un alto grado de perfección técnica pese a las limitaciones físicas del material, como se puede ver en las pirámides de Mesoamérica, la arquitectura maya y, por supuesto, la cantería inca (SORROCHE y VILLALOBOS, 2004, p. 72).

El siguiente párrafo del libro Historia del Arte en Iberoamérica y Filipinas. Materiales didácticos I: culturas prehispánicas, escrito por los historiadores del Arte Miguel Ángel Sorroche Cuerva y Alejandro Villalobos Pérez, el cual venimos citando desde el inicio del artículo, condensa a la perfección este último aspecto que estamos tratando:

El hierro y el acero eran desconocidos. Excepto en los Andes, las herramientas de bronce y cobre nunca llegaron a usarse de forma común, aunque el oro y la plata fueron empleados abundantemente para la fabricación de joyas cuya calidad técnica y estética sorprendió a los mismos orfebres europeos del siglo XVI. Los arquitectos ignoraban la cúpula y el arco de medio punto. No tenían conocimiento de la pólvora, de la acuñación de monedas, de la escritura alfabética, de la imprenta, de la destilación del ácido, del cristal o de los vidrios para las ventanas (SORROCHE y VILLALOBOS, 2004, p. 67).

Donde se aprecian los mejores resultados de la exquisita cantería incaica es, evidentemente, en Cuzco, ciudad en la que es posible observar tres tipos de sillares y procedimientos diferentes de ensamblaje: aparejo poligonal, cuyo tamaño varía de pequeñas piedras a piezas ciclópeas, todas ellas encajadas entre sí a la perfección mediante huecos, empleando cuñas para su izarlas con grúas de madera; aparejo regular, finamente pulido mediante frotamiento con arena humedecida y organizado en hiladas horizontales acomodadas mediante una abrasión de empuje y arrastre en la superficie plana; y pirca, mampostería sin desbastar asentada con argamasa. Tanto una tipología como otra podían verse estilizadas con un suave almohadillado que, salvando diferencias, también se estaba practicando coetáneamente en la arquitectura renacentista.

Muros de uno de los recintos del Sacsayhuamán de Cuzco, de aparejo poligonal perfectamente ensamblado. Wikimedia Commons

Cuzco, en esencia, es la máxima representación de la arquitectura del poder incaico, el lugar donde reside la administración centralizada del imperio que comenzó a expandirse con Pachacútec y modelo programático oficial para otros enclaves no tanto a nivel formal, pues la organización urbana de la capital es única por el terreno al que se adapta, sino sobre todo en determinadas pautas y procedimientos. En este carácter urbanizador y monumental emprendido por los incas durante su conquista, quizás resuenen ecos de la semejante política adoptada anteriormente por la cultura Huari (GASPARINI y MARGOLIES, 1977, pp. 45-46). Tanto el trazado de Cuzco como el de otros centros poblados fueron la base para múltiples ciudades coloniales, y todavía hoy se siguen aprovechando parte de aquellas estructuras indígenas.

Restos del muro del Coricancha (Templo del Sol) de Cuzco, realizados con hiladas de aparejo regular, sobre los que se asentó la iglesia conventual de Santo Domingo, ejemplo de reaprovechamiento colonial de estructuras indígenas. Wikimedia Commons

A nivel urbanístico, mirando siempre a Cuzco, se adoptarán patrones repetitivos con los que identificar el modelo de la cultura dominante (GASPARINI y MARGOLIES, 1977, p. 204), como la división en dos mitades (Hanan y Hurin), el mixto de estructuras arquitectónicas cerradas con espacios abiertos, en especial plazas y patios, que en verdad fue una constante en el urbanismo andino (SORROCHE y VILLALOBOS, 2004, p. 146); o la adopción de una nomenclatura semejante. En todo caso, como han remarcado varios especialistas, siempre hay que entender la capital inca no como modelo formal genérico para otros establecimientos estatales, sino como referencia para emular elementos particulares de tipo funcional, ritual y simbólico (GASPARINI y MARGOLIES, 1977, p. 68), los cuales, por supuesto, se complementan con las consabidas variantes locales en cada zona.

En síntesis, estas pautas urbanísticas derivan en un modo arquitectónico donde lo principal es la integración armónica en el entorno natural, que hace de la inca una arquitectura orgánica cuyo gran sentido paisajístico, en cuanto determinaba la conveniencia de un lugar, nunca encontró freno en la accidentada topografía, por muy difícil que esta se presentara (GASPARINI y MARGOLIES, 1977, p. 72). A nivel formal y estilístico, los edificios incas se van a reconocer por los perfiles trapezoidales de sus vanos, cuyos taludes otorgan mayor resistencia; el comentado trabajo en piedra de gran calidad, la desornamentación escultórica, sobriedad expresiva propia de un poder militarista que prima lo utilitario (KUBLER, 2003, pp. 490-491); el predominio de la planta rectangular y la construcción mediante la suma de ámbitos de una sola habitación no conectados interiormente.

ANÁLISIS DE MACHU PICCHU

ARQUEOLOGÍA, CONSERVACIÓN Y ESTADO ACTUAL

Con todas las nociones previas aprendidas, el análisis del Machu Picchu resulta mucho más completo y mejor contextualizado. Decía el investigador José Alcina Franch en su libro Arte precolombino lo siguiente: “Machu Picchu, la ciudad arqueológica sin duda más popularizada por el turismo, es, al mismo tiempo, la urbe más increíble de toda la arquitectura e ingeniería incas” (ALCINA, 1987, p. 294). La historia de Machu Picchu (“cerro viejo” en quechua), tal y como la conocemos en la actualidad, es, en definitiva, la historia de su arqueología, de más de cien años de excavaciones que han permitido conocer, generación tras generación, capa a capa, la maestría arquitectónica y urbanística de una de las civilizaciones más grandes que se desarrollaron en América, y sin duda la más compleja del área andina.

Fue en 1911 cuando el profesor Hiram Bingham, avisado de la existencia de unas ruinas antiguas en lo alto del cerro Machupicchu, visitó el enclave y elaboró unas primeras teorías reforzadas por la primera excavación oficial del sitio un año después. Se inicia con ello el periodo arqueológico inicial de la llacta (antiguo poblado inca), que concluiría en 1929, cuando el Estado peruano promulgó una ley con la que adoptó medidas serias para frenar las excavaciones clandestinas y promover campañas oficiales dirigidas por profesionales. Hasta 1971, en que tiene lugar este segundo periodo arqueológico, el objetivo principal fue la restauración y puesta en valor del conjunto de Machu Picchu, relegando las excavaciones a un segundo plano (BASTANTE, ASTETE, FERNÁNDEZ y USCA, 2020, vol. I, p. 167).

Fotografía de 1912 que muestra el aspecto en que se encontraba la Plaza Sagrada de Machu Picchu. National Geographic

El tercer periodo arqueológico del poblado inca va desde 1971, año de creación del Instituto Nacional de Cultura de Perú, hasta 2017; dicho organismo fue creado “con la misión de proteger, conservar, poner en valor y difundir el patrimonio monumental y cultural de la nación” (BASTANTE, ASTETE, FERNÁNDEZ y USCA, 2020, vol. I, p. 170). A partir de 1974, con una periodicidad casi anual, se desarrollaron excavaciones encabezadas por especialistas como Fernando Astete, Elva Torres o Alfredo Mormontoy. Tanto los resultados obtenidos en estas catas como las conclusiones extraídas, en general, en estos tres periodos arqueológicos de Machu Picchu, podéis leerlos con detalle, si os interesa, en el artículo “Estado de la cuestión: historia y arqueología de la llacta de Machu Picchu”, contenido en un volumen monográfico dedicado a estudios interdisciplinares.

El último trabajo de campo, desarrollado entre 2014-2017 en el marco del Programa de Investigaciones Arqueológicas e Interdisciplinarias en el Santuario Histórico de Machupicchu (PIAISHM), como indica su propio nombre, extiende el foco más allá de la arqueología y de la llacta, incentivando un mayor conocimiento sobre cuestiones geológicas, biológicas y de diversa índole que ayuden a la mejor conservación, restauración y valoración de este patrimonio mixto (BASTANTE, ASTETE, FERNÁNDEZ y USCA, 2020, vol. I, p. 217). Gracias a las prospecciones de esos años, se ha podido reforzar la importancia estratégica del conjunto a nivel religioso (centro ceremonial), político (manifestación de poder) y administrativo (nexo entre los Andes y la Amazonia), formado por yacimientos como Chachabamba, Choquesuysuy o Salapunku, todos perfectamente conectados por redes de caminos.

La suma de todos estos esfuerzos ha convertido a Machu Picchu en uno de los enclaves monumentales más visitados en el mundo cada año, miles de turistas acuden a lo alto del “cerro viejo” para indagar en la historia del pasado de Perú a través del legado incaico. La inicial indiferencia ciudadana fue dando paso a una creciente preocupación por conocer sus raíces indígenas, y, así, sucesivas leyes estatales han dotado a los monumentos peruanos del corpus de protección, conservación y restauración patrimonial necesario (RAVINES, 2020, vol. I, p. 247).

Que Machu Picchu presente, a ojos actuales, tan buen nivel de conservación dentro de un orden, se debe, en buena medida, además de a la calidad arqueológica de las diversas campañas y las buenas políticas de patrimonio cultural, a que las actividades turísticas se localicen en una población a los pies del valle, Aguas Calientes, denominado Machupicchu Pueblo para diferenciarlo de la llacta. Atractivos como hoteles, aguas termales y tiendas de souvenirs se concentran aquí, así como la estación de ferrocarril que, junto a la carretera Hiram Bingham, constituye el principal medio de acceso al yacimiento. Así mismo, aquí se encuentra el Museo de Sitio Manuel Chávez Ballón, así nombrado en honor a su promotor, y aunque se construyó entre 1962-1965 (RAVINES, 2020, vol. I, p. 252), experimentó remodelaciones que han conllevado varios cierres y reaperturas.

Museo de Sitio Manuel Chávez Ballón. Dirección Desconcentrada de Cultura de Cusco

CONTEXTO ESPACIOTEMPORAL

Lo primero que siempre llama la atención al público general es el hecho de estar construido el emplazamiento a unos 2.430 metros sobre el nivel del mar, una cifra vertiginosa que, sin embargo, no es la máxima que pudo alcanzar el poder incaico: sin ir más lejos, el propio Cuzco se eleva aproximadamente 3.400 metros. Lo que impresiona es, sobre todo, el estar erigida esta llacta (antiguo poblado inca) sobre una montaña del Valle Sagrado de los Incas, por donde fluye el río Urubamba. En base a esto, el reseñado factor de integración en el medio natural, con el que sintoniza a la perfección, origina una arquitectura orgánica que articula un entramado poblacional donde el conjunto “impresiona más que el detalle”, precisamente, por dicha adaptación (GASPARINI y MARGOLIES, 1977, p. 90), por lo que George Kubler consideraba “grandeza escénica” (KUBLER, 2003, p. 484).

El antropólogo e historiador Luis Millones, en un tono más poético, declara que todo el conjunto del Machu Picchu parece ubicarse en un espacio intermedio “entre el cielo y la tierra” (MILLONES, 2020, vol. I, p. 59). La vista más emblemática captada en fotografía, y que seguramente la mayoría tendréis grabada en vuestra cabeza, es la tomada hacia la montaña Huayna Picchu (“cerro joven”), cuya cumbre está igualmente intervenida por la acción constructiva inca. Todo este sector se encuentra a unos 120 kilómetros al este de Cuzco, penetrando un gradiente de la abrupta geografía en el territorio de la selva amazónica, conformando el verde de este bioma una atractiva bicromía natural junto al gris de la roca que, con frecuencia, se sume en una densa neblina que habría hecho las delicias de los románticos.

Vista de la ciudad hacia la montaña Machu Picchu (dirección sur), punto contrario al más difundido del conjunto. Wikimedia Commons

La fecha más apuntada para el inicio de las obras de Machu Picchu es 1450, en pleno gobierno de Pachacútec, con quien comenzó la gran expansión imperial desde Cuzco, pero la conclusión no está tan clara. Se cree que, al finalizar su reinado en 1471, pudo ya entrar en decadencia, si bien existen datos documentales que acreditan que, por ejemplo, en 1568 todavía estaba habitado el poblado (LUMBRERAS, 2020, vol. II, p. 199). Lo que sí es seguro es que, además de personal técnico cualificado, el Estado, a través de la mita, envió nutridos contingentes poblacionales para erigir las distintas partes de la ciudad (andenerías, zona residencial, templos…), así como los llamados mitimaes, grupos destinados a colonizar nuevos territorios y enseñar las costumbres incaicas a los pueblos sometidos.

Aunque solemos referirnos en general a Machu Picchu como ciudad, lo cierto es que tanto este complejo como otros muchos de factura incaica han sido objeto de un debate académico sobre si realmente es correcto aplicarles la etiqueta urbanística. En este sentido, hay que tener siempre mucho cuidado en efectuar el análisis del pasado utilizando una visión contemporánea, porque, evidentemente, el concepto de urbanismo actual o el que implantaron los propios españoles tras la conquista difiere notablemente del manejado por la cultura inca. Si bien no es lo suficientemente grande como para otorgarle jerarquía urbana (GASPARINI y MARGOLIES, 1977, p. 96), tampoco es tan pequeño como para considerarse una aldea rural, pues podía albergar una población de 400-1200 habitantes.

Tanto por este hecho como por carecer de datos documentales del todo fiables, se han prodigado desde el siglo pasado infinidad de teorías sobre su funcionalidad. Así, por ejemplo, Bingham teorizaba que Machu Picchu podía haber sido Tamputoco, la cuna mítica de los incas, o la legendaria Vilcabamba la Vieja, último bastión de resistencia contra los españoles (KAUFFMANN, 2020, vol. II. p. 159), ambas hipótesis altamente superadas.

Otros autores defienden desde su posible carácter de fortificación o puesto fronterizo, pasando por la idea de un posible centro ceremonial, hasta considerarlo, quizás, un nexo político-administrativo con la Amazonia. Un sector académico, incluso, apunta a la posibilidad de que fuera una hacienda real de Pachacútec donde este se recreaba en sus ratos libres, concepción europeizante que remite a los castillos feudales medievales y que, seguramente, no es aplicable al Sapa Inca, que estaba focalizado en la administración imperial (KAUFFMANN, 2020, vol. II, p. 168).

El relacionar Machu Picchu con una ciudadela vino dado por la misma mentalidad medieval española, que asociaba las construcciones de buena cantería sobre terrenos abruptos y elevados como fortalezas para la defensa territorial, pero está más que demostrado que la fundación inca tenía otros propósitos (GASPARINI y MARGOLIES, 1977, p. 289). En este sentido, esta teoría era rechazada hasta por el propio Bingham, ya que, si asumimos que los enemigos de los que guardarse eran las tribus amazónicas, basta saber que su límite de incursión no sobrepasaba los 1.500 metros sobre el nivel del mar para desmontar la idea (KAUFFMANN, 2020, vol. II, p. 164).

PROCESO CONSTRUCTIVO Y PLANIFICACIÓN

Plano con un recorrido turístico por Machu Picchu. Boleto Machu Picchu

Según el arqueólogo Rogger Ravines, los diferentes proyectos de restauración planificados en el conjunto de Machu Picchu han sido ejecutados con la premisa en mente de mostrar “una ciudad plena detenida en el tiempo” antes que “una ciudad arruinada cubierta de maleza” (RAVINES, 2020, vol. I, p. 254). Así pues, lo primero que se hizo fue proceder a la limpieza de la espesa vegetación que cubría la ciudad incaica, quedando hoy los suelos cubiertos por un suave manto verde debidamente cuidado y controlado en su crecimiento. El punto central tras despejar el terreno fue la reconstrucción, especialmente la de aquellos edificios que presentaban mayor grado de deterioro e incluso peligro de derrumbe, todos debidamente precedidos por los correspondientes estudios previos.

Las investigaciones de campo han determinado un proceso constructivo bifásico en Machu Picchu. La primera etapa estaría dedicada a la planificación del trabajo, la identificación de las fuentes de agua y la preparación del terreno, que no se allanó, como se haría en nuestros tiempos, sino que se adaptó a la orografía en un ejercicio de organicismo ejemplar, depurando primero la vegetación y, después, aterrazando los diversos sectores para solventar el abrupto terreno, rellenándose una parte considerable de dichas terrazas con materiales de desecho (ASTETE, 2020, vol. I, pp. 315). Por su parte, la segunda se centró en la ordenación del caos granítico (parte del cual aún puede verse al oeste) para asentar de manera estable los muros de las diferentes edificaciones, corroborando los datos que varias secciones estaban aún construyéndose antes del abandono de la llacta (ASTETE, 2020, vol. I, pp. 315).

Aterrazado occidental de Machu Picchu, apreciando en la parte superior derecha el caos granítico original. Wikimedia Commons

Salta a la vista, a poco que se sumerja uno en el tejido arquitectónico, que Machu Picchu fue definida visual y simbólicamente por unos rasgos que delatan la influencia del “estilo cusqueño”, como lo denominaban Graziano Gasparini y Luise Margolies. El más evidente es el excelente trabajo de cantería de los sillares, que predominan sobre el adobe, el cual, no obstante, jamás debe entenderse como un material de calidad inferior, para la arquitectura inca fue un pilar igual de fundamental (GASPARINI y MARGOLIES, 1977, p. 319). Así mismo, esta preferencia por el uso de la piedra, aparte de por ser el material más abundante de la zona, pudo también deberse a un deseo de permanencia del poder (GASPARINI y MARGOLIES, 1977, p. 93), a una aspiración de eternidad semejante a la intentada por los faraones del Egipto antiguo. Ambos lo consiguieron.

Ejemplo notable de cantería inca en la arquitectura de Machu Picchu. Wikimedia Commons

A vista de plano, puede notarse la marcada separación por un foso seco entre la zona sur agrícola, protagonizada por las imponentes andenerías, donde se cultivaba maíz, sobre todo; y la zona norte monumental, donde se concentra todo el aparato arquitectónico. Ambos sectores quedan unidos por un único vano de ingreso que enmarca una vista del Huayna Picchu, tiene forma trapezoidal, la más reconocible de la estética inca, y su paso está custodiado desde una posición elevada por la Casa del Guardián, cuyo techo está restaurado. Así mismo, es posible apreciar la división cuzqueña del emplazamiento en dos barrios, llamados Hanan (alto) y Hurin (bajo), cuyas mitades quedan separadas por la Plaza Central a occidente y oriente.

Puerta principal (y única) de Machu Picchu. Wikimedia Commons

Este último hecho explicita otro de los rasgos diagnósticos del urbanismo andino anteriormente anotados, como es el mixto de estructuras cerradas con espacios abiertos. La Plaza Central, núcleo de confluencia social, política y religiosa de Machu Picchu, es prácticamente el único llano del conjunto, conectándose todo mediante escalinatas que, por tanto, obligan a recorrer Machu Picchu subiendo y bajando (MILLONES, 2020, vol. I, p. 65), el día de pierna nadie se lo puede saltar.

Vista de la Plaza Central de Machu Picchu. Wikimedia Commons

LA INFRAESTRUCTURA HIDRÁULICA

Tanto este subapartado del análisis como el siguiente van, hasta cierto punto, de la mano, ya que el agua, en tanto que elemento natural fundamental para la vida humana, es crucial en muchas culturas del mundo, y, concretamente, las andinas, en base a la geografía sagrada que luego comentaremos, la tuvieron siempre en cuenta antes de comenzar ningún plan urbanístico. Así las cosas, el factor acuático, junto a la calidad de las construcciones y el emblemático emplazamiento permiten atribuirle a Machu Picchu, hasta que se demuestre lo contrario, un carácter sagrado (ASTETE, 2020, vol. I, p. 314).

Localizado un arroyo perenne en la ladera norte de la montaña Machu Picchu, se inició la construcción del sistema de canalización para abastecer de agua a la población, exponiendo este las grandes virtudes que la ingeniería incaica desarrolló en el Tahuantinsuyo. El agua llega al sector alto de la llacta por flujo de gravedad, desde donde deriva a la parte baja a través de dieciséis fuentes (pacchas) destinadas a usos domésticos y abluciones rituales, realizándose en ella ofrendas y sacrificios que denotan la institucionalización incaica del culto al agua (FERNÁNDEZ, 2020, vol. II, p. 323). Estas corren paralelas a una escalera que recibe el nombre nada casual de Escalinata de las Fuentes, la cual discurre entre el Templo del Sol y la Casa del Inca.

Canalización hacia una de las fuentes de Machu Picchu. Wikimedia Commons

En cuanto al sistema de drenaje, constituyó, junto a las cimentaciones, más del 50% del esfuerzo laboral de Machu Picchu (ASTETE, 2020, vol. I, p. 321). Esta infraestructura, como era menester en el imperio inca, buscaba la perpetuidad en sus trazas, cosa que lograron gracias al inmenso saber tecnológico que atesoraban sus ingenieros civiles, que, mediante la observación de ingenios de civilizaciones anteriores y el método de prueba-error, fijaron unos criterios de durabilidad en materia hidráulica que refuerzan la expresión del “milagro de Machu Picchu”.

Para consultar los detalles técnicos de este sistema, os remitimos al artículo “Machu Picchu: maravilla de la ingeniería civil” de Kenneth R. Wright y Alfredo Valencia Zegarra, que han estudiado en profundidad sus pormenores, aquí solo daremos un par de líneas. Muchos puntos de la implementación siguen sin conocerse, pero tener que diseñar una red de drenaje en un territorio tan accidentado y en zonas alejadas, y que esta siga siendo operativa, no puede menos que asombrarnos. En un clima lluvioso como el que se cierne en estas tierras, un buen sistema de drene garantiza la longeva estabilidad del terreno (WRIGHT y VALENCIA, 2020, vol. I, p. 345).

La red combinaba tramos superficiales con otros tantos subterráneos, especialmente en el área agrícola, debidamente enlazados en las diferentes alturas que estratifican la llacta aprovechando los propios recorridos de las escaleras. Para escurrir el agua de la lluvia, los tejados de paja contaban con una vertiente muy inclinada que aceleraba la acometida hacia el sistema de drenaje correspondiente. En los muros de contención de las terrazas y las paredes de los edificios, a su vez, se habilitaron más de cien salidas de desagüe, y en algunas zonas, como la Casa del Inca o la Roca Sagrada, se practicaron instalaciones específicas.

POSIBLE ARQUITECTURA RELIGIOSA

En la ordenación urbana del conjunto, es muy probable que resultara fundamental la relación con la geografía sagrada, creencia inca que consideraba a los elementos de la naturaleza como divinidades o residencias de espíritus (REINHARD, 2020, vol. I, p. 293). Esta interpretación tan difundida apunta a una de las funciones comentadas, la de Machu Picchu como centro sagrado rodeado de montañas alineadas con los cuatro puntos cardinales, quedando la ciudad en el “eje del mundo”, habilitándose así zonas para la celebración de rituales y cultos sacerdotales.

Así mismo, pudieron intervenir astrónomos en el urbanismo, ya que las diversas estructuras relacionadas con observatorios, así como las andenerías, llevan a hipotetizar sobre una planificación en relación al desplazamiento del sol y la incidencia de sus rayos para aprovechar su energía (ASTETE, 2020, vol. I, p. 314) y producir los excedentes necesarios para la subsistencia de los habitantes cordilleranos en épocas adversas como sequías, lluvias copiosas o granizadas (KAUFFMANN, 2020, vol. II, p. 172).

Siguiendo un recorrido de arriba a abajo, nuestra primera parada está en la mitad superior (Hanan), y se trata de un edificio tradicionalmente llamado “Torreón” por sus reminiscencias militares, mas, en verdad, se cree que albergaba una finalidad sacra como Templo del Sol. Sus paredes, que contienen “algunos de los trabajos en piedra más finos conocidos de la época incaica” (REINHARD, 2020, vol. I, p. 299), rodean una gran roca esculpida en la parte baja en forma de cueva con nichos y una forma escalonada en la que algunos autores han querido ver el mausoleo real de Pachacútec (LUMBRERAS, 2020, vol. II). Más interesante todavía resulta la parte alta, donde esa misma roca natural pudo funcionar como altar y observatorio mediante tres ventanas por la que penetran los rayos solares, actuando las montañas circundantes como nexo entre lo celestial y lo terrenal.

Vista del Templo del Sol tomada desde abajo, pudiendo ver la cueva labrada en su interior. Wikimedia Commons

Avanzando al norte encontramos la Plaza Sagrada, en torno a la que se concentran algunos de los edificios más destacados. Al norte se abre el Templo Principal, cuyo suelo se cubre con una arena blanca que podría ser un trasunto del océano, centro de creación divina cuyas aguas tienen como administradoras a las montañas (REINHARD, 2020, vol. I, p. 291). Los bien labrados sillares, algunos de tamaño considerable, se organizan en hiladas horizontales regulares que conforman los muros, animados en su parte superior por identificativos nichos trapezoidales. Podemos apreciar la tendencia a la sobriedad ornamental, pues apenas se encuentra decoración escultórica en sus fachadas, y mucho menos pictórica.

Templo Principal de la Plaza Sagrada de Machu Picchu. Wikimedia Commons

En el lado este tenemos el Templo de las Tres Ventanas, nomenclatura que la propia vista de la construcción evidencia, tres vanos donde se repite la forma trapezoidal, igual que en los nichos laterales. Estas aperturas ofrecen un magnífico mirador hacia las montañas y el río Urubamba, y nuevamente sobresale el impecable trabajo de cantería, destacando los dinteles y el pilar monolítico que se ubica en el oeste. Una última estructura, situada en el sur de la Plaza Sagrada, ha sido asociada con una Casa del Sacerdote, evidenciando una factura en sus paramentos algo menos cuidada.

Templo de las Tres Ventanas de la Plaza Sagrada de Machu Picchu. Wikimedia Commons

Las piedras eran concebidas por la mentalidad incaica como hogares de espíritus asociados con la protección y la fertilidad, aunque también, según la zona de los Andes, pudieron representar a los dioses de las montañas (REINHARD, 2020, vol. I, p. 293). La fertilidad podría ir ligada a un carácter propiciatorio de cara a las cosechas, pues se imploraba la bondad de la Pachamama, la Madre Tierra, y se rogaba clemencia a su contraparte, el Dios del Agua, para que no asolara al hombre con sus calamidades. Todo ello, según algunos autores, entronca con una política de “colonización” agraria con que aumentar la frontera cultivable por los Andes amazónicos para afrontar las duras condiciones ambientales de la vida serrana y sostener el aumento demográfico (KAUFFMANN, 2020, vol. II, p. 172).

La más emblemática piedra sacra de Machu Picchu es la del Intihuatana, la cual hallamos si salimos de la Plaza Sagrada por el noroeste y subimos unos escalones. Esta piedra, labrada en forma de pirámide escalonada, ha sido ampliamente estudiada e interpretada en función de su significado en quechua: “El lugar al cual se amarraba el sol”. Inicialmente, se apuntó que podía ser un reloj solar, teoría pronto descartada por otras más plausibles, como que puede ser un émulo en miniatura del Huayna Picchu, y al colocarse en lo alto de una cumbre, alineado con las montañas sagradas, su posición es ideal como observatorio astronómico (REINHARD, 2020, vol. I, p. 296).

Piedra del Intihuatana de Machu Picchu. Wikimedia Commons

En el extremo septentrional del poblado se encuentra la Roca Sagrada (aquí no se complicaron tanto con el nombre), enfrentada en una pequeña plaza flanqueada por dos huayranas, es decir, estructuras que tienen uno de sus cuatro lados abiertos al exterior (el Templo Principal y el Templo de las Tres Ventanas encajarían con esta descripción). Sus grandes dimensiones se apean en una plataforma de piedra bien labrada, y sus perfiles recuerdan a los de una cadena montañosa, seguramente se esté inspirando en alguna de los alrededores. Como todo lo anterior, el carácter cultual de esta roca sigue sin estar científicamente demostrado.

Roca Sagrada de Machu Picchu. Wikimedia Commons

Por detrás de la Roca Sagrada se abre un camino que conduce hacia la cima del Huayna Picchu, en cuya ladera norte se hallan una serie de cuevas destinadas, en su mayoría, a sepulturas. Nos interesa, sobre todo, el llamado Templo de la Luna, lugar también llamado Gran Caverna, que da la espalda a la llacta de Machu Picchu y al que se llega tras dos arduas horas de senderismo. Que reciba el primer nombre no quiere decir que este sitio fuera destinado a la observación de este astro satelital, probablemente venga del hecho de que, durante el plenilunio, queda completamente iluminado de noche (REINHARD, 2020, p. 301).

Templo de la Luna de Machu Picchu. Wikimedia Commons

Recordando el posible contexto de la geografía sagrada, muchas culturas andinas veían en las cuevas entradas a las montañas donde se originaron sus antepasados y a donde acudían las almas de los difuntos. Por esta razón, la mayoría de los cadáveres incas hallados en Machu Picchu se encontraban en cavernas o abrigos rocosos, espacios donde solían conservarse en forma de momias que pudieron ser embalsamadas, quizás, en la denominada Roca Funeraria, al suroeste de la llacta. Igualmente, en el seno de las cuevas viven las deidades tutelares, por lo que podríamos estar ante un nuevo espacio de culto a las montañas (REINHARD, 2020, vol. I, p. 302).

Roca Funeraria de Machu Picchu. Wikimedia Commons

Yendo ahora hacia la mitad sur (Hurin), aquí hallamos el Templo del Cóndor, así bautizado por plantarse en su suelo una piedra esculpida con el aspecto de lo que parece ser dicha ave, si bien sus rasgos, como es más que notorio, están bastante abstraídos. Por ende, la identificación no presenta certezas, aunque es posible si tenemos en cuenta que este animal, dentro de las creencias andinas, es un representante o una manifestación de las divinidades montañosas (REINHARD, 2020, vol. I, p. 308).

Templo del Cóndor de Machu Picchu. Wikimedia Commons

Cerca se encuentra el Intimachay (“Cueva del Sol”), debajo de lo que se llama Barrio Industrial, otro punto en el que se ha especulado sobre una posible función astronómica. En dicho barrio existe otra estructura a la que se le atribuye un objetivo semejante, la Sala de los Espejos, cuya mampostería es de las mejores del sector oriental o bajo de Machu Picchu. Esta delimita un espacio que ha sido defendido como calendario solar por el ingeniero civil Eulogio Cabada, quien afirma que en los dos discos del suelo se proyectan los rayos de los solsticios y equinoccios que se filtran por sendas ventanas, teoría respaldada por un estudio in situ durante esos días que certifica un alto grado de coincidencia (CABADA, 2020, vol. II, p. 120).

Sala de los Espejos de Machu Picchu. Wikimedia Commons

ARQUITECTURA PÚBLICA Y RESIDENCIAL

En el ámbito público, a poco que se mire salta a la vista el uso de pirca e incluso de piedra de buena cantería hasta cierta altura de los muros, dispuestos en talud para ofrecer mejor resistencia a los empujes, complementándose en las partes más elevadas por ladrillos de adobe. En origen, este tipo de estructuras iban coronadas por una viga cumbrera que apeaba en los hastiales de los extremos, cuando los había, contando seguramente, además, con una armadura de madera que ha perdido el tejado, realizado en un material perecedero como la paja, y que iba anclado con clavos y argollas líticas. Algunos edificios han sido reconstruidos íntegramente para apreciar su posible aspecto primigenio, como los almacenes (colcas) de las andenerías bajas, la Casa del Guardián, en lo alto de la zona agrícola, o las huayranas a ambos lados de la Roca Sagrada.

Almacenes (colcas) de las andenerías bajas de Machu Picchu, con los tejados restaurados. Wikimedia Commons

En la zona residencial de Machu Picchu se concentran y multiplican la práctica totalidad de las tipologías de la arquitectura doméstica incaica, como pueden ser las viviendas unifamiliares de una sola habitación, con o sin hastiales; las recién citadas huayranas, que cuentan con un lado completamente abierto al exterior; edificios con vertientes desiguales, de doble piso que aprovechan el desnivel del terreno, con muro medianero… Aunque la repetición responde a una imposición de las estructuras del poder en los dos sentidos, como ya dijimos, esta es también indicativo de un limitado catálogo de tipologías, quizá justificado por no querer los incas buscar nuevos procedimientos debido al posible aumento de problemas para solucionarlos, ordenando las autoridades competentes, por tanto, ahondar en la experiencia de lo ya conocido (GASPARINI y MARGOLIES, 1977, p. 315).

Modelo de estructura doméstica incaica, señalando las flechas verde y azul, respectivamente, las argollas y clavos líticos a los que se anclaba el techo. Wikimedia Commons

Dentro del sector occidental, frente al Templo del Sol, ocupa un lugar preeminente la ya varias veces citada Casa del Inca, encuadrada en la tipología de la kancha, consistente en un recinto amurallado de planta rectangular o trapezoidal, con una única entrada, que encierra un patio en torno al que se articulan varias casas techadas, determinando el tamaño del conjunto y la calidad de sus materiales el prestigio de quienes las habitan. Los vanos y nichos trapezoidales con que se animan los muros terminan de completar la identificación del complejo con la arquitectura incaica.

Interior de la Casa del Inca. Boleto Machu Picchu

En cuanto al sector oriental, hay otros tantos edificios identificados con residencias y algunos con almacenes, sobresaliendo de entre todos el llamado Conjunto de las Tres Portadas, donde, igual que el Templo de las Tres Ventanas, la nomenclatura no necesita explicaciones. Este triple vano de ingreso está formado por jambas dobles que se abren en un frente de cincuenta metros de largo y dan acceso a sendas kanchas, conectadas entre sí en el interior, hecho bastante extraño dentro de la arquitectura inca. Descontando ciertas particularidades, predomina en esta edificación un cierto sentido de simetría, organizándose las casas en torno a sus respectivos patios y marcando, junto a los muros medianeros, un ritmo ordenado.

Conjunto de las Tres Portadas. Boleto Machu Picchu

CONCLUSIÓN

Querido lector, como te puedes imaginar, lo que se puede contar sobre Machu Picchu es mucho más. Hablamos de una ciudad que, sin ser estrictamente milenaria y pese a haber sido ocupada durante relativamente poco tiempo, cuenta con una rica historia fundada en la mayor civilización que conoció el área cultural andina antes de la conquista española por Francisco Pizarro: los incas. Desde su redescubrimiento científico por Hiram Bingham en 1911 hasta hoy, las cuantiosas catas arqueológicas, investigaciones de campo y estudios interdisciplinarios han arrojado mucha luz sobre las oscuras tinieblas en que el tiempo había sumido a la sagrada llacta, y aunque todavía quedan muchos recovecos por iluminar, la fama adquirida lo ha convertido en el símbolo por antonomasia de la identidad nacional peruana y una de las nuevas siete maravillas del mundo moderno.

Machu Picchu y otros tantos enclaves incaicos pertenecen a “una expresión normativa concebida durante la reorganización de Pachakuti (Pachacútec)” (GASPARINI y MARGOLIES, 1977, p. 146), que expandió las fronteras de la vieja cultura fuera de su capital, Cuzco, hasta conformar el territorio de dominio humano más extenso del periodo indígena americano: el Tahuantinsuyo. Si, además, asumimos como cierta la teoría que defiende que el poblado sobre el río Urubamba pudo ser propiedad del propio Sapa Inca, se reforzaría dicha sensación de poder, actuando el conjunto como fórmula “culturizadora” (MILLONES, 2020, p. 75) donde la repetición de unos patrones urbanísticos y constructivos permitirían identificar la sofisticada tecnología del poder gobernante.

Pasear por las calles de Machu Picchu, sintonizar con el privilegiado entorno natural y recorrer los diferentes niveles de las terrazas implica, además de un entrenamiento intenso para las piernas, un viaje atemporal que, cronológicamente hablando, en verdad nos lleva a la misma época que el Renacimiento italiano. El conocimiento de las civilizaciones prehispánicas allende el Atlántico escasea bastante entre el público occidental, igual que ocurre con buena parte del arte asiático, ni qué decir de las manifestaciones desarrolladas en África y Oceanía, a las que pretendemos dedicarle una serie en condiciones en el futuro.

Por de pronto, esperamos que este artículo sobre uno de los hitos monumentales de las culturas precolombinas (término que, a título personal, no me gusta demasiado) sirva para la adquisición de una férrea base sobre la cultura incaica en general, y las claves del “milagro de Machu Picchu” en particular. Más que milagro, lo que hemos podido analizar es una lección magistral de urbanismo, arquitectura e ingeniería que permitió a todo un poblado sobrevivir a 2.430 metros de altura aprovechando las laderas montañosas como territorio cultivable mediante andenerías, planificando un buen sistema de drenaje y adaptándose al terreno sin tener que allanarlo, mostrando así su respeto hacia las deidades naturales.

El poeta chileno Pablo Neruda, en su Canto general de 1950, compuso una miniserie de doce poemas titulada “Alturas del Machu Picchu” del que queremos extraer unos versos para terminar:

Entonces en la escala de la tierra he subido

entre la atroz maraña de las selvas perdidas

hasta ti, Macchu Picchu.

Alta ciudad de piedras escalares,

por fin morada del que lo terrestre

no escondió en las dormidas vestiduras.

En ti, como dos líneas paralelas,

la cuna del relámpago y del hombre

se mecían en un viento de espinas.

Madre de piedra, espuma de los cóndores.

Alto arrecife de la aurora humana.

Pala perdida en la primera arena

[…]

BIBLIOGRAFÍA

ALCINA FRANCH, J., Arte precolombino, Madrid, Alhambra, 1987

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GASPARINI, G. y MARGOLIES, L., Arquitectura inka, Caracas, Universidad Central de Venezuela, 1977

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KUBLER, G., Arte y arquitectura en la América precolonial, Madrid, Cátedra, 2003 (1ª ed. 1986)

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