COMENTARIO HISTÓRICO-ARTÍSTICO DE LA NECRÓPOLIS DE GUIZA
INTRODUCCIÓN
Antonio Pérez Largacha, referencia de cabecera para quienes deseen introducirse en el conocimiento del Antiguo Egipto, arranca su libro Egipto en la época de las pirámides. El Reino Antiguo citando el siguiente refrán árabe: “El hombre teme al tiempo, pero el tiempo teme a las pirámides”. A renglón seguido, él mismo aclara un hecho de suma importancia con el que debemos quedarnos de aquí hasta el final del presente artículo: que las pirámides que hicieron levantar los múltiples faraones desde el inicio de la tipología hasta sus ulteriores manifestaciones representan tan solo una de las numerosas expresiones de la civilización egipcia que nos ha legado la era faraónica (PÉREZ, 1998, p .7).
A lo largo de sus tres milenios de existencia, la cultura egipcia de la Edad Antigua, aunque muchas veces ha sido definida como inmovilista, estática y falta de originalidad, muestra una realidad diametralmente opuesta, partiendo por una simple cuestión de lógica: no existe civilización en el mundo que, en tanto margen de tiempo, no experimente cambios en su tejido social, sus preocupaciones políticas, que no deba ajustar la economía a los vaivenes del tiempo o dar sentido a lo que le rodea a través del Arte y la religión. Dentro de la arquitectura funeraria egipcia, por tanto, claro que se fueron sucediendo diferentes tipologías constructivas, desde las mastabas de las primeras dinastías hasta los hipogeos del Imperio Nuevo.
Qué duda cabe de que, por una serie de avatares que iremos desentrañando, fueron las pirámides no solo las estructuras dedicadas al enterramiento y culto funerario del faraón que más han calado en la cultura visual a lo largo de los siglos, sino que se las ha acabado asimilando con la imagen representativa de toda la civilización egipcia, de ahí la importancia, como hemos apuntado, de recordar que estas constituyen un pequeño porcentaje del total. Viéndolas alzarse majestuosamente en la necrópolis de Guiza, no obstante, uno empieza a entender parte de las razones que les han hecho ganar tal nivel de fama, pues su monumentalidad ha causado una sublime impresión en todos aquellos que han tenido la oportunidad de visitar tan colosales obras de la humanidad.
Las investigaciones y catas arqueológicas que han penetrado en los pormenores que permitan explicar cómo pudieron tener lugar tales estructuras en un periodo tan remoto de la historia como el III milenio a.C., por un lado, han arrojado luz sobre gran cantidad de aspectos que nos van a dar margen para extendernos en su análisis. Pero, aún en el estado actual del que gozamos en el III milenio d.C., una gran parte de misterio sigue rodeando ciertas cuestiones sobre su construcción, en especial las relativas a la organización de los cuantiosos trabajadores que hicieron posible su materialización y al proceso de traslado y colocación de sus millones de sillares de piedra.
Es inherente a la imagen que tenemos de las pirámides, por tanto, un halo de desconocimiento que ha suscitado las más variopintas hipótesis, desde las formuladas por la propia egiptología en base a las pruebas de que contamos, hasta las disparatadas visiones que se han dado en la literatura y el cine acorde a una corriente pseudoegiptológica, llamada piramidología, que está tras la difusión de gran cantidad de bulos y teorías irracionales, una parte de las cuales trataremos en un apartado específico. Nuestro objetivo, como buenos historiadores del Arte que nos consideramos, es ofreceros una información de contrastado rigor académico, extraída de fuentes de primer orden, y abordar aquellas lagunas a las que todavía no puede llegar la luz de la historiografía recurriendo a interpretaciones bien fundamentadas de especialistas que controlan en todo momento lo que están diciendo.
PRELUDIO HACIA LAS PIRÁMIDES
Como toda creación del ser humano, las pirámides no surgen de la nada como una seta, parten de un origen que se sitúa en la Pirámide escalonada de Zoser de la III dinastía y que, tras una fase de experimentación desplegada en las tres pirámides que mandó levantar el faraón Snefru, primero de la IV dinastía, alcanzan su culmen de perfección con las pirámides de Guiza ordenadas por Keops, Kefrén y Micerino. Previamente a la aparición de esta tipología, en los tiempos de la Prehistoria, el Egipto predinástico, es decir, aquel previo a la unificación de sus dos regiones históricas, el Alto Egipto (al sur) y el Bajo Egipto (al norte), empleaba formas de enterramiento diferentes que, paulatinamente, se fueron sofisticando.
Inicialmente, en el Bajo Egipto se solía enterrar a los muertos en el propio ámbito del hogar, una convivencia con el mundo de los vivos fundamental para entender el porqué posteriormente muchas tumbas fueron concebidas como “casa de los muertos”. Por su parte, el Alto Egipto destinaba para el descanso de ultratumba cementerios independientes alejados de la población, en el desierto libio, en el margen occidental del Nilo, lugar por donde se pone el sol, y que, por ende, tiene una fuerte carga simbólica: esta región se asocia con el dominio de los muertos, por lo que se asienta ya a partir de aquí la tradición de construir las tumbas en esta parte, destinando la margen derecha, el desierto arábigo, a las construcciones de los vivos.

El germen de la arquitectura funeraria se encuentra en la forma más elemental de enterramiento existente: las fosas excavadas en la tierra. El hecho de sepultar los cadáveres en el seco clima desértico favoreció su preservación, la cual sería mucho más tarde investigada, desarrollada y perfeccionada mediante el embalsamiento, y todo ello nos indica que, ya desde sus primeros pasos, la cultura egipcia estuvo marcada por la creencia en una vida después de la muerte. Este pensamiento marcará todos los aspectos de la vida del antiguo Egipto, desde la religión y las políticas faraónicas, hasta la arquitectura y lo que nosotros llamamos Arte, término que no existía en el lenguaje jeroglífico ni se concebía en su sociedad.
Las primeras necrópolis constatadas son las de Abidos y Saqqara, datadas en la llamada época tinita, que comprende las dos primeras dinastías de la historia de Egipto (ca. 3100-2686 a.C.). Las construcciones funerarias, ligadas al peso del más allá en la cosmovisión egipcia, irían adquiriendo un carácter de eternidad con el objetivo de preservar la morada de los difuntos que descansan en su interior, y ello se traduciría, principalmente, en el uso de la piedra, pero en este punto del relato esta quedaba relegada a revestimientos, refuerzos y elementos puntuales frente al adobe, material mucho más barato y fácil de obtener y transportar.

De esta manera, tanto las tumbas de Abidos como las de Saqqara están dominadas por el adobe en sus estructuras, entre cuyos tipos encontramos el gran antecesor de las pirámides: la mastaba. Su forma paralelepipédica, con paredes ataludadas, recuerda a los bancos de piedra de las casas tradicionales árabes, de hecho, eso significa mastaba en su lengua, “banco”. No obstante, la mastaba cuenta, además de con esta superestructura, con una subestructura, que es la tumba propiamente dicha, conformada por pasillos, una cámara sepulcral y una serie de habitaciones para guardar el ajuar funerario cuyo número se irá multiplicando en función de las posibilidades económicas de su promotor, hecho que nos habla de una progresiva estratificación social (PÉREZ, 1998, p. 42).

Este modelo clásico, que es el que habitualmente se suele enseñar, no era el único posible, pues en función de la región y de la época las formas pueden presentar variaciones, a veces bastante considerables. Va a sobresalir el tipo llamado “fachada de palacio”, consistente en una estructura de reentrantes que, al estilo de una cremallera, rodean la tumba, dándole un aspecto que semeja una fortaleza. Por otro lado, tenemos casos particulares como el de la tumba 3038 de Saqqara, datada en la época del sexto rey de la I dinastía, Adyib, y que recurre a la primera estructura escalonada conocida hasta la fecha en la arquitectura egipcia.

Esto es fundamental a la hora de acercarnos al primer gran hito de la arquitectura monumental funeraria del Egipto faraónico: la Pirámide escalonada de Zoser, levantada hacia el 2650 a.C. El arquitecto de este conjunto es uno de los pocos nombres que se han conservado del Arte egipcio, Imhotep, que no solo fue recordado por su magna labor en el conjunto de Saqqara, sino que llegó a ser deificado y comparado con el dios griego de la medicina, Asclepio. El complejo que mandó erigir este faraón de la III dinastía (ca. 2686-2613 a.C.) es clave para la posterior evolución de la arquitectura en general y de las pirámides en particular, ya que estamos ante el primer uso masivo de la piedra como material constructivo predominante en edificios sagrados, aunque los sillares empleados todavía guardan proporciones semejantes a las de los ladrillos de adobe que hasta entonces habían primado.
Lo que inicialmente iba a ser una mastaba, después de varios cambios en el proyecto se terminó convirtiendo en un apilado de seis mastabas que, como resultado, dan la forma de una pirámide escalonada, de una “escalera al cielo” como la describen los especialistas. Además de este hecho y del empleo protagonista de la piedra, apreciamos por primera vez un conjunto funerario, protagonizado por la pirámide y que cuenta con una serie de elementos que los sucesivos faraones irán pautando. Es importante tener en cuenta, por tanto, que cuando hablemos de las grandes pirámides de Guiza no solo hablaremos de estas en sí, sino también de los complejos unidos a ella. Lo que está claro es que Zoser, con todo este espectáculo arquitectónico, garantizó con creces su morada en el más allá y la perpetuidad de su ka (concepto egipcio que se relaciona con la fuerza vital).

Si la III dinastía puso las bases de la tipología piramidal, la IV dinastía (ca. 2613-2494 a.C.) le daría su aspecto definitivo. El siguiente eslabón de esta evolución lo da Snefru con sus tres pirámides: la Pirámide escalonada de Meidum, la Pirámide acodada y la Pirámide roja, esta dos últimas en Dahshur, al sur de Saqqara. Si bien la pirámide de Meidum, cuya propiedad original se atribuye al predecesor de Snefru, Huni, tuvo una inicial disposición escalonada vertebrada en torno a un núcleo turriforme, durante los últimos años de su reinado Snefru mandó recubrirla de sillares de caliza de Tura perfectamente pulidos que dieron pie al primer intento de pirámide geométrica, con su base cuadrada y sus cuatro lados triangulares rematados en vértice.

Así, la pirámide de Meidum refleja un aprecio por las formas puras y simples bajo un alma que lleva el sello de su predecesora en Saqqara (DONADONI, 2001, p. 50). Pero ahí no acaban sus novedades, puesto que es aquí cuando comienza a labrarse la entrada al norte, de cara a las estrellas hacia las que volará el espíritu del rey, y se excavan las dependencias funerarias sobre el propio macizo piramidal y no en el nivel subterráneo. Si a ello sumamos el revestimiento liso antes comentado, el cual dio al ejemplar de Meidum una inclinación de 52º semejante a la aplicada en Guiza, podemos afirmar que este fue su gran antecesor.
Mas el logro definitivo le correspondería a la Pirámide roja, no sin antes pasar por la llamada Pirámide acodada de Dahshur, también llamada romboidal o quebrada, cuyo doble ángulo de inclinación indica un cambio en el proyecto a mitad de obra, según algunos por razones urgentes de compromiso estructural; su recubrimiento liso es, seguramente, el que mejor se conserva de todas las pirámides en la actualidad. En este nuevo experimento del rey Snefru, además, observamos que los cuatro lados de la pirámide se hallan orientados a los cuatro puntos cardinales, si bien no llegando a la cuasi perfección de brújula que veremos en Guiza.

La Pirámide roja también contaba con dicho revestimiento, pero al habernos quedado tan solo el “esqueleto” y no la piel, se ha quedado con este nombre por el color de la piedra subyacente. Aunque su altura es modesta y su reducido ángulo de inclinación le da un aspecto achaparrado, constituye el primer ejemplo por excelencia de pirámide geométrica alcanzado en la tradición arquitectónica egipcia. Con estas tres pirámides, se consolida un modelo fijo para el conjunto, formado por un templo del valle o templo bajo, una calzada, un templo funerario o templo alto y, finalmente, la necrópolis, cuya gran pirámide es el verdadero motor de todo este aparato; el complejo, a partir de esta dinastía, además, se orienta de este a oeste, siguiendo la dirección del sol, cuyo culto es cada vez más poderoso (PÉREZ, 1998, p. 142).

Entre la Pirámide escalonada de Zoser, de hacia el 2650 a.C., hasta la culminación de la Gran Pirámide de Guiza de Keops en el 2550 a.C., como podemos comprobar, apenas transcurren cien años, franja temporal que, en una civilización milenaria como la egipcia, constituye todo un hito de su dilatada cronología. Del posterior devenir de la estructura piramidal, tanto en la propia historia de la arquitectura egipcia como en las edades posteriores hasta la nuestra, daremos cuenta en el correspondiente apartado, una vez hayamos penetrado en el análisis de este admirable y valioso patrimonio.
CONTEXTO HISTÓRICO ARTÍSTICO
El apartado precedente nos sirve, por un lado, para trazar una breve línea que permita entender al lector de dónde viene el fenómeno de las pirámides, y, por otro, para constatar que, más allá de las tres moles de Guiza, mundialmente admiradas y reconocidas, hay muchos más ejemplos de la tipología cuyo interés no resulta menor. La mayor joya de la denominada Era de las Pirámides, que comprende las citadas dinastías III y IV, es, por tanto, fruto de un proceso evolutivo relativamente rápido en los términos de la historia del Egipto antiguo, cuyos eslabones se fueron encadenando progresivamente hasta llegar a su apogeo en un periodo que, evidentemente, permitió su alumbramiento.
En su enriquecedor libro El arte egipcio, el arqueólogo italiano Sergio Donadoni, quien ofrece a lo largo de los capítulos análisis desde varios puntos de vista orientados a dar al lector interesado una visión bastante completa del Arte egipcio y su contexto, al comenzar el dedicado a la época de las pirámides, nos dice lo siguiente:
“Las tumbas de los faraones de esta época y su inmensa mole, así como las necrópolis que las rodean, son las que muestran al mismo tiempo cuál es el peso de la realeza y cómo ella es el eje sobre el que pivota un mundo de administradores que materializa en la práctica esa omnipotencia teórica […]” (DONADONI, 2001, p. 49)
Aunque las tumbas reales de las primeras dinastías de Abidos primero y Saqqara después reflejan, en cierto modo, el rango de los reyes enterrados en ellas, fue la erección de la Pirámide escalonada de Zoser la que marcó el primer gran hito de la arquitectura oficial egipcia, la que “nos presenta el cuadro de una joven civilización que se aproxima a su madurez” (STEVENSON, 2000, p. 59). Hemos de entender que las pirámides no son solo el lugar de sepultura de un faraón, sino que encarnan toda una elaborada simbología del poder estatal como único intermediario entre el pueblo y la divinidad. Así, el gobernante se asegura mediante sus políticas la proyección de esa imagen haciendo uso de un lenguaje codificado de escenas, posturas y títulos, así como ceremonias, que legitiman su autoridad como intercesor de los dioses, hermano de los mismos e, incluso, un dios en vida.
Ahora bien, no extrapolemos este contexto a toda la civilización egipcia, pues lo que venimos comentando es tan solo aplicable a las dinastías III y IV, en especial a la última, pues tal cual termine esta la V dinastía, obligada por otra serie de circunstancias, habría de tomar cruciales decisiones que impedirían, como veremos más adelante, repetir el prodigio en escala de las pirámides de Guiza. El simple hecho de la existencia de estos titanes del desierto nos lleva a pensar en un igual de titánico esfuerzo colectivo que solo es posible gracias a una absoluta centralización del poder en la figura del rey, quien, para poder acometer tal empresa, tuvo que emprender profundas reformas en la administración, economía y sociedad del territorio.

Cuando Zoser ordenó a Imhotep la construcción del complejo funerario de la pirámide escalonada de Saqqara, su principal motivación fue, además de asegurarse una morada en la eternidad y un lugar de reposo para su ka, demostrar al pueblo egipcio quién ostentaba el poder sobre el reino, ello tras poner fin a un periodo de crisis que marcó las dos primeras dinastías. En el marco de la concepción del mundo de esta civilización, el faraón, como vínculo con la divinidad, debía ser el garante del orden en el mundo terrenal, orden que instauraron los dioses durante la creación en medio del caos, el cual fue contenido, pero no completamente aniquilado, de ahí la importancia de celebrar rituales para rejuvenecer su poder cada treinta años (el Heb Sed) y proyectar una imagen de seguridad que legitimara su gobierno (PÉREZ, 1998, p. 50).
La centralización del poder que queda completamente definida por Keops debe ponerse en relación, al hilo de lo anterior, con un carácter divino de su persona, ligado al dios Horus, que solo se va a mantener en la IV dinastía, ya que esa aura de divinidad pasará posteriormente del individuo a la institución faraónica, al cargo (PÉREZ, 1998 p. 69). Estos cambios nos informan, una vez más, de que la realeza egipcia no se mantuvo inmóvil durante tres milenios, sino que se va moldeando para adaptarse a las trasformaciones del contexto; por ello, no tiene igual valor un faraón de la IV dinastía, que actúa como un dios mismo, que uno del Imperio Nuevo, el cual busca guía en la divinidad mediante sueños u oráculos (PÉREZ, 1998, p. 78).
Centrándonos en la IV dinastía, el primer título del que se invistieron los faraones ya en época predinástica, el “Nombre de Horus”, se siguió manteniendo, pero poco a poco se va a ir asociando más al Sol, mucho más cercano al pueblo que el halcón, simbolizando con ello que el rey, al igual que el astro, protege al pueblo de los males del caos (PÉREZ, 1998, p. 80). La importancia del sol en la cosmovisión y sociedad egipcias es constante desde el inicio, y en uno de los relatos de la creación del mundo radica la iconografía que da sentido teórico y simbólico al origen de la tipología piramidal, como analizaremos en el apartado iconográfico.

La consecuente asimilación de la figura del faraón como único medio posible para contactar con el ámbito divino, del cual emana su poder, se refleja también en una limitación de los derechos del resto de la sociedad, que carece de la investidura y los medios necesarios para poder garantizar por sí mismos su tránsito por la Duat. Esto quedó reforzado por la férrea centralización administrativa que estamos comentando, que fue la que permitió al rey tener un absoluto control de los recursos materiales y de la mano de obra necesaria para la construcción de obras públicas; la V dinastía, por sus circunstancias, cambiaría esto por una política de redistribución que permitiría a más estratos sociales dotarse de un seguro en vida para la ultratumba.
De los faraones que construyeron las grandes pirámides de Guiza, cuyos nombres griegos son los que todos recordamos, Keops, Kefrén y Micerino (respectivamente, Jufu, Jafra y Menkaura en egipcio), pocos datos sabemos más allá de los que permiten dilucidar las propias pirámides y fuentes clásicas como el historiador del siglo V a.C. Heródoto de Halicarnaso, que nos ha legado una imagen general muy negativa, en especial de Keops (ca. 2584-2558 a.C.), de quien afirma que “sumió a sus habitantes en una completa miseria” (HERÓDOTO, Historia, II, 124). De él llega a inventar algo mucho más vil en relación a una supuesta escasez de fondos económicos para su pirámide:
“Quéops llegó a tal grado de maldad, que, viéndose falto de dinero, colocó a su propia hija en un burdel y le ordenó que se hiciese con una determinada cantidad […]” (HERÓDOTO, Historia, II, 125)
Con Kefrén (ca. 2550-2525 a.C.) no ahonda tanto, pero nos deja claro nada más comenzar a hablar de su reinado que
“Este rey se comportó, en general, igual que su antecesor y también mandó construir una pirámide que, sin embargo, no alcanza las dimensiones de la de Quéops [..]” (HERÓDOTO, Historia, II, 127)
Es tal el odio que tenían los ciudadanos egipcios hacia estos monarcas, según Heródoto, que “no quieren ni tan siquiera mencionar su nombre […]” (HERÓDOTO, Historia, II, 128), visión que, al parecer, cambiaría con Micerino (ca. 2523-2511 a.C.), que se alejó de la opresión ejercida por su estirpe y fue tan bondadoso con su pueblo que “es el rey a quien más alaban de todos los que ha habido en Egipto hasta el presente […]” (HERÓDOTO, Historia, II, 129). Amén de la información que aporta sobre la propia construcción de las pirámides menfitas, esto es lo poco que sabemos de Kefrén y Micerino, de Keops tenemos un par de datos más que nos permiten desmentir la leyenda negra proyectada por Heródoto.

Es cierto que en el reinado de Keops la monarquía alcanzó en Egipto su máximo pico de poder gracias a una política centralizadora gestionada y organizada desde la corte de la capital, Menfis, por acción de una persona que justificaba que su poder emanaba de la divinidad (salvando distancias, las monarquías absolutistas europeas de la Edad Moderna argumentarían lo mismo, solo que bajo el amparo del Dios cristiano). Pero de ahí a los extremos definidos por Heródoto y al difamatorio bulo de que las pirámides las construyeron esclavos sometidos a golpe de látigo hay todo un abismo, pues la mano de obra empleada eran ciudadanos del común que, eso sí, eran obligados a ofrecer prestaciones personales (una especie de mili anual aplicada a las obras públicas) en los meses que no atañeran a la siembra y cosecha agrícolas.
Que el faraón pudiera disponer libremente de la voluntad de los ciudadanos de su tierra para ejecutar labores de “interés público” es cierto, tenía la potestad de movilizarlos obligatoriamente a dichas tareas si así lo requería, pero, por otro lado, no es menos cierto que su mantenimiento corría a cargo del Estado. Desde la administración se gestionaban todos los trámites (cómo nos suena esto por la Agencia Tributaria) necesarios para la vivienda temporal de los obreros a pie de obra, su alimentación, su ropa, su atención sanitaria y, por supuesto, suministraba todas las herramientas y materiales necesarios para lograr un exitoso resultado. Todo era para satisfacer los intereses políticos y religiosos del faraón, está claro, pero si de verdad la mano de obra hubiera sido esclava no habría invertido tantos recursos en la manutención de la plantilla laboral que día a día labraba, trasladaba y colocaba los pesados sillares.

A día de hoy, seguimos teniendo lagunas sobre cómo era exactamente la organización del trabajo durante la Era de las pirámides, incógnita que desde Heródoto hasta el cine de Hollywood y más allá se ha solventado con la nefasta idea de que los faraones eran dictadores que tenían esclavizado a su pueblo, idea que ya hemos desmentido. Sí que se conservan de épocas posteriores registros de los trabajadores para controlar su número, siendo evidente que, al frente de toda la obra, tenía que existir un inspector general, del cual dependerían una serie de inspectores específicos para supervisar a los equipos de las diversas áreas que requería el proyecto en cuestión (lavandería, panadería, cantería, herrería, transporte, carpintería, cocina, etc.) (LULL, 2023, p. 30).
Dentro de la plantilla, al igual que en los empleos de nuestra época, podía haber tanto trabajadores fijos como temporales. Dada la envergadura del proyecto y la cantidad de esfuerzo necesaria para su puesta a punto, creo que nadie dudará de que la administración emprendió una labor logística magna capaz de movilizar a miles de trabajadores cada año (unos 100000 según Heródoto, hasta 360000 si seguimos a Diodoro de Sicilia, aunque las verdaderas cifras oscilarían entre los 25000-30000) en una rigurosa coordinación para las diferentes tareas, concluidas en el plazo máximo de un par de décadas, ya que las pirámides debían rematarse antes de fallecer el gobernante. Podremos desentrañar más detalles sobre estas cuestiones al hablar de la llamada “Ciudad Perdida”, que dejamos ya anotada.
Si nos hemos extendido en este punto de la gestión administrativa y la centralización decretada desde el poder real, es porque solo así podremos gozar de una imagen completa del tanta veces nombrado fenómeno de las pirámides. A falta de más datos que quizás el futuro pueda otorgarnos, las pirámides de Guiza son el mayor testimonio histórico que ha permitido a los especialistas intentar reconstruir los aspectos que regían el esplendoroso contexto faraónico de las dinastías III y, sobre todo, IV.
ANÁLISIS COMPOSITIVO Y FORMAL
COMPLEJO FUNERARIO DE KEOPS

La Gran Pirámide de Guiza, única de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo que ha sobrevivido al paso del tiempo, según una serie de cálculos, está compuesta de un total aproximado de 2,3 millones de sillares pétreos, cifra cuya magnitud no podemos siquiera imaginarnos. Baste dar una serie de curiosidades cotejadas por expertos para tener que volver a frotarnos los ojos: en la superficie de la Gran Pirámide cabrían la Catedral de San Pablo de Londres, la Abadía de Westminster, la Basílica de San Pedro del Vaticano y las catedrales de Milán y Florencia, por no decir que sus sillares, si se dividieran en cubos de 30 cm de largo y se enfilaran, abarcarían dos tercios del ecuador (BLANCO, 1999, p. 65). Para rematar, Napoleón decía que los sillares de toda la necrópolis podrían bastar para cercar a toda Francia con una muralla (BLANCO, 1999, p. 60).
La simple mención a la cantidad de bloques empleados en la primera de las tres pirámides de Guiza, acompañada de estas comparaciones en escala, refuerzan todo lo explicado sobre la ardua labor de organización laboral, gestión logística y centralización administrativa: un faraón débil, un reinado puesto en entredicho, jamás habría podido siquiera imaginarse una empresa de este calibre. Tampoco se habría alcanzado la cima en la historia de la pirámide geométrica en arquitectura de no ser por los experimentos de los predecesores de Keops, que respondían más a la improvisación en torno a la resistencia del terreno que a planos previos (BLANCO, 1999, p. 60), como vimos en la Pirámide escalonada de Zoser, la de Meidum o la acodada; la política centralizadora de Keops y compañía no daba pie al tanteo, sino que buscó en todos los aspectos una fría racionalidad intelectual de la idea a la conclusión.
Regularidad, simplicidad lineal y pureza formal son los rasgos estilísticos que van a regir durante la arquitectura, escultura y pintura de la IV dinastía, pautas que ya sentó Snefru en la Pirámide roja y en el revestimiento exterior de la pirámide de Meidum, pero que las posteriores generaciones llevarían a sus máximas cotas de perfección. Ello explica que el exterior de la pirámide fuera concebido ya desde su primera fase con dicha forma y dimensiones, que son nada menos que 230 metros de lado y una altura original de casi 147 metros, hoy mermada por los expolios que, además de reutilizar casi todo el revestimiento de caliza blanca, se llevaron hasta doce hiladas de la parte superior (BLANCO, 1999, p. 66).
La elección de la meseta de Guiza en el desierto líbico, al norte de Saqqara, alejada del centro poblacional menfita y, por tanto, de los campos de cultivo, responde, como hemos explicado en el preludio, a una profunda simbología nacida de la cosmogonía egipcia. En tanto que el sol se pone por occidente, la zona oeste al río Nilo queda reservada a las construcciones relativas al ámbito funerario, y esto va a ser una constante hasta los últimos días del gobierno faraónico. En esta acción se plasma, a su vez, una voluntad de oponer el orden de la civilización al caos de la naturaleza salvaje (DONADONI, 2001, p. 56), acorde a la dualidad inherente a los relatos egipcios sobre la creación del mundo.
Sobre la identidad del arquitecto de las pirámides de Guiza hay más dudas que respuestas, pero para el caso concreto de la Gran Pirámide encontramos un nombre ligado a la familia de Keops: Hemiunu. Muchos manuales afirman tajantemente que él fue el maestro de obras de la primera pirámide de Guiza, y teniendo en cuenta que era el “Inspector de todos los trabajos del rey” hay razones para adjudicarle el mérito (LULL, 2023, p. 30), pero hasta que no aparezcan fuentes que permitan contrastar los datos actuales solo sabemos con certeza que ostentaba dicho cargo, no si recibió el encargo total o parcial de la obra, o si dirigió la misma de principio a fin o durante un periodo determinado.

Antes de penetrar en los detalles constructivos de la pirámide en sí, iniciaremos el recorrido por el conjunto funerario que lleva hasta su corazón, un camino marcado por estructuras ya fijadas en las pirámides de Snefru, quedando así superada la fase experimental de la tipología (ALEGRE y GÓMEZ, 2007, p. 60). Toda la procesión ritual que se destina al tránsito del faraón de la vida terrenal al más allá parte del templo del valle, ubicado en el límite de los campos de cultivo: es el elemento del complejo de Keops que menos información nos guarda por ahora, puesto que sus restos no han sido excavados al hallarse enterrados bajo el actual poblado de Nazlet El-Semman, situación que dará por completo un giro cuando hablemos del excepcional templo del valle de Kefrén.
A este primer templo va unida una larga calzada empedrada, que en sus buenos tiempos también estaría completamente cubierta por paredes y techos, por la que circularía el cortejo procesional de sacerdotes, pero, al igual que el templo del valle, apenas es visible hoy en día. Este largo trayecto suponía un soporte relivario y pictórico perfecto para que los “artistas” de la corte desarrollaran todo un programa iconográfico que acompañara al faraón en su unión con el dios y que quedaba oculto a ojos de la gente común.
Esta calzada unía el templo del valle, en los límites de la población, con el templo funerario, adosado al lado oriental de la pirámide, en los limes del ámbito mortuorio, donde el acceso al público quedaba completamente restringido, ya que aquí los sacerdotes realizaban los principales ritos del sepelio. Afortunadamente, de esta estructura de Keops sí que tenemos información de primera mano gracias a las catas arqueológicas efectuadas en su superficie. Los restos permiten reconstruir un edificio de planta rectangular estructurado en torno a un patio porticado por pilares cuadrados de granito, con muros de caliza finamente decorados con relieves y un pavimento de losas de basalto cuya tonalidad negra podría evocar simbólicamente la regeneración del faraón a través de Geb, el dios de la tierra, quien le ayuda en su ascenso (MARTÍNEZ, GÓMEZ y VIVAS, 2012, p. 92).

Y ahora vendría la pirámide, estaréis pensando, de no ser porque la necrópolis de Keops es mucho más que esta imponente mole, ya que a su alrededor se fueron organizando una serie de pequeños cementerios donde se enterraron a los familiares y los altos funcionarios reales. Su disposición responde a una evidente jerarquización social que se traduce en una especialización tipológica de esta manera: mientras que la gran pirámide es reservada al faraón, las pirámides satélites, mucho menores, son para sus esposas, y las mastabas se reservan a otros miembros familiares, como los hijos y las nueras, así como el cuerpo del funcionariado.

Siguiendo un orden de escala de mayor a menor rango, el primero es el Cementerio del Este, que alberga las tres pirámides de las reinas, ocho mastabas dobles destinadas a los hijos predilectos y sus cónyuges, y otras mastabas sueltas, algunas de mayor tamaño, donde se aprecia un ordenamiento regular que casi podríamos calificar de retícula ortogonal, dado que las tumbas se organizan al estilo de manzanas formando calles verticales y horizontales que cruzan en ángulo recto. De entre las tres pirámides de las reinas, catalogadas arqueológicamente como GIa, GIb y GIc, la primera destaca por ser el lugar de sepultura de Hetepheres I, madre de Keops, cuyo ajuar, hallado bajo un pozo de 20 metros, sobresale por su rico mobiliario, que hace gala de un exquisito repertorio decorativo y constituye una obra maestra de la taracea, la ebanistería, el forrado en oro y la incrustación de piedras preciosas.

Por su lado, el Cementerio del Sur consta de una única fila de mastabas dispuestas en paralelo, resultando mucho más interesante el Cementerio del Oeste, bastante más numeroso en su cantidad de tumbas que los otros dos juntos (se suman hasta 64 mastabas en total), sin perder por ello el carácter de ordenamiento “urbano” apuntado para el cementerio oriental. Aquí fueron enterrados tanto los miembros familiares de mayor edad como los funcionarios, entre ellos Hemiunu, que fue sepultado junto a su familia. La complejidad de la necrópolis de Keops no volvió a ser emulada por los sucesivos faraones, quienes, para ahorrar recursos, prefirieron enterrar a sus familias en hipogeos (STEVENSON, 2000, p. 97).
En las inmediaciones de la pirámide, además, fueron halladas en diversas fosas una serie de barcas funerarias de cedro libanés. La primera y más impresionante de esas barcas, de 43,4 metros de eslora (longitud), fue hallada despiezada, llevando su reensamblaje un arduo trabajo tras el cual se expuso en un museo al aire libre construido en torno a ella. Hace pocos años, se ejecutó una minuciosa operación para su traslado íntegro al Gran Museo Egipcio de Guiza, que, tras una serie de retrasos, se va a inaugurar el próximo 1 de noviembre de 2025. Al parecer, estas barcas podían tener una función simbólica: ayudar al faraón en su viaje al más allá asimilando las funciones del dios Ra, por lo que sería una barca solar que haría del faraón el Sol que ilumina a Egipto.

Ya completamente explorados el complejo funerario y los alrededores de la monumental tumba de Keops, podemos, por fin, centrarnos en ella, en la Gran Pirámide. Recordemos las cifras básicas que la componen: cuadrado de base de 230 metros de lado, altura máxima original de 146,7 metros y superficie conformada por unos 2,3 millones de sillares de piedra. La construcción de estas grandes formas geométricas puras, símbolo del poder centralizador del faraón y sepultura desde la que efectuar el paso al otro mundo, comprendió un esfuerzo colectivo ya detallado en el apartado anterior, el cual cohesionó los territorios y poblaciones del antiguo Egipto, haciendo de él un Estado que fuera recordado para la eternidad y no uno más de los que surgen y desaparecen del mapa sin pena ni gloria (PÉREZ, 1998, p. 102).
La línea que hemos trazado desde la Pirámide escalonada de Zoser hasta la Gran Pirámide de Guiza nos muestra una progresiva evolución de la tipología piramidal, que va ganando en técnica, sofisticación y tamaño frente a su conjunto funerario, que pierde el protagonismo visto en la obra de Imhotep, proceso que volverá a invertirse en las últimas dinastías del Reino Antiguo, donde vuelven a concentrarse esfuerzos en los templos, decreciendo la pirámide en proporciones y calidad constructiva. Tiempo tendremos de desentrañar las razones de este cambio en el siguiente apartado.
La orientación de la pirámide a los cuatro puntos cardinales es casi perfecta, un mínimo margen de error del 0,05% en la cuadratura hace que esté desviada un cuarto de grado o quince minutos en nuestro sistema sexagesimal. Es tan mínima la desviación de que hablamos que podemos asegurar que quienes calcularon las trazas para la orientación de las pirámides de Guiza tuvieron una precisión astronómica, la cual aún sigue estando rodeada de cientos de teorías, muchas de las cuales apuntan a que los egipcios obtuvieron este nivel de exactitud mediante la observación de las estrellas.
Una absoluta precisión es la que sí que observamos en la colocación de los sillares de la pirámide, que, aunque hoy la apreciamos incompleta debido a los expolios sufridos a lo largo de los milenios, en su momento culmen no dejaba pasar un cuchillo o una aguja por las junturas, trabadas sin utilizar ninguna clase de argamasa. El alma de la pirámide se estructura en hiladas de piedra caliza extraídas seguramente de canteras locales cercanas a la zona de obra, conformando en ascenso una primera pirámide escalonada; la fase posterior recubriría todas las capas con sillares de caliza blanca perfectamente pulimentada extraídos de las canteras de Tura, dando un acabado pulido final que le daría el aspecto geométrico ya logrado por la Pirámide roja de Dahshur, en cuya inclinación rebotaban los rayos solares.

Durante la extracción de la piedra en la cantera, efectuada a golpe de cuña, los sillares recibían un primer desbastado para reducir su peso, y ya a pie de obra se escuadraban definitivamente, todo ello con dificultosas herramientas de cobre. Los sillares obtenidos no eran uniformes, variando sus dimensiones y, con ello, las cargas, que podían oscilar de dos a quince toneladas, resultando lógico que, conforme se ascendía, se iban eligiendo los sillares más pequeños, reservando los más grandes para la base. Listas para su transporte, las piedras se iban arrastrando por tracción en suelo mojado hacia la obra o a barcos en el Nilo si se traía de canteras lejanas, como las de granito de Asuán. Ya depositadas en las inmediaciones, llega la parte más difícil del proceso constructivo y que más incógnitas cosecha: el izado y colocación.

Todo lo que se ha escrito sobre el método y tecnología que utilizaron los egipcios del Reino Antiguo para erigir las pirámides de Guiza son puras teorías, respaldadas mayoritariamente por los pocos restos hallados y una serie de huellas o muescas en diversas hiladas sobre las que unos autores y otros han hipotetizado toda clase de tesis. Estamos ya entrando en cuestiones de mecánica que nos llevarían mucho más espacio, así que seremos sintéticos y dejaremos que el propio lector interesado siga indagando por su cuenta en este aspecto tan interesante y trascendental de las pirámides.
Ya los autores clásicos grecolatinos diferían en sus visiones sobre el proceso de construcción: Heródoto defendía el empleo de elaboradas máquinas para el izado (HERÓDOTO, Historia, II, 125), mientras que Diodoro de Sicilia abogaba por el uso más rudimentario, pero eficaz según el enfoque, de terraplenes a modo de rampas (DIODORO, Biblioteca histórica, I, 63). Hay que aclarar un hecho muy importante sobre la tecnología que existía en el Reino Antiguo: de las cuatro máquinas clásicas de la mecánica, que son la palanca, el plano inclinado, la polea y el torno, los egipcios solo conocían las dos primeras (CHOISY, 2006, X), lo cual convierte su empresa de las pirámides en una hazaña todavía más impactante para la época que tratamos.
El uso de rampas, con el apoyo de palancas, es una de las hipótesis más arraigadas en la egiptología, habiéndose planteado muchas posibles soluciones sobre cómo estas se dispusieron para posibilitar la subida de los pesados bloques de caliza. La idea de una rampa directa hasta la cúspide es, como poco, descabellada, tanto por la pronunciación que tendría como por la cantidad ingente de material que haría falta para levantar este kilométrico ascenso. En su lugar, se han propuestos múltiples planos inclinados con los que ir acometiendo capa tras capa, la existencia de una rampa helicoidal con que salvar prudentemente en todo momento el grado de inclinación, rampas en zigzag o una sabia combinación de las ventajas de todas o algunas de ellas. La teoría de Jean-Pierre Houdin de una rampa externa para cubrir el tercio inferior y una interna para los superiores es una de las más inteligentes.

Consideramos de enorme curiosidad, si bien siendo conscientes de sus limitaciones, los postulados que formulara el ingeniero e historiador francés Auguste Choisy en su libro El arte de construir en Egipto, publicado por primera vez en 1901. Además de corroborar y ahondar en las formas de empleo de la palanca que los egipcios pudieron tener en cuenta, añade el posible uso de un instrumento sencillo, pero bien pensado: el balancín elevador. El procedimiento requerido para ponerlo en marcha, no obstante, acarrearía serios problemas en los plazos a cumplir para terminar la pirámide antes de la muerte del faraón: aprovechando el movimiento excéntrico de este elevador oscilante, generado por los trabajadores, ambos lados se irían calzando progresivamente hasta que el sillar en cuestión alcanzara la altura deseada, colocándose en su destino con ayuda de otros artefactos (CHOISY, 2006, pp. 73-76).

Sea como fuere, estas hipótesis son suficientes para hacer volar la imaginación del lector sobre el proceso constructivo con que la arquitectura egipcia de antaño logró, con herramientas y procedimientos aparentemente primitivos, erigir una de las maravillas de la Antigüedad en apenas veinte años. Nuestro siguiente movimiento, antes de ir al complejo funerario de Kefrén, es el interior, al que se accede por la tradicional entrada al norte, situada a dieciocho metros de altura, pero esta se halla actualmente cegada, por lo que su acceso se realiza a través de un boquete abierto en el 823 por el califa Al-Mamún con el fin de llevarse los tesoros del ajuar de Keops, aunque para entonces este ya había sido saqueado por ladrones más avispados, lo que no le impidió convertir la construcción faraónica en la cantera ideal para obras como puentes, canales y otros edificios (BLANCO, 1999, p. 66).

A diferencia de la planificación exterior, donde se contempla un racional proceso de pensamiento desde la fase proyectual de la pirámide que no daba pie a la improvisación, el interior evidencia lo opuesto: hubo varios cambios de plan en el transcurso de los años. Inicialmente, se iba a enterrar al rey bajo tierra, abriéndose para ello un extenso pasadizo de unos 98 metros, de escasa altura e inclinado 26º que comunica con una cámara inconclusa, al fondo de la cual se abre un corredor sin salida.
El plan interno de Keops experimentó su primer cambio de rumbo cuando el exterior había llegado ya a la altura de la entrada norte, punto en el que se tomó la decisión de excavar en la masa de la pirámide un pasillo ascendente que conectaría con otro horizontal hasta llegar a la mal llamada Cámara de la reina, cubierta por un techo a dos aguas. Esto anticipa, aunque en menor escala, lo que el arquitecto tenía pensado para el último giro de la disposición interna, que fue pensado mientras todavía se operaba el anterior.

Continuando el claustrofóbico corredor ascendente, se abre en todo su esplendor un nuevo tramo de 8,5 metros de altura y 46,5 de longitud, la Gran Galería, articulada por muros que ascienden por aproximación de hiladas hasta cubrir el techo. De ahí se va a la antecámara y, acto seguido, a la Cámara del rey, cubierta por una estructura de cinco losas de granito con espacios entre sí y rematada por un tejado a doble vertiente para aguantar los abrumadores empujes que generaría la mole piramidal completa. Al norte y al sur se abren sendos orificios hacia el exterior cuya función es otro de los misterios que rodean a las pirámides: muchos concuerdan en que se trataría de conductos de ventilación, mientras que otros afirman que estarían destinados al ka del faraón.

Antes de cerrar el acceso a la cámara real bajando los rastrillos, situados en la antecámara y el inicio del corredor ascendente, para intentar evitar los posibles saqueos de ladrones (cosa que, como ya hemos comprobado, no salió demasiado bien), se había excavado al inicio de la Gran Galería un pasaje que comunicaba este espacio con el corredor subterráneo, de tal forma que los obreros tuvieran una vía de escape para no quedarse atrapados para siempre. Pese a que este interior estaba predestinado a no volver a ser visto jamás por ningún mortal, se puso un esmero enorme en toda la factura: el maestro constructor “actuó aquí con una precisión de relojero, sin importarle que nunca ojos humanos contemplaran aquella maravilla” (BLANCO, 1999, p. 69).
COMPLEJO FUNERARIO DE KEFRÉN

Muchas más cosas podrían decirse de la Gran Pirámide de Keops, pero aún queda tela que cortar, así que nos espera a continuación el conjunto funerario de su hijo, Kefrén, cuya pirámide es unos metros más baja (143,5 m), pero al estar posicionada en un altozano de la meseta de Guiza parece más alta que su predecesora. A ello se suma el hecho de que se ha conservado no solo su remate, sino también la parte del revestimiento de caliza de Tura de dicha cumbre, así como la cubrición de la base en granito, acentuando su majestuosidad y acercándonos un poco más a su aspecto original.
Vamos a realizar esta vez el proceso inverso, es decir, hablaremos en primer lugar de la pirámide de Kefrén y concluiremos con un monumento, situado cerca del templo del valle de este conjunto, que es de los más enigmáticos de toda la necrópolis: la Gran Esfinge. La práctica constructiva para una pirámide que, aunque más reducida, seguía conllevando un esfuerzo inconmensurable, ya tenía un magnífico precedente en Keops, solo que ahora el sistema interno de cámaras y pasillos se simplificó: tiene dos entradas, una a los pies que llevaba a una primitiva cámara sepulcral y, luego, la clásica al norte, ambas conectadas por corredores, en este caso subterráneos y no horadados en el macizo piramidal, que confluyen en un pasadizo común que lleva hasta la cámara del sarcófago, nuevamente cubierta en gablete y con paredes finamente pulidas.

Del complejo que precede a la pirámide, el templo mortuorio y la calzada son los elementos peor conservados. El templo funerario, por los restos arqueológicos, consistía en un rectángulo alargado organizado longitudinalmente en un vestíbulo, dos salones de entrada, un patio porticado al fondo del cual se abrían cinco capillas para estatuas reales, y de ahí partía, por un lado, un pasadizo hacia el sancta sanctórum y los almacenes, y por el otro el camino hacia la pirámide, cercada por un alto muro que imposibilitaba otra alternativa (BLANCO, 1999, p. 74). Por su parte, de la calzada de 496 metros de largo y 4,5 de ancho, cubierta para ocultar los actos sagrados al público, nos han llegado suficientes vestigios como para constatar la posible existencia de programas de relieves y pinturas que ornaran las paredes y el techo.
Excepcional en su grado de preservación es, sin duda, el templo del valle de Kefrén, un edificio arquitrabado de caliza recubierto con sillares de granito; en el peso de algunos sillares de este templo se han calculado hasta 135 toneladas, ni más ni menos (ALDRED, 1993, p. 60). Su planta cuadrada mide 45 metros de lado y 12-13 de altura, y consta de dos entradas dispuestas simétricamente en los extremos del lado este que llevan a una antecámara, lugar donde se verificaban las ceremonias de purificación del cadáver y la llamada apertura de la boca, dispuesta para animar las estatuas del faraón que guardarían su ka al morir (BLANCO, 1999, p. 73). De ahí se pasaba a la sala hipóstila, repleta de ranuras en el techo y los muros que hacían incidir la luz solar en el interior, cuyo piso era de reflectantes placas de alabastro.
Esta sala, con forma de T invertida, está sustentada por pilares cuadrados y a cada lado de los extremos de dicha “T” se abren otras estancias. A su lado meridional daba acceso a la sala de los vasos canopes, destinados a contener las vísceras del faraón, mientras que en el norte se practicaron las escaleras de subida al piso superior, donde se llevaba a cabo la momificación, así como una misteriosa cámara de alabastro y el arranque de la calzada procesional. Quitando las estatuas de Kefrén en bulto redondo que animaban el interior, todo el templo rezuma austeridad y simplicidad en sus líneas, acorde al estilo racional que vertebra la IV dinastía.

Este amplio desarrollo de las construcciones del complejo funerario de Kefrén más allá de la pirámide anticipa una política arquitectónica que se convertirá en el modus operandi de los conjuntos de las dinastías V y VI, con la salvedad de que, pese a ello, la pirámide del hijo de Keops nada tiene que envidiar a la de su progenitor, exceptuando el desarrollo interno. Pero es una escultura monumental, a veces calificada de verdadera “arquitectura animada” (DONADONI, 2001, p. 59), la que más ha cautivado a los millones de visitantes de todos los tiempos y la que, sin duda, más incertidumbres ha despertado: la Gran Esfinge.

Erigida como guardiana de la necrópolis de Guiza, ajena al programa habitual de la arquitectura funeraria de entonces, fue labrada en un montículo de roca de 20 metros de alto y 73 de largo que dejaron los canteros de Keops durante las obras de la Gran Pirámide, y su forma, por lo que parece, ya simulaba los rasgos de un león recostado que apenas necesitó en la mayor parte de su superficie una capa de caliza y yeso para su acabado final (BLANCO, 1999, p. 76). Al cuerpo leonino se le suma una cabeza humana, no sabemos si de Kefrén o de Keops, tocada del representativo nemes, que compositivamente diluye la transición del rostro humano al cuerpo animal; lleva el uraeus de la frente y una barba postiza que, al igual que la nariz, ha desaparecido.
La barba postiza no fue obra de los faraones de la IV dinastía, sino de los de la XVIII, ya en el Imperio Nuevo, y quizás estaba sostenida por una estatua real, aunque no pueda probarse aún dicha teoría (LULL, 2023, p. 30); un fragmento de la misma se conserva hoy en el Museo Británico de Londres (no me preguntéis cómo llegó allí). A sus pies sí que se ha conservado una estela erigida por Tutmosis IV, la denominada Estela del sueño, con que legitimó su reinado. Por su parte, la nariz no fue mutilada por un cañonazo en tiempos de Napoleón, como se cree popularmente, sino seguramente por un posible acto iconoclasta de un musulmán llamado al-Dahr a fines del siglo XIV (LULL, 2023, p. 33).

De la policromía que revitalizaba la fuerza y realeza de la esfinge apenas quedan restos de pigmentos amarillos, azules y, sobre todo, rojos para el área facial (LULL, 2022, p. 24). Pocos vestigios permanecen también de un templo que haría tándem con el templo del valle de Kefrén, aunque con una distribución más sencilla y dedicado al dios solar Re, lo que reforzaría la idea de la Gran Esfinge como trasunto del faraón divinizado tras su muerte; esta segunda estructura religiosa, de planta rectangular, giraba en torno a un patio porticado. Para rematar, un tercer santuario fue erigido cerca en tiempos del faraón Amenhotep II de la XVIII dinastía, esta vez en honor a Horus (LULL, 2023, p. 28).

Los largos siglos e incluso milenios que el cuerpo de la Esfinge estuvo enterrado bajo la arena del desierto han permitido su protección frente a los agentes de erosión, salvo la cabeza, que ha guardado toda la necrópolis hasta ser desenterrado el resto de la estatua. Esta fue liberada de la arena en distintos periodos, como los reinados de los emperadores romanos Nerón y Marco Aurelio, pero ya en la Edad Moderna solo asomaba la testa; tras numerosas campañas en el siglo XIX, fue la encomiable labor del arqueólogo Émile Baraize la que devolvió a la Gran Esfinge a su espléndido estado inicial entre 1923-1933 (LULL, 2023, pp. 32-34).
COMPLEJO FUNERARIO DE MICERINO

Que el espíritu apotropaico de la divina esfinge, protectora de los egipcios durante 4500 años, nos acompañe en el último tramo de nuestro viaje por la necrópolis de Guiza: el complejo funerario de Micerino, hijo de Kefrén, nieto de Keops. Su pirámide es, de lejos, la más modesta de las tres del conjunto, lo que, por otro lado, no le quita ni un ápice de majestuosidad, pues medía 65,5 metros de altura y su base cuadrada contaba con 108,5 metros de lado. De forma semejante a la pirámide de Kefrén, el revestimiento de la base era de granito de Asuán y lo demás de la acostumbrada caliza blanca de Tura.
En el interior observamos, no obstante, una complicada red de cámaras y corredores a raíz de varios cambios en su planificación que nos recuerdan a la pirámide de su abuelo Jufu, frente a la simple disposición adoptada por su padre. Un primer pasillo descendente lleva a una cámara, así de simple era el primer plan, pero poco después se decidió excavar a un nivel más profundo, abriendo al norte otro corredor de bajada paralelo que da a la antecámara, hoy conocida como Cámara de los paneles. La cámara sepulcral de la segunda fase se convierte en estancia de paso en un tercer cambio de proyecto, que prolonga el tramo horizontal hasta otra antecámara, donde se dispone un descenso vertical hacia la cámara principal del sarcófago, tras la cual se habilita otra cámara con cinco nichos para estatuas de los títulos del faraón.

También de forma semejante al conjunto mortuorio de Keops, se disponen al sur de la pirámide principal tres pirámides subsidiarias, denominadas de igual manera pirámides de las reinas. Pero ni la pirámide ni todo el conjunto funerario que protagoniza pudieron ser terminados en vida de Menkaura, puesto que murió prematuramente, siendo él el único faraón enterrado en Guiza que no vio completa su obra antes de fallecer. La finalización hubo de asumirla su hijo y sucesor al trono, Shepseskaf, penúltimo gobernador de la IV dinastía, quien rompió con la tradición familiar al enterrarse en una mastaba en Saqqara.
Tanto las reducidas dimensiones de la pirámide de Micerino como la ruptura de la tradición familiar por Shepseskaf responden a un cambio en el concepto del poder real que está en el germen de lo que sucederá en las dinastías finales del Reino Antiguo. Todo esto parte de una serie de disensiones entre distintos miembros de la familia de Keops, que continuaron durante el gobierno de Kefrén, y fueron los que impidieron a Micerino gobernar inmediatamente después de su padre, ya que sus tíos, Dyedefhor y Baefra, querían usurpar el trono. En estas transformaciones empieza ya a resonar la figura de un faraón que dentro de poco dejará de ser considerado un dios en vida (BLANCO, 1999, p. 85).
El hallazgo más destacado realizado en esta zona es, sin duda, la “Ciudad Perdida” de los trabajadores, la cual, si recordáis, hemos dejado apuntada en el contexto histórico-artístico. Fue excavada al sureste de la meseta de Guiza por el egiptólogo Mark Lehner en 1988, y es, en esencia, un poblado para residencia de los obreros que laboraron en las pirámides de Guiza, con capacidad para hasta 2000 trabajadores, que, según recientes estudios, sería la unidad de mayor tamaño de la organización laboral en el Antiguo Egipto (LULL, 2023, pp. 32 y 34). El pueblo estaba conformado por espacios rectangulares para la gente del común y edificios más sofisticados y mejor equipados para los diversos inspectores y artesanos que integraban la plantilla.

Unos años más tarde, en 1990, otro egiptólogo, Zahi Hawass, halló en la zona al sur de la calzada del complejo funerario de Micerino el cementerio de los trabajadores, tanto obreros como inspectores y artesanos. En los primeros se detectaron patologías propias de quienes trabajan en unas duras condiciones bajo el tórrido sol en el desierto, moviendo día tras día pesados sillares de caliza y granito que, como era de esperar, provocaron en ellos enfermedades degenerativas en las articulaciones, como artrosis, o fracturas en cráneo y extremidades (LULL, 2023, p. 34). Ahora bien, no hay señales de trabajos forzados puesto que en la obra no se utilizaron esclavos, como defendía Heródoto; no está de más volver a insistir en que este es un mito que no debe perpetuarse en la mentalidad humana por más tiempo.
ANÁLISIS ICONOGRÁFICO
El análisis compositivo y formal de todos los ítems que forman parte de la vasta Necrópolis de Guiza había de ser, como habéis podido comprobar si aún seguís leyendo estas palabras, extenso como poco. Esta segunda parte del análisis, centrada en cuestiones simbólicas e iconográficas, será mucho más corta, ya que ciertos aspectos han sido apuntados anteriormente. Ahora vamos a desarrollarlos con un poco más de información para que, así, el lector conozca de dónde viene la concepción primigenia de la forma piramidal que luego haría suya la arquitectura funeraria egipcia.
Partamos de la etimología del propio término “pirámide”, que proviene del griego “pyramís”, cuyo significado literal, como nos aclara el diccionario de la RAE, es “pastel de harina de trigo de forma piramidal”, por lo que, efectivamente, una pirámide en su primera forma es un bollo. El término que utilizaron los egipcios para referirse a las grandes obras con esta forma de faraones como Snefru, Keops o Kefrén fue diferente, y para aprehenderlo hemos de aproximarnos a la cosmogonía egipcia, es decir, a los relatos con que explicaron la creación del mundo.
La palabra egipcia para pirámide es “mer”, que es, en esencia, la “escalera al cielo” con que gustan los arqueólogos de referirse poética y simbólicamente a estas construcciones. Pero el significado que encierra este vocablo es mucho más hondo, ya que entronca con los sistemas cosmogónicos que explicaban el nacimiento de la tierra en Egipto: el de Menfis, el de Heliópolis y el de Hermópolis. Todos aluden al mismo hecho de la creación por acción de un demiurgo que emerge de las aguas sobre una colina primigenia, lo único que cambia son los dioses generadores y el procedimiento exacto con que se crea el mundo (PÉREZ, 1998, pp. 54-55).
Esa montaña primigenia, como otros tantos elementos de la religión egipcia, encuentra una explicación lógica en la propia geografía de la región: tras producirse la inundación anual del Nilo, este se va retirando en la siguiente estación poco a poco, dejando tras de sí unos montículos llenos del fértil limo que hizo posible el desarrollo de esta civilización. Por tanto, aquí radica el porqué de que sea una colina el lugar desde el que el demiurgo crea el mundo, el orden, el cosmos, en medio del caos, al cual logra reducir considerablemente, pero nunca lo aniquila en su totalidad (PÉREZ, 1998, pp. 55-56).
De las tres cosmogonías de la religión egipcia, es en la de Heliópolis donde se encuentra el profundo significado de la tipología piramidal, ya que el dios creador heliopolitano, Atum, es una deidad solar que, según esta historia, originó el mundo desde una piedra meteórica, el benben, cuya forma cónica o piramidal ya nos indica por dónde van los tiros (ALDRED, 1993, p. 59). Recordemos que, a partir de la IV dinastía, los conjuntos funerarios se ordenan de este a oeste, que es la dirección que sigue el sol desde el amanecer hasta el ocaso. Es ese culto solar el que imbuye el carácter del faraón que se va a unir con la divinidad en el más allá, emergiendo de su pirámide, un gigantesco benben, para convertirse en el rayo del Sol que ilumina al pueblo y lo protege constantemente de las amenazas del prístino caos.
Esta incansable lucha contra el caos es la que lleva a concebir el acto creador como un ejercicio constante que los dioses han dejado en manos del faraón, de ahí que, como indicáramos en su momento, este ratifique su posición por emanación de la divinidad. Por ende, esto significa que todo el poder recae en su persona, dando lugar a una política centralizadora que también se refleja en el acceso al más allá, ya que, en la IV dinastía, solo el faraón podía reunirse con los dioses en la ultratumba, teniendo que hacer de intermediario con ellos para permitir el paso de otras personas como familiares o funcionarios. Así, la pirámide encarna su poder en la tierra, su morada en el otro mundo y su ascenso divino desde la colina primigenia heliopolitana, desde el benben.
LAS PIRÁMIDES DESPUÉS DE LA IV DINASTÍA
DINASTÍAS V Y VI
La transición de la IV a la V dinastía del Reino Antiguo comportó una serie de cambios que decidirían, entre otros asuntos, el destino de las pirámides dentro de la arquitectura funeraria egipcia, que nunca más van a alcanzar las dimensiones monumentales y la eternidad logradas en la Necrópolis de Guiza. Los cambios en la concepción del faraón-dios, que poco a poco empieza a perder su aura de divinidad, se explican por un contexto de necesidad que requirió de una política de redistribución de recursos que, por tanto, impidió la concentración absoluta del poder en su figura y el desarrollo de una administración centralizada en Menfis.
Los esfuerzos que hasta ese momento habían sido destinados en su casi completa totalidad en la corte menfita y las tumbas de Guiza, empiezan a repartirse por los centros provinciales, razón por la que los funcionarios con alto rango en la sociedad comienzan a enterrarse independientemente del faraón, generalmente en mastabas, para garantizar su paso al otro mundo sin necesidad de intercesión alguna. Esta especie de “democratización” o “terrenalización” del más allá va ligada a esa progresiva “desacralización” del faraón en el transcurso de las dinastías V (ca. 2494-2345 a.C.) y VI (ca. 2345-2171 a.C.) (PÉREZ, 1998, p. 90).
El motivo de peso que obligó a esta readaptación contextual fue, como habría de ocurrir a lo largo del milenario Egipto, un cambio en el clima que afectó a las crecidas del Nilo, que descendieron hasta un 40%, mermándose drásticamente con ello el terreno cultivable (PÉREZ, 1998, p. 96). Es en estas dificultades cuando el faraón debe demostrar por qué es el líder de la comunidad, y la decisión que tomó fue la citada descentralización administrativa, que favoreció el aumento de prestigio y poder de los gobernadores locales, los nomarcas, en quienes delegó mayores funciones y recursos para mantener el orden de sus respectivas regiones o nomos.
Los faraones de la V dinastía, encabezados por Userkaf, destinaron mayor cantidad de medios para los templos provinciales, lo que devino en un mayor desarrollo de la hasta entonces escasa clase sacerdotal (PÉREZ, 1998, p. 117). Por ende, los dioses locales van ganando en importancia, eso sí, todavía bajo la tutela de un dios mayor, Re, divinidad solar que ampara a la V dinastía en sus templos solares, tipología casi única de este tiempo donde destacan los primeros obeliscos de la historia de Egipto, nuevos trasuntos de la piedra benben de Heliópolis.

Frente a ellos, las pirámides en que se hacen enterrar los faraones de las dinastías V y VI, en Abusir y Saqqara, se reducen drásticamente en su tamaño y calidad, puesto que son estructuras de piedras pequeñas recubiertas de caliza de Tura que apenas alcanzan una media de 50 metros de altura, hoy en su mayoría mal conservadas en forma de montículos de escombros. En contraste, los conjuntos funerarios inician un nuevo grado de desarrollo que parecía haberse perdido desde la III dinastía: la decoración de templos alcanza un refinamiento decorativo inédito hasta entonces, destacando el caso de la pirámide de Unis, último faraón de la V dinastía, que simbólicamente se enterró al sur de la Pirámide escalonada de Zoser; su interior refleja un horror vacui absoluto, desde las paredes, cuajadas de los llamados Textos de las pirámides, hasta el techo estrellado.

PRIMER PERIODO INTERMEDIO Y REINO MEDIO
Los días de Menfis como capital del Reino Antiguo egipcio, que permitieron la erección de las grandes pirámides de la III y IV dinastía, llegaron a su fin con el Primer Periodo Intermedio (ca. 2171-2050 a.C.), 140 años de profunda crisis que se tradujeron en revueltas populares, aumento del crimen, hambrunas y una sucesión descontrolada y desorganizada de cinco dinastías (VII-XI) con cientos de reyes que gobernaban en un Egipto desunido. La reunificación fue posible gracias al faraón Mentuhotep II de la XI dinastía, que tenía su sede en el nomo de Tebas en el Alto Egipto, pronta capital del naciente Reino Medio (ca. 2050-1750 a.C.).
Más allá de la duda acerca de que el remate del templo funerario de Mentuhotep II en Deir el-Bahari pudiera estar rematado o no por una pirámide, debemos movernos a la XII dinastía para asistir a lo que podríamos bautizar como “segundo apogeo de las pirámides”. Con la capital restablecida cerca de Menfis, los faraones de esta dinastía, nombrados casi todos como Amenemhat o Sesostris, tuvieron de nuevo en su horizonte las magnánimas pirámides de Guiza, Dahshur y Meidum, amén de las de la III y V dinastías en Saqqara y Abusir, por lo que era casi irresistible no heredar esa tipología en el ámbito funerario, aunque abaratando costes y reduciendo los tiempos de construcción al utilizar materiales de relleno como ladrillos y arena recubiertos de sillares calcáreos.

La práctica totalidad de estos faraones levantaron renovados complejos funerarios donde la pirámide volvía a hacer acto de presencia, mientras que en el ámbito privado nobles y nomarcas optan por los hipogeos que habrían de tomar un rol protagonista en el Imperio Nuevo. Nos contentaremos con vislumbrar las dos pirámides de Amenemhat III, la primera en Dahshur, llamada Pirámide Negra, de la que se ha conservado el piramidión con que supuestamente se rematarían todas las pirámides; y la segunda en Hawara, aquella que las fuentes clásicas identifican como “Laberinto de Hawara”, en referencia a la composición del conjunto que precedía a la propia pirámide, donde “el que ha entrado en él no puede hallar fácilmente la salida si no se encuentra con un guía experto” (DIODORO, Biblioteca histórica, I, 61).
EL IMPERIO NUEVO Y LA XXV DINASTÍA: EL “RENACIMIENTO KUSHITA O NUBIO”
Pasado el Reino Medio y el Segundo Periodo Intermedio (ca. 1750-1550 a.C.) que se originó entre las dinastías XIII-XVII, la dinastía XVIII dio paso a la última gran etapa del Antiguo Egipto: el Imperio Nuevo (ca. 1550-1069 a.C.). Mientras los hipogeos de los valles tebanos eran elegidos como lugares predilectos de enterramiento de faraones, reinas y nobles, se atestigua el traslado de la tipología piramidal del ámbito real al privado, ya que aparece en necrópolis como la del poblado artesano de Deir el-Medina: si bien sus sepulturas son subterráneas, los dueños de estas tumbas desearon marcar la entrada de las mismas con pequeñas pirámides sin una función más allá de la indicativa, así como la de referenciar al Reino Antiguo.

Podemos considerar que el último complejo funerario presidido por pirámide de la historia de Egipto fue el del faraón Amosis, fundador de la XVIII dinastía, que deseó ser enterrado en Abidos. Su estado de conservación es, cuanto menos, lamentable, pero que lo que predominaba en el conjunto era una pirámide la arqueología ya lo ha demostrado, y para una empresa así el rey tuvo que reabrir las canteras de caliza de Tura que tan buenos servicios habían prestado en tiempos pretéritos (MARTÍNEZ, GÓMEZ y VIVAS, 2012, p. 157). Esta es, en definitiva, la última gran pirámide levantada en territorio egipcio, mas no la última de la tipología.
Superada la última gran crisis del Egipto faraónico, el Tercer Periodo Intermedio, la XXV dinastía, autora de esta nueva reunificación en el 656 a.C., se alzó con el poder, mas no era de origen autóctono, sino que procedía del Reino de Kush en Sudán, es decir, de aquella Nubia que tan importante fuera para la economía y política exterior egipcias. Esa fuerza que hasta entonces los reyes habían intentado tener bajo control, resurgía en la forma del reino que, simbólicamente, anexionaría el territorio de sus antiguos invasores, y no contentos con ello, fueron altamente respetuosos y continuistas con la milenaria tradición egipcia, hasta el punto de aplicar en sus tierras nativas una auténtica política de egiptianización.
El máximo exponente de este, diríamos, “Renacimiento kushita o nubio”, fueron las necrópolis de Gebel Barkal, Nuri y Meroe, donde floreció, aunque con diferencias, la vetusta pirámide, constituyendo este, por tanto, el “tercer apogeo de las pirámides”, el último de la historia de Egipto. Un pequeño dato nos hará entender la magnitud de este fenómeno: al contrario de lo que muchos podrían pensar, Egipto no alberga la mayor cantidad de pirámides del mundo, aunque sí las más suntuosas y reconocibles; es Sudán (o Sudán del Norte) quien ostenta el récord, superando los 200 ejemplares, contabilizándose hasta 255 en algunas fuentes. Esta recuperación de una tipología funeraria enormemente prestigiosa, no obstante, hemos de entenderla ya desposeída de toda la carga ritual y religiosa originaria (ALEGRE y GÓMEZ, 2007, p. 77).

Las pirámides nubias se caracterizan, además de por su evidente menor tamaño y altura, por un ángulo de inclinación muy pronunciado y por subestructuras con una única cámara sepulcral, sin cámaras secundarias. Esta tipología va a seguir arraigando hasta la época meroítica del Reino de Kush, mucho después de terminada la XXV dinastía, tiempo en el que su capital se movió de Napata a Meroe, a cuyas pirámides se le adosan ahora templos funerarios al frente de los cuales se plantan uno o varios pilonos. Es rasgo común de todas estas necrópolis que las pirámides se agrupen de tal forma que llegan a tocarse en ocasiones, debido a que la tradición monárquica sudanesa primaba a la dinastía sobre el individuo reinante, generándose así un interesante sincretismo nubio-egipcio que perdurará hasta el 320 d.C.
DEL IMPERIO ROMANO A LA ARQUITECTURA CONTEMPORÁNEA
Más allá de las fronteras físicas y culturales de la antigua civilización egipcia, el impacto generado por las pirámides de los faraones, en especial, como podréis suponer, de los tres colosos de Guiza, se ha dejado sentir en lo ancho y largo del mundo conocido. El Imperio Romano, que incorporó a su vasto territorio Egipto como provincia en el 30 a.C., durante los últimos años de la república, dio variopintas muestras de su interés hacia los monumentos egipcios, en especial los obeliscos, pero hallamos también el curioso caso de la Pirámide Cestia, ordenada por el magistrado Cayo Cestio Epulón entre el 18-12 a.C. para albergar en el interior su sepulcro.

El arraigo de las pirámides en el mundo occidental tendría un fuerte impulso en la Edad Moderna, como lo demuestra, por ejemplo, la publicación del libro Pyramidographia de John Greaves en 1646, que contiene una extensa descripción de las pirámides de Guiza y cómo pudieron ser construidas. El siglo XVIII daría un impulso aún mayor a este fenómeno “neoegipcio” gracias a los llamados arquitectos revolucionarios, cuya defensa en el plano teórico de formas geométricas puras los lleva a concebir masivas estructuras que imaginan un mundo nuevo, racional y moderno refundiendo la arquitectura del pasado (VELA, 1997, p. 5)

El siglo XIX no resultaría menos prolífico para la propagación de la moda egipcia, ya que las expediciones a la tierra de los faraones de Napoleón Bonaparte quedarían fijadas por escrito en libros que se difundirían por el Viejo Continente y más allá, ya que penetrará en América, influyendo a arquitectos como Louis Sullivan, autor de la Tumba de Martin Ryerson en el cementerio de Graceland en Chicago, donde fusiona las tipologías de mastaba y pirámide. En España, el propio Francisco de Goya incluyó pirámides en varias de sus obras, pero como protagonista de una composición cabe destacar su dibujo La pirámide (ca. 1800-1808), donde esta ha sido atravesada por un túnel con bóveda de cañón.

No menos ejemplos de la atracción ejercida por las magnéticas pirámides de Guiza nos topamos en los siglos XX y XXI, pues nuestra era buscó muchas veces inspiración en los grandes hitos de antaño. Así, la arquitectura contemporánea ha mostrado su respeto y admiración por las grandes tumbas faraónicas en ejemplos como la Pirámide Transamerica de San Francisco (1972), de 260 metros de altura; la Pirámide del Louvre (1985-1989), diseñada por el Pritzker Ieoh Ming Pei; el Pyramid Arena de Memphis (1991), en el Estado de Tennessee, menor en altura que las pirámides de Keops y Kefrén; la famosa pirámide del Luxor Hotel en Las Vegas (1991-1993), Nevada, custodiada a su vez por una versión de la Gran Esfinge; o el Palacio de la Paz y la Reconciliación de Astaná (2006), Kazajistán, proyectado por la laureada firma Foster and Partners.

LAS PIRÁMIDES DE GUIZA EN LA CULTURA POPULAR
Si a cualquier transeúnte se le pregunta si sabe algo sobre las pirámides de Egipto, refiriéndonos por antonomasia a las de la Necrópolis de Guiza, un bajísimo porcentaje diría que no, ya que la mayoría de la población tiene grabada en su mente el paisaje que proyectan en el desierto. Que su conocimiento venga de la lectura, la visita turística o la navegación por internet tiene muchos visos de probabilidad, pero también los tiene el que sepan reconocer las pirámides por el influjo ejercido por el séptimo arte para bien y para mal. En la historia del cine hallamos al respecto desde rigurosos documentales dirigidos a aficionados y expertos como largometrajes que han contribuido a propagar una gran cantidad de bulos por los que aún hoy deben ajustar cuentas.
Un clásico es Stargate, puerta a las estrellas (1994), dirigida por Roland Emmerich, que narra el hallazgo bajo la Gran Pirámide de un portal intergaláctico que lleva a los protagonistas al otro extremo del universo, donde son raptados por una nave alienígena que tiene forma de pirámide a su vez, de la que deberán intentar escapar. El mismo director rodó en 2008 10.000 a.C., en este caso centrada en un viaje por una Prehistoria hostil que terminará conduciendo al protagonista al hallazgo de una civilización perdida esclavizada por un dios al que intentará derrocar.
Mucho más clásicas y conocidas son La momia (1999) y El regreso de la momia (2001), ambas dirigidas por Stephen Sommers, dos pelis de aventuras cuyas tramas se estructuran en torno al descubrimiento de ciudades perdidas del Antiguo Egipto, Hamunaptra en la primera parte y Ahm Shere en la segunda, donde el sacerdote Imhotep y el Rey Escorpión respectivamente obstaculizarán la consecución de los objetivos de los protagonistas. Concretamente, en El regreso de la momia, al llegar al oasis de Ahm Shere, presencian la pirámide que mandó construirse dicho Rey Escorpión, en cuyas profundidades se decide el desenlace del film.

El cine de animación también ha aportado joyitas ambientadas en el Egipto faraónico, sobre todo el estudio DreamWorks, bien conocido por sus producciones CGI, pero que tuvo unos inicios bastante marcados también por películas en 2D como El príncipe de Egipto (1998) o Joseph: rey de los sueños (2000), en algunas de cuyas escenas salen de fondo las pirámides de Guiza. La primera, además, nos muestra ese infame bulo, que casi podríamos considerar cliché, de que las grandes construcciones de los faraones fueron realizadas por esclavos bajo condiciones inhumanas y lancinantes latigazos en sus espaldas; recordad lo que hemos dicho, y tened en cuenta que ambas historias están inspiradas por relatos bíblicos.
Dos últimos ejemplos, para no alargar más la lista, son Transformers: La venganza de los caídos (2009), segunda entrega de la archiconocida saga de Michael Bay cuya batalla final entre Optimus Prime contra The Fallen y Megatron tiene como escenario la Necrópolis de Guiza, ocultándose en la Gran Pirámide el Recolector Solar que podría desatar el apocalipsis; y el filme de terror La pirámide (2014), debut del guionista francés Grégory Levasseur como cineasta que, digamos, no fue demasiado bueno. Ahora bien, hace honor a su título: la historia versa sobre el descubrimiento de una misteriosa pirámide, en cuyo interior los personajes serán víctimas de una serie de maldiciones que provocarán la caída del equipo expedicionario uno a uno; otro topicazo, vamos.
Además de la gran pantalla, las pirámides han aparecido en varios videoclips de la industria musical. En Dark horse (2013), ambientada en la antigua capital del Reino Antiguo, Menfis, Katy Perry termina ascendiendo por una pirámide para consumar su divinización, mientras que OMG de Arash y Snoop Dogg (2016) solo las muestra de fondo en un punto del cortometraje. Por otro lado, en los casos de Cairo de Karol G y Ovy on the Drums (2023), y de Waiting for the Sun de Hisham Karma (2024), están grabados in situ en la Necrópolis de Guiza: la primera se focaliza en la pirámide de Kefrén y en la Gran Esfinge, mientras que la segunda tiene como telón de fondo la pirámide de Micerino, si bien va ofreciendo ocasionalmente panorámicas de sus grandes predecesoras a vista de dron.

No podemos concluir este apartado sin hablar de cómo han sido representadas las pirámides de Guiza en el mundo virtual de los videojuegos, y sin duda aquí quien se lleva la palma es Assassin’s Creed: Origins (2017), entrega de esta histórica saga de Ubisoft que localiza su historia en el Egipto ptolemaico, entre los años 49-44 a.C. De entre todos los territorios que pueden ser visitados en el extenso mapa del juego, no podía faltar entre ellos Guiza, donde se nos ofrece una reconstrucción hipotética, pero basada en pruebas fehacientes de primer orden, del espléndido aspecto que pudieron lucir en aquel entonces tanto los conjuntos de las pirámides como la Gran Esfinge, mostrada con sus vivos colores. El deleite que ofrecen las vistas desde sus piramidiones al escalarlas es una experiencia muy recomendable, así como recorrer sus estructuras interiores de cámaras y pasillos.

La temática desértica con sus pirámides y la esfinge siempre ha sido recurrente en la icónica saga de plataformas Mario Bros., sea en sus títulos de dos dimensiones como en las entregas de 3D. Desde el primer mundo de Super Mario Land para Game Boy, cuyo tercer nivel termina con una pelea contra un jefe que encarna a la esfinge, pasando por las Arenas ardientes de Super Mario 64 y la etapa del desierto de Donkey Kong de 1994, hasta llegar a la pirámide flotante invertida de Soltitlán, el Reino de las Arenas de Super Mario Odyssey, más cercana a modelos mesoamericanos, esta forma es un clásico en las aventuras del fontanero.
No menor importancia tienen las pirámides en los dos títulos de la saga de puzles The Talos Principle, desarrollados por Croteam y sacados al mercado en 2014 y 2023 respectivamente. En el primero, basado en una simulación donde una serie de Inteligencias Artificiales deben resolver elaborados rompecabezas a la par que intentan responder cuestiones existenciales, estas se mueven por escenarios que recrean grandes periodos de la humanidad, entre ellos el Antiguo Egipto, cuya pirámide de Kefrén llega a ser clave para solucionar ciertos acertijos. La segunda parte, si bien comienza también en una simulación, nos muestra el desarrollo de una civilización androide que, evitando los errores de la humanidad, investiga una potente tecnología que está tras la erección de la Megaestructura, una colosal pirámide futurista cuyo interior contiene las respuestas necesarias para decidir el futuro de la capital de esta cultura, Nueva Jerusalén.
PIRAMIDOLOGÍA Y PSEUDOEGIPTOLOGÍA
Hemos querido dejar este apartado para el final por considerarlo un anexo más curioso y llamativo que por las posibles aportaciones que pueda realizar a todo lo expuesto con anterioridad. Ya avisamos en la introducción que la piramidología, dado su manifiesto carácter de pseudociencia que se cree egiptología según qué casos (bien nos suena esto en el absurdo y deturpado panorama actual de la identidad de género), es la principal autora de los mayores bulos que se han difundido universalmente para desgracia de la comunidad de especialistas que lleva siglos de arduo e incesante trabajo intentando difundir sus corroboradas investigaciones sobre la materia.
¿De dónde parte esta moda de echar por tierra la buena labor de los egiptólogos a lo largo de las generaciones? A Charles Piazzi Smyth, quien fuera Astrónomo Real de Escocia entre 1846-1888, debemos el “mérito”, si es que podemos denominarlo así, quien efectuó largas investigaciones y mediciones en las pirámides de Guiza inspirado por un libro de 1859 del editor John Taylor. Fruto de su campaña fue Nuestra herencia en la Gran Pirámide (1864), donde, siguiendo las teorías esbozadas por Taylor, Piazzi desarrolló hipótesis numerológicas que defendían que en las medidas de la Gran Pirámide se codificaba un calendario profético. En su descenso a la locura, llegó a creer que quien mandó su construcción no fueron los faraones, sino el mismísimo Dios de los cristianos (ahí es nada).
El arqueólogo William Matthew Flinders Petrie, movido por el libro de Piazzi, viajó a Egipto en 1880 para realizar nuevas y más precisas mediciones con las que desmontó el relato bíblico y numerológico nacido de la mente del reputado astrónomo en una nueva obra con carácter científico: Las pirámides y templos de Gizeh (1883). Si ahí hubiera terminado la historia, esto habría quedado como un capítulo anecdótico dentro del estudio de la Necrópolis de Guiza, pero bien es sabido que la curiosidad humana es muy fuerte y perseverante, llevando al hombre a disparar su imaginación hasta límites absurdos y, por qué no decirlo, divertidos.
Sírvase el propio lector de estas líneas de una muestra selecta del producto que ofrece la piramidología de nuestra era: la teoría de la correlación de Orión, que postula que los constructores de las pirámides las alinearon con las estrellas de la constelación de Orión con conocimiento de causa; la tesis que defiende que las pirámides las erigió mano de obra alienígena con tecnología antigravitatoria, conocida como “Creacionismo alienígena” o “Hipótesis de los antiguos astronautas”; la idea de Albert Slosman de que existe una conexión entre Egipto y la mítica Atlántida; o la posible existencia de una interconexión universal entre las pirámides de todo el orbe, línea que fue explorada y ampliamente expuesta en el “documental” La revelación de las pirámides (2010), basado en el libro de Jacques Grimault, donde el rigor cientificista está completamente ausente.

CONCLUSIÓN
Creo que es hora de ir cerrando este largo artículo sobre la Necrópolis de Guiza, que en lo que se refiere a materia prima de información está mucho mejor servido, mas no es nuestro cometido redactar un libro completo que pase página a todos y cada uno de los parámetros que han articulado la investigación de la comunidad científica, dejemos esto a los egiptólogos, a los verdaderos especialistas. Lo dicho es más que suficiente para que salgáis de aquí con una imagen muy completa del fenómeno de las pirámides desde sus primeras andaduras con la Pirámide escalonada de Zoser hasta el enorme impacto que han tenido en la arquitectura de nuestro tiempo.
Dada la imposibilidad de conocer en la actualidad muchos datos que se nos escapan por la ausencia de restos o por la inaccesibilidad de ciertas zonas al sondeo arqueológico, entre otros dilemas, muchos misterios van todavía a rodear a la construcción de las pirámides. Si llega el día en que el gremio de la egiptología efectúa un hallazgo sin parangón que esté detrás del cómo se levantaron las grandes tumbas faraónicas, tened por seguro que os mantendremos informados, pues un descubrimiento de esa magnitud va a revolucionar al mundo entero sin ningún atisbo de duda.
No olvidéis recordar, antes de irnos, que más allá de la función funeraria de los conjuntos de la Necrópolis de Guiza, estos nos hablan del auge de un periodo muy concreto, la IV dinastía, donde la centralización de recursos y mano de obra del gobierno menfita permitió la puesta en marcha de una de las empresas logísticas más titánicas que se recuerden en la historia. Incluso hoy en día, con los grandes avances realizados en el campo de la ciencia y la tecnología, y aun sobrándonos la mano de obra, difícilmente podríamos emular una hazaña como la de los faraones del Reino Antiguo, cuyas profundas reformas administrativas y sociales lograron movilizar a miles de ciudadanos egipcios para acometer obras públicas de dilatada envergadura.
Y no hubo esclavos en este proceso, una vez más: si os vais de aquí grabándoos eso a fuego, entonces podéis ir en paz. ¡Ni mucho menos alienígenas! Qué forma de desprestigiar a todos los trabajadores que, con su sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor (como diría el primer ministro británico Winston Churchill), pusieron su vida al servicio de tan loable logro de la raza humana: en este blog ni toleramos la desinformación ni las faltas de respeto. Ite, missa est!
FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA
FUENTES
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