INTRODUCCIÓN
A sus gloriosos 90 años, Antonio López García, el artista más recordado del grupo de los realistas madrileños, sigue haciendo lo que más le gusta, aquello a lo que ha dedicado su larga vida: pintar. Bajo sus enseñanzas directas durante el tiempo que ejerció como profesor de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando entre 1964-1969, o bien por medio del enorme influjo que ha tenido en las sucesivas generaciones de artistas españoles que han entrado en contacto con su producción artística, la nómina de creadores que reconocen dicha influencia y en los que puede rastrearse parte de las enseñanzas del maestro de Tomelloso es extensa como poco.
Con motivo de su nonagésimo aniversario, así como por las inestimables aportaciones que ha efectuado en la mayoría de las ediciones de FLECHA, el director de dicha Feria de Liberación de Espacios Comerciales Hacia el Arte, José Luis Aguirre “Jaelius”, en la 36ª entrega de este destacado encuentro del Arte español, ha querido rendirle un sincero y merecido homenaje, “disimulado por razones de humildad y discreción”, como él mismo declara al inicio del catálogo, que lleva por portada una de las tan emblemáticas vistas de la Gran Vía del pintor ciudadrealeño, descriptivamente intitulada Gran Vía, 1 de agosto, 16:00 horas.

Un año más, el Centro Comercial Arturo Soria Plaza, sede del evento desde su primera edición allá por 1991, acoge una riquísima constelación de artistas, un total de 57 nombres que pertenecen a diversas épocas. Además de ejemplares de Antonio López y su difunta esposa, María Moreno, otra de las grandes representantes del Realismo madrileño, pudieron contemplarse los trabajos de artistas nacidos en los años 40 y 50, como los barcos sometidos a fuego real de José María Mezquita, los bronces de Cristóbal o los experimentos cinéticos de Marcos Bary; creaciones de quienes vinieron al mundo en los 60-70, como los imaginativos collages fotográficos de Leticia Felgueroso o los extensos paisajes urbanos de Javier Ramos Julián; y propuestas de los alumbrados en las últimas décadas del siglo XX, tales como las reinterpretaciones irónicas de bodegones clásicos de Tomás Justicia o los paisajes granadinos de Rosa Cano.

Sus “puertas” estuvieron abiertas desde la inauguración oficial el 12 de febrero hasta su clausura el domingo 15 de marzo. Entrecomillamos la palabra puertas porque, en verdad, el evento no tiene puertas al uso, su intención siempre ha sido constituir un encuentro artístico completamente abierto al público sin necesidad de tener que pasar por una taquilla para obtener la correspondiente entrada y, por ende, sin necesidad de gastar dinero como sí ocurre, por ejemplo, con ARCO, la feria de Arte más antigua de España, FLECHA cuenta con el segundo puesto en ese terreno.

Sus padres fundadores, Javier Cavero y Piedy, querían crear en la capital española un espacio abierto de diálogo y reflexión que acercara la producción artística actual al público rehuyendo toda clase de distancia institucional, económica o espacial, saliéndose así de los circuitos tradicionales al situar su propuesta en uno de los más concurridos e históricos centros comerciales de Madrid. Las barreras entre creador y espectador, entre Arte y vida, nunca han sido tan inexistentes como en FLECHA, por lo que es una oportunidad dorada tanto para atraer nuevos clientes como para proporcionar, en la ajetreada vida diaria, un momento de calma e introspección.

El culmen de esta feria fue la ceremonia de entrega de los premios “El Flechazo”, celebrada el 12 de marzo a las 19 aproximadamente, y a la que acudieron, además del director de FLECHA, el citado Jaelius, el Excmo. Alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, y otras figuras institucionales de gran importancia, como Beatriz Martín, gerente del Centro Comercial Arturo Soria Plaza, o Nadia Álvarez Padilla, Concejala del Distrito de Ciudad Lineal. En esta nueva cita, nuestra anfitriona no fue Begoña, como el año pasado, sino su también encantadora compañera Lucía, consultora de comunicación de la agencia The Garage que, de igual manera que en la 35ª edición, intermedió amablemente para que pudiéramos hacerles unas breves entrevistas a los artistas que recibieron el primer y segundo premio.

En esta ocasión, los afortunados de recibir tales galardones fueron, respectivamente, Antonio Maya Cortés y Carolina Veramendi B, que quedan eternamente agradecidos con todos sus compañeros por haberlos votado, ya que ellos mismos son el jurado de los premios Flechazo en cada selección. Amén de la cuantía económica propia de estos certámenes, los artistas que obtienen tan insigne conmemoración logran un todavía mayor reconocimiento en el panorama cultural y artístico que supone un hito impulsor en sus carreras. Si algún día se publica una versión de las famosas Vidas de Giorgio Vasari centrada en artistas españoles contemporáneos, y si, por beneplácito de la providencia, nosotros somos sus autores en nombre de La Cámara del Arte, aquí aportamos dos capítulos más de ese futuro libro, ilustrados con las magníficas fotografías tomadas por mi inseparable compañera de eventos Alba Jiménez Toledo.
ESPÍRITU REALISTA, ALMA GITANA: ANTONIO MAYA CORTÉS
Para este tipo de escritos, si habéis seguido los publicados en fechas anteriores, os habréis dado cuenta de que lo principal son las propias palabras de los artistas protagonistas de la exposición, el concurso o el acto que correspondiere, pues se nos concede un breve marco temporal para formularles sucintas preguntas y, a partir de ahí, elaborar el texto con nuestro estilo de tal forma que podáis comprender la esencia de sus almas artísticas. No solemos recurrir, por ello, a bibliografía adicional más allá del propio catálogo, cuando existe, el folleto o derivados, pero Antonio Maya, por su largo recorrido y huella en el panorama artístico español, ha recibido la atención de notorios críticos e historiadores del Arte como Francisco Calvo Serraller, Valeriano Bozal o Juan Manuel Bonet.

Bozal, autor del tomo de la enciclopedia Summa Artis sobre Pintura y escultura españolas del siglo XX (1939-1990), define a Maya como uno de los “realistas españoles”, andaluz para más señas, ya que nació en Jaén en 1950. Apenas pasa de una breve mención en el tomo de Bozal, protagoniza un pequeño párrafo junto a los pintores Antonio de Casas y Daniel Quintero, artistas para los que “la presencia de las cosas es rasgo característico” de sus obras, así como su cuidadosa representación, reza el susodicho autor (BOZAL, 1992, p. 489). Igualmente, el crítico Juan Manuel Bonet lo cita como parte de una “floración de pintores realistas” debida al breve magisterio de Antonio López en la RABASF (BONET, 2011, p. 90).

Previamente a su ingreso en la San Fernando, Maya cursó estudios de dibujo y modelado en la Escuela de Artes y Oficios, obteniendo en 1968 la beca del ministerio que le permitiría estudiar tanto en la prestigiosa academia madrileña como en la Real Academia Catalana de Bellas Artes de San Jorge de Barcelona, trasladándose ese mismo año, de forma definitiva, a la capital. Dio así en la década de 1970 los primeros pasos de una larga trayectoria que ya suma más de 50 años, jalonada por varios premios, un par de becas, como la de pintura para la Academia de España en Roma entre 1990-1991, y multitud de exposiciones individuales y colectivas en museos, galerías nacionales e internacionales, y ferias de renombre como ARCO.

Obtener el Primer Premio en FLECHA, como él mismo nos declaró, supone “Un paso más” que alimenta una “cierta certeza” de que el camino recorrido a lo largo de tantas décadas sigue dando, tras arduos esfuerzos, resultados debidamente reconocidos. Al preguntarle por su proceso artístico, por unas palabras que pudieran definir su propio estilo, con las dificultades que ello conlleva, el jiennense nos respondió lo siguiente: “El estilo no podría definirlo, pero sí que yo me nutro del mundo real, y no es precisamente bajo ningún concepto, no soy un intelectual, digamos. Lo que sí estoy es completamente convencido de que es un cultivo de un lenguaje del alma”. Bajo ese prisma, por tanto, concibió el grandioso lienzo Paraíso perdido (2012) que presidió la ceremonia de entrega de los premios Flechazo.

Siguiendo el hilo de esta idea del alma en que tanto insiste Maya, afirma que esta “no sabe fingir, filtra todo el proceso, los archivos y la información”, de tal forma que, necesariamente, seguimos citando textualmente, él necesita “el mundo real como lenguaje expresivo”. En este aspecto de la realidad en el que siempre ha sido encuadrada su producción, heredera de las enseñanzas de Antonio López pero llevada por derroteros bien diferentes a los del hiperrealismo practicado por el artista de Tomelloso, quisimos ahondar un poco más, y le interrogamos acerca de algún posible aspecto que, dentro de dicho mundo real, le evocara sensaciones más profundas que, en consecuencia, tuvieran el consabido reflejo en sus cuadros.

A esta nueva pregunta, Maya, siempre hablando desde el alma antes que empleando complejas fórmulas intelectuales, no se decantó por ningún punto concreto, sino que expresó su hondo interés por “El mundo en general, todo lo que pasa en el mundo lo he pintado del natural”, afirmando que lo que realmente manifiesta, en base al “abecedario que he aprendido durante tantos años”, es que en su estilo “no hay ningún proceso intelectual, porque he reconocido que el camino del lenguaje del alma es el más verdadero”. Puede así ser entendida la labor de Antonio Maya Cortés como la de un pintor que siempre ha intentado captar la verdad del alma: “Trato de manifestar la rotundidad que tienen las cosas que te impresionan”.
Ese apasionante interés por la realidad, por todo lo que nos ofrece a diario, es lo que explica que, en los años 80 y 90, realizara retratos familiares que nos hablan de su quizás menos conocida identidad gitana, o romipen como se dice en la lengua caló. Alejado del tono folclorista con que casi siempre se ha abordado la figura del gitano, Maya plasma en esta parte de su producción desde el “sentir cotidiano de una familia gitana no tan distinta de cualquier otra” (BUHIGAS y MERÁS, p. 2), una visión interna que no necesita utilizar manidos tópicos ligados a la cultura romaní.

Los retratos de sus hijos, su esposa Chon y otros familiares se presentan como la materialización pictórica de un “diario íntimo” protagonizado por los máximos apoyos de su vida, tratados con un depurado lenguaje que resalta sus rasgos étnicos tal y como son, y no bajo el artificioso paraguas del exotismo romántico. No nos presenta personajes exaltados con posturas y vestimentas grandilocuentes, ni lujosos espacios en los fondos, los retratados por el pincel de Maya son seres humanos inmersos en la cotidianidad del hogar, que nos miran en silencio o desvían sus ojos hacia el objeto de su interés en el momento de ser pintados. En definitiva, no son frías obras de taller, sino vivas representaciones de un entorno domiciliario cuyo trasiego familiar articula el vibrante mundo de sonidos característico de la casa gitana, dejando entrever al espectador la clave de la auténtica romipen.

MATISSE Y LOS COLORES DEL HOGAR: CAROLINA VERAMENDI B
Agradeciéndole a Maya los minutos que nos concedió, y tras esta reflexión en torno a su obra que hemos compartido con vosotros, nos aguarda la laureada con el segundo puesto de los premios Flechazo, Carolina Veramendi B, que además de expresar su profundo agradecimiento en el escenario tanto al público como a los artistas por votar su obra, dedicó el galardón a su familia en general y a su hija en particular, que ese mismo día cumplía años. Bajamos las escaleras mecánicas para hacerle la pequeña entrevista en el rincón donde estaban expuestas las pinturas que había seleccionado para FLECHA, donde un solo vistazo basta para determinar qué elemento marca su estilo: el color.

En la entrada del catálogo, la artista extrajo una cita del artículo “Le chemin de la coleur” (El camino del color), escrito por el padre del Fauvismo, Henri Matisse, y publicado en la revista Art présent en 1947: “El color ayuda a expresar la luz, no el fenómeno físico, sino la única luz que realmente existe: la que hay en el cerebro del artista”. Curiosamente, unas páginas más atrás del mismo catálogo, la artista Carlota Ríos presentaba su entrada con otras dos citas de Matisse, que me permito traer a colación por lo sintomáticas que son en relación a la fuerza cromática que marca las obras de ambas artistas: “El arte moderno es un arrebato del corazón”, “Un cuadro fauve es un bloque luminoso formado por la armonía entre diversos colores”.

Matisse fue el hilo del que tiramos para ahondar en la trayectoria y visión artística de Carolina Veramendi B, para la cual el artista francés constituyó la ventana a través de la que descubrir el fascinante mundo del color: “Realmente, es el primer pintor que me llamó mucho la atención”. Por supuesto, no es la única referencia que ha observado a la hora de formar su crucial visión de los valores cromáticos, mas insiste en que el “primero y más importante para mí ha sido Matisse, tanto en el color, la forma de aplicarlo, las formas y un poco toda la evolución de su trabajo a este respecto”.
En lo referido a cuándo comenzó a ejercer tal influencia en su estilo la obra del maestro del color que diera el pistoletazo de salida de las Vanguardias artísticas en el Salón de Otoño de 1905, Veramendi narra la trascendencia que tuvo su abuela en su incondicional amor al Arte. Ella era pintora, por lo que, bien a nivel técnico y material, o bien a nivel bibliográfico mediante la consulta y lectura de los catálogos de exposiciones que coleccionaba en su biblioteca particular, a la pequeña Carolina se le abrió un vasto abanico de posibilidades que resultaría determinante en su devenir colorístico.

Con su abuela, ella pudo contemplar y analizar la obra de muchos artistas, entre ellos, obviamente, Matisse, acerca del cual mantuvo infinidad de conversaciones con su yaya, dada la enorme impresión que ya le generaba entonces. A la hora de emprender los estudios de Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid, iniciados en 1994 y terminados de cursar en 1999, el color, uno de los aspectos que tanto se trabajan en las aulas de la facultad, le permitió poco a poco ir ampliando su propio mundo y poder comprender los entresijos de la dimensión cromática tanto en su vertiente simbólica y emotiva como física y óptica.

Esas raíces familiares, su desmedida pasión por las combinaciones de color de los lienzos de Matisse y su arduo e incansable trabajo día tras día, noche tras noche, hasta conseguir dotarse de una identidad estilística perfectamente reconocible en medio del inmenso panorama artístico, le ha valido desfilar su producción por exposiciones individuales y colectivas, sobre todo, en diversos espacios dispersos por ese bullicioso Madrid que la vio nacer el año 1975. Por supuesto, no solo ha sido seleccionada en una gran cantidad de concursos y certámenes, sino que ha obtenido premios con que alimentar su palmarés y, más importante, acceder a doradas oportunidades de seguir dando a conocer su producción al mundo.

Con el hecho de alcanzar el segundo puesto en los Premios Flechazo, como Carolina nos confesó, “Decir que estoy encantada, contenta, que es fabuloso y estupendo, me quedaría corta, porque me gusta muchísimo el planteamiento de FLECHA, de hacer el Arte asequible a todo el mundo, tanto a nivel económico como a nivel visual”. Continúa así su reflexión en torno a la cuestión de la accesibilidad total que plantea esta feria: “Gente que no se atrevería a entrar en una galería, aquí tienen los cuadros a su alcance: se pueden tomar un café, darse una vuelta y ver la obra de algo más de cincuenta artistas.”

Prosigue afirmando que la exposición que plantea anualmente FLECHA en el Centro Comercial Arturo Soria Plaza “Es una forma también de que el público aprenda a valorar un poco todo este mundo, y a ver las diferencias que hay entre los estilos de unos artistas y otros”. Carolina Veramendi no es una artista novel de la feria, lleva ya unos quince años presentando propuestas para diferentes ediciones, y en todas las ocasiones ha valorado positivamente el ambiente que se respira, así como un efervescente caldero de conocimiento que siempre la lleva a conocer nuevos lenguajes expresivos que, además de resultarle atractivos a título personal, pueden llevarla a aprender una serie de nociones que posteriormente adapta a su terreno.

A diferencia de Antonio Maya, que confesó su incapacidad de contener el quid de su creación artística en términos lingüísticos, ante la pregunta de si sería capaz de definir su estilo con una o varias palabras o conceptos, Carolina apuntó fundamentalmente la idea de tranquilidad. A renglón seguido, desarrolló su respuesta: “Quiero reflejar una vida más tranquila, espacios cómodos, con luz, que se puedan disfrutar, sin estrés, sin presión… Ahí es donde intento que el espectador pueda penetrar en el cuadro de alguna manera”. Por tanto, la pintora madrileña busca evocar en sus telas un remanso de paz que, en medio del mundanal ruido, otorgue a quienes se detengan ante ellas una experiencia introspectiva.

CONCLUSIÓN
Como de costumbre, hemos de echar el freno en este punto del relato, ya que resulta muy tentador seguid dedicando páginas a abordar en profundidad tanto las composiciones de Antonio Maya Cortés, que parten del realismo aprendido con Antonio López para cultivar el lenguaje del alma y tratar de captar su verdad, como los vibrantes lienzos de Carolina Veramendi B, que, guiada por los valores cromáticos de Henri Matisse, presenta espacios como tiendas de orquídeas, la playa o el salón de su casa mediante vivos colores puestos al servicio de una sensación general de tranquilidad. Invitados quedáis a seguir descubriendo su obra, así como la de los otros más de cincuenta artistas que este año han acudido a FLECHA, cuyo catálogo está disponible para descarga gratuita en la página oficial de la galería.
Un año más, solo nos resta agradecer tanto a Lucía por invitarnos al evento y concertarnos unas pequeñas entrevistas con los galardonados, como, por supuesto, a los propios artistas por dedicarnos unos minutos en medio de tan importante momento antes de ir a celebrar el premio obtenido con sus familiares, amigos o los demás artistas de la feria. Viejos conocidos como los ganadores del año pasado, Orrite y Luis Javier Gayá, formaron nuevamente parte de este trascendental encuentro, así como jóvenes promesas que hacen de FLECHA un espacio intergeneracional y pluriestilístico. Y hasta aquí, querido lector, llega nuestro artículo.
BIBLIOGRAFÍA
BONET, J.M., “Arte español 1968-2011, algunas reflexiones personales”, en A debate, 14 (2011), pp. 89-99
BOZAL, V., Summa Artis: historia general del arte. Pintura y escultura españolas del siglo XX (1939-1990), Madrid, Espasa-Calpe, 1992
BUHIGAS JIMÉNEZ, R. y MERÁS, L., Antonio Maya. Retratos familiares desde la romipen, Madrid, Galería José de la Mano, 2025
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