COMENTARIO HISTÓRICO ARTÍSTICO DE LA PESADILLA DE HENRY FUSELI
CONTEXTO HISTÓRICO
Da mala vibra. Es cringe y random. Creepy. Literal. Y es que los artistas románticos vivían permanentemente en un entorno muy shady.
Se dice de Henry Fuseli (Johann Heinrich Füssli) que estaba un poco salido. Más que el pico de una mesa para ser más concreta. Aunque, cierto es que sus pinturas de tinte onírico, a la par que macabras, se inscriben en una sensibilidad extravagante muy personal. El propio John Constable se inspiró en sus obras, aunque este último se especializó en los paisajes bucólicos, lejos de la oscuridad y efectos chungos del maestro suizo-británico.
También, muchos bebieron de sus alusiones a la literatura y mitología, generalmente desde el prisma trágico. Romántico, errante, desgraciado. Además de un pelín obsessed con lo erótico-festivo, Henry estaba resentido en lo más profundo de su ser debido a la expulsión de su país natal a manos de los calvinistas por su condición de pastor protestante. El señor, cabizbajo, huyó a Reino Unido, y allí encontró paz y propósito de vida. Iba a apurar su vena artística y a aprender de los grandes, de los mejores.

En Roma estudió arte clásico, el cuerpazo torneado y voluptuoso de esta doña demuestra su aprendizaje y buen hacer. La propia composición en escorzo da fe de que dentro de su depre de caballero compungido había intención folclórica y, claramente, obsesiva.
Durante su estancia de ocho años en la capital italiana, admiró y copió al maestro Miguel Ángel Buonarroti hasta el extremo del manierismo que él mismo interpretó distorsionando las anatomías, estirando las extremidades de forma imposible y forzando posturas teatrales para exagerar el drama físico y psicológico.
ANÁLISIS FORMAL
Muy al contrario que muchos de sus posteriores seguidores, la paleta de Fuseli era sombría de más. Turbia. Basada en grises, marrones y un claroscuro teatral heredado de Rembrandt y Caravaggio. El fondo le servía para intuir, pero, ante todo, servir al protagonismo de lo acontecido en la primera fila de la escena.
De hecho, La pesadilla reproduce esa impresión de oposición de luces, pero es el cuerpo blanco el que resplandece por sí solo. La mujer no necesita servirse de la desnudez para suscitar erotismo; este surge más bien del velo ligero de su cuerpo, que recuerda a la técnica clásica de los paños mojados. La evocación a la Venus dormida tradicional aquí se convierte en una mujer real agitada por las pesadillas. Fíjate en cómo la línea horizontal sinuosa que cruza el plano inferior transmite total abandono, vulnerabilidad y pasividad. Se deja llevar. Se deja hacer frente a la presión física y psicológica que el íncubo ejerce sobre su abdomen.

En esta su primera obra tras regresar de Roma, puede apreciarse lo que se entiende como una técnica «sucia» basada en colores ocres y marrones que, en conjunto, actúan como filtro, por ejemplo, a la expresión de superioridad del demonio que parece escudriñar el cuerpo inerte pensando cuál va a ser su diablura.
Por eso, resulta estridente cómo el pintor contrapone la suavidad casi etérea y tersa de la piel y las telas de la mujer con la textura rugosa, peluda y grotesca del íncubo. Conclusión: todo está oscuro, abarrotado; haciendo que sintamos la misma sensación de encierro y asfixia que sufre la víctima de la parálisis del sueño, anulando por completo la perspectiva profunda, tradicional y categórica.
Y luego está el caballo, que, con sus ojos ciegos y sin vida, parece sacado de una sesión de espiritismo. ¿O puede ser una yegua? Mare en inglés. The nightmare, título de la obra. Puede.
CURIOSIDADES
Si yo me pongo en este momento a desgranar todos los posibles significados y sentidos iconográficos de La pesadilla, nos dan las uvas. Así que, hay que hacer criba.
Empecemos diciendo que la modelo para este cuadro fue Anna Landoldt, de quien estaba profundamente enamorado. Ella se ve que no tanto (o, al menos, su familia) y, pese a sus intentos por conquistarla, lo rechazó sin compasión. Por eso se dice, simple y llanamente, que el demonio representa los deseos reprimidos y la frustración del propio pintor. Es verdad que yo, personalmente, se lo veo un poco en la cara al bicho en cuestión.
Más que eso, pues que si leyenda medieval por aquí, representación de la parálisis del sueño y asfixia por allá… Los surrealistas recuperaron la obra de Fuseli con entusiasmo y le encasquetaron el sambenito de hacedor de la personificación del subconsciente: los deseos sexuales reprimidos, los traumas y las culpas que la mente racional bloquea durante el día, pero que toman el control absoluto al caer la noche. El Eros y el Tánatos de Freud. La Bella y la Bestia de Disney.

No hay que pasar por alto que Henry se hartaba de leer y creó una producción artística alrededor de la literatura muy loable. Al poeta místico William Blake le caía bien en gracia, y se dice que la atmósfera de sus cuadros influyó profundamente en Mary Shelley y su Frankenstein. Pero con ella la cosa no fue tan idílica, más bien un esperpento como el propio monstruo.
Al parecer, y sabiendo de su condición bellaca, Mary le propuso un trío platónico junto a su esposa, pero a la tercera en discordia no le pareció bien. Tras la negativa, la literata marchó sola a París en busca de nuevas experiencias. Desde entonces, y como producto de esa anécdota, se le adjudica a Fuseli la cita:
«No me gustan las mujeres inteligentes»
En fin.
