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La Buenaventura

COMENTARIO HISTÓRICO ARTÍSTICO DE LA BUENAVENTURA

George de La Tour (1593-1652) es el máximo representante del Tenebrismo en Francia, teniendo su obra una clara influencia de la pintura holandesa y, sobre todo, de Caravaggio.

Poco o nada se sabe sobre su formación y juventud y de su vida en general tampoco hay muchos datos. Se cree que pudo pasar un tiempo en Italia, pero no hay nada que lo avale.

Disfrutó de gran fama en vida, trabajando para personajes tan destacados de la época como el Cardenal Richelieu.

Lo más probable es que nunca salió de su Lorena natal y que esas influencias que vemos en su producción las conociese a través de escritos, pinturas o estampas de diferentes artistas.

De las setenta y cinco obras que realizó, solo unas cuarenta han llegado hasta nosotros y algunas son de dudosa autoría. El tema de la datación de las obras tampoco ayuda mucho, pues solo hay dos de ellas en las que aparece su firma y fecha: Las lágrimas de San Pedro (1645) y La negación de San Pedro (1650) lo que lleva a que la cronología de su obra siga siendo hoy muy discutida.

Las lágrimas de San Pedro.

Podemos dividir su producción en dos grandes bloques: escenas diurnas y nocturnas. 

Las primeras se caracterizan por tener una luz fría y unos personajes colocados de forma casi teatral, retratando escenas costumbristas y en cierto modo jocosas.

En el segundo grupo se ve la influencia del tenebrismo de Caravaggio, pero tratado de una forma muy personal, pues la luz no procede de fuera del lienzo, sino desde dentro, luz aportada por una tenue vela o antorchas que iluminan suavemente a la figura. Este tipo de escenas están más relacionadas con la temática religiosa.

Magdalena penitente con lamparilla, hacia 1640.

Tras su muerte, cayó en el olvido y no será hasta el siglo XX cuando se descubra su obra y ocupe el lugar que le corresponde en la Historia del Arte.

ANÁLISIS FORMAL E ICONOGRÁFICO

La Tour nos muestra aquí una escena picaresca muy popular en el siglo XVII donde cuatro astutas ladronas roban a un joven incauto.

La estratagema es muy sencilla: mientras la anciana lo distrae con la excusa de leerle la mano para conocer su futuro, las tres muchachas aprovechan sus habilidades para robarle todo lo que pueden. Las dos de la izquierda se encargan de la bolsa de monedas que el muchacho lleva colgada a su cintura. A su vez, la otra joven, de tez blanca, corta la cuerda que sostiene un medallón de oro, mientras mira de reojo al muchacho, para cerciorarse que no se está dando cuenta de nada.

Todo parece dispuesto como si fuese una escena teatral y es que muchos estudiosos así la han visto. No solo por la disposición de las figuras, sino por su vestimenta, que no corresponde con la realidad, por lo menos en el caso de las mujeres. 

Se trata de gitanas, mujeres que sobreviven como pueden y que, normalmente, no visten esas ropas tan lujosas y, además, no corresponde con la moda de la época. Por eso se ha querido ver a actores que usan trajes del teatro para representar la obra.

Este tipo de pinturas, de vida disoluta, eran muy populares en el momento, pues los artistas se valían de la parábola del hijo pródigo para poder crear escenas donde mostrar borracheras, peleas o burdeles. Eso sí, debían ir siempre acompañadas de un mensaje moral contra el pecado. Cierto es que La Tour no plasmó la vida disoluta de una forma tan explícita como sí lo hicieron otros contemporáneos, sino que nos lo muestra de una forma velada pero clara.

La parábola del hijo pródigo se recoge en el Evangelio de San Lucas y, en ella, cuenta como un padre dividió su herencia entre sus dos hijos y uno de ellos se la gastó dedicándose a la mala vida:

“Pocos días después, el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano, donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino”. Lucas 15; 13.

Esta no es la única obra de esta temática realizada por La Tour. De hecho, parece que formaba pareja con las pinturas de El tramposo, una pareja de pinturas donde se ve a un grupo de jugadores de cartas en medio de una partida donde uno de ellos va a perder todo su dinero gracias a las triquiñuelas del resto.

Volvamos a los personajes.

El muchacho es muy joven y de clase noble, como nos indica el jubón de cuero que viste y el resto de su ropa. Parece ser que podía pertenecer a una serie de colegios que proliferaban entonces, frecuentados por los jóvenes de clase alta. Alrededor de estos colegios, existían locales no tan recomendables para gente de su edad y condición, pues aún no habían llegado a la adultez: tabernas y burdeles eran frecuentados por ellos, entrando en contacto con el mundo adulto de una forma temprana y también sufriendo algún que otro traspiés, como el hecho de ser robados (como vemos aquí) o contraer enfermedades sexuales por frecuentar los burdeles.

Fijémonos ahora en las mujeres.

La anciana sostiene en su mano una moneda, que puede ser el precio por leerle la mano al muchacho o el cambio que la señora le devuelve al joven tras haber hecho su trabajo, aunque parece ser que la primera teoría es la buena pues, para poder leer el futuro en la mano, se necesitaba una moneda con la que hacer la señal de la cruz en la palma antes de comenzar. Si era de oro, mejor que mejor. Mientras, el joven solo atiende a la acción, expectante por conocer su futuro, aunque su rostro no lo refleje.

Toda la acción se limita al juego de manos que sucede en la parte inferior de la escena, en contraste con la aparente tranquilidad de la parte superior. Además, las miradas son claves para distraer no solo al muchacho, sino también al espectador, que se queda fijo en ellas y no presta atención al robo que se está cometiendo delante de sus narices.

Otra teoría sobre la anciana es que, en realidad, se trata de una alcahueta, que ofrecía a chicas jóvenes a estos muchachos de bien a cambio en unas monedas. 

Tanto la anciana como las jóvenes se han identificado como gitanas, además de por la comparación con los grabados de Jacques Callot sobre la vida del pueblo gitano (con el que se cuenta que convivió) por la vestimenta que llevan, sobre todo los pañuelos.

Las jóvenes vírgenes llevaban el pelo suelto y las casadas lo cubrían con una cofia o pañuelo atado en la nuca. Si el pañuelo se ataba bajo la barbilla, como ocurre con la joven del centro, indica que ni era virgen ni casada (lo que refuerza la teoría de que la chica estaba al servicio de la alcahueta). Vamos a fijarnos ahora en esta chica. Contrasta con las otras dos jóvenes, morenas de piel y pelo. En cambio, ella tiene la tez blanquísima y seguramente es rubia, cosa que podemos deducir por sus casi inexistentes cejas. Estas chicas, contaban las malas lenguas, eran muy apreciadas pues, parece ser que en realidad no eran gitanas, sino que eran chicas raptadas de niñas y criadas por ellos. 

Hoy sabemos que hay cantidad de miembros del pueblo gitano de tez blanca, pelo rubio y ojos claros. Pero nos movemos en pleno siglo XVII. Hay que entender el contexto del momento.

CURIOSIDADES

Sobre esta obra, y sobre otras de La Tour, siempre ha sobrevolado la sombra de la falsificación. De hecho, según el historiador inglés Christopher Wright, que estudió la obra a fondo, siempre dudó de la autoría del pintor francés y defendió hasta el final que la obra fue creada en los años 40 con técnicas del siglo XVII.
Esto no era nada nuevo.

Ya ocurrió algo similar con Han van Meegeren, que se dedicó a crear obras y hacerlas pasar por supuestos Vermeer, usando las mismas técnicas para crear los pigmentos, los pinceles y hasta los lienzos que usó el genio holandés. Tan bien lo hizo, que coló una de sus creaciones a un pez gordo nazi que, en su huída al ver que habian perdido la guerra, se la llevo consigo.

Volviendo a La Tour, Wright dice que encontró una clave en la pintura que confirmó su teoría; en el pañuelo de la segunda muchacha podía leerse perfectamente una palabra en francés: MERDE (mierda).

Zona donde, según Wrigth, estaba escrita la palabra «merde».

Desde el MET han desmentido que eso sea indicativo de falsificación y que, seguramente, fue añadido en una restauración posterior, siendo eliminado al llegar al museo.

El tema de cómo esta obra francesa acabó en Nueva York también tiene su aquel.

Se cuenta que en 1942, llegó a manos de un prisionero un libro con obras de La Tour y que, en él, reconoció un cuadro igual al que colgaba de la pared del castillo de su tío. No era otro que La Buenaventura. Cuando la guerra terminó, hizo examinar la pintura por un experto en arte que ratificó la autoría del pintor y su autenticidad.

Fue entonces cuando empezaron las negociaciones, parece ser que secretas, con el Louvre, para que aquella obra se quedase en Francia. Pero, como decía Quevedo (el escritor, no el cantante) “poderoso caballero es Don Dinero” y la pintura acabó en manos del marchante de arte Georges Wildenstein, quien cuentan que pagó una cantidad desorbitada.

La obra permaneció en sus manos unos diez años, siendo solo accesible a quien él quería, pasando después al MET, que la presentó en 1960.

Fue entonces cuando estalló la bomba ¿Cómo era posible que el Louvre se hubiese dejado arrebatar semejante obra maestra? Pues no hay respuesta sobre ello. Ni más convincente ni menos, pues ni el Ministro de Cultura del momento ni el Director de la sección de antiguos maestros del museo dijeron nada. Simplemente se lamentaron por la pérdida.

Nadie se puede explicar cómo habían podido expedir el permiso de exportación de la obra tan alegremente.

Sea como fuere, el resultado es que La Buenaventura está en el MET y el Louvre se quedó compuesto y sin obra.

BIBLIOGRAFÍA Y WEBGRAFÍA

HAGEN, ROSE-MARIE Y RAINER; Los secretos de las obras de arte: 100 obras maestras al detalle. Taschen.

MUSEO DEL PRADO.

https://www.museodelprado.es

THE METROPOLITAN MUSEUMS OF ART (MET)

https://www.metmuseum.org




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Pintura

El hijo del hombre

COMENTARIO HISTÓRICO ARTÍSTICO DE EL HIJO DEL HOMBRE

CONTEXTO HISTÓRICO ARTÍSTICO

Hablando de contexto, hay que tener en cuenta que cuando Magritte pinta esta obra ya contaba con 60 palos. Lo que significa que, como surrealista de pro, se había pasado el juego. Su lenguaje visual estaba tan consolidado y era tan reconocible que poco le importaba si la gente entendía lo que quería transmitir o, más bien, se quedaba “a por uvas”. Algo que, generalmente, es lo que sigue pasando.

“Um, Umm, qué interesante resulta este cuadro. Sin duda, se hace palpable que el artista quiere transmitir algo, lo siento. Esto es el arte”. Pues mira, a veces no tiene por qué serlo. No sintamos vergüenza de ver y expresar lo que vemos sin más cortapisas porque no todo tiene por qué tener un significado transcendental. Magritte, precisamente, basó su carrera en pintar lo que no está, lo que nos vemos, o lo que no sabemos interpretar. ¿Quizá, la nada? O, por el contrario, ¿el todo? Sea como sea (y en sus propias palabras): “todo lo que vemos esconde otra cosa”. Y eso, precisamente, es lo que distinguió su obra de gentes contemporáneas: aferrarse a mostrar lo que no estaba.

“Para mí la idea de un cuadro es la concepción de una o varias cosas que pueden hacerse visibles mediante mi pintura… La idea no es visible en el cuadro: una idea no puede verse con los ojos”.

René Magritte
René Magritte posando en 1965 junto a su obra ‘Fuerza de la circunstancia’ (1958).

En este ‘El hijo del hombre’ juega con la idea de autorretrato prescindiendo de lo imprescindible, su rostro. A cambio, vemos una gran manzana “granny” desafiando la norma tradicional y otorgando protagonismo a un objeto cotidiano que, además, de estar presente en otras obras del artista ¿puede? hacer alusión al pecado original. O yo qué sé, o qué se yo. Un fruto que forma parte del imaginario de y corrobora el título de la obra como una posible alusión a Cristo. Sea como sea, sigue la firme intención del pintor belga por tapar y ocultar caras. Y, aunque lo negó en varias ocasiones, puede que si llegas hasta el final de esta entrada, descubras un “posible” significado de peso. Si es que eso es suficiente para una mente surrealista de más.

Dicho lo cual, el atractivo de ‘El hijo del hombre’ no está en lo que se ve a simple vista, sino en lo que impide ver. Interpretaciones aparte, lo que es un hecho es que existe cierta tensión entre lo visible y lo invisible. Será por eso que esta obra es una de las más reproducidas y comentadas dentro del denominado arte moderno. Puede que Magritte no busque mostrarnos el mundo, sino hacernos titubear al explicar lo que creemos ver.

ANÁLISIS FORMAL E ICONOGRÁFICO

El estilo de Magritte, especialmente en la última etapa de su carrera, es fotográfico, publicitario. Por eso, la estructura es simple, frontal y estable; lo esperado en un retrato tradicional. Muy estático. Una figura parada en el centro con verticalidad bien marcada sobre un horizonte que equilibra y da profundidad al conjunto. Es gracias a esa simplicidad compositiva por la que la manzana logra su propio protagonismo raruno y sobrevalorado.

Detrás de la figura con bombín, un murete corta el espacio a la altura de sus caderas y, al fondo, puede intuirse un mar y cielo nublado. Igual el personaje está en un paseo marítimo. O no. Recordemos que lo importante aquí es el arte de ocultar. No estamos en un interior íntimo, pero tampoco en un paisaje abierto del todo. Desde luego, falta «info». La escena nos sitúa en una zona intermedia que podría interpretarse como una antesala entre lo real y lo ficticio. En el ‘Mito de la Caverna’ de Platón a medio camino entre la naturaleza y el mundo de las ideas.

Siguiendo esa intención fotográfica sin mucho adorno, la paleta es principalmente neutra (grises, negros, azules apagados), con un acento cálido sobre la corbata rojiza y la nota de color del verde brillante de la manzana. Así que, además de su posible significado, formalmente, la manzana no solo tapa sino que es la que decide y dirige el foco de atención de quien observa la obra. Por su parte, la luz es homogénea, sin pizca dramatismo o juego de luces.

Todo es real. Hay un hombre plantado de frente. Un espacio. Incluso, un mar y un cielo. Sin embargo, la manzana que flota e inunda el espacio consigue que, a través de un recurso sencillo y mundano, el espectador se convierta en cómplice y ansíe poder ver. Saber y completar lo que, considera, incompleto.

CURIOSIDADES

Quizá el refrán “cuando el río suena, agua lleva” no es el más acertado para empezar a contar esta historia pero es que, en toda ella, es bastante creepy. No se sabe mucho de la infancia de René pero para qué queremos más. Lo que se sabe es fuerte y, sin duda, un trauma que marcó al pintor (y a su expresión artística) de por vida. Magritte creció en un ambiente no muy saludable ni estable mentalmente. Su madre, que se afanaba en intentar suicidarse una vez tras otra, vivía encerrada en una habitación a recaudo de su padre que quería evitar la tragedia. Papelón del bueno.

‘Los Amantes’, René Magritte (1928)

Un día cualquiera, su madre, finalmente, se escapó y, tras estar deambulando perdida y sin destino, fue hallada muerta en el rio Sambre. Eso es verídico. Ya otra cosa es la fabulación que dice que el propio Magritte vio como recuperaban el cuerpo de las aguas con un camisón enrollado en la cabeza que ocultaba su rostro.

A pesar de que el propio Magritte desacreditó, en varias ocasiones, la interpretación de que ‘Los amantes’ (en sus dos versiones) estuviera influenciada por aquel mal recuerdo, se sigue manteniendo que otras obras suyas como ‘La astucia simétrica’, ‘La invención de la vida’, ‘Homenaje a Mack Sennett’ o ‘La filosofía en el dormitorio’, podrían haberlo estado también.




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Escultura

David

El David de Bernini: el instante en que el tiempo se detiene

El momento previo al cambio

¿Qué sucede cuando el tiempo se congela justo antes de que todo cambie? Ese instante casi imperceptible en el que el futuro aún no está escrito y cualquier cosa puede ocurrir. Un segundo cargado de expectativa, de tensión contenida, de energía a punto de liberarse.

Detente y obsérvalo. El David de Gian Lorenzo Bernini no está posando para la gloria ni celebrando una victoria. Está a punto de lanzar la piedra. No vemos al héroe triunfante ni al gigante derrotado, sino el momento decisivo: el instante en que todo puede suceder.

Cada músculo en tensión, cada torsión del torso, cada mirada concentrada transmite dramatismo y emoción. El cuerpo no descansa: se prepara, se anticipa, se dispone a estallar. Bernini logra algo extraordinario: una escultura que no solo ocupa el espacio, sino que apropia el tiempo.

La historia de David y Goliat

El relato bíblico de David y Goliat, en el Primer Libro de Samuel, narra el enfrentamiento entre israelitas y filisteos. Para evitar una guerra masiva, ambos bandos acuerdan un combate singular. El campeón filisteo es Goliat, un gigante armado y temido, que durante cuarenta días desafía al ejército de Israel sin que nadie se atreva a enfrentarlo.

David, un joven pastor que llega al campamento solo para llevar provisiones, decide actuar. Rechaza la armadura del rey y elige luchar con lo que domina: una honda y cinco piedras lisas del río. Frente a la fuerza bruta de Goliat, David representa astucia, agilidad y determinación.

Bernini no escoge mostrar la victoria ni la caída del gigante. Su elección es el instante previo, cuando el coraje y el miedo conviven, y la historia aún está por decidirse. Esa es la esencia barroca: no el resultado, sino la tensión máxima.

Roma en el siglo XVII: el escenario del Barroco

A comienzos del siglo XVII, Roma era el epicentro del poder, la cultura y la religión en Europa. Tras la Reforma protestante, la Iglesia necesitaba un arte que emocionara y convenciera, capaz de hablar al corazón más que a la mente.

Surge el Barroco: dramático, teatral y lleno de movimiento. Pintura, escultura y arquitectura se integraban para crear experiencias sensoriales. Cada iglesia, plaza o palacio funcionaba como escenario, y el espectador era parte de la obra.

En ese contexto, Bernini encontró el espacio perfecto para transformar la escultura en narrativa viva y llevar el drama a niveles inéditos.

Gian Lorenzo Bernini: el genio del Barroco

Nacido en Nápoles en 1598, Bernini se formó en Roma y pronto conquistó la admiración de papas y mecenas. Fue escultor, arquitecto, pintor y escenógrafo, y concebía el arte como espectáculo total, donde cada gesto tenía un propósito dramático.

Mientras los artistas renacentistas buscaban calma y perfección idealizada, Bernini perseguía emoción, tensión y movimiento. Sus esculturas no posan: viven, respiran y nos hacen sentir la historia que representan. Su David es el ejemplo perfecto de esta filosofía.

El David de Bernini: anatomía, acción y emoción

Composición y movimiento

Bernini rompe con la tradición renacentista mostrando un David en plena acción. Su torso se tuerce, las piernas se separan para equilibrar la tensión y los brazos se preparan para lanzar la piedra. Todo el cuerpo está cargado de energía contenida.

Expresión y psicología

El rostro refleja concentración absoluta. Los ojos se fijan en el enemigo invisible, la mandíbula se tensa. David no es un héroe idealizado, sino un joven enfrentando miedo y responsabilidad. La escultura se convierte en narrativa psicológica.

Anatomía y realismo

Cada músculo, vena y tendón transmite tensión y realismo. El mármol parece carne viva, y el espectador puede sentir la energía antes del movimiento.

La honda y la narrativa visual

La honda no es un simple objeto: marca el instante del lanzamiento y guía la mirada del espectador a lo largo de la escena.

Luz, sombra y dramatismo

Las curvas y torsiones interactúan con la luz natural, creando sombras que intensifican la fuerza y el dinamismo. Bernini entendía la escultura como experiencia sensorial, no solo forma.

Comparación con otros David: Donatello y Miguel Ángel

  • Donatello (siglo XV): joven elegante y victorioso; transmite gracia y serenidad.
  • Miguel Ángel (siglo XVI): monumental y pensativo; tensión mental, no física.
  • Bernini (siglo XVII): acción, emoción y tensión contenida; el espectador vive la historia en tiempo real.

Donatello ofrece gracia, Miguel Ángel perfección, Bernini movimiento y dramatismo.

La Galería Borghese: el escenario perfecto

El David se encuentra en la Galería Borghese de Roma, una villa diseñada para combinar arte, arquitectura y decoración. Las salas, la luz y la disposición de las obras invitan al visitante a rodear y contemplar las esculturas desde todos los ángulos, convirtiendo la visita en una experiencia barroca completa.

Impacto y revolución del Barroco

El David de Bernini transformó la escultura para siempre: introdujo movimiento real, emoción contenida y narrativa visual, cambiando la experiencia del espectador de contemplativa a sensorial. Su influencia se extendió por toda Europa, redefiniendo lo que una escultura podía transmitir.

Conclusión: más allá del mármol

El David de Bernini no es solo mármol: es acción, emoción y narrativa congeladas en el tiempo. Cada torsión y cada gesto nos recuerda que la genialidad consiste en capturar lo efímero y hacerlo eterno.

La próxima vez que observes una escultura, pregúntate: ¿está posando o está viviendo? Esa es la esencia del Barroco y el poder de Bernini.




BIBLIOGRAFÍA

  • HERRMANN FIORE, Kristina: “Guía de la Galleria Borghese”. Roma, 1997.
  • BIBLIA VIDA. DAVID Y GOLIAT, HISTORIA DE LA BIBLIA.
  • LA GUÍA DE HISTORIA DEL ARTE
  • GALLERIA BORGHESE
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Arquitectura Debates

Valle de los Caídos o de Cuelgamuros

COMENTARIO HISTÓRICO-ARTÍSTICO DEL VALLE DE LOS CAÍDOS

INTRODUCCIÓN

El preámbulo que viene a continuación seguramente les parezca a muchos una perogrullada, y probablemente así sea en verdad, mas los tiempos que corren en el mundo en general, las regiones hispanohablantes en particular y esta tierra llamada España en concreto, nos obligan a comenzar como vais a leer. Conforme pasan los días, los medios de comunicación dan una cada vez más desoladora imagen de la realidad en que se está convirtiendo nuestro país, y ciertos sectores ideológicos, en vez de dejar de lado sus discrepancias y aunar fuerzas para que el pueblo español permanezca unido, parecen querer justo lo contrario: seguir ahondando en la brecha de las dos Españas que se abrió con la Guerra civil (1936-1939).

En medio del mar de la democracia, agitado por tan peligrosas olas como pueden ser los casos de corrupción que ahogan al Gobierno socialista, que aun así se sigue aferrando al poder con uñas y dientes; el problema de la vivienda, que se ha convertido en un lujo que frustra los planes de futuro de las jóvenes generaciones; o la negativa de admitir responsabilidades que a ojos de la ciudadanía parecen claras, pero que los políticos evaden con el argumento del “y tú más” para intentar desprestigiar y hundir a la oposición, ¿cómo no va a generar polémica el que se erige como máximo símbolo en pie de la dictadura franquista, el Valle de los Caídos?

Solo estamos diciendo verdades respaldadas por fuentes de primer orden que se sustentan en profundas investigaciones realizadas por personal cualificado para ello; aquí no hay bulo alguno, aunque el discurso oficial se tergiverse en beneficio de los intereses del partido gobernante. Es inconcebible en el ámbito de las humanidades, al que pertenece la Historia del Arte que profesamos, no revisar bien las fuentes que consultamos, así como no cotejarlas debidamente con otras para obtener de la debida lectura, reflexión y extracción de ideas una serie de conclusiones que os exponemos en este blog con el mayor rigor que cabe en nuestro gremio. Bien es sabido que a veces, por falta de pruebas materiales o de testimonios fehacientes, resulta imposible dilucidar toda la verdad, pero en este contexto solo hace falta un poco de sentido común para percatarse de que las cosas no van bien.

El presente artículo trata una obra delicada, testimonio de una época oscura, como fue el franquismo, donde la censura coartaba toda aspiración a tener libertad de prensa, donde la represión contra los opositores al régimen del caudillo se castigaba severamente, en el peor de los casos, con el fusilamiento; donde el pueblo estaba subordinado a las órdenes megalómanas de una sola persona; donde, en definitiva, expresarse sin tapujos podía acarrearte problemas muy serios tanto a ti como a tu familia. Por otro lado, hubo también luces en la dictadura, le pese a quien le pese, y es que, de no ser por el mercado laboral de entonces y el despegue económico del país a partir del desarrollismo de los años 50, muchas familias no habrían podido pagar la casa que sigue cobijando a sus hijos.

Dicho lo cual, vamos a mantener en todo momento la neutralidad que nos caracteriza, el rigor analítico que mostramos en cada artículo que horneamos y la clara exposición del material que tenemos entre manos. Aquí no hay ideología que valga, solo la verdad, que no es buena ni mala, es, simplemente, la verdad. Podrán gustaros más o menos ciertos aspectos del relato, pero este, en ningún caso, va a albergar juicios de valor ni se va a encontrar sesgado por una opinión política determinada: se va a hablar de arquitectura, de escultura y de todo el proceso de planificación y construcción que hubo detrás del Valle de los Caídos.

CONTEXTO HISTÓRICO-ARTÍSTICO

Corría el año 1940, España estaba limpiándose la sangre dejada por la Guerra civil, reconstruyéndose tras los desastres producidos por ambos bandos y allanando el camino a una lenta cicatrización que, por desgracia, ha dado paso a una reapertura de viejas heridas en el panorama actual. Tenía entonces en su mente Francisco Franco Bahamonde erigir un monumento que diera sepultura y reconocimiento a todos aquellos que dieron su vida por la causa nacional, no fue hasta 1958 en que se permitió también enterrar en ese espacio a los muertos por la causa de la Segunda República, ello mientras fueran católicos. Lo que nadie sabía entonces, salvo él mismo, obviamente, era que ese sueño arquitectónico encerraba un interés personal que, a la larga, se demostró que era el principal: hacer del Valle de los Caídos su propia tumba, como hicieran los faraones con las pirámides.

Ignacio Zuloaga, Retrato de Franco, 1940. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

Quizás las fotografías no permitan tener una imagen certera del colosalismo de la obra franquista, pero, hacedme caso, llamarla empresa faraónica no es ninguna metáfora, tanto por las enormes dimensiones con que quiso el dictador ver materializado su ensueño como por el hecho de que se tardaron diecinueve años en llevarlo a término (1940-1959), y precisamente las grandes pirámides de Guiza tardaron también un par de décadas en ser levantadas, puesto que debían estar listas antes de que el faraón muriese para tener la certeza de que su cuerpo fuera dignamente inmortalizado. Obras así requieren trámites logísticos de gran envergadura, así como gran cantidad de fondos, personal obrero, y, por supuesto, un paraje idóneo.

Franco estuvo presente de inicio a fin en la toma de decisiones que fueron moldeando el aspecto de ese ensueño llamado Valle de los Caídos, y si él no daba el visto bueno en algún punto del proceso, debían adoptarse otras soluciones hasta que el caudillo quedara satisfecho. La primera de ellas fue la elección del lugar, a la que dedicó ávidos esfuerzos hasta dar con los románticos paisajes de la Sierra de Guadarrama, aquella que separa Madrid de Segovia, y más concretamente puso su ojo en la geografía del Valle de Cuelgamuros, en el que se enclava el llamado Risco de la Nava, elevación a 1390 metros sobre el nivel del mar que fue la elegida por Franco como lugar donde materializar sus ensoñaciones.

Situación del Valle de los Caídos en el Valle de Cuelgamuros de la Sierra de Guadarrama. Wikimedia Commons

Este valle se localiza en el término municipal de San Lorenzo de El Escorial, donde se alza el famoso monasterio de tiempos del rey Felipe II diseñado por Juan de Herrera, un edificio que, debido al glorioso tiempo de la Monarquía Hispánica que evoca, constituyó un fuerte modelo de inspiración para la arquitectura española de las primeras décadas del franquismo, y precisamente el Valle de los Caídos emula, además de su condición simultánea de basílica y panteón, sus aspiraciones de singularidad y perdurabilidad (SAGUAR, 2005, p. 766), en una clara estrategia de convertirse en un “nuevo monumento dinástico” (SOLÉ y LÓPEZ, 2019, p. 305). Por Decreto de 1 de abril de 1940, un año después de concluida la guerra, con tono épico y patriótico manifestaba Franco el inicio de su empresa:

La dimensión de nuestra Cruzada, los heroicos sacrificios que la victoria encierra y la trascendencia que ha tenido para el futuro de España esta epopeya, no pueden quedar perpetuados por los sencillos monumentos con los que suelen conmemorarse en villas y ciudades los hechos salientes de nuestra Historia y los episodios gloriosos de sus hijos.

Es necesario que las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido, y que constituyan lugar de meditación y de reposo en que las generaciones futuras rindan tributo de admiración a los que les legaron una España mejor.

A estos fines responde la elección de un lugar retirado donde se levante el templo grandioso de nuestros muertos que, por los siglos, se ruegue por los que cayeron en el camino de Dios y de la Patria. Lugar perenne de peregrinación, en que lo grandioso de la naturaleza ponga un digno marco al campo en que reposan los héroes y mártires de la Cruzada. (DECRETO…, 1940)

Queda claro, por tanto, que el Vallefue concebido como monumento en loor a la victoria militar del bando nacional durante la Guerra civil española, y puede verse, a su vez, que no hay rastro de la intencionalidad del Generalísimo de hacerse enterrar aquí. Por ello, en el artículo tercero de ese mismo decreto se establece el nombramiento de una comisión para finalizar la obra “en el menor plazo”, la cual no se constituiría hasta la promulgación de otro decreto, a fecha de 31 de junio de 1941, con que se crea el Consejo de las Obras del Monumento Nacional a los Caídos. Un nuevo decreto, esta vez del 31 de diciembre de 1941, pone en marcha de forma paralela la repoblación del patrimonio forestal de Cuelgamuros.

Tamaña labor constructiva requería de un arquitecto a la altura, precedido de una experiencia demostrable que avalara su buena fama y que fuera capaz de plasmar primero sobre el dibujo y luego sobre el terreno las ambiciones megalómanas de don Francisco Franco. La secreta pasión arquitectónica del caudillo halló la respuesta a su dilema, tras dos fructíferas horas de conversación (DE LA VEGA, 2015, p. 208), en la figura del vasco Pedro Muguruza Otaño (1893-1952), un artista del plano con altas dotes dibujísticas que ha quedado oscurecido hasta fechas bastante recientes por haberse ligado su trayectoria únicamente al Valle de los Caídos.

Debemos esclarecer, en primer lugar, que la etapa de posguerra de Muguruza, aquella en que se convirtió en el “arquitecto del franquismo”, en verdad solo supuso el final de su carrera, él llevaba ejerciendo como profesional desde que se titulara en 1916 y obtuviera la cátedra en 1920, es decir, más de veinte años; el monumento de Cuelgamuros no supuso ni una década de su periplo, como vamos a ver. En este sentido entra también la crítica hacia su apego por la tradición y el historicismo, en lugar de una firme adhesión a los postulados de la arquitectura moderna, descalificación absurda si no se tiene en cuenta que en el contexto de entonces el clasicismo académico imperaba en el “panorama generacional”, por lo que era, ciertamente, un “prototipo de su tiempo” (BUSTOS, 2015, p. 27).

Además de su marcada destreza en el dibujo, reconocida por los propios maestros de la Escuela de Arquitectura, a Muguruza le precedía un corpus de obras previo a la construcción del Valle de los Caídos, una de los más reseñables y conocidas el Palacio de la Prensa de la Gran Vía madrileña, frente al que años más tarde se levantaría el Edificio Carrión, al que dediqué un artículo como colaborador poco antes de entrar al equipo de redacción de este blog. Así mismo, cosechaba desde su posición en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando una notoria experiencia como arquitecto restaurador, lo que le llevó a moverse por lenguajes y estilos del pasado que, en buena medida, determinaron su inclinación ecléctica (BUSTOS, 2015, p. 29), así como la influyente batuta de maestros como Antonio Palacios.

La Gran Vía de Madrid: a la izquierda, Edificio Capitol (antiguo Edificio Carrión); a la derecha, el Palacio de la Prensa de Pedro Muguruza. Wikimedia Commons

Catedrático de arquitectura, académico de la RABASF desde 1934 y artífice de toda clase de tipologías, desde mercados hasta proyectos urbanísticos, en verdad no fue hasta 1937 en que manifestó su filiación al bando sublevado (BUSTOS, 2015, p. 40), pudiendo afirmar que ya en 1938 era el arquitecto público del régimen, un “político arquitecto” (IRISARRI, 2015, p. 218) que estaba dando forma a la imagen del incipiente franquismo. Terminada la contienda, Muguruza dirigió las jornadas de la Asamblea Nacional de Arquitectos de Madrid, fue nombrado poco después director de la recién creada Dirección General de Arquitectura, y bajo este cargo marcó tres líneas a seguir: reconstruir el país, buscar una arquitectura nacional y mejorar la vivienda humilde y el urbanismo (BUSTOS, 2015, pp. 41-42).

No hemos de confundir la búsqueda de una arquitectura nacional con la idea errónea de que Muguruza y la Dirección General de Arquitectura aspiraban a conseguir un estilo nacional, la propia trayectoria del donostiarra nos habla a las claras de un artista que siempre apostó por la diversidad y la riqueza (BUSTOS, 2015, p. 42), que echa mano de varios estilos sin decantarse preferentemente por uno, él los va adoptando en cada proyecto según los intereses del cliente, sus circunstancias particulares y los valores que se quieran proyectar. Que muchos de estos proyectos encontraran su origen y fin en el dibujo que tan bien dominaba ha llevado a críticos a cuestionar seriamente la capacidad del academicismo de dar solución a problemas reales, y en ese sentido, la Dirección General de Arquitectura fracasó a la hora de representar al Estado (BALDELLOU y CAPITEL, 1998, pp. 362-363).

Sin embargo, así estaban las cosas para la arquitectura de posguerra, ya que el régimen totalitario del caudillo condenó la arquitectura moderna por ser el lenguaje que utilizó la enemiga república, y abrazó el historicismo de la Academia como símbolo de la España “grande y libre” y del nuevo orden (BALDELLOU y CAPITEL, 1998, p. 357). La Guerra civil se cobró demasiadas vidas, frustró otros tantos sueños de futuro y destruyó al pueblo español en todos los sentidos, pero en materia arquitectónica no se dio una brecha siquiera semejante, porque, como hemos visto con Muguruza, quienes tenían su estudio antes de la contienda continuaron trabajando en la posguerra, bien en su España natal o en el exilio por haber apoyado a los rojos, por lo que hay aquí más continuidad que ruptura (BALDELLOU y CAPITEL, 1998, p. 359).

En cualquier caso, no se puede negar, ni mucho menos, que Muguruza aspiró desde 1937 a convertirse en “la voz de Franco sobre la arquitectura” (DE LA VEGA, 2015, p. 213), y es verdad que el Valle a los Caídos es el culmen de su particular visión historicista y escenográfica de la disciplina, pero cuando falleció en 1952 el sueño del caudillo seguía sin estar terminado, es más, la parálisis que llevó a Muguruza a la tumba prematuramente lo obligó a abandonar la dirección de las obras en 1949. Tres años antes, había hecho lo mismo en la Dirección General de Arquitectura, cuya renuncia se debió al descontento que le produjo el exceso de burocracia y la falta constante de fondos para cumplir los objetivos marcados (IRISARRI, 2015, p. 224), abiertamente denunciada en la carta de dimisión que dirigió al ministro de la Gobernación, órgano del que dependía la dirección.

ANÁLISIS COMPOSITIVO Y FORMAL

EL PAISAJE DE CUELGAMUROS Y SU PROCESO CONSTRUCTIVO

Entorno natural del Valle de Cuelgamuros. Wikimedia Commons

En el Valle de los Caídos se funden, de una forma muy clara, poder e imagen arquitectónica, binomio que siempre ha estado presente en los programas de proyección pública de los totalitarismos (DE LA VEGA, 2015, p. 208); huelga decir que, en los primeros años de dictadura, Franco tomó buena nota de los modelos del fascismo italiano y la Alemania nazi, además de mantener activos contactos con sus líderes, ello hasta que en 1945 ganaran los aliados la Segunda Guerra Mundial. Ahora bien, Cuelgamuros no es solo el Valle de los Caídos, sino también su patrimonio natural, extendido por un total de 1365 hectáreas que encuadran una reserva ecológica y biológica debidamente protegida por el marco legal.

La belleza de la naturaleza de este enclave guadarrameño fue el que movió a Felipe II a ubicar aquí su fastuoso monasterio escurialense, estandarte del pasado imperial español al que quería conectar simbólicamente Franco la imagen de su poder; situar en este mismo término ese delirio de grandeza que fue el monumento a los caídos, desde luego, fue una declaración de intenciones en toda regla. La diferencia ecológica entre los contextos de ambos gobernantes es que Felipe II vio laderas de piedra desnudas que el caudillo, por el decreto mencionado anteriormente, dio orden de repoblar con frondosos pinares (CHÍAS, 2015, p. 168).

Si el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial supuso un primer jalón histórico en la resignificación de este entorno natural al noroeste de la Comunidad de Madrid, en las lindes con Segovia, el Valle de los Caídos nos ha legado una controvertida imagen de megalomanía totalitaria que, actualmente, sigue siendo lancinante para muchos. A ello cabe añadir el proceso constructivo, que añade otra capa de intenso debate al asunto, ya que parte del ensueño franquista fue erigido por presos republicanos.

Conservamos numerosos testimonios de quienes ejercieron como mano de obra en aquella monumental empresa, todos ellos de gran interés y una parte de los cuales se halla recogida en el libro La verdadera historia del Valle de los Caídos de Daniel Sueiro, publicado por primera vez en 1976. Las labores desempeñadas eran muy exigentes a nivel físico, mas la mayoría de los encarcelados pidió voluntariamente el traslado, ya que así podían reducir su condena, y quienes no rendían en el puesto eran devueltos a sus celdas. Este es el denominado sistema de redención de penas por el trabajo, para la mayoría una forma de trabajos forzados amparada por la ley que, paradójicamente, siguió vigente durante dos décadas de democracia hasta su derogación en el Código Penal de 1995 (TÉBAR, 2021).

Bajo la óptica del franquismo, este sistema planteaba dos grandes ventajas: por un lado, obtener mano de obra abundante y muy barata, y, por otro, daba resolución al problema penitenciario del abarrotamiento de las cárceles, en las que ingresaron cientos de miles de presos republicanos a los que, obviamente, había que alojar y alimentar (CHÍAS, 2015, p. 170). Salvo que fueras condenado a muerte, generalmente por fusilamiento, la pena máxima de prisión, que eran treinta años, podía ser rebajada si solicitabas laborar en un destacamento de obra pública.

Pero no toda la plantilla que labró con sus manos el Valle de los Caídos venía del ámbito carcelario, también se contó con numerosos obreros libres que querían ganarse la vida poniendo sus manos al servicio directo del Generalísimo, es más, con la eliminación de la mano de obra presidiaria en 1950 aquellos fueron los que, por tanto, llevaron adelante el proceso constructivo. Durante el tiempo que duraron las obras, los ciudadanos libres residían en casas construidas al uso y los reclusos permanecían vigilados en barracones, y a diferencia de otros destacamentos, donde se documentan entornos más próximos al campo de concentración, como el destinado a la construcción de la presa del embalse de Buitrago del Lozoya, quienes vivieron en Cuelgamuros, dentro de lo difícil de su situación, respiraban aire fresco, podían ver el Sol e, incluso, pasar tiempo con sus familias.

Transeúntes del día a día compartían horas de trabajo y, cuando era posible, de ocio, junto a políticos republicanos que, sobre el terreno del valle guadarrameño, trabajaban incansablemente para rebajar su condena por cada jornada que rendían, solo así podían recuperar la condición libre de que el régimen les había privado; otros tantos no corrieron igual suerte, pues se les privó de algo más importante, de la vida. La historia no termina aquí, ya que, una vez cumplida la pena, muchos de los antiguos convictos decidieron seguir desempeñando las funciones que tenían adjudicadas en alguno de los destacamentos de Cuelgamuros, bien por mantener un trabajo para ganarse la vida, bien porque, fuera del Risco de la Nava, nada les quedaba, ni amigos ni familiares a los que acudir, ni casa a la que regresar.

En resumen, el Valle de los Caídos no solo resignificó para siempre un enclave de deliciosa belleza natural a través de una colosal estructura cargada de simbolismo heroico, furor patriótico y narcisismo totalitarista, sino que Cuelgamuros fue un lugar lleno de vida, un núcleo poblacional en ciernes que fue creciendo progresivamente hasta terminar su andadura con la inauguración de la obra en 1959. Las fuentes primarias nos describen un pueblo con casas, barracones, una escuela, una iglesia, una enfermería para atender heridos, asistir partos, inyectar vacunas… hasta un campo de fútbol donde jugaban tanto equipos de libres como de prisioneros. En definitiva, era una alternativa mucho más preferible frente al ambiente húmedo, tenebroso y claustrofóbico de la celda penitenciaria.

Aún con todo, se dieron casos de fugas en los destacamentos penales de Cuelgamuros, la más conocida de todas la que protagonizaron en el verano de 1948 los presidiarios Nicolás Sánchez Albornoz y Manuel Lamana, este último escritor que dejó por escrito aquel borrón en el historial del franquismo en la novela Otros hombres de 1956, que fue, a su vez, llevada a la gran pantalla en forma de largometraje por el cineasta Fernando Colomo en 1998 bajo el título de Los años bárbaros. Quitando contadas excepciones como esta, la realidad es que, puestos a elegir, era preferible dejarse las manos en trabajos duros que arriesgarse a ser capturado durante una huida, devuelto a prisión y, con ello, perder la oportunidad de restar años a su calvario.

EL ACCESO

Cuando Muguruza recibe de Franco el encargo oficial de asumir la dirección de las obras del Valle de los Caídos, cosechaba una crucial experiencia en el ámbito del monumento conmemorativo, tipología en la que brillaría más que en ninguna otra su marcado sentido escenográfico de la arquitectura. Fuera en el espacio público de la ciudad o en medio de la naturaleza, el donostiarra estudiaba a fondo el entorno de cada lugar donde iba a proyectar su obra, teniendo siempre en mente una estrecha compenetración entre arquitectura y escultura, y no tanto una supeditación de la segunda a la primera (GONZÁLEZ-VARAS, 2015, p. 83), como lo demuestran sus diversos monumentos al Sagrado Corazón de Jesús.

El Valle de los Caídos, por sus dimensiones, la integración en un entorno natural y los valores bajo los que fue concebido entra en la categoría específica de lugar de memoria, así descrita por el profesor y catedrático de Historia del Arte Ignacio González-Varas Ibáñez:

[…] intervenciones en las que elementos escultóricos y arquitectónicos culminan en elaborados proyectos de carácter paisajístico que funden la sublimidad de la naturaleza, con perspectivas escenográficas ascensionalmente proyectadas hacia el infinito, con el vacío metafísico de vastas plazas y explanadas, recursos todos ellos puestos al servicio de la perpetuación de la memoria, ideas que, no cabe duda, adquirían unas especiales connotaciones representativas y simbólicas como “proyectos de régimen”. (GONZÁLEZ-VARAS, 2015, p. 85).

El Valle de los Caídos, un lugar de memoria de aires metafísicos que, en soledad, evoca los enigmáticos espacios de Giorgio de Chirico. Wikimedia Commons

No es difícil imaginarse la explanada que hace de atrio a la basílica rupestre vaciada de personas, quienes acuden a visitar el monumento cada año casi son cada vez menos, así que, en una visita programada a esta titánica tumba de la Sierra de Guadarrama, uno puede evocar los enigmáticos e infinitos espacios metafísicos de la pintura de Giorgio de Chirico que parecen leerse entre líneas en la cita de González-Varas. Las extensiones ad infinitum, concebidas como triunfal plataforma para los pomposos desfiles del régimen, es algo que también puede apreciarse en los otros dos grandes proyectos de Muguruza de “lugares de memoria” para Paracuellos del Jarama y el Cerro de los Ángeles de Getafe, todos ellos monumentos que, igual que el de El Escorial, jamás se terminaron según los planos originales del maestro (GONZÁLEZ-VARAS, 2015, p. 86).

En lo referido a ese “camino de peregrinación” que conduce hacia el Valle de los Caídos, su inicio lo custodian cuatro grandes monolitos de granito labrados en el siglo XVI en las canteras toledanas de Orgaz, desde donde se trajeron hacia Cuelgamuros entre 1949-1953; se les llama “juanelos” en honor a que es posible que su truncado destino original fuera un artilugio mecánico del ingeniero Juanelo Turriano (SANCHO, 2018, pp. 15-16). A su derecha se abre el Vía Crucis, para el que Muguruza diseñó un total de catorce estaciones de las que, en último término, solo llegaron a ver la luz cinco, capillas que constituyen una orgánica simbiosis entre arquitectura y naturaleza, así como encuadres en lontananza del coloso pétreo.

Los cuatro “juanelos”, presidiendo el acceso al “camino de peregrinación” hacia el santuario de los caídos. SANCHO, 2018, p. 17

Terminado el Calvario, el viajero descansa antes de seguir ascendiendo a la explanada a la pata la llana, rematando así su día de pierna. Tras una escalinata frontal de cien metros de anchura, aguarda la enorme plaza de 30600 m2, que fue nivelada con el material extraído de la cripta a medida que se avanzaba en su horadación. Lo que de lejos parecía una modesta crucecita alpestre adquiere ahora a nuestros ojos unas dimensiones sobrecogedoras que pillan por sorpresa al exhausto caminante, aunando en un aparente oxímoron la sublime impresión de un hito que, por su simbolismo, valor memorístico y tamaño marca una separación con el espectador, y, a la vez, un emotivo vínculo de empatía (GONZÁLEZ-VARAS, 2015, p. 93) al evocar el pasado de la nación española y guardar silencio por quienes yacen aquí.

Explanada del Valle de los Caídos hacia el paraje natural; las reminiscencias a Chirico son incluso más claras aquí. Wikimedia Commons

Llegados a este punto, debemos ya introducir el nombre del segundo y verdadero arquitecto que modeló la imagen definitiva del Valle de los Caídos: Diego Méndez González. Madrileño de nacimiento, discípulo de Pedro Muguruza y, al igual que su mentor, dedicado no solo a arquitectura ex novo, sino también implicado en numerosas restauraciones, Méndez fue nombrado en 1950 nuevo director de las obras de Cuelgamuros tras ganar el concurso de la cruz que tanto preocupaba a Franco, convirtiéndose en su arquitecto de cabecera en sustitución del cada vez más enfermo Muguruza, postrado en cama y fallecido, como dijimos, en 1952.

Se sabe por varios testimonios, el más destacado el dado por el hermano de Muguruza, José María, que, más allá de las discrepancias entre discípulo y maestro que llevaron al primero a alterar significativamente trazados, dimensiones e ideas, muchas veces a instancias del propio caudillo, a nivel humanitario Méndez dejaba bastante que desear, pues cometió ante el legado de los planos, dibujos y escritos, textualmente, “una falta de respeto” y un acto “de mal gusto”, “intolerable”, ya que Pedro Muguruza, tan cerca de la tumba como estaba, era incapaz de defenderse. Por tanto, si bien la idea general de “lugar de memoria” proyectada por el vasco se mantuvo, el resultado final de haber seguido vivo hasta la inauguración del monumento hubiera sido seguramente muy distinto al que diseñó Méndez.

En este sentido, para cuando Muguruza dejó la dirección de obras en 1949, la explanada estaba muy avanzada, si bien tuvo que desistir a su plan inicial de materializar en este sector un lago cruciforme que reflejara especularmente la futura cruz del valle, al igual que se proyectan los palacios nazaríes de la Alhambra granadina en las cristalinas aguas de las acequias. El acceso a la basílica excavada en la roca lo preside una exedra consistente en dos alas, presididas por pilonos con los escudos del águila imperial, que se curvan hacia la entrada en forma de galerías abiertas al exterior con arcos de medio punto enmarcados por robustas pilastras unidas por la parte superior por un dintel corrido. La estructura en hemiciclo fue idea de Muguruza, convertirlo en una galería porticada con reminiscencias de la Plaza de San Pedro de Bernini fue producto de Méndez (SANCHO, 2018, p. 20).

Exedra de acceso y segunda escalinata frontal del Valle de los Caídos. Wikimedia Commons

Una nueva escalinata frontal de gran anchura lleva los pies del viajero a la puerta de entrada a la basílica, otro arco de medio punto, resaltado mediante sillares almohadillados y cerrado por imponentes puertas de bronce de 10,5 metros de altura ornadas con escenas de los misterios del Rosario, obra del escultor Fernando Cruz Solís. Otro escultor, en el ahondaremos, Juan de Ávalos, desempeñó una labor todavía más significativa en el Valle de los Caídos, pues, para empezar, de su mano salió la Piedad que corona el vano de acceso, grupo que, al igual que sus aún más grandilocuentes figuras de la base de la cruz, denota un estilo a caballo entre el realismo figurativo y el idealismo alegórico (GONZÁLEZ-VARAS, 2015, p. 92).

Puerta de bronce que da paso a la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Wikimedia Commons

LA BASÍLICA DE LA SANTA CRUZ

La Cripta del Valle de los Caídos, elevada al rango de Basílica Menor por el Papa Juan XXIII en 1960, es el punto focal del desquiciante ensueño de Franco, y ello queda demostrado de forma bastante clara en las palabras que pronunció al visitar la modesta obra de once metros de altura y anchura que había pensado Muguruza: “A esto le faltan dimensiones. Esto da la sensación de que entramos en un túnel”. Atendiendo a los deseos de grandeza del caudillo, Méndez rediseñó el espacio basilical para duplicar sus medidas, resultando finalmente una iglesia de veintidós metros de alto y ancho, y una longitud total de 262 metros de los pies a la cabecera.

Se trata de un templo con planta de cruz latina con una sola nave, precedida de vestíbulo, atrio y un sector intermedio entre este y la propia nave, la cual está a su vez flanqueada por capillas laterales y cubierta por una bóveda de cañón de hormigón sobre arcos fajones, ello frente a la idea original de Muguruza de labrar el abovedamiento en la roca natural, planteamiento desechado por los peligros estructurales que entrañaba. Terminada la nave en 1954, se comienza entonces la construcción del crucero, que cuenta con sendas capillas en sus brazos. Finalmente, la cabecera se reserva al coro.

Planta de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. SANCHO, 2018, p. 61

Las reminiscencias de este hipogeo con el Templo de Hatshepsut en Deir el-Bahari han sido ampliamente señaladas por la historiografía, mas las influencias próximas hemos de hallarlas en las ermitas rupestres españolas, una de las formas más primitivas de este tipo de edificios (MUÑOZ, 2015, p. 189). Más concretamente, la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos tiene ecos de la Santa Cueva de Covadonga, no solo por el marcado carácter telúrico de ambas construcciones, sino también por el hecho de responder a momentos históricos de exaltación religiosa y patriótica, como son la Batalla de Covadonga, en la que don Pelayo venció a las tropas musulmanas, y la Guerra civil, “epopeya” que culminó con la derrota del “comunismo”. Así, Pelayo y Franco fueron caudillos de una “Reconquista” que suscitó hondas comparaciones en la literatura de la época (SAGUAR, 2005, p. 768).

Vista interior de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos hacia la cabecera. Página web oficial de la Abadía Santa Cruz

Hecho el análisis genérico, vamos ahora a proceder a comentar paulatinamente los elementos de artes figurativas con que se decoran, ambientan y singularizan los diferentes espacios. Siguiendo un orden lineal que nos lleve de los pies a la cabecera, empezamos por el pequeño espacio que une el atrio con la nave, puesto que el vestíbulo y el propio atrio son, sobre todo, lugares de recepción apenas ornamentados. Este tramo intermedio da paso a la longitudinal nave a través de una exquisita reja de hierro negro diseñada por José Espinós Alonso, donde sobresalen sus cuatro machones, completamente cuajados de figuras de santos, así como el remate, con símbolos militares cuyo epicentro es Santiago ecuestre.

Reja que da acceso al espacio de la nave basilical, diseñada por José Espinós Alonso. SANCHO, 2018, p. 25

El tránsito por la nave va a llenar nuestros ojos de toda clase de imágenes, en especial las de las seis capillas que se distribuyen de a tres por cada lado del corredor. Antes de fijarnos en ellas, detengámonos un poco en los tapices del Apocalipsis que fueron colocados en los tramos murarios que separan unas de otras: son ocho piezas de arte textil que, originalmente, eran las que el propio Felipe II mandó confeccionar al tejedor Willem de Pannemaker en Bruselas, traídas a Madrid en 1562, mas hoy esas piezas son parte de la colección del Museo de Tapices del Palacio Real de La Granja de San Ildefonso, a donde se trasladaron debido a la peligrosa humedad del recinto basilical, donde ahora vemos copias urdidas entre 1966-1975 con una calidad que no desmerece en nada a aquellos (SANCHO, 2018, p. 28).

Ya dedicado el tiempo suficiente a contemplar las tramas y urdimbres de los tapices desde la escena inicial de “San Juan en Patmos” hasta la final acerca del “Triunfo de la Iglesia sobre el Demonio”, hemos de gestionar otra parte importante del mismo para desentrañar la belleza de las seis capillas, consagradas a diferentes advocaciones la Virgen: la Inmaculada, la Virgen de África, la Virgen del Carmen, la Virgen de la Merced, la Virgen de Loreto y la Virgen del Pilar. Desde la propia nave, todas estas consagraciones marianas quedan perfectamente identificadas por grandes relieves sobre el ingreso, esculpidos por artistas como Carlos Ferreira o Ramón Mateu. Por su parte, los trípticos, retablos, frontales y esculturas que constituyen el aparato ornamental de estas capillas fueron obra de la familia Lapayese.

Capillas laterales de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos: a la izquierda, Capilla de la Virgen del Carmen; a la derecha, Capilla de la Virgen del Pilar. Wikimedia Commons

Un último tramo de nave nos separa del crucero, uno destinado a una serie de ocho figuras alegóricas de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, obra de los escultores Luis Sanguino y Antonio Martín, que proyectaron una imagen de fortaleza en sus robustos volúmenes anatómicos, cuyas pulidas superficies contrastan con la rugosidad y aspereza de los paños que cubren los cuerpos. Este pequeño ámbito conduce nuestra mirada al altar de granito, cuyos frontales los recorren escenas relivarias en metal de José Espinós (el autor de la reja) que representan el Santo Entierro y la Última Cena, ambas flanqueadas por los evangelistas del Tetramorfos. Sobre la misma piedra del altar se erige un Cristo crucificado labrado por Julio Beovide, policromado por el reputado pintor Ignacio Zuloaga y simbólicamente alineado, en un “eje cósmico”, con la gran cruz sobre el risco (SAGUAR, 2005, p. 779).

Es así como nos posicionamos de lleno en el crucero de la Basílica de la Santa Cruz, planificado íntegramente por Méndez. Se concibe como una rotonda de aires historicistas cuyos arcos torales de medio punto se separan mediante tramos de muro recorridos por dobles pilastras dóricas entre las que se abren hornacinas habitadas por potentes estatuas de bronce de ocho metros de altura de los arcángeles Miguel, Gabriel, Rafael y Azrael, otra notoria aportación de quien fue, sin duda, el escultor principal del Valle de los Caídos: Juan de Ávalos. Sobre este conjunto corre una pulida cornisa que hace de base a la gran cúpula que corona el crucero, el punto más alto de la basílica con sus 41 metros y el más esplendoroso por la composición que cubre su superficie.

Vista trasera del crucero de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Página web oficial de la Abadía Santa Cruz

Habiendo podido elegir una convencional pintura al fresco, se tomó la decisión de ornar el intradós de la cúpula del crucero con un desmesurado mosaico encargado al artista musivo Santiago Padrós, que invirtió cuatro años de su carrera en colocar en su lugar las cinco millones de teselas del conjunto, no extrañando que sea esta, por tanto, una de sus obras maestras. Ante un fondo dorado que recuerda a los grandes ejemplos de la musivaria bizantina, el clásico Pantocrátor medieval protagoniza la cúpula, desplegándose a sus pies, a ambos lados, montañas de santos y mártires, buena parte de ellos españoles; sobre los otros arcos torales, nuevas agrupaciones de personajes simbolizan a los caídos en la Guerra civil, tanto “héroes” militares como “mártires” civiles y religiosos (SANCHO, 2018, p. 42); un último grupo, situado frente a Cristo, lo encabeza la Virgen María.

Mosaico de Santiago Padrós para la cúpula del crucero de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Wikimedia Commons

En este recorrido por la basílica resta por ver, en primer lugar, la sillería del coro, de perfil semicircular, conformada por 70 estalos de nogal y limoncillo organizados en tres niveles y tallados con temas que remiten a las Cruzadas por la misma familia Lapayese que concibió las dotaciones artísticas de las capillas. Dos capillas más, las que flanquean ambos lados del crucero, cierran esta parte de la visita: la Capilla del Sepulcro y la Capilla del Santísimo, cuyas bóvedas se cubren, respectivamente, con mosaicos del Santo Entierro y la Ascensión urdidos por Santiago Padrós y Victoriano Pardo. Es detrás de las capillas donde reposan los restos de más de 33000 caídos en la sangrienta contienda española, muchos perfectamente identificados y otros no reconocidos; son enterramientos mixtos de nacionales y republicanos cuya cifra real se estima mucho más elevada.

LA MONUMENTAL CRUZ

La luz de la evidencia deja claro que Franco prestó una atención minuciosa al avance de las obras del Valle de los Caídos en general, tomando decisiones por cuenta propia en el transcurso de las mismas y ordenando la modificación completa de otras. La basílica, con todo lo dicho, es, al final, algo que queda escondido en la roca madre del Risco de la Nava, que por supuesto impresiona cuando se explora en persona, pero antes de ello nos sobrecoge la imagen exterior del monumento conmemorativo franquista, lo primero que ve el espectador en la lejanía por su sublime colosalismo, y esa imagen es encarnada en su práctica totalidad por la cruz.

Seguramente fue este elemento el que más obsesionó al caudillo desde el principio, el que mayormente determinaría el carácter de eternidad del monumento, y, con iguales probabilidades de seguridad, el que más “fortuna crítica” ha suscitado en el panorama general y académico. Fue el doctor Carlos Saguar Quer quien estudió a fondo la significación y proceso constructivo del Valle ajeno al sesgo con que se la viene analizando desde hace décadas, definiéndolo como “una obra muy compleja y meditada” frente a las frecuentes calificaciones de “absurda” y “vulgar” (SAGUAR, 2005, p. 758).

Desde la lejanía, lo que parece una pequeña cruz en el paisaje es, en verdad, la cruz más imponente del mundo conocido. Fotografía tomada por Verónica Gómez de la Cruz, directora del blog

En ese mismo artículo de 2005, Quer cotejó pausadamente aquellas fuentes literarias, pictóricas y arquitectónicas que pudieron inspirar la concepción de un monumento conmemorativo rematado por una cruz en medio de la montaña, siendo una de las más evocadoras los lienzos del pintor romántico alemán Caspar David Friedrich (SAGUAR, 2005, p. 764). Precisamente, la cruz del Valle de los Caídos se levanta en medio de la sublime naturaleza igual que lo hiciera la cruz del Gólgota donde murió Cristo; cabe recordar a este respecto la idea de “santuario de peregrinación” con que, en verdad, se concibió este ensueño, señalando la desproporcionada cruz el sitio donde permanece oculto el templo de la Jerusalén celeste tal y como reza el Apocalipsis de San Juan (MUÑOZ, 2015, p. 183).

En base a lo apuntado, se entiende que fuera el elemento del valle que más colmase la paciencia del caudillo cuando, habiendo pasado casi una década desde que arrancara la construcción, seguía sin existir siquiera la plataforma donde se iba a asentar la que es hoy catalogada como la cruz más grande del mundo. Un primer concurso de anteproyectos fue celebrado en 1941, fallado dos años después a favor de la propuesta de los arquitectos Luis Moya, Enrique Huidobro y Manuel Thomas, que, a pesar de ganar el primer premio, no obtuvieron el reconocimiento del cliente, es decir, del Generalísimo, que pidió acto seguido planos directamente a Muguruza, los cuales, sin embargo, tampoco fueron del gusto de Franco.

La cruz del Valle sobre el papel: a la izquierda, primer anteproyecto de Pedro Muguruza; a la derecha, segundo anteproyecto del mismo, ambos rechazados por el propio caudillo. Estos y otros tantos bocetos, dibujos, planos y demás documentos y materiales gráficos fueron incluidos por Diego Méndez en la monografía que publicó en 1982 la Fundación Nacional Francisco Franco bajo el título de El Valle de los Caídos: idea, proyecto y construcción

Llegado el año 1950, el dictador se cansó de esperar y, con lápiz en mano y papel sobre la mesa, trazó unos bocetos in situ sobre la cruz con que llevaba soñando desde hace una década, convocándose al poco un segundo concurso que, como anticipamos, fue la victoria que le concedió a Méndez la plaza vacante de director de obras del Valle de los Caídos. En el proceso de resignificación del paisaje guadarrameño de Cuelgamuros, la gigantesca cruz, elevada por encima de las montañas de la zona, constituye, por ende, el mirador desde el que mejor se dominan las vistas de los alrededores, la conquista del medio natural y la apropiación histórica de este enclave al noroeste de Madrid (PÉREZ, 2019, p. 67).

La cruz, corona de todo un “verdadero santuario tardorromántico”, manifiesta expresión del nacional-catolicismo, de la alianza entre régimen e Iglesia (MUÑOZ, 2015, p. 180), se construyó entre 1950-1956 con un núcleo de hormigón armado revestido de planchas de granito bien pulimentadas. Se divide en tres partes que suman una altura máxima de 150 metros (poco más que la Gran Pirámide de Guiza), 300 si añadimos el propio risco (para haceros una idea, la Torre Eiffel se eleva 330 metros): un basamento, un cuerpo intermedio y el fuste, atravesado transversalmente por los brazos de la cruz latina, que conforman en comunión un diámetro de 46,40 metros suspendidos en voladizo, arriesgada solución sin precedentes para la que se planteó un ensayo a ras de suelo y un estricto cálculo y control del proceso por parte de varios ingenieros. Elegir para fuste y brazos una sección de cruz griega favoreció su aerodinámica.

En la distancia, por encima de la Piedad de Juan de Ávalos sobre el arco de entrada a la basílica, asoma la colosal y aerodinámica cruz de Diego Méndez. Wikimedia Commons

El proceso constructivo no recurrió a los tradicionales andamiajes externos, los cuales habrían encarecido por cuatro la dilatada obra, se procedió desde dentro hacia fuera habilitando una escalera de caracol y un montacargas para ir transportando el material y los obreros. En este proceso, el apartado escultórico de Juan de Ávalos supone, a todas luces, su obra más valiosa y recordada del conjunto escurialense, con los monumentales y hercúleos evangelistas y sus respectivos símbolos animales del Tetramorfos en la base, y las Virtudes Cardinales en el cuerpo intermedio, que hacen de transición entre la naturaleza y la arquitectura del hombre. Para obtener estas descomunales labras, Ávalos, partiendo de pequeños modelos, fue sacando las piezas a la escala proyectada mediante el tradicional procedimiento de taller de la máquina de sacar puntos; el traslado y montaje en el sitio supondría, igual que la cruz en sí, una odisea pionera.

Escultura de San Lucas de la base de la cruz, pudiéndose apreciar en la fotografía personas en la parte inferior que permite hacernos una idea de la monumental escala de las estatuas de Ávalos. Wikimedia Commons

Si bien Méndez era más partidario de un aspecto inacabado que armonizase con la rusticidad del entorno y favoreciera un engarce más natural con el risco, Ávalos buscó siempre que pudo un mayor grado de refinamiento que eliminara las juntas entre las diferentes hiladas de piedra (SANCHO, 2018, p. 54). Esto se tradujo en una serie de discrepancias perfectamente recogidas en el libro de Daniel Sueiro en sendas declaraciones: Méndez calificó el estilo de Ávalos de un “amaneramiento miguelangelesco” no adecuado para lo que él buscaba en el risco, algo “monstruoso” que no permitiera discernir peña y escultura; por su parte, Ávalos le recriminó, sin obtener luego una respuesta de vuelta, tener mala memoria y no haber valorado la “total entrega” con que acometió cada escultura, pese a lo cual siempre declara ser una persona que no le guarda rencor alguno.

Materialmente, tanto los evangelistas y las Virtudes de la cruz como la Piedad que corona el pabellón central fueron realizados en caliza negra de Calatorao (Zaragoza), tanto por sus cualidades físicas como por su característica tonalidad negra, perfecta para armonizar con la coloración natural del risco. El presupuesto inicial del conjunto escultórico, contando los gastos materiales, la mano de obra, el transporte de las piezas desde el taller de Madrid al valle de Cuelgamuros y los honorarios del escultor ascendía a 9000000 de las antiguas pesetas, mas los cálculos subestimaron la cantidad de piezas de cada una de las figuras y otros aspectos, documentando fuentes posteriores un incremento presupuestario final de hasta 17000000.

A fecha posterior, en 1975, se inauguró un funicular que facilitara a los visitantes el acceso a la base de la cruz desde la parte posterior del valle, decisión que no agradó en absoluto a Diego Méndez, pero que era necesaria para aquellas personas que tuvieran dificultades serias e, incluso, imposibilidad física para subir caminando. Se intentó en todo momento que el artilugio mecánico no chocara visualmente con la imagen de la naturaleza, logrando, tras muchos esfuerzos, integrar en el terreno todo el aparato necesario y asegurar su correcto funcionamiento y mantenimiento.

Funicular que conecta la parte posterior del Valle de los Caídos con la base de la cruz. Wikimedia Commons

EL CENTRO DE ESTUDIOS SOCIALES Y EL MONASTERIO

El último tramo del viaje, quizás el que más se pasa por alto dada su posición y carácter reservado, es la explanada posterior, un rectángulo de 300 metros de largo por 150 de ancho donde se ubican una serie de dependencias complementarias que subrayan y enfatizan el carácter sacro del Valle de los Caídos en tanto que símbolo del estrecho pacto nacional-católico entre la Iglesia y el Estado franquista. La existencia de una comunidad monástica en este apartado enclave responde, como toda la obra, a un deseo del mismísimo Franco, quien aprobó la creación de la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos en un decreto-ley del 23 de agosto de 1957, encargando su dirección a la Orden benedictina mediante un convenio con la Abadía de Santo Domingo de Silos (Burgos) firmado el 29 de mayo de 1958.

Si observamos un plano del conjunto monumental, lo primero que llama la atención, a pocas líneas que se tracen, es que este espacio trasero está desalineado 15º con respecto al eje que delimitan la plaza de acceso a la basílica subterránea y la cruz. La edificación que inicialmente fuera monasterio, ubicada en el extremo opuesto, y luego utilizado como Centro de Estudios Sociales entre 1958-1982 (dado que la distancia hacia el recinto era excesiva según los monjes), es una de las pocas partes íntegramente debidas a Pedro Muguruza: su diseño respira una depuración formal que recuerda en sus trazas al vecino monasterio escurialense, pudiendo por ello ser descrito como una obra “neoherreriana”, conformada por dos pisos y un tercero a modo de buhardilla cubierto por un tejado de pizarra.

Vista general de la explanada posterior del Valle de los Caídos, con el monasterio original de Muguruza, luego Centro de Estudios Sociales, al fondo. Wikimedia Commons

Frente a él, junto al risco, Diego Méndez levantó los planos del monasterio propiamente dicho y las dependencias que la abadía tenía a su cargo, tales como la escolanía, la hospedería interior, el refectorio o la biblioteca. Todo el conjunto se organiza en torno a una plaza quebrada a la mitad por la carretera de circunvalación del valle, uniéndose todo mediante extensas arquerías de medio punto que cobijan corredores cubiertos por bóvedas de aristas, separadas en tramos mediante arcos rebajados, recorriendo la parte superior una balaustrada que termina de cohesionar el perímetro. Finalmente, el acceso principal, conectado con la parte posterior de la basílica mediante una serie de galerías, consiste en un sencillo abocinamiento flanqueado por dos imponentes pilonos rematados por sendas molduras de gola que vuelven a traer a nuestra mente una asociación directa con la arquitectura religiosa del Antiguo Egipto.

Vista de la explanada posterior del Valle de los Caídos hacia la monumental cruz, con el monasterio y sus dependencias. Wikimedia Commons

El monasterio constituye, de esta manera, el último ítem del “santuario de peregrinación” que es el Valle de los Caídos, que reúne, como bien ha estudiado el profesor José Miguel Muñoz Jiménez, a quien ya hemos citado con anterioridad, los elementos característicos de este tipo de centros devocionales (diálogo con el paisaje, Vía Crucis, basílica, recinto monástico, programa iconográfico…), debiendo, por tanto, dar solución a problemas tales como la circulación de peregrinos, su protección y albergue, la ordenación de las procesiones o la “exposición, conservación, memoria y protección del objeto venerado”, en este caso los caídos en la Guerra civil (MUÑOZ, 2015, p. 184). La abadía benedictina tiene así, entre sus obligaciones, la de velar espiritualmente por el descanso eterno de esas almas bajo el seno de Dios.

EL VALLE DE LOS CAÍDOS EN EL PANORAMA DEMOCRÁTICO

En 1958, las obras de construcción del Valle de los Caídos estaban ya terminadas, pero Franco quiso posponer su inauguración oficial para el 1 de abril de 1959, pues ese día se celebraba la segunda década del final de la Guerra civil (el “Día de la Victoria” de su bando nacional). Concluían así casi veinte dilatados años que, en varias ocasiones, llevaron al Generalísimo a la desesperación, pero, después de rectificaciones del proyecto original, cambios de rumbo, ampliaciones y otros avatares, la obra de Cuelgamuros se saldó con un total de 1 086 460 331,89 de las pesetas de entonces, hay que tener en cuenta que, en esas dos décadas, el valor de la moneda fue fluctuando y el valor real del monto total, por ende, es más difícil de precisar, como bien se encarga de indicar Daniel Sueiro en el capítulo 24 de su citado libro.

Desglose del presupuesto final de la obra del Valle de los Caídos, recogido por Diego Méndez en su citada monografía.

Aparte del saldo económico, sufragado con donativos, el producto neto de un premio extraordinario de Lotería Nacional el 5 de mayo de cada año y una “suscripción nacional”, tal y como indicaba el decreto de 1940, se documenta también un cierto saldo de vidas humanas. En lo referente a víctimas mortales durante las obras, los diversos testimonios raramente suben el cálculo por encima de la quincena, atañendo buena parte de esas muertes a peligrosos accidentes durante la excavación de la cripta, en especial desprendimientos de la masa rocosa. Mayor es la cifra de quienes fallecieron con posterioridad debido a la silicosis, enfermedad respiratoria muy común en las minas, que por entonces estaba poco estudiada y se cobró en el Valle medio centenar de almas.

Para muchos, el ensueño de Francisco Franco en la Sierra de Guadarrama fue un despilfarro sin precedentes, un malgasto económico en un momento, el de la posguerra, en que el país necesitaba con urgencia fondos para problemas de verdad, como el hambre, la reconstrucción de las viviendas destruidas en la Guerra civil o el amparo social de quienes habían perdido todo en aquellos fatídicos años. Pero, sin duda, mayor fue la crítica lanzada contra el deseo final del caudillo de ser sepultado tras el altar de la Basílica de la Santa Cruz, justo enfrente de la lápida de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange Española, fusilado por el bando republicano en 1936 y enterrado en Cuelgamuros el día anterior a la inauguración del monumento.

Sección longitudinal del conjunto del Valle de los Caídos en el Risco de la Nava. SANCHO, 2018, p. 62

Como apuntamos, que el Valle de los Caídos fuera a convertirse en la tumba del propio Franco fue un secreto hasta su agonía final, si bien Diego Méndez, previendo su deseo, dispuso ya el espacio para su tumba en 1956. Los restos del dictador permanecieron en el féretro, cubierto por una losa pétrea de 1500 kilos, desde el 23 de noviembre de 1975, día de su solemne enterramiento, hasta que, tras muchos meses de disputa que caldearon el ambiente entre diversos sectores de la población, sobre todo a la familia Franco, el 24 de octubre de 2019 se exhumó su cadáver y se trasladó al Cementerio de El Pardo-Mingorrubio, donde también yace su esposa. La misma Ley de Memoria Democrática tras esta decisión se demoró unos años más en hacer lo mismo con José Antonio, que fue llevado al Cementerio de San Isidro el 25 de abril de 2023.

A los faraones, en la mayoría de los casos, los desenterraron de sus pirámides ladrones de épocas posteriores; a Franco, mediante la vía parlamentaria y judicial, lo movió del Valle de los Caídos el Gobierno del PSOE, que ponía fin de esta manera a la jerarquía sepulcral de Cuelgamuros, que se mantuvo, contra el parecer de muchos, durante 44 años de democracia. Sin querer embarrarnos en el siempre peliagudo pantano de la política, por cuestiones de rigor académico que sí nos competen hemos de explicar, aunque sea brevemente, los hitos de la historia reciente de España que atañen al destino del mayor monumento conmemorativo del régimen franquista.

De forma efectiva, probada y cotejada, en el año 2000 se destapó una realidad hasta entonces solo sospechada cuya magnitud, 26 años después, sigue siendo alarmante: pese a la idea inicial y mantenida hasta la práctica inauguración del Valle de concebirlo como gigantesco panteón para los “caídos por Dios y por España”, Franco permitió, en última instancia, que aquí recibieran también sepultura quienes, habiendo dado su vida por el bando republicano, declararon en vida haber profesado la fe católica. Esta estrategia política, revestida desde los canales oficiales como la creación de un espacio de paz y reconciliación entre las “dos Españas” divididas por la Guerra civil, en verdad no puede ocultar el verdadero relato heroico y martirial de la “Cruzada Nacional” (FERRANDIZ, 2011, p. 490; TÉBAR, 2021).

Al osario del Valle de los Caídos fueron llevados, así, muertos desenterrados de miles de fosas dispersas por todo el territorio del país desde el 17 de marzo de 1959 hasta el 3 de junio de 1983, es decir, aún siguieron transportándose cadáveres al mausoleo de Franco muchos años después de superada la Transición. El Libro de muertos que custodia la abadía benedictina registra un total de 33 847 cuerpos, mas la cifra real es seguramente mucho mayor, entrando en ese rango diferencial gran cantidad de finados todavía sin identificar. Al problema de contabilidad cabe sumar uno de índole técnica que hace prácticamente imposible solucionar satisfactoriamente el dilema de las identidades: las goteras y filtraciones de las fosas de Cuelgamuros han ido disolviendo progresivamente los cadáveres hasta el punto de fusionarse con la roca en una masa que diluye la individualidad (FERRANDIZ, 2011, p. 494).

Fausto Canales fue quien, en ese citado año 2000, destapó irregularidades al hilo de la búsqueda de los restos de sus familiares asesinados por los falangistas, constituyendo su ardua labor un paso fundamental en la recuperación de la memoria histórica. Su infatigable investigación de documentos, archivos e informes le llevó a un rastro que conducía al Valle de los Caídos, y solo así lo que era una intuición pasó a convertirse en un asunto de primer orden para la democracia, ya que miles de muertos republicanos fueron expropiados de sus fosas comunes y redirigidos a Cuelgamuros sin el conocimiento y consentimiento de sus familiares y allegados.

Ante estos hechos, ¿cómo respondió la democracia española? Durante la primera investidura del presidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero fue aprobada la “Ley 52/2007, de 26 de diciembre, por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura”, mejor conocida como Ley de Memoria Histórica, que reservó el artículo 16, así como la disposición adicional sexta, a la cuestión del Valle de los Caídos. Ese decimosexto artículo se dividía en tres puntos:

1. El Valle de los Caídos se regirá estrictamente por las normas aplicables con carácter general a los lugares de culto y a los cementerios públicos.

2. En ningún lugar del recinto podrán llevarse a cabo actos de naturaleza política ni exaltadores de la Guerra Civil, de sus protagonistas, o del franquismo.

3. En el Valle de los Caídos sólo podrán yacer los restos mortales de personas fallecidas a consecuencia de la Guerra Civil española, como lugar de conmemoración, recuerdo y homenaje a las víctimas de la contienda. (LEY 52/2007, p. 10)

El último punto deja leer entre líneas una clara intención primera de sacar los restos de Franco del Valle por no ser un “caído” de la Guerra civil, así como el traslado del cuerpo de José Antonio al osario, disposiciones estudiadas por una Comisión de Expertos en 2011, antes de finalizar la segunda investidura de Zapatero, que, como ya hemos visto, quedaron archivadas durante las dos legislaturas del PP de Mariano Rajoy (2011-2015, 2015-2018) hasta que el PSOE de Pedro Sánchez, llegado al Gobierno tras su exitosa moción de censura, desempolvó aquellos papeles. La exhumación y “reinhumación” en Mingorrubio de Francisco Franco fue el último coletazo de la Ley de Memoria Histórica y el germen de lo que, años después, sería su evolución, la “Ley 20/2022, de 19 de octubre, de Memoria Democrática”.

En la “Sección 4ª. Lugares de memoria democrática”, se contiene el artículo 54, dedicado íntegramente al Valle de los Caídos, desarrollado en seis puntos, siendo tres de ellos los que figuraban literalmente en la Ley 52/2007. A ellos se suma, en primer lugar, el cambio de nomenclatura de “Valle de los Caídos” a “Valle de Cuelgamuros”, iniciando con ello una resignificación del monumento entendida como de urgente necesidad en tiempos democráticos. Así mismo, el quinto punto de este artículo declara la extinción de la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos “por resultar incompatibles sus fines con los principios y valores constitucionales” (LEY 20/2022, p. 38), pero la realidad es que, aún hoy, sigue siendo la titular de este conjunto patrimonial, hallándose su condición en estado legal transitorio hasta que entre en vigor el correspondiente Real Decreto que otorgue al Valle su nuevo marco jurídico.

Como todas las cosas procedentes del Gobierno, los interminables trámites burocráticos han impedido llevar a término, aún en la fecha de publicación de este artículo, actuaciones prácticas sobre el terreno de Cuelgamuros. Hasta el 28 de marzo de 2025 no se acordó un convenio entre los organismos competentes para la celebración de un concurso de proyectos de cara a la resignificación del Valle, acuerdo que halló su resolución en el BOE el 5 de mayo, decidiéndose el fallo del jurado sobre ese concurso el 11 de noviembre.

El ganador fue el proyecto “La base y la cruz” de los estudios Pereda Pérez Arquitectos y Lignum S.L. Respetando la cruz y las esculturas, por cuya demolición se ha temido en varias ocasiones, la intervención afectaría, sobre todo, a la escalinata frontal, que sería sustituida por un soportal dotado de un vestíbulo circular a través del cual podrán los visitantes acceder tanto a la basílica subterránea como al nuevo proyecto de interpretación del monumento en el contexto de auténtica reconciliación de la democracia. Planificado su inicio para 2027 y estimada en cuatro años su duración, un presupuesto de treinta millones de euros, incluidos los honorarios, haría realidad esta relectura real del Valle, si bien debemos tener en cuenta que las Elecciones Generales de 2027 pueden marcar una nueva victoria para la derecha que, según sus intereses, podría o no paralizar el progreso de este proyecto.




CONCLUSIÓN

Como suele decirse, hasta aquí podemos leer, esta vez de forma literal, no porque no queramos seguir informando sobre los vaivenes históricos del Valle de los Caídos, hoy llamado Valle de Cuelgamuros igual que el paraje natural en que se asienta, sino porque las cosas de palacio van despacio, y las del Gobierno más parecen un asunto sempiterno. Los avatares políticos muchas veces se dirimen sobre papeles cuya puesta en marcha ralentizan sobremanera la tramitología burocrática, las trabas jurídicas y la falta de acuerdos entre las partes. Los cambios de aires en la ideología gobernante, siempre en el horizonte, de llegar a pasar al primer plano, como hemos dicho, van a seguir dejando que el Valle de los Caídos sea un “monumento a la deriva” que ha cedido su pretendida eternidad ante el creciente desanclaje hacia él que muestra la sociedad española actual (FERRANDIZ, 2011, p. 499).

Para un amplio sector de la población, especialmente las jóvenes generaciones, el Valle es una obra libre de su mensaje triunfalista original, disfrutable, por tanto, por sus cualidades artísticas intrínsecas, ajenas a todo sesgo ideológico. Este “anacronismo indiferente” convive con un “anacronismo nostálgico”, encarnado por una minoría que sigue exaltando los valores del régimen franquista; un “anacronismo incómodo” para quienes no conciben siquiera una reinterpretación en clave democrática del monumento, y, finalmente, un “anacronismo hiriente” en tanto que sea entendido como una apología al fascismo que ofende la memoria de los vencidos (FERRANDIZ, 2011, p. 485). Sea como fuere, si se mantiene el Valle de los Caídos, ha de ser afrontando el presente como “punto de encuentro entre el pasado como memoria y el futuro como proyecto” (MUÑOZ, 2015, p. 83).

Sobra decir que todo lo relativo a la propaganda franquista ha de ser depurado, por aludir a los valores de un régimen totalitario marcado por la represión, la censura y el férreo control del individuo para evitar y, si procede, erradicar las posibles disidencias. Eliminar sistemáticamente el símbolo por excelencia del Estado de Franco por constituir un sinsentido en el territorio de la democracia, como dicen algunos, es una medida que no tiene en cuenta que la memoria es algo mucho más sólido, fuerte y perseverante que la arquitectura. Al final, el Valle seguirá apareciendo en artículos, libros, fotografías y demás archivos históricos; si se quiere evitar la repetición de una dictadura mínimamente semejante, bajo nuestro punto de vista, intentar borrar el pasado puede conducir a un futuro que no deje espacio para la reflexión y condenar a la historia del país a repetir aquellos mismos errores, por tanto.

Tanto la Ley de Memoria Histórica como la Ley de Memoria Democrática, en resumen, tienen la intencionalidad de convertir el Valle en un “lugar neutro, con contenido estrictamente religioso y de memoria personal y que sirva para los principios de reconciliación y convivencia” (MUÑOZ, 2015, p. 100). Si bien su objetivo originario era materializar la ideología del régimen, ser una petrificación del ideario y legado franquistas que encarna un orden estratégico en medio de la anarquía de la naturaleza guadarrameña, alegoría de la masa popular (SOLÉ y LÓPEZ, 2019, p. 303), casi 50 años después de su inauguración esos significados siguen diluyéndose en la memoria colectiva, que cada vez ve más la obra del Valle como patrimonio representativo de un periodo de la historia de España ya superado, aunque ciertas heridas sigan abiertas.

No estamos simplemente ante un lugar de memoria, sino también y sobre todo ante un espacio de diálogo y reflexión que nos hace preguntarnos por los logros reales de la democracia española y por sus numerosos fracasos. Existiendo aún en España casi 2500 fosas de la Guerra civil sin exhumar, de un total de 6041 identificadas en el mapa del proyecto “El país de las 6.000 fosas” promovido por RTVE, quizás convendría ahorrarse tanta parafernalia burocrática, agilizar los trámites y destinar presupuestos a objetivos de verdadera urgencia, como dar digna sepultura a quienes yacen en las fosas sin exhumar, financiar la cura del cáncer de páncreas o trazar remedios a corto, medio y largo plazo para el acuciante problema de la vivienda.

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Pintura

LA ESTUDIANTE INTERESANTE

COMENTARIO HISTÓRICO-ARTÍSTICO LA ESTUDIANTE INTERESANTE

ANÁLISIS FORMAL

Nos hallamos ante uno de los cuadros más notables de la sensacional pintora Marguerite Gérard (Grasse, Provenza oriental 28/1/1761-París, 18/5/1837). 

Se trata de una obra ejecutada en formato vertical en la que se desarrolla una escena de interior, concretamente, en un estudio de artista; y dividida en cuatro planos compositivos bien diferenciados, regidos por una línea diagonal que ayuda a la distribución de planos, al tiempo que ordena la disposición de las figuras y el mobiliario en la estancia.

En el primero, observamos un pavimento de madera, cubierto por una rica alfombra de fondo liso y borde ornamentado con motivos geométricos persas, y un suntuoso banco de asiento del siglo XVII, acolchado en terciopelo; fijado a la madera por tachuelas visibles; y decorado con borde de flecos de pasamanería. Sobre el banco, vemos un perro de raza spaniel que está siendo molestado por un gato de angora, que intenta escalar el asiento. Tras el asiento, encontramos un mueble con el cajón abierto.

En el segundo, a la izquierda, contemplamos un grabado caído sobre la alfombra y sujeto por una enorme esfera metálica, que refleja lo que no advertimos del resto de la estancia, siendo esto: una ventana y cuatro figuras. La primera es una mujer que está sentada bajo la ventana; la segunda es un hombre que se halla de pie tras la tercera figura, una mujer, que está sentada ante un caballete; y la cuarta es un caballero que aparece de pie junto a un perro. Saliendo de la imagen de la esfera, y centrándonos en la imagen central de la obra tenemos, a la derecha, sentada de perfil, sobre el asiento de terciopelo, a una hermosa joven que admira con embeleso y minuciosamente un enorme grabado enmarcado, que plasma una escena mitológica.

En lo relativo al vestuario, la doncella porta un vestido de corte inglés; con corpiño de ballenas, ajustado con un punto en la espalda y amplio escote bordeado con un volante transparente de organza; manga larga, con vueltas en las muñecas con adorno con volante, también de organza, y cintas que ocultan el ensamblaje de la sisa; y falda sencilla con abundantes pliegues y cola, que no es visible por la posición sedente. Completa el atuendo el cabello recogido hacia atrás en un peinado de rizos atado con una cinta y unos cuantos mechones sueltos que caen sobre la oreja.

El tercer plano lo conforman, a la izquierda, un taburete redondo de tornillo y una mesa de pedestal de madera de estilo Luis XIV, cubierta por una tela de terciopelo con galón y sobre la que descansa una escultura de mármol de Dos amores peleando por un corazón, cuyas cabezas miran hacia la joven. Caído al descuido tenemos, por un lado, un gran sombrero de fieltro, que cubre la cabeza de uno de los amorcillos, engalanado con cintas y tres plumas de avestruz; y por otro, un fino collar de perlas que descansa en el pedestal de la escultura. A los pies de la mesa, vislumbramos un portafolio entreabierto que deja entrever una serie de láminas y dibujos. A la derecha y al fondo de la sala, nos topamos con un cuadro colgado de la pared y una mesa de madera tallada con tablero de mármol, que alberga dos figuritas chinas y una taza con platillo que contiene flores.

Constituyéndose como majestuoso photocall, que enmarca soberbiamente todo el conjunto, tenemos el cuarto plano compuesto por un pasillo, donde apreciamos, colgado de la pared, otra obra.

Es un cuadro de gran luminosidad, pues la escena plasmada es diurna, algo que percibimos gracias a luz clara que entra por la esquina inferior derecha y que, probablemente, venga de la ventana que divisamos representada en la esfera. Esto determina la gama cromática usada, donde la artista se decanta por una paleta en la que armonizan los tonos blancos; negros; azules; rojos; dorados; grises; verdes; rosáceos; o marrones oscuros y claros.

Llegados a este punto, solo cabe preguntarse cuál es el tema planteado por la artista, puesto que el arte rezuma por los cuatro costados. Un misterio que revelaremos a continuación.

Visión general de la obra

ANÁLISIS ICONOGRÁFICO

«La inspiración es trabajar todos los días»

Charles Baudelaire

Desvelando el misterio planteado, el tema representado es una reflexión sobre la formación de las mujeres como artistas en el siglo XVIII. Un concepto plasmado por la talentosa artista Marguerite Gérard.

Retrato de Marguerite Gérard, François Dumont, 1793, Óleo sobre marfil, 16 x 12 cm, Colección Wallace, Londres

Nació en Grasse en el seno de una familia acomodada, siendo sus padres Claude Gérard, perfumista de Grasse, y su madre Marie Gilette. A la muerte de su madre, se trasladó a París para vivir con su hermana Marie Anne y su esposo el artista Jean-Honoré Fragonard, uno de los grandes exponentes del Rococó, con quien se había casado en 1769.

Su formación artística se desarrolló junto a su cuñado en el taller que poseía en el Louvre, donde recibió clases de dibujo, grabado y pintura, demostrando para este último un talento innato que la llevó a convertirse en una de sus mejores discípulas y en una gran colaboradora, pues trabajó con el maestro en la creación de numerosas obras.

Pronto empezó a desligarse del estilo de su mentor, al cual incluso superó, para adquirir uno propio que acabó siendo reconocido por las instituciones artísticas francesas, ya que expuso en numerosas ocasiones en el Salón de París, obteniendo por ello 3 medallas; y causando furor entre el público de clase acomodada y aristocrática, que compró sus obras masivamente, lo que le dio una gran independencia económica de por vida.

En cuanto a su estilo, se aprecia muy bien el Rococó dieciochesco pero dotado de cierto particularismo que se aprecia en:

-El tema de la mujer como protagonista del cuadro y la escena donde se desarrolla la acción.

Con respecto a lo primero:

-El Rococó se esmeró en ensalzar el papel de la mujer dentro del ámbito galante y sensual. Sin embargo, la pintora se desvía de ese prototipo, puesto que ubica a sus mujeres en entornos domésticos, desarrollando escenas maternales; de amistad entre mujeres o de ocio. En este caso, decide encuadrar la escena en un taller de artista para enaltecer el papel de la mujer como artista y su formación. Se conoce el nombre de la modelo que posó para la obra, siendo éste: Anne Louise Chéreau.

 En lo relativo a lo segundo, y a tenor de lo mencionado anteriormente:

-Se ve la influencia de la escena de género propia del estilo, pero inspirándose en la tradición de la pintura holandesa del siglo XVII. Pero, lo que a priori parece una mera escena de género, encierra un significado más profundo, pues es una escena de género metapictórica, donde muestra el oficio del artista dentro de una obra, realizando a la par un hermoso homenaje a su maestro Jean-Honoré Fragonard, de quien aprendió el oficio, y que se refleja en:

Detalle: arriba, grabado de la obra La fuente de amor, Fragonard, 1785; abajo izq.: esfera; der.: gato de angora de Fragonard
  • El grabado que sostiene la alumna, el cual se identifica con la obra La Fuente del amor, realizada por Fragonard en 1785.
  • El gato de angora que molesta al spaniel, elaborado por Fragonard, colaborando, así, con su alumna como tantas veces había hecho ella con él.  
  • Y la esfera metálica que muestra el resto del taller. Las 4 figuras que aparecen se identifican con: Marie Anne Fragonard, sentada bajo la ventana; Marguerite Gérard, trabajando ante el caballete; el maestro Jean-Honoré Fragonard, de pie tras de su discípula; y Henri Gérard, de pie, delante del caballete, junto a un can.

-El formato de la pieza, de pequeñas dimensiones, tan del Rococó.

-El detallismo minucioso con el que recrea la textura y los brillos de las telas; la riqueza suntuosa del mobiliario; o la delicadeza de la postura de la doncella.

-Y la elegancia de la pincelada, el color y la luz. En relación al primero, se observa la fuerte influencia que ejercieron sobre ella los artistas holandeses, en especial Gabriel Metsu, al decantarse por una pincelada sutilmente fusionada. En cuanto al color y la luz, es una autora que destaca por su elegancia a la hora de elegir su paleta cromática, ya que buscaba siempre la armonía entre tonos para evitar estridencias, y cuya mezcla generará obras muy luminosas.

A modo de conclusión, debemos comentar que se trata de una obra de juventud, pues la hizo con apenas 26 años, y que actualmente se conserva en el Museo del Louvre en París.

Portada del libro Los ojos de mona, Thomas Schlesser, ed. Lumen

CURIOSIDADES

Como curiosidad, debemos decir que el cuadro comentado es el protagonista del capítulo 14, titulado Marguerite Gérard: el sexo débil, del libro Los ojos de Mona de Thomas Schlesser, cuya historia gira en torno a Henry que le enseña a su nieta Mona, antes de que pierda la vista, 52 obras maestras recogidas en los 3 grandes museos de París: Louvre, Orsay y Centro Pompidou y de las cuales extrae grandes lecciones artísticas y de vida. En dicho capítulo, Henry habla sobre la figura de Marguerite Gérard, una de las grandes y olvidadas pintoras francesas, y el problema de la mujer para acceder al mundo del arte.

BIBLIOGRAFÍA Y WEBGRAFÍA

-DE LA PEÑA GÓMEZ, Mª del Pilar, Manual Básico de Historia del Arte, Cáceres, 2008.

-FARTHING, Stephen, Arte, toda la historia, Barcelona, 2010.

-FOGG, Marnie, Moda, toda la historia, Barcelona, 2019.

-FRIDE R. CARRASSAT, Patricia y MARCADÉ, Isabelle, Movimientos de la Pintura, Barcelona, 2004.

-GOMBRICH, Ernest H., Historia del Arte, Madrid, 1990.

-JANSON, H. W., Historia general del arte, vol. 3: Renacimiento y Barroco, Madrid, 1991.

-JUNQUERA, Juan José y MORALES Y MARÍN, José Luis, Historia Universal de la pintura, Vol. 5, Del Tardobarroco al Romanticismo, Madrid, 1996.

-LITTLE, Stephen, Ismos para entender el arte, Madrid, 2010.

-MORALES Y MARÍN, José Luis, BELDA NAVARRO, Cristóbal, ARIAS ANGLÉS, Enrique y RINCÓN GARCÍA, Wifredo, Historia Universal del Arte, Vol. 8, Rococó y Neoclasicismo, Madrid, 1996.

-PIJOÁN, José, Summa Artis, Historia general del Arte, Vol. 16, Arte Barroco en Francia, Italia y Alemania, Madrid, 1957.

-SCHLESSER, Thomas, Los ojos de Mona, Editorial Lumen (Penguin Random House Grupo Editorial), Barcelona, 2024.

-VV. AA., Arte al detalle: Siglos XVII y XVIII, Rococó, Neoclasicismo, China: Dinastía Qing, Arte Japonés, Arte Hindú, Barcelona, 2009.

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-VV. AA., Enciclopedia del Arte, Vol. 7, Pal-San, Madrid, 2002.

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-ARTNET, MARGUERITE GÉRARD: https://www.artnet.de/k%C3%BCnstler/marguerite-g%C3%A9rard/ (Consulta: 17/6/2025).

-ARTS DOT, MARGUERITE GÉRARD: https://es.artsdot.com/@@/A2A9GX-Marguerite-G%C3%A9rard-maternidad (Consulta: 16/6/2025).

-BLOG ARTECREHA, MARGUERITE GÉRARD: https://artecrehaes.wordpress.com/2021/01/03/marguerite-gerard-1761-1837/ (Consulta: 20/6/2025).

-BLOG BUZÓN DE PINTURA, MARGUERITE GÉRARD: https://buzondepinturaporjuanjosebarajas.blogspot.com/2011/08/marguerite-gerard.html (Consulta: 17/6/2025).

-BLOG COSTA BOHEMIA, LA ESTUDIANTE INTERESANTE, MARGUERITE GÉRARD: https://www.rivagedeboheme.fr/pages/arts/peinture-18e-siecle/marguerite-gerard.html (Consulta: 20/6/2025).

-BLOG COSTA BOHEMIA, MARGUERITE GÉRARD: https://www.rivagedeboheme.fr/pages/arts/peinture-18e-siecle/marguerite-gerard.html (Consulta: 23/6/2025).

-BLOG DE ARINDA, MARGUERITE GÉRARD: https://arindabo.blogspot.com/2016/01/el-28-de-enero-de-1761-nacia-marguerite.html (Consulta: 23/6/2025).

-BLOG MUJERES EN LA HISTORIA, MARGUERITE GÉRARD: https://www.mujeresenlahistoria.com/2012/01/sencillo-rococo-marguerite-gerard-1761.html (Consulta: 16/6/2025).

-BLOG PINTORES Y PINTURA, MARGUERITE GÉRARD: https://boverijuancarlospintores.blogspot.com/2014/06/marguerite-gerard.html (Consulta: 16/6/2025).

-BLOG SOLO ARTE, LA ESTUDIANTE INTERESANTE, MARGUERITE GÉRARD: https://soloarte.atelierdesarts.com/artisti/old/g/gerard.html (Consulta: 17/6/2025).

-BLOG SOLO ARTE, MARGUERITE GÉRARD: https://soloarte.atelierdesarts.com/artisti/old/g/gerard.html (Consulta: 17/6/2025).

-BLOG TAL DÍA COMO HOY, LA ESTUDIANTE INTERESANTE, MARGUERITE GÉRARD: https://www.taldiacomohoy.es/post/marguerite-g%C3%A9rard-1761-1837 (Consulta: 11/6/2025).

-BLOG TAL DÍA COMO HOY, MARGUERITE GÉRARD: https://www.taldiacomohoy.es/post/marguerite-g%C3%A9rard-1761-1837 (Consulta: 11/6/2025).

-BLOG TRIANARTS, MARGUERITE GÉRARD: https://trianarts.com/mujeres-pintoras-marguerite-gerard-y-el-rococo-frances/#sthash.veCRdoaN.dpbs (Consulta: 16/6/2025).

-BLOG WOMEN IN MODERN EUROPEAN HISTORY, MARGUERITE GÉRARD: https://hist259.web.unc.edu/marguerite-gerard-1761-1837/ (Consulta: 17/6/2025).

-BRITISH MUSEUM, LONDRES, MARGUERITE GÉRARD: https://www.britishmuseum.org/collection/term/BIOG28163 (Consulta: 17/6/2025).

-CATORZE 14, CULTURA VIVA, MARGUERITE GÉRARD: https://www.catorze.cat/art/pintores-sota-catifa/marguerite-gerard-pintora-rococo-combinava-detallisme-simplicitat_1226697_102.html?srsltid=AfmBOoqxWu1_ffSviNB-gCgA0FeoeeTOuNmcaYdwySO0dblD5qhonCba (Consulta: 16/6/2025).

-CULTURAMAS, LA REVISTA DE INFORMACIÓN CULTURAL EN INTERNET, MARGUERITE GÉRARD: https://www.culturamas.es/2015/05/03/marguerite-gerard-la-cunada-de-fragonard/ (Consulta: 20/6/2025).

-FEEL THE ART, LA ESTUDIANTE INTERESANTE, MARGUERITE GÉRARD: https://app.fta.art/es/artwork/b7f14121a327195b087acc7d7767f417923d92c7 (Consulta: 11/6/2025).

-FEEL THE ART, MARGUERITE GÉRARD: https://app.fta.art/es/creator/f59826dc6ee72f14f04a7c3ae178d8cd0c61851d (Consulta: 11/6/2025).

-FEMMES PEINTRES, MARGUERITE GÉRARD: https://www.femmespeintres.be/peintres/rev/gerard.htm (Consulta: 17/6/2025).

-FRAGONARD PERFUMEUR, MARGUERITE GÉRARD: https://usines-parfum.fragonard.com/es/la-audacia-de-la-mujer-francesa-la-pintura-de-genero-de-marguerite-gerard-bajo-el-consulado-6553/ (Consulta: 17/6/2025).

-GALLERIX.RU, MARGUERITE GÉRARD: https://es.gallerix.ru/album/French-painters/pic/glrx-918838500 (Consulta: 11/6/2025).

-GOOGLE ARTS AND CULTURE, MARGUERITE GÉRARD: https://artsandculture.google.com/entity/marguerite-g%C3%A9rard/m05q6b87?categoryId=artist&hl=es (Consulta: 11/6/2025).

-KUNSTHANDEL ALEXANDER STRADMAN, MARGUERITE GÉRARD: https://kunsthandel-stradmann.de/artist/marguerite-gerard/ (Consulta: 17/6/2025).

-LE MATRIMOINE, MARGUERITE GÉRARD: https://www.lematrimoine.fr/marguerite-gerard/ (Consulta: 20/6/2025).

-MUJERES EN EL ARTE, CONCHA MAYORDOMO, MARGUERITE GÉRARD: https://conchamayordomo.com/2020/05/17/marguerite-gera/ (Consulta: 20/6/2025).

-MUSÉES DE LA VILLE DE PARIS, MARGUERITE GÉRARD: https://www.parismusees.paris.fr/fr/exposition/marguerite-gerard (Consulta: 17/6/2025).

-MUSEO DEL LOUVRE, PARÍS, LA ESTUDIANTE INTERESANTE, MARGUERITE GÉRARD: https://collections.louvre.fr/en/ark:/53355/cl010457023 (Consulta: 11/6/2025).

-MUSEO NACIONAL DE ARTES DECORATIVAS, MADRID, MARGUERITE GÉRARD: https://ceres.mcu.es/pages/ResultSearch?Museo=MNAD&txtSimpleSearch=L%B4elan%20de%20la%20nature&simpleSearch=0&hipertextSearch=1&search=simple&MuseumsSearch=MNAD%7C&MuseumsRolSearch=16& (Consulta: 16/6/2025).

-MUSEO NACIONAL DE BELLAS ARTES, BUENOS AIRES, MARGUERITE GÉRARD: https://www.bellasartes.gob.ar/coleccion/obra/6976/ (Consulta: 16/6/2025).

-NATIONAL MUSEUM OF WOMEN IN THE ARTS, WASHINGTON DC, MARGUERITE GÉRARD: https://nmwa.org/art/artists/marguerite-gerard/ (Consulta: 16/6/2025).

-PAINTINGS BEFORE 1800, LA ESTUDIANTE INTERESANTE, MARGUERITE GÉRARD: https://www.paintingsbefore1800.com/PaintingsG7/page52.html (Consulta: 17/6/2025).

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-RODRÍGUEZ MARTÍNEZ, CARMEN, ARTE Y LITERATURA: RESEÑA LITERARIA LOS OJOS DE MONA, LA CÁMARA DEL ARTE: https://lacamaradelarte.com/arte-y-literatura-resena-literaria-los-ojos-de-mona/ (Consulta: 16/6/2025).

-SOTHEBY´S, LA ESTUDIANTE INTERESANTE, MARGUERITE GÉRARD: https://www.sothebys.com/en/auctions/ecatalogue/2019/collection-ribes-pf1930/lot.18.html (Consulta: 24/6/2025).

-SOTHEBY´S, MARGUERITE GÉRARD: https://www.sothebys.com/en/auctions/ecatalogue/2019/collection-ribes-pf1930/lot.18.html (Consulta: 24/6/2025).

-THE BARBER INSTITUTE OF FINE ARTS, MARGUERITE GÉRARD: https://barber.org.uk/gerard-marguerite-1761-1837/ (Consulta: 17/6/2025).

-THE MATTHIESEN GALLERY, MARGUERITE GÉRARD: https://matthiesengallery.com/artist/gerard-marguerite (Consulta: 17/6/2025).

-THE MET MUSEUM, NUEVA YORK, MARGUERITE GÉRARD: https://www.metmuseum.org/es/perspectives/fragonard-drawing-triumphant-marguerite-gerard (Consulta: 17/6/2025).




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Categorías
Pintura

El beso de Francesco Hayez

COMENTARIO HISTÓRICO ARTÍSTICO DEL BESO DE FRANCESO HAYEZ

ANÁLISIS FORMAL

Obra esencial del estilo romántico y el emblema de la unión de la política y el amor a la patria. La pintura adquiere un fuerte sentimentalismo melodrámatico verdiano. Su logro habita, no sólo en la extraordinaria calidad de la realización intachable y diestro en la técnica, sino en saber emplear esa combinación entre teatralidad y naturalidad. El ingenio del pintor está en conseguir difundir el sentido de urgencia, la cima de esta pintura.

Se trata de un lienzo notable por la intensa claridad de su luz. Representa el encuentro encendido y apasionado de una joven y elegante pareja e impresiona la sensualidad del abrazo de los amantes. En esta pintura encontramos al hombre y a la mujer en el centro de la composición besándose en secreto como si estuvieran en un lugar prohibido, la tensa mano de la mujer presenta la pasión mientras que el hombre acaricia con suavidad su rostro. La poética sombra de la derecha dirige nuestra atención hacia el largo de su sensual falda de seda.

El beso que se convirtió en el emblema del romanticismo italiano aparece ensombrecido por un halo de vaga nostalgia y tierna melancolía. El cuadro es una muestra de la composición ordenada y no clásica de Hayez así como de su refinado estilo narrativo que recuerda a Romeo y Julieta.

CURIOSIDADES

El beso de Francesco Hayez tiene varias versiones, todas de este mismo pintor, de diferentes años. La primera es la que hemos tratado que sería del 1859, la segunda del 1861 y la tercera de 1867.

En la primera versión de 1859 localizada en Brera, tenemos que destacar que los personajes llevan los colores de las banderas italiana y francesa que simbolizan una unión, como estos dos amantes, para luchar contra el dominio de los austríacos. La pigmentación nos manda un mensaje patriótico.

El beso de Francesco Hayez
El beso, Francesco Hayez

La segunda versión de 1861 hecha para la familia Mylius. Como esta realizada un poco más tarde y la situación en Italia había cambiado a la reunificación, en la pintura se representa con los colores como el blanco del vestido de la mujer en vez del azul que llevaba en la primera versión. Y el abrazo también simboliza algo diferente que es la unión de los diferentes reinos italianos bajo una misma bandera, y nos da a entender que ya no necesitan a Francia.

La tercera versión de 1867 hecha para presentarse en la Exposición Universal de París, la compró el Gran Duque Vladimir de Rusia hermano menor del futuro zar Alejandro III. Francesco Hayez en este caso cambia el blanco encaje de la manga de la mujer por una túnica o velo blanco que se encuentra a los pies de los amantes.

Para finalizar, quiero dedicarle este comentario a mi novio Eduard, por su gran apoyo y por el gran sentimiento que tenemos el uno con el otro. Me parecía perfecta la ocasión con una obra tan romántica como es el beso de Franceso Hayez.




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Escultura

Descending Light

COMENTARIO HISTÓRICO ARTÍSTICO DE LA ESCULTURA DESCENDING LIGHT DE AI WEIWEI EN EL MUSEO HELGA DE ALVEAR 

CONTEXTO HISTÓRICO 

Las prácticas artísticas contemporáneas se desarrollan en un contexto en el que muchos artistas han dejado de trabajar con el objeto como pieza autónoma para centrarse en su relación con el espacio y con el espectador. En lugar de producir obras pensadas para una contemplación frontal, se plantean propuestas que se recorren y que cambian según la posición desde la que se observan. En este marco, la instalación se consolida como un lenguaje fundamental, ya que la obra se construye a partir de la experiencia física del visitante y de su desplazamiento dentro de la sala. 

Así, el objeto deja de funcionar como algo independiente y pasa a formar parte de una situación dentro del espacio expositivo. El espectador no se sitúa frente a la pieza, sino que tiene que desplazarse, rodearla y observarla desde distintos ángulos, de modo que la percepción cambia según la distancia y la posición. Este planteamiento, habitual en el arte contemporáneo, hace que quien recorre la sala sea más consciente de su propio movimiento y de la relación entre su cuerpo, la obra y el espacio, convirtiendo la visita en una experiencia también física. 

Detalle de los anillos metálicos y las cuentas de cristal de la instalación Descending Light (2007), de Ai Weiwei, Museo de Arte Contemporáneo Helga de Alvear, Cáceres.   

BREVE BIOGRAFÍA DEL ARTISTA

Ai Weiwei (Pekín, 1957) es uno de los artistas contemporáneos más reconocidos y significativos a nivel internacional. Se trata de un artista polifacético, su obra se mueve entre la escultura, la instalación, la fotografía, el cine documental y la escritura entre otros.

Creció en un contexto marcado por la represión política de la Revolución Cultural (1966–1976), cuando su familia fue enviada a un campo de trabajo y su padre, el poeta Ai Qing, fue perseguido y apartado de la vida pública. Esta experiencia influyó profundamente en su forma de entender la relación entre el individuo y el poder. 

En los años ochenta vivió en Nueva York, donde entró en contacto con el arte conceptual y con corrientes como el minimalismo y el dadaísmo, una etapa decisiva para su trabajo posterior y para el uso de objetos cotidianos con una dimensión crítica. Cuando regresó a China en los años noventa empezó a desarrollar proyectos que combinan elementos de la tradición cultural con una mirada crítica sobre la memoria y las formas de autoridad. 

Su trabajo se caracteriza por transformar materiales y símbolos conocidos para cuestionar distintas formas de poder y organización social. Al mismo tiempo, su posicionamiento público y su crítica al gobierno chino han hecho que su figura trascienda el ámbito artístico, situándolo en el centro de debates sobre libertad de expresión y derechos humanos.

ANÁLISIS FORMAL 

Al entrar en el Museo Helga de Alvear, hay una obra que marca el recorrido desde el primer momento. Descending Light (2007), del artista chino Ai Weiwei, se presenta como una monumental lámpara de araña invertida que parece haber caído desde el techo y desplegarse por el suelo. Su tamaño y disposición se hace imposible de ignorar: obliga a rodearla, a cambiar la forma de moverte por la sala, tomando conciencia del espacio desde el principio. 

Lejos de ser una pieza ornamental, Descending Light funciona como un dispositivo museológico: una obra que introduce al visitante en un determinado estado perceptivo y conceptual desde el primer momento. Su escala, su disposición y su materialidad obligan a rodearla, atravesarla y experimentarla desde múltiples ángulos, haciendo del cuerpo del espectador una parte activa del recorrido.   

Vista general de la instalación Descending Light (2007), de Ai Weiwei, en relación con el espacio expositivo del Museo de Arte Contemporáneo Helga de Alvear, Cáceres.  

La obra como umbral en el recorrido museístico 

Uno de los aspectos más interesantes de Descending Light es cómo se relaciona con el espacio del museo. No es una obra que simplemente se coloque en una sala, sino que organiza el recorrido y condiciona la forma de moverse a su alrededor. Bajo la dirección de Sandra Guimarães, la pieza fue trasladada desde su ubicación original en la Sala 0 al vestíbulo principal, lo que modifica su papel dentro del itinerario expositivo.

Este cambio potencia su carácter espacial: el visitante ya no solo se sitúa frente a ella, sino que la rodea y la percibe desde distintos puntos al acceder al edificio. Situada en el atrio de entrada, la instalación establece una conexión más directa entre el exterior y el interior del museo, haciendo visible la obra desde el acceso y marcando el inicio del recorrido.

Este tipo de disposición responde a una forma de entender el museo en la que la experiencia del visitante tiene un papel central. La pieza funciona ahora como un punto de transición entre la ciudad y el espacio expositivo, actuando como un umbral que invita a tomar conciencia del cuerpo y del recorrido desde el primer momento.

ANÁLISIS ICONOGRÁFICO

Descending Light, se ha convertido en una de las obras más representativas de Ai Weiwei en el contexto español. Instalada en el Museo de Arte Contemporáneo Helga de Alvear, parte de la forma de una lámpara de araña tradicional, un objeto históricamente vinculado al lujo y a los espacios de poder. Sin embargo, no cuelga del techo, sino que se despliega en el suelo como si hubiera caído.

Este cambio altera su significado: lo que normalmente se encuentra en lo alto y organiza el espacio desde una posición dominante aparece aquí en el suelo, de forma inestable y fragmentada. Los círculos concéntricos dorados y los cristales en tonos rojos refuerzan esta lectura al vincular visualmente la riqueza y la autoridad con una forma desordenada que muestra ese poder como algo inestable. 

  • Descripción formal: Se trata de una instalación de gran formato realizada en metal y cristal, de casi siete metros de largo. Está compuesta por siete anillos dorados concéntricos de los que cuelgan miles de cuentas de cristal, en su mayoría rojas, que se extienden por el suelo como si la estructura hubiera cedido y se hubiese retorcido sobre sí misma. La escala y la disposición hacen que la pieza se perciba más como un elemento que ocupa el espacio que como una escultura tradicional. 
  • El rojo y el oro: El predominio del color rojo remite a su carga simbólica dentro del contexto chino, donde se asocia tanto a lo político como a lo ceremonial. El dorado, por su parte, conecta con ideas de riqueza, ostentación y con formas históricas de poder. La combinación de ambos colores, en una estructura que aparece desordenada, introduce una tensión entre lujo y fragilidad. 
  • La idea de la caída: El propio título, Descending Light, junto con la posición de la pieza en el suelo, sugiere un movimiento descendente que puede interpretarse como pérdida de estabilidad o como alteración de un orden previo. Lo que normalmente estaría suspendido en lo alto aparece aquí desplazado, invitando a pensar en la transformación (o incluso en el desgaste) de estructuras que se perciben como sólidas. 
  • Una luz debilitada: Aunque se trata de una lámpara, la iluminación que emite no tiene la intensidad que cabría esperar. La luz se percibe fragmentada y tenue, sin un foco claro que organice el espacio, lo que refuerza esa sensación de inestabilidad y pérdida de centralidad que recorre toda la pieza. En lugar de iluminar desde una posición dominante, se dispersa y se integra en el conjunto, contribuyendo a esa imagen de estructura desplazada y desarticulada.  
  • Relación con la práctica del artista: La obra encaja con una forma de trabajar basada en la transformación de objetos reconocibles para cuestionar su significado y su relación con el poder. Al alterar la función y la posición de un elemento asociado a la representación y al prestigio, introduce una lectura crítica sin necesidad de recurrir a un discurso explícito. 
Vista interior de la estructura de anillos metálicos y sistema de iluminación de la instalación Descending Light (2007), de Ai Weiwei, Museo de Arte Contemporáneo Helga de Alvear, Cáceres.   

CURIOSIDADES 

La presencia de Descending Light en el Museo Helga de Alvear está vinculada al origen del propio proyecto, que parte de una colección privada convertida posteriormente en institución pública. La incorporación de una obra de Ai Weiwei, artista de proyección internacional, refuerza la dimensión contemporánea y el carácter crítico de la colección.

La instalación fue concebida originalmente para otro espacio expositivo y, tras su incorporación al museo, ha tenido distintas ubicaciones dentro del recorrido. En la reorganización más reciente, la pieza fue trasladada desde la Sala 0 al vestíbulo principal, donde actualmente funciona como punto de acceso y referencia visual para el visitante.

Por su escala y complejidad técnica, su montaje requiere una planificación específica y un amplio espacio perimetral, lo que condiciona su ubicación dentro del museo.

CONCLUSIÓN

Descending Light muestra cómo una pieza puede ir más allá de su materialidad y convertirse en un elemento clave dentro del discurso del museo. No es solo un objeto que se contempla, sino una instalación que se recorre y que hace al visitante consciente de su cuerpo y de su relación con el espacio. La luz, la escala y su disposición en el suelo generan una experiencia distinta a la de una escultura tradicional y proponen una aproximación al arte contemporáneo más activa.

En el Museo Helga de Alvear funciona como un punto de partida que condiciona el resto de la visita: tras atravesarla, cambia tanto la manera de moverse por las salas como la forma de mirar las demás piezas. Así, introduce un modelo de museo participativo en el que la experiencia se construye a partir del propio desplazamiento.

Más que ofrecer un significado cerrado, la instalación abre preguntas sobre el poder, el espacio y el papel del arte en el presente. Esa capacidad de generar reflexión sin imponer una única lectura es lo que mantiene su vigencia en cada recorrido y la convierte en una pieza especialmente relevante dentro de la colección.




BIBLIOGRAFÍA Y WEBGRAFÍA

Categorías
Pintura

Nuestra Señora Andalucía

COMENTARIO HISTÓRICO ARTÍSTICO DE NUESTRA SEÑORA ANDALUCÍA

CONTEXTO HISTÓRICO

Nuestra Señora Andalucía de Julio Romero de Torres es la obra cumbre del Regionalismo andaluz. A finales del siglo XIX el mundo del arte está dominado por las Vanguardias, que nacidas en París, se van multiplicando, apareciendo nuevas cada pocos años.

A medida que estas movimientos llegan a otros países, van impregnando de modernidad las tendencias artísticas dominantes en cada uno de ellos.

En la España de fines de siglo reinan las pinturas históricas, no obstante también existen pintores que siguen las líneas modernistas y simbolistas como Darío de Regoyos y Ramón Casas.

Julio Romero de Torres es un pintor culto, en contacto con la intelectualidad de su época. Sus viajes internacionales influirán notablemente en su pintura, sobre todo el simbolismo francés de Puvis de Chavannes y los Prerrafaelitas ingleses.

Nuestra Señora Andalucía es, sin duda, una declaración de amor del pintor a su Tierra, retrata toda su esencia, poniéndole cara a la idiosincrasia e identidad andaluzas.

Los planteamientos políticos de la época, reclamaban los derechos del andalucismo -Andalucía, como una región histórica- cuyo líder mas reconocido fue Blas Infante. En consonancia con estos postulados Nuestra Señora Andalucía se convierte en un cuadro lleno de simbolismo y significado. 

Precisamente, fue el uso del símbolo nada tradicional, incomprendido por sus coetáneos, a pesar de que sus compañeros de la Generación del 98 (los Machado, Valle Inclán, Unamuno…) lo defendían y animaban constantemente. 

La lectura de sus cuadros van más allá de la mera observación, pues se sirven de elementos populares para llegar a mensajes mas profundos y complejos.

ANÁLISIS FORMAL

Nuestra Señora Andalucía
Nuestra Señora Andalucía

Esta tela que en origen se tituló sólo Andalucía, fue presentada a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1908. Es una de las pinturas más conocidas del pintor, un canto a Andalucía y a su modo de vida.

La composición

Está compuesta por dos escenas claramente diferenciadas:

  • Al fondo un paisaje de campo andaluz imaginario con elementos urbanos de la ciudad de Córdoba.
  • Al frente, la escena central del cuadro donde se han colocado los personajes principales.

Esta es la primera vez que Julio Romero de Torres usa este tipo de composición, que le será muy discutida, es el llamado retablo pagano. Efectivamente si atendemos a la disposición de las figuras centrales de Nuestra Señora Andalucía, vemos como todas miran al espectador.

Al mismo tiempo que establecen una relación entre ellos, se muestran independientes los unos de los otros dentro del escenario.

Esta forma procede del género pictórico dentro de la pintura religiosa llamado “Sacra Conversazione”, que consiste en representar una escena divina de manera más natural.

El simbolismo de la composición

Imaginemos que estamos ante un retablo en una iglesia donde todas contribuyen al relato pero están separadas las unas de las otras, aportando cada una un mensaje, un símbolo.

Esta forma de representar un mensaje pagano, usando elementos propios de la religión católica, fue -por poco entendida- muy criticada en la época.

Al utilizar este recurso, el pintor nos quiere decir que Andalucía, su tierra, es tan especial, que merece veneración, cual figura divina. Por tanto, la composición es otro símbolo más dentro del cuadro.

Su amor por su tierra y sus costumbres marcarán toda su obra, hasta tal punto que hoy en día si vemos un cuadro de Romero de Torres, automáticamente pensamos en Andalucía. 

ANÁLISIS ICONOGRÁFICO

La escena principal, el “retablo” contiene cinco personajes. Cuatro de ellos se encuentran subidos a un pequeño escenario, que si atendemos al simbolismo de la pintura, se puede considerar la metáfora de un pequeño altar.

Y esto es así por Julio (personaje número cinco) que aparece autorretratado delante del escenario, es un apasionado del cante hondo y del flamenco. En otras obras suyas (ver Cante Hondo) aparecen elementos relacionados con la música, el cante y el baile.

En su biografía se cuenta que se llegó a presentar a un concurso de “cantaores”, cuyo resultado adivinamos puesto que volvió pronto  a los pinceles.

El flamenco, no solo para Julio Romero de Torres sino para la mayoría de los andaluces a principios del silgo XX (no existía otro estilo musical popular)  era un elemento definidor de la cultura andaluza.

Se entonaban coplillas en cada casa, marcaba la forma de vestir, incluso de actuar ante determinadas situaciones de la vida como el cortejo amoroso, tal como se detalla en las numerosas coplas que la tradición nos ha legado. 

El simbolismo de las figuras

Todos los personajes miran directamente al espectador, identificándolo como el como el director de la escena ,son tres mujeres y un hombre . Iluminados por una luz irreal,c reando una atmosfera onírica, destaca claramente el vestido blanco de la figura central.

Esta mujer de mirada desafiante representa la “Divinación de la mujer andaluza”, y se identifica con Andalucía. El vestido absorbe toda la luz del cuadro. Sus zapatos y medias también, son blancos.

A cada lado dos mujeres posan arrodilladas junto a ella en actitud de adoración. A la izquierda, una famosa cantaora, Carmen Casena, personifica el cante, y sostiene el vestido blanco con las dos manos. Su mirada es menos penetrante , vestida por ropas mas oscuras.

A la derecha de «Andalucía»,  una joven bailaora llamada “La Cartulina”, enseña sus brazos en actitud orante hacia la figura central. ambas mujeres posan de perfil y giran la cabeza hacia el frente, sus miradas también interpelan al espectador, al que miran fijamente.

Detrás el hombre, que simboliza “la música”, sostiene una guitarra española y va cubierto por el típico sombrero cordobés.  

La escena del fondo, la secundaria no está exenta de simbología. Las dos escenas en miniatura : una de amor ( dos jóvenes se besan) y otra de muerte(dos mujeres ante una tumba), son los símbolos de Tánatos y Eros, que exponen algo muy característico de Romero de Torres: el dialogo de contrarios.

SIGNIFICADO Y RELEVANCIA DE LA OBRA

Julio Romero de Torres es uno de los pintores más populares de la historia de España. La belleza y la sensualidad que se desprenden de sus retratos femeninos se convirtieron en el símbolo de la mujer andaluza (ver galería) y por extensión de la mujer española.

La chiquita Piconera, Julio Romero de Torres. 1929-1930. Museo del pintor en Córdoba.

Es cierto que, durante los primeros años del siglo XX, el auge del regionalismo andaluz extrapoló el ideario popular de Andalucía hasta convertirlo en la imagen de la cultura española.

Durante la Dictadura de Franco ( 1939-1975), se apropiaron de elementos plasmados en la pintura de Julio Romero de Torres, porque condensaban una serie de valores que desde el Régimen se fomentaban. Usaron su imagen en los billetes, crearon una colección amplísima de sellos etc.

Billetes de cien pesetas, con la imagen del propio pintor , y de una de sus obras titulada Fuensanta.

Esta concepción andaluza de la cultura española se prolongó hasta bien entrado el Franquismo. A través del cine franquista -propaganda de la época- llegó a todas las casas y caló en la población española.

De esta manera , el arquetipo de «lo español» se fue implantando en el imaginario colectivo nacional pero también extranjero: en España todos cantan coplas y van vestidos de flamenca a diario.

Aquello del “Spain is Different”  fue la base del llamado “exotismo cultural español” ,que utilizaron como recurso de marketing, para atraer el turismo internacional.

Por tanto, se demuestra el peso que tuvo la identidad popular andaluza en el grueso de la cultura española, hasta el punto de producirse una simbiosis entre ambas, dando lugar a estereotipos vigentes hasta el día de hoy.

La pintura de Julio Romero de Torres con su estética andaluza (mantillas, peinas, guitarras, sombreros cordobeses, mantones de Manila) y sus elementos casi oníricos, como si de un embrujo se tratara, sin duda contribuyeron a ello.

BIBLIOGRAFÍA Y WEBGRAFÍA

GARCÍA DE LA TORRE, Fuensanta: Julio Romero de Torres, 2008.

https://museojulioromero.cordoba.es

https://www.carmenthyssenmalaga.org

https://es.wikipedia.org/wiki/Julio_Romero_de_Torres

https://www.museoreinasofia.es

https://www.youtube.com/@educacciontv




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Catedral de Santa María de Regla de León

COMENTARIO HISTÓRICO-ARTÍSTICO DE LA CATEDRAL DE SANTA MARÍA DE REGLA DE LEÓN

INTRODUCCIÓN

Procede del campo de la filosofía uno de los experimentos mentales más interesantes que recuerdo, y que, al hilo de la obra que estamos por analizar, viene perfecto para que le haga de telonero: la paradoja del barco de Teseo. Esta leyenda de origen griego, según nos cuenta Plutarco, relata que el barco en el que el héroe mítico Teseo navegó desde Creta tras matar al minotauro del laberinto se mantuvo activo durante mucho tiempo a base de ir sustituyendo las viejas tablas de madera por otras nuevas continuamente. Varios pensadores se hicieron la siguiente pregunta: ¿es el barco reparado el mismo que el utilizado originalmente por Teseo o uno diferente?

Como en otras tantas ocasiones, y de esto dan buena cuenta los artistas contemporáneos, vuelve a salir a la palestra la cuestión de la identidad, en este caso ligada al cambio inherente al paso del tiempo, un tema sobre el que se han postulado toda clase de variantes y que podemos aplicar a nosotros mismos, por ejemplo, preguntándonos si nuestro yo de hoy es el mismo que el de ayer. A nivel de personalidad, de un día para otro difícilmente vamos a cambiar, pero a nivel biológico las células de nuestro cuerpo se regeneran constantemente, y en ese sentido, por ende, no somos la misma persona.

A la Catedral de Santa María de Regla de León se le puede aplicar una lectura paralela a su coyuntura arquitectónica, puesto que los sillares de su estructura, en muchas ocasiones, han sido completamente reemplazados por otros nuevos mucho más resistentes que el débil material de base, fácil de labrar, pero poco propicio para los avatares climáticos leoneses. A poco que uno pasee su mirada por las fachadas de la bellamente llamada Pulchra Leonina, percibe diferencias de color entre unas partes y otras de los paramentos, algunas veces simples parches, otras zonas completamente restauradas, y es así que resulta lógico preguntarnos esto: ¿es la catedral de León que vemos hoy igual a la que vieron las gentes medievales que contemplaron su construcción?

Obviamente, no, pero no solo por una cuestión material que repercute en la apariencia del conjunto arquitectónico y escultórico, sino porque, desde la consagración de la obra gótica en 1303, muchas más adiciones, proyectos y remodelaciones han pasado por su historia, pero, en esencia, lo que observamos hoy sigue siendo la Pulchra Leonina, que lleva siete siglos presidiendo el horizonte de la vieja Legio. A partir del análisis que vamos a emprender a continuación, que cada cual reflexione más en profundidad sobre la paradoja de Teseo en relación a la fábrica catedralicia legionense.

CONTEXTO HISTÓRICO-ARTÍSTICO

Los horizontes cronológicos en la Historia del Arte, como bien sabéis si sois ávidos seguidores de este blog, siempre hemos de tomarlos como valores referenciales y pocas veces como fechas estrictas en las que un movimiento o periodo termina y comienza el siguiente porque el mundo así lo ha querido; valiéndonos de un dicho bien conocido en nuestro país, no sucedió, como en la Segunda República, que “España se acostó monárquica y se levantó republicana” el 14 de abril de 1931. Si la delimitación de marcos temporales para el estudio especializado de la materia histórico-artística fuese siempre así de sencillo, muchos debates desaparecerían del seno académico, pero el ser humano, por naturaleza, es complejo, y por tanto su historia también.

En el proceso histórico que llevó a la Europa medieval del Románico al Gótico unos ven una transición paulatina y armónica, de tal forma que el segundo no se entiende sin el primero, mientras que otros argumentan una ruptura clara del lenguaje gótico con respecto al románico, con el que conviviría durante bastantes décadas antes de que exhalara su postrero aliento. El arquitecto Fernando Chueca Goitia afirma que, en esta coyuntura, “la evolución y la transición no pueden negarse, porque en términos generales la ruptura no existe”, aclarando poco después que “los caminos del románico al gótico son muchos y no siempre coincidentes” (CHUECA, 2000, p. 162), defendiendo así que los factores que llevaron a la progresiva adopción del gótico frente al románico en todas las artes varían en unas zonas y en otras, ya que cambian las posibilidades materiales, las tradiciones, el bagaje cultural, los intereses, etc.

Por su parte, el difunto catedrático José María Azcárate, en su manual “Arte gótico en España”, impreso por vez primera en 1990, decía lo que sigue: “No hay solución de continuidad entre los estilos románico y gótico, sino que coexisten, aunque, no obstante, se acusa perfectamente la diversidad en los fundamentos estéticos” (AZCÁRATE, 2010, p. 1). Quizás la prueba más fehaciente de esta realidad podamos verla en el Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela, obra con que el Maestro Mateo cerró la fachada occidental del complejo, en cuya arquitectura se observan bóvedas de crucería que delatan un influjo del primer Gótico francés, así como una escultura más naturalista, como la que exhiben el Santiago del parteluz y el Cristo de las llagas, que convive con otra más encuadrable en los estilemas románicos.

Se acepta a nivel mundial el periodo aproximado de 1150-1200 como fase de desarrollo del Románico Tardío o Tardorrománico, que no acabó ahí del todo, ya que su estela siguió determinando fábricas, aunque de menor calado, de manera inercial mientras triunfaba en todo el Viejo Continente la moda goticista. Por esas fechas, en el norte de Francia, gracias a la imprescindible promoción del abad Suger, se estaban llevando a cabo las obras de la primera construcción gótica conocida, la Basílica de Saint-Denis, primera de una serie de edificios clásicos que se han encuadrado bajo el nombre de opus francigenum, literalmente “obra francesa”, donde hallamos catedrales como las de Reims, Amiens, Laon y, por supuesto, la Catedral de Nôtre-Dame de París.

Fachada principal de la Basílica de Saint-Denis. Wikimedia Commons

Esta primera etapa del Gótico va aproximadamente desde el 1150/1160 hasta el 1220, y deja sentadas las bases de un estilo que, si bien no puede entenderse homogéneo, sino con contrastes a veces muy acusados entre unas regiones y otras (ESPAÑOL, 1999, p. 8), va a ir perpetuando su identidad y predominio en Occidente hasta el siglo XV de forma general, en que el Quattrocento italiano empieza a ganarle terreno, y en algunas zonas hasta el siglo XVI y más allá, véase la propia España, cuyas catedrales de Segovia y Nueva de Salamanca responden ya a un “Gótico Nacional”, tal y como lo bautiza Chueca Goitia. En definitiva, el Arte gótico, en origen, es un producto autóctono galo que se va a ir expandiendo por toda Europa occidental y marcando las pautas a seguir hasta que, pasando los siglos, otros focos ganen en protagonismo.

Si precisamente atendemos exclusivamente al panorama español, el ya citado Azcárate nos ofrece una división cronológica por etapas del desarrollo del Arte gótico en nuestra nación. Un primer momento tendría lugar entre el 1175-1225 aproximadamente, que sería la fase preclásica o de transición, y que él bautizaba como “Protogótico”, si bien muchos especialistas pusieron en tela de juicio dicha nomenclatura. Vendría a continuación la etapa clásica, desarrollada entre 1225-1325, en la que se encuadrarían las tres grandes catedrales góticas españolas, donde predomina claramente el influjo francés: Burgos, Toledo y León. El siglo XIV depararía para los reinos hispanos una mirada más centrada en los Estados italianos, en lo que el catedrático llama fase “manierista” del estilo, siendo la fase “barroca” el Gótico flamígero del siglo XV y la fase “arcaizante” ese “Gótico Nacional” del siglo XVI, que constituye una “búsqueda de un nuevo clasicismo” (AZCÁRATE, 2010, p. 4).

Mapa de expansión del Gótico por Europa occidental. Pinterest

El término “gótico”, tal y como lo formula por primera vez Giorgio Vasari en sus famosas Vidas del siglo XVI, va imbuido de un tinte despectivo, puesto que la palabra deriva de “godo”, entendido en el sentido peyorativo de bárbaro, en contraposición al Renacimiento, basado en el orden, la armonía y el equilibrio de las manifestaciones artísticas grecolatinas. No fue hasta el siglo XVIII, y, sobre todo, con el Romanticismo en el XIX, que comenzaría a difundirse una nueva mirada y amor hacia el pasado, más concretamente al Medievo, donde las formas y elementos del Gótico serían concebidas como uno de los más bellos y refinados productos del hombre, hasta el punto de llegar a desarrollarse un revival inspirado en aquel, el Neogótico.

No nos cabe la menor duda de que Vasari o bien estaba cegado surfeando la gran ola del Renacimiento, o bien no entendía en toda su magnitud el fenómeno arquitectónico goticista, o quizás una combinación de ambas, ya que a poco que se conozca cómo opera la maquinaria estructural de una catedral gótica es imposible decir que ha sido realizada por gente inculta y sin sentido del orden y la razón; nada más lejos de la realidad, como iremos viendo. Para empezar, con la progresiva difusión del Gótico se fue renovando de forma mayor que en el Románico la imagen de Europa en su totalidad, no solo visualmente, sino también y, sobre todo, culturalmente.

El siglo XII europeo espolea uno de los fenómenos más destacados de la historia de la humanidad, las universidades, que van a ir aumentando en número exponencialmente hasta convertirse en los centros del saber racional por excelencia, frente a la fe divina de las escuelas religiosas. Esta “secularización del saber”, como la llama la historiadora Francesca Español, va a ir reduciendo considerablemente las tasas de analfabetismo, y al hilo de ello se desarrollan una serie de corrientes de pensamiento que miran más a la naturaleza física que a la naturaleza divina, en base a postulados derivados de la traducción de obras de Aristóteles que ahora llegan a Occidente. Ello conducirá irremediablemente, ya en el siglo XIV, al divorcio entre la fe y la razón.

Las universidades y las catedrales góticas son, por excelencia, fenómenos urbanos, es decir, nacen en la ciudad, que experimenta en estos siglos de la Baja Edad Media un desarrollo casi tan masivo y destacado como en el mundo islámico, que llevaba a Occidente siglos de ventaja. Es en el ámbito urbano donde, precisamente, empiezan a organizarse los trabajadores en gremios, lo que no quita que arquitectos, canteros y demás oficios relacionados con este campo sigan desplazándose en cuadrillas itinerantes para acometer las obras de mayor envergadura, en especial, obviamente, las catedrales:

“En la ciudad medieval europea, es la catedral el edificio más representativo de la vida y del espíritu de la sociedad, ya que en su construcción ha participado toda la ciudad, directa o indirectamente.” (AZCÁRATE, 2010, p. 4)

Una obra cuyas portentosas dimensiones se estima que van a llevar varias generaciones en ser levantadas de principio a fin, llegando a prolongarse varios siglos la mayoría de las veces por cuestiones ya no solo constructivas, sino también económicas, religiosas y sociales, requiere de un esfuerzo colectivo difícil de intuir siquiera en nuestra conciencia actual. Aparte de los propios arquitectos que daban la idea y las trazas del proyecto, así como las cuadrillas de canteros, bien dirigidas por sus respectivos capataces, y toda clase de artesanos, como escultores, pintores, vidrieros y carpinteros, el sustento pecuniario que hizo posible la erección de tales empresas, si no salía directamente de las arcas regias, del cabildo, los nobles o los propios gremios, procedía de las donaciones y limosnas que ciudadanos y peregrinos ofrecían caritativamente para financiar estas construcciones en loor de Dios.

Recalcamos el término “artesanos” con que hemos aludido a oficios tales como el de escultor o pintor, que si bien actualmente estudiamos bajo los parámetros artísticos con que merecen ser abordados, hemos de tener en cuenta que la noción del artista como creador individual con un estilo propio con que evocar emociones y suscitar reflexiones en el espectador la hemos heredado del Renacimiento, no del Gótico, bien que excepciones tan notorias como Giotto di Bondone obligan a reconsiderar ciertas visiones. En esencia, hasta el siglo XIV solo los arquitectos gozan entre el gran público de un mayor reconocimiento a nivel artístico debido a la magna labor que desarrollan al frente de las fábricas catedralicias, entre otros encargos que reciben; en este punto, ni la propia documentación hace distinciones especializadas entre escultores y pintores, ambos son considerados artesanos (ESPAÑOL, 1999, p. 18).

ANÁLISIS COMPOSITIVO Y FORMAL

LEÓN ANTES DEL GÓTICO: DEL IMPERIO ROMANO AL ROMÁNICO TARDÍO

“Entrar una tarde soleada en las ligeras naves de la “Pulcra” es algo que la pluma no alcanza a definir. Decir que entramos en un fanal de irisados colores es cierto, decir también que estamos en un mundo inmaterial donde todo reverbera y se convierte en pura luz es más cierto todavía, pero en el fondo son metáforas que no pueden asir la múltiple sensación que nos embarga.” (CHUECA, 2000, p. 213)

Si un arquitecto con un bagaje cultural y destreza profesional como es Chueca Goitia agachaba la cabeza y mostraba humildad de palabras y metáforas ante la catedral de León debido a que era incapaz de encontrar suficientes para expresar su magnificencia, ¿qué podré decir yo, modesto redactor de este blog? Muchas cosas tengo que contaros, ya que de eso va un análisis de obra, pero aun con la libertad de expresión que otorga un vocabulario tan rico y variopinto como el español, jamás podremos encontrar términos suficientes con que contener verbalmente el vibrante crisol que es la Pulchra Leonina.

En el solar donde se alza esta majestuosa catedral hubo previamente otras construcciones cuyo conocimiento parcial se lo debemos a las diversas catas arqueológicas que se han sucedido en este terreno desde el siglo XIX. En esta centuria fueron hallados, gracias a la intensa labor de Demetrio de los Ríos, restos de unas termas romanas bajo el suelo de la iglesia, erigido por la Legio VII Gemina que tenía aquí establecido su campamento. Se trata de un recinto balneario ornado con mosaicos que responde a la tradicional tipología axial, sucediéndose linealmente el frigidarium (sala de agua fría), el tepidarium (sala de agua templada) y el caldarium (sala de agua caliente), y que mantuvo su uso termal hasta el siglo IV (GARCÍA, CAMPOMANES y HERNÁNDEZ, p. 34).

Restos de las letrinas bajo las termas romanas hallados en las excavaciones arqueológicas de la catedral de León. Portal de Turismo de Castilla y León

Con la progresiva expansión del Reino asturiano, en el 912 el rey García I decide mover la capital de Oviedo a León, concediéndole a esta población una importancia inusitada hasta entonces, aunque todavía habría que esperar hasta el siglo XII por lo menos para que, a nivel urbanístico, la antigua Legio abandonara su “perfil semirrural” y luciera como una verdadera capital regia (GARCÍA, CAMPOMANES y HERNÁNDEZ, p. 37). Para entonces, las termas romanas seguían siendo el edificio más destacado del entorno leonés, razón por la que, incluso antes del traslado de la capitalidad, el rey Ordoño I, al conquistar León en el 856, mandó convertirlo en su palatium, hasta que en el 916 fuera donado al obispo Frunimio II para albergar la sede episcopal.

En ese siglo X, las viejas termas romanas no solo vieron trocada su funcionalidad en términos eclesiásticos, sino que albergaron también el panteón regio hasta la construcción de San Salvador de Palat del Rey durante el gobierno de Ramiro II de León (931-951), antesala del mucho más conocido Panteón Real de San Isidoro, cuyos frescos le han valido el epíteto de “Capilla Sixtina del Románico”. Volviendo a la primera iglesia que ocupó el solar del antiguo recinto termal, estaba consagrada a Santa María, advocación que se va a mantener hasta la fábrica gótica, llamada Catedral de Santa María de Regla por protagonizar la plaza de Regla que se planificó delante suya.

Sin embargo, de la inicial catedral prerrománica apenas se puede apuntar nada, pues casi nada queda de ella, tan solo un par de capiteles hoy guardados en el Museo Catedralicio Diocesano y el Museo de León que se fechan en esta décima centuria (BOTO, 2002, p. 590). Con la llegada del obispo Pelayo a la cátedra legionense (1065-1078), la iglesia primitiva, azotada por las aceifas de Almanzor, se hallaba en deplorable ruina estructural, por lo que, con el beneplácito de Fernando I, emprendió una serie de reformas que revitalizaron su aspecto, dotándose de un nuevo claustro y dependencias comunitarias, y concluyeron con una reconsagración ante Alfonso VI en 1073. Una nueva restauración fue acometida con el obispo Diego a partir de 1116, financiado por la reina Urraca y su hijo, el futuro Alfonso VII (BOTO, 2002, p. 591).

Capitel de la catedral prerrománica de León. Museo Catedralicio Diocesano

Fue en este espacio de esencia prerrománica con aderezos románicos en el que tuvo lugar la protocolaria coronación imperial del susodicho Alfonso VII en 1135, unos treinta años después de haber perdido la diócesis de León, por resolución papal, los derechos de aspiración a sede metropolitana, quedando en calidad de sufragánea con respecto a la archidiócesis de Oviedo; Diego Gelmírez tuvo más suerte con Santiago de Compostela en 1120, si recordáis. Transcurren las décadas y la todavía capital del reino sigue sin recibir en su suelo una iglesia episcopal siquiera equiparable con la que entonces se estaba levantando en la sede jacobea, hubo que esperar aún hasta la década de 1170 para que se pusiese en marcha un nuevo proyecto edilicio de envergadura, una catedral tardorrománica que se solapa con la obra gótica.

A finales del siglo XII, León todavía conservaba una de las puertas de la vetusta fortificación imperial romana, la porta principalis sinistra, que ya desde tiempos del obispo Frunimio II en la décima centuria comienza a ser rebautizada en las fuentes documentales como Puerta Obispo, cuyo portazgo era percibido, precisamente, por la diócesis. Este y otros recursos económicos fueron los que, en suma, llevaron al obispo Manrique de Lara (1181-1205) a decretar decididamente el inicio de una catedral ex novo que sustituyera a la del siglo X; no obstante, moriría sin ver concluida su gran empresa vital.

Siguiendo los planos trazados por el arquitecto Demetrio de los Ríos al hilo de las catas arqueológicas que desarrollo en la catedral leonesa entre 1884-1888, la iglesia románica tardía de la ciudad contaba con tres ábsides, el central con mayor desarrollo que los laterales, y un marcado transepto cuyo crucero prácticamente coincide con el gótico, ornándose el conjunto con relieves de los que se han podido conservar bastantes muestras de interés. En uno de ellos, la Virgen con el Niño recibe de un donante arrodillado, quizás el magister operis, una construcción cubierta con el típico tejado de escamas que caracteriza a las construcciones románicas del valle del Duero, en las que, quizás no por casualidad, se pudo inspirar el templo legionense tardorrománico, puesto que edificios como la Catedral Vieja de Salamanca o la Catedral de San Salvador de Zamora cuentan también con un triple ábside escalonado.

Demetrio de los Ríos, planta del conjunto catedralicio leonés a la luz de las excavaciones de 1884-1888, dejando ver parte del trazado de las termas romanas y del templo tardorrománico. Archivo de la Catedral de León

Intentar recrear hipotéticamente el aspecto que pudo tener la antecesora de la Pulchra Leonina es prácticamente imposible: dada la falta de restos y documentos que pudieran aportarnos descripciones que sirvieran como material de base para tal objetivo, en el estado actual de la cuestión restituir gráficamente la iglesia del Románico Tardío supondría un sobreesfuerzo gratuito. Semejantes labores titánicas tuvieron que ser sacadas adelante para que la antesala del gótico pudiera llegar a término, ya que en el tránsito al siglo XIII, con la frontera de la “Reconquista” en imparable avance hacia el sur, León iba perdiendo progresivamente su autoridad, hasta el punto de encerrarse en una “ficción política” (BOTO, 2002, p. 594) para intentar salvaguardar desesperadamente su estatus de ciudad real (civitas regia).

Relieve del donante ante la Virgen con el Niño procedente de la catedral tardorrománica de León. Museo Catedralicio Diocesano

Las estrategias de Manrique de Lara para acelerar la construcción fueron varias, desde lograr un mayor apoyo de la corona, cosa que consiguió sobre todo con Fernando II, hasta el patrocinio de las reliquias de san Froilán, trasladadas a la sede leonesa desde Moreruela a finales del siglo XII, y la renovación del viejo sepulcro del obispo San Alvito, ambos los tesoros espirituales que dan cuerpo a la catedral legionense (BOTO, 2002, p. 595). En el siglo XIII, con las nuevas conquistas de Fernando III, “el Santo” (1217-1252) y la reunificación de los reinos de Castilla y León, la posición de Legio en el mapa castellano iría aún más en declive: cuando la ciudad estaba en pleno apogeo urbano, cuando la Pulchra Leonina empezaba a perfilar los cielos de la vieja capital, la fortuna de su historia comenzó a periclitar. Cosas que pasan.

LA PULCHRA LEONINA, GLORIA DEL GÓTICO EN ESPAÑA

En el mismo lapso de cien años que conforma el siglo XIII, León vivió una situación aparentemente paradójica: a nivel político y territorial, había perdido la capitalidad monárquica y de su esplendoroso pasado apenas se oían ya sutiles ecos; en el plano artístico, la construcción de la nueva catedral, hito del Gótico español y europeo, auspició una edad de oro breve pero intensa que marcaría el devenir histórico de la urbe legionense. En el transcurso récord de apenas 50 años, hecho inédito en Europa hasta entonces, la Catedral de Santa María de Regla se erigió como uno de los mayores logros del Gótico radiante fuera de Francia: qué feliz relato resultaría si soltásemos ahora la pluma, pero no existe en el mundo una narración completamente exenta de villanos que continuamente nieguen las motivaciones del protagonista.

Primeramente, y como podéis esperaros si sois ávidos lectores de esta clase de artículos, muchos aspectos de la catedral leonesa siguen sin estar del todo esclarecidos, bien por carencia de testimonios históricos suficientes, bien por falta de rigurosos análisis desde otras disciplinas que puedan arrojar más luz sobre los debates que emanan de la historiografía artística. Las discrepancias entre unos especialistas y otros arrancan desde la propia fecha de inicio de la obra, punto para el que hemos de situarnos en la década de 1240, horizonte en el que la iglesia tardorrománica ya se estaba dilatando demasiado en el tiempo y la moda internacional circulaba por otros derroteros, por lo que comenzó a plantearse la erección de una fábrica gótica mientras seguían en uso las naves, la cabecera y el claustro anteriores (BOTO, 2002, p. 601).

En el contexto del Congreso Internacional «La Catedral de León en la Edad Media», celebrado en la dicha ciudad entre los días 7-11 de abril de 2003, acudieron académicos tanto de España como de Alemania, concordando en algunos puntos y chocando en otros. Uno de estos últimos, el catedrático Henrik Karge, comenta que por esos años comenzó a ganar fuerza una corriente crítica que retrasaba la fecha de inicio de la catedral varios años atrás con respecto a 1255, año que tradicionalmente se ha tomado como límite inicial. Si bien este especialista reconoce que en los años 40 del siglo XIII se llevaron a cabo algunas partes, por una cuestión estilística afirma que, antes de 1255, resultaba imposible concebir un proyecto en Gótico radiante al nivel evolutivo que demostró León (KARGE, 2004, p. 119).

Del otro parecer es la profesora María Victoria Herráez Ortega, que argumenta que no solo se comenzaron las obras de la Pulchra Leonina en el entorno de 1240, sino que el proyecto catedralicio en su conjunto, consagrado a inicios del siglo XIV, ya estaba plenamente concebido para entonces, si bien en un lenguaje clásico francés que, a partir de que se retomaran las obras en 1255, se reajustó a las directrices del estilo radiante (HERRÁEZ, 2004, p. 176). Aunque la documentación conservada no permite conocer con exactitud hasta qué fechas se prolongaron las obras tardorrománicas, entre 1225-1230, según señala la misma especialista, se constata la adquisición legal de nueve heredades en el valle de Fenar de cuyas canteras pudo extraerse la cantidad de piedra necesaria para erigir la futura nueva catedral (HERRÁEZ, 2004, p. 154).

Aunque en líneas de pensamiento diferentes, la realidad es clara: si bien hubo partes de la estructura que se edificaron entre 1243-1247, no fue hasta 1255, bajo el episcopado de Martín Fernández (1254-1289), cuando la obra recibió el impulso definitivo con que avanzó sin interrupciones hasta su consagración en 1303. ¿Qué ocurrió en esos años tan concretos de 1243-1247? En la primera fecha, el Papa Inocencio IV concede a la diócesis legionense el derecho a cobrar las tercias de los diezmos de las iglesias rurales de su jurisdicción para sufragar los gastos constructivos de la catedral, pero cuatro años después el mismo pontífice, con el fin de incentivar la “Reconquista” de Sevilla, puso a disposición de Fernando III esas “tercias de fábrica”, paralizando las obras y sumiendo a la diócesis en una fuerte deuda económica.

Con Martín Fernández en la cátedra leonesa y Alfonso X, “el Sabio” (1252-1284) en el trono castellano, se creó el tándem perfecto para espolear el avance de la fábrica catedralicia, “el corazón de la vida ciudadana” como decía José María Azcárate (AZCÁRATE, 2010, p. 5). Ahora bien, hay que matizar un par de cuestiones, ya que el rey sabio, si bien bastante interesado en el progreso de la Pulchra Leonina, por otra parte, se mostró durante casi todo su reinado ausente en la ciudad de León. Habiendo perdido León su condición de capital del reino cabe preguntarse esto: ¿qué intereses tenía el monarca en su catedral? Podéis echar cuenta de que aquí huele a política.

Hasta 1258, la monarquía castellana seguía reteniendo las tercias de la diócesis leonesa, fondo financiero fundamental que, no obstante, hubiera sido insuficiente para pagar las deudas contraídas a partir de 1247. Entra de nuevo en juego la misma fuerza que, en ese mismo año, privó a León de aquellas rentas que también le otorgara en 1243: la Santa Sede. Su Santidad Alejandro IV, además de interceder ante el rey para que devolviese las tercias a la diócesis, concedió diversas indulgencias a los fieles que visitaran la Catedral de Santa María de Regla y, además, eximió a Martín Fernández del pago de las deudas que ahogaban a las arcas diocesanas (KARGE, 2004, p. 124). Los fondos económicos, por último, reflotaron también, en buena medida, gracias a las donaciones efectuadas por el propio cabildo (HERRÁEZ, 2004, p. 58).

Por un lado, el interés particular de Alfonso X hacia la catedral de León, aunado con los vínculos personales que le unían a Martín Fernández, han llevado a hipotetizar sobre un posible interés político de la corona hacia Europa, que emulando modelos franceses en la sede leonesa pudo, quizás, estar aspirando al trono imperial del Sacro Imperio Romano Germánico, una pretensión internacional para la que, por ende, toda ayuda era bienvenida (KARGE, 2004, p. 125). En otro plano, no es menos cierto que la presencia regia real deja mucho que desear en los documentos, pues ni la ayuda económica concedida por la corona fue cuantiosa, ni se dejó ver asiduamente por la vieja capital, una relación con el templo leonés bastante pobre si la comparamos con el más notorio compromiso de su sucesor, Sancho IV (HERRÁEZ, 2004, p. 160).

Es buen momento para recordar la paradoja del barco de Teseo, ya que parece que, precisamente, de paradojas está compuesta la trama histórica de la radiante Pulchra Leonina, cuya refulgente naturaleza tiene más penumbras que un teatro de sombras chinescas. Pese a todo, casi fue un milagro que una catedral como esta pudiera no solo salir airosa de los problemas que la ataban, sino que, además, lo hizo en poco más de cinco décadas y sin parones, lo que nos permite hablar de un edificio unitario en el que difícilmente pueden distinguirse fases, hazaña arquitectónica de incalculable valor artístico que, cómo no, tiene un doble rasero: ello dificulta el estudio del proceso constructivo.

Vista de la Pulchra Leonina desde el ángulo suroeste. Wikimedia Commons

La uniformidad estilística de la catedral de León constituye, sin duda, un fenómeno pocas veces visto en la Historia del Arte; me permito recordar que la Catedral de Santiago de Compostela, no muy lejos de la que ahora nos atañe, se inició en estilo románico, se remató con el Pórtico de la Gloria, a caballo entre el Tardorrománico y el Primer Gótico, tiene un cimborrio gótico y toda una campaña constructiva barroca presidida por la Fachada del Obradoiro. Si bien después de consagrada la iglesia de la diócesis siguió desplegando una rica actividad artística, como veremos sobre todo en el análisis de las artes figurativas, la arquitectura principal, repetimos, se completó en unos 50 años bajo la batuta del Gótico radiante francés, sin grandes cambios en el proyecto.

Mucho más extremo es el caso de la monumental Catedral de San Pedro de Colonia en Alemania, iniciada a mediados del siglo XIII, casi paralelamente a la leonesa, pero no concluida hasta fines del XIX; no es un ejemplo casual, ya que la de Colonia es considerada la otra gran muestra extranjera del Gótico radiante, pero en términos cronológicos se separa de León en su terminación casi seis siglos. La variación estilística conforme al cambio de modas, por tanto, es inherente a la fábrica germana, quedando así de nuevo la Pulchra Leonina como la “única gran iglesia del siglo XIII fuera de Francia que fue construida en su totalidad de acuerdo con el sistema del Style rayonnant” (KARGE, 2004, p. 116).

Con respecto a la época clásica, el Gótico radiante toma en consideración todos los logros constructivos y mecánicos de aquel, como el arco apuntado, la bóveda de crucería, el arbotante y el pináculo, con los que se traba un conjunto donde cada una de las partes tiene sentido con las adyacentes hasta formar un todo armónico y estructuralmente sólido; lo que pasa es que la luz, metáfora de la divinidad, adquiere un protagonismo todavía mayor. La práctica totalidad del recinto murario se horada con altos y portentosos ventanales cubiertos de vidrieras multicolores que llenan de color el interior al filtrar los rayos solares, desmaterializando el muro de tal forma que parece ingrávido, no queda nada de la función sustentante que tuviera en el Románico, los pesos se desvían a la cimentación y hacia los botareles exteriores mediante arbotantes.

Esto nos habla del grado de refinamiento al que había llegado el saber arquitectónico medieval, implementado a través de una continua experiencia que parte del Primer Románico y alcanza sus máximas cotas de esplendor en el siglo XV con el Gótico flamígero. Ahora bien, es importante señalar que en el citado lapso de 1243-1247 se documenta la construcción de la base de la cabecera muy seguramente siguiendo un plan que, por cronología, más debía entroncar con el Gótico clásico francés que con el radiante, motor que rige el conjunto a partir de 1255. Gracias a las tercias de fábrica, aún en posesión de la diócesis, se pudieron acometer en esos años los muros de sustentación del zócalo de la girola y las cinco capillas radiales, base a la que, más o menos, intentó adaptarse el maestro de obras que trazó los planos definitivos.

Muchos apuntan a que ese arquitecto pudo ser el maestro Simón que figura en las fuentes de la época, que pudo hacerse cargo de la dirección de las partes más antiguas de la estructura catedralicia (KARGE, 2004, p. 126). Si ese es el caso, Simón denota en su proyecto un profundo conocimiento del saber hacer gótico en general y de las novedades constructivas, estilísticas y estéticas del radiante en particular, comenzando por la propia planta, que por unanimidad se sabe con certeza que está inspirada en la de la Catedral de Nuestra Señora de Reims, salvando algunas diferencias atribuibles a los contextos y preocupaciones particulares que rodean a ambas iglesias.

Comparativa de las plantas de las catedrales de León (izquierda) y Reims (derecha). Blog Viajar, ver, encontrar… y Wikimedia Commons, respectivamente

El distintivo más evidente lo observamos en el cuerpo de tres naves, mucho más alargado en Reims que en León, compuesto tan solo por cinco tramos; así mismo, en la zona de los pies puede verse cómo las torres-campanario que flanquean el pórtico occidental legionense no están integradas en el primer tramo, como era costumbre, sino separadas, solución que veremos en detalle al analizar las fachadas. En ambas iglesias existe, a su vez, un transepto formado por otras tres naves, sumándose dos tramos más antes de llegar a la cabecera, cuyas capillas mayores están rodeadas por una girola a la que se abren cinco capillas radiales, uniformes en el caso de León, con disposición escalonada en Reims por las mayores dimensiones de la central. La completa totalidad de los espacios se cubre con bóvedas de crucería, sustentadas al interior por pilares fasciculados.

El resultado es una iglesia macrocéfala, con forma de champiñón si se me permite la observación, debido a que no era necesario un extenso cuerpo de naves como en Reims, cuyo ceremonial de unción y coronación así lo requería (HERRÁEZ, 2004, p. 162), respondiendo esta desproporción a una cuestión utilitaria; según Chueca Goitia, “es el único lunar de tan excepcional monumento” (CHUECA, 2000, p. 217). Una diferencia más marca distancias entre las fundaciones española y francesa, una que requiere algo más de perspicacia: si miráis de nuevo la planta sobre estas líneas, veréis que preceden al hemiciclo de la cabecera unas capillas rectangulares que en León están cerradas por tres lados, mientras que en Reims quedan abiertas hacia el desarrollo occidental del edificio. Se ha argüido que esto puede deberse a que por esa línea discurría la muralla vieja de la ciudad, centro de debates donde no vamos a entrar.

Pasemos del papel a la realidad, y lo primero que nos llama la atención es aquello con lo que hemos abierto este artículo: los paramentos adolecen el uso de distintos tipos de piedra. Entre otros factores, la Catedral de Santa María de Regla pudo gozar de tal rapidez constructiva gracias a la facilidad de extracción que presenta la caliza de Boñar con que se levantó casi todo el edificio. El problema con esta piedra deriva de su irregular composición, altamente sensible a los condicionantes climáticos, bastante acusados en el entorno de León, de ahí que hubiera que restaurar la fábrica en el siglo XIX con los más robustos ejemplares calcáreos de Hontoria de la Cantera, complementados con las calizas de La Pola de Gordón para los enlosados y la toba de Rodiezmo de la Tercia para la plementería de las bóvedas (RODRÍGUEZ, 2013, p. 28).

Con las canteras de caliza boñarense a pleno rendimiento, el trasiego laboral que hizo posible el “milagro legionense” tuvo que ser bastante interesante de presenciar día tras día, ya que los especialistas, a la hora de estudiar el proceso de construcción de la Pulchra Leonina, dada su uniformidad y que se desarrolló en una campaña continuada de 50 años aproximadamente, han teorizado largo y tendido sobre un procedimiento a todas luces anómalo en lo que se refiere a la arquitectura eclesiástica. Lo común era iniciar la fábrica por la cabecera, orientada al este, y concluir por los pies, hacia el oeste; en León queda claro que entre 1243-1247 se comenzó, precisamente, con el zócalo de la cabecera, pero lo que aconteció a partir de 1255 apunta a un levantamiento simultáneo de todo el conjunto de fuera hacia dentro.

Esto quiere decir que la estructura en su totalidad fue alzándose hilada a hilada, pilar a pilar, desde los muros hasta el abovedamiento sin atender al tradicional y lógico avance de oriente a occidente (KARGE, 2004, p. 130), hecho que permitió, además de una intachable unidad estilística, mantener en pie la catedral tardorrománica hasta bien avanzadas las obras, oficiándose en su seno los oficios litúrgicos durante el tiempo que necesitara la catedral gótica en quedar operativa. Ello explicaría con bastante seguridad por qué las esculturas de la triple portada occidental fueron labradas con anterioridad a las de las puertas del transepto: lo habitual era ir concibiendo en el taller las piezas según la sección del edificio que estuviera realizándose (HERRÁEZ, 2004, p. 151), pero, si algo nos demuestra León, es que no debemos generalizar como el pavo “inductivista” de Bertrand Russell (estamos filósofos hoy, sí).

Es evidente que a nosotros no nos van a cortar el cuello en Nochebuena como a la susodicha ave, pero es en excepciones como León o la también gótica Catedral de Nuestra Señora de Amiens, que se construyó al revés, es decir, de los pies a la cabeza, cuando debemos dejar de lado las premisas epistemológicas generales y enfocar el asunto desde otro ángulo para hallar respuestas. Estas serán dadas en su completitud cuando se junten los factores que hagan posible un estudio a fondo de la organización y técnica constructivas de la catedral leonesa: hasta que no exista una monografía al respecto, seguirá cerniéndose en torno a la Pulchra la incógnita sobre su particular progresión.

Dado que, pese a todo, la cabecera tuvo una ligera delantera durante el avance de las obras, por esta parte comenzaremos a analizar el exterior. Las afiladas líneas rectas del perfil poligonal de las capillas del ábside, resultado de intentar adaptarse al zócalo previo a 1250, contrastan con las suaves curvas de las tracerías de los ventanales, rematados en arcos ojivales que resaltan la verticalidad característica de la arquitectura gótica junto a los contrafuertes y los pináculos que los rematan, elementos que no son puramente estéticos, sino que asientan las cargas de los botareles para evitar su pandeo. Hacia ellos precisamente se desvían los pesos de las bóvedas como tal a través de los arbotantes, solo así pueden abrirse tales vanos sin que peligre la estructura.

Cabecera de la catedral de León. Wikimedia Commons

De aquí nos movemos a los brazos del transepto, cuyas portadas fueron realizadas probablemente unos años después de la fachada occidental, como delata el estilo de sus esculturas (KARGE, 2004, p. 131). Estructuralmente, tanto la fachada septentrional como la meridional, aunque en menor escala y con salvedades, siguen el esquema del imafronte: sobre la portada se articula un hastial central, enmarcado por sendos contrafuertes y organizado en altura por un triforio de cuatro vanos dispuestos sin solución de continuidad, un segundo protagonizado por un rosetón de bella geometría y un remate en gablete horadado por un vano con forma de triángulo curvilíneo.

Fachada norte del transepto de la catedral de León. Wikimedia Commons

Separados del hastial y recibiendo sus pesos con arbotantes, dos botareles de mayor envergadura terminan de encuadrar el espacio, delimitando en la fachada sur, junto a los contrafuertes del propio hastial, la triple portada a los pies. Tanto en el lado norte como en el meridional, además, se levantan entre el transepto y la girola sendas torres, llamadas respectivamente “Limona” y “Silla de la Reina”, y su funcionalidad no es otra que la de actuar de nuevos contrafuertes para contrarrestar las cargas de estos puntos tan críticos de la estructura, donde convergen los arbotantes que llevan los pesos de las bóvedas del transepto y la cabecera (HERRÁEZ, 2004, p. 170). En general, el brazo sur ha sido siempre uno de los lugares más débiles de la catedral de León, motivando diversas restauraciones en clave historicista y la famosa leyenda del topo maligno que socavaba los cimientos del templo cada noche.

Fachada sur del transepto de la catedral de León. Wikimedia Commons

La joya de la corona del exterior de la Pulchra Leonina es, sin duda, la fachada occidental, tanto por su atípica composición como por la riqueza artística de su complemento escultórico, que analizaremos a su debido tiempo. Como ya hemos apuntado, contra la norma general, las torres que flanquean el hastial central están separadas del cuerpo de naves y no integradas en el primer tramo, lo que, por un lado, resalta el protagonismo de dicho cuerpo central y su triple portada, pero a nivel técnico lo priva de dos contrarrestos fundamentales para la mecánica del edificio, efectuándose esta transmisión de pesos con arbotantes que, por tanto, quedan al descubierto. La profesora Herráez califica este hecho de estéticamente deficiente (HERRÁEZ, 2004, p. 163), pero, bien visto, es un fenómeno único en el Gótico que no se ve fuera de León.

Fachada oeste de la catedral de León. Wikimedia Commons

Que cada uno juzgue en base a sus propias observaciones si el arquitecto que tomó esta decisión atinó o patinó, nuestro cometido es analizar, en primer lugar, dicho cuerpo central. El primer nivel lo constituye, evidentemente, la triple portada ojival, que sobresale notablemente de la línea de fachada; el arco central, la Portada del Juicio Final, es más ancho y alto que los laterales, de los que se separa mediante arquillos lanceolados. Igual que hemos visto en las fachadas del transepto, el segundo nivel, correspondiente al triforio, lo componen cuatro arcos apuntados sucesivos, organizados interiormente por dobles arquillos sobre columnillas rematados por un pequeño rosetón con motivo tetralobulado. El tercer nivel lo copa un gran rosetón, dividido por espléndidas tracerías que forman patrones geométricos radiales.

Remata el hastial un piñón en gablete, atravesado por otro rosetón, encima se aloja un grupo de la Anunciación y queda flanqueado por los contrafuertes que enmarcan el cuerpo central, terminados en crestados pináculos. Este nivel de coronación, separado del anterior por un antepecho en voladizo, fue completamente restaurado, al igual que el resto del hastial, por Demetrio de los Ríos a finales del siglo XIX, devolviendo el piñón a su estado original y retirando los elementos de la reforma plateresca del siglo XVI (RODRÍGUEZ, 2013, p. 46), algunos de ellos guardados en el patio del claustro, como los chapiteles, ornados con estrías helicoidales recorridas por ovos.

Chapitel plateresco del siglo XVI retirado del imafronte durante las restauraciones decimonónicas, hoy en el claustro. Wikimedia Commons

En cuanto a las torres-campanario, además de diferenciarlas una ligera variación de altura de poco más de tres metros (64,60 metros mide la torre norte y 67,80 la sur), media una no tan sutil de dos siglos en sus conclusiones. Ambas iniciaron su andadura constructiva en el siglo XIII, a la par que el resto de la obra, pero mientras que la fábrica septentrional, la Torre de las Campanas, fue terminada a finales del siglo XIV, la construcción meridional, la Torre del Reloj, tuvo que ser prácticamente rehecha a partir del siglo XV por los daños que adolecía. Por la evolución del Gótico en esas fechas, la torre del sur muestra un acabado plástico más abundante y potente que la del norte, articulando el ascenso arcos conopiales que llevan la mirada hasta la esplendorosa aguja, finamente calada y cuajada de cresterías.

Suficiente lo dicho para el exterior, es hora de mover nuestros pies hacia el interior de la Pulchra Leonina, cuyos alzados son la máxima muestra del estilo radiante de que hace gala esta fastuosa catedral, reconocible por unas amplísimas y coloridas vidrieras que generan una sensación en el espacio intramuros que así nos transmite, una vez más, Chueca Goitia:

“He contemplado catedrales francesas grandiosas y monumentales como Chartres, como Bourges, como Amiens, la de naves más bellas y perfectas, como Reims, pero en ninguna de ellas he experimentado una sensación pareja a la de León. Sensaciones acaso más fuertes, superiores, pero distintas.” (CHUECA, 2000, p. 213)

Si en planta la filiación de León con Reims está más que clara y demostrada, pese a las diferencias anotadas, en los alzados es más complicado atinar una única fuente posible de inspiración para el maestro de obras que trazó sus diseños. Tiempo tendremos de ahondar en los vitrales, quizás los mejores del Gótico hispano, cuando analicemos las artes figurativas, nos compete en estos momentos determinar aquellos edificios en que pudo inspirarse el arquitecto de la Pulchra Leonina, “la catedral más francesa de todas las españolas” (ESPAÑOL, 1999, p. 141), a la hora de trazar los alzados. Sea el maestro Simón u otro personaje por ahora desconocido, está claro que tuvo que viajar a Francia junto a un equipo de trabajadores que conoció de primera mano los grandes logros del opus francigenum (KARGE, 2004, p. 133).

Los muros que separan la nave central de las laterales se estructuran, como era normal en el contexto europeo en general y francés en particular, en tres niveles: arquerías apuntadas en el nivel bajo, triforio en el medio y alto claristorio en el superior. El diseño de las tracerías de los vitrales de los dos niveles superiores es bastante convencional dentro del Gótico radiante (KARGE, 2004, p. 135), consistiendo en dos pares de arquillos lanceolados rematados por sendos óculos de motivos polilobulados que, a su vez, se enlazan compositivamente en el centro por otro mayor. La particularidad de León radica en que, flanqueando los laterales de dichas vidrieras, se alojan unas lancetas más estrechas y, por ende, mucho más apuntadas que los pares de arquillos, motivo llamado en francés panneau reculé (KARGE, 2004, p. 139).

Comparativa entre los alzados interiores de la catedral de León (izquierda), la Basílica de Saint-Denis (centro) y la catedral de Châlons-en-Champagne. Wikimedia Commons

Aunque cumpla con el canon típico del estilo radiante y tenga una clara filiación gala, ya hemos aducido pruebas suficientes de que la Catedral de Santa María de Regla no es una mera copia de modelos transpirenaicos, sino que va imbuida con altas dosis de creatividad, véanse la distribución de las fachadas o su nutrido corpus de vidrieras. Si bien en los niveles del alzado pudo también inspirarse en parte en la catedral de Reims, calar los triforios hacia el exterior para que formen una unidad compositiva con el claristorio es una solución que León tomó de otra iglesia o planteó de forma original. Rastreando en el panorama, vemos que la Basílica de Saint-Denis se reformó a partir de 1231 en estilo radiante, planteando un alzado interior con el que León guarda hartas semejanzas en lo compositivo (HERRÁEZ, 2004, p. 168), así como la Catedral de San Esteban de Châlons-en-Champagne.

Antes de pasar a la última gran construcción de la catedral gótica legionense, el claustro, cabe mencionar que por entonces la citada Puerta Obispo fue objeto de una reforma alineada con los estándares del Primer Gótico, conformándose en su parte superior un pasadizo que conectara la Pulchra con el Palacio Episcopal. Se le dio entonces un carácter monumental a la altura del vetusto acceso romano de la porta principalis sinistra (GARCÍA, CAMPOMANES y HERNÁNDEZ, 2004, p. 43), pero la mala fortuna de la que parece heredera la vieja Legio dio con la incompetente demolición de Puerta Obispo entre 1910-1911, ello pese a las férreas resistencias de los miembros más cultos de la Comisión Provincial de Patrimonio (RODRÍGUEZ, 2013, p. 227).

Fotografía de 1910 de la Puerta Obispo desde el oeste durante su demolición. Archivo de la Catedral de León

Debido a que el palacio del obispo se ubicaba al sur de la catedral, el claustro hubo de ser levantado en el costado norte, contra lo que dictaba la práctica común de la arquitectura eclesiástica (nada raro en León con el historial que llevamos). Precisamente por esa zona se erigió el claustro de la catedral tardorrománica, que según los estudiosos debía contar, con mucha probabilidad, con unas dimensiones semejantes a las del recinto claustral gótico (30 metros de lado), fijadas definitivamente a comienzos del siglo XIII (BOTO, 2002, p. 601). A finales de la misma centuria, ya levantada la mayor parte de la iglesia goticista, se comenzó a sustituir el claustro románico, que todavía permanecía en pie.

Entra en juego en este contexto el arquitecto que sucedió a Simón como magister operis de la Pulchra Leonina: el maestro Enrique, activo entre 1261-1277, año de su fallecimiento, sustituyéndole entonces Juan Pérez. Se ha demostrado por sondeo documental que este maestro Enrique coincide con el mismo que se menciona en la Catedral de Santa María de Burgos, cuyo claustro se construyó aproximadamente entre 1260-1265, datando los planes para el de León de la década de 1270. No puede descartarse la posibilidad de que se reutilizara parte de los muros de las viejas bandas claustrales para acelerar el proceso constructivo de la fábrica gótica (KARGE, 2004, p. 132).

Claustro de la catedral de León. Wikimedia Commons

Una profunda transformación se llevó a cabo en el claustro en el siglo XVI bajo la dirección del arquitecto Juan de Badajoz el Mozo, que rehízo entre 1539-1554 las bóvedas de los corredores, estructuralmente encuadrables en el tardogótico y ornamentalmente renacentistas. En el conjunto claustral radica uno de los puntos más abundantes e interesantes de las artes figurativas de la Pulchra Leonina, ya que cuenta con capiteles y un conjunto de pinturas murales del siglo XV concebidos bajo un sólido programa iconográfico; ello se completa con los sepulcros bellamente esculpidos de una serie de dignidades eclesiásticas que desearon ser enterradas aquí (FRANCO, 2004, p. 267). Todo esto lo contemplaremos con la debida atención en el apartado figurativo.

Vista longitudinal de uno de los corredores del claustro leonés. Wikimedia Commons

LA CATEDRAL DE LEÓN ENTRE LA HISTORIA, LA RESTAURACIÓN Y LA DESGRACIA

Como hemos ido comentando a lo largo del artículo, la catedral de León cuenta con un nutrido historial de restauraciones que tuvo uno de sus momentos álgidos en el siglo XIX, ya que, para entonces, la construcción presentaba un aspecto deplorable y llegaba en algunos puntos a amenazar ruina; “un edificio herido de muerte” decía la RABASF. Tres fueron los factores fundamentales que se determinaron como causantes del deterioro de la fábrica catedralicia: la poca consistencia del material empleado, una cimentación irregular y defectos constructivos (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 146). De la caliza de Boñar y su sensibilidad ante el clima leonés ya hemos hablado, y el segundo punto se resume en que la catedral gótica reaprovechó los cimientos romanos y tardorrománicos sin tener en cuenta que su magnitud requería una cimentación mucho más adecuada para recibir sus potentes cargas.

En cuanto a los descuidos de la construcción gótica per se, los propios restauradores decimonónicos señalaron que, aunque habían contribuido a la debilidad de la estructura en ciertos puntos, eran de poco calado, atañendo sobre todo al asiento de los sillares y a una economía de medios y rapidez en el proceso que no imposibilitaron la erección de una obra sumamente admirable (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 149). Los mayores defectos que pudieron señalar esos mismos arquitectos se referían a los añadidos posteriores al auge del lenguaje gótico, criticando sobremanera los elementos de estirpe barroca, que no gozaron de la fortuna con que sí lo hicieran en Compostela, al contrario, casi nada queda de la historia del Barroco en la Pulchra Leonina.

El relato que se va a desplegar desde aquí hasta el final del presente apartado queda para juicio de cada uno a partir de los datos que vayamos exponiendo. Intervenciones renacentistas hubo en el siglo XVI, como ya hemos tenido oportunidad de atestiguar, siendo la mayor de ellas la reconstrucción de las bóvedas claustrales, así como el piñón con que se remata el hastial de la fachada occidental, cuyos chapiteles helicoidales, recordemos, fueron respetados por los restauradores decimonónicos y colocados en el patio del mismo claustro a la vista de todos.

Josef Asensio, Ortografía de la fachada principal de la Santa Iglesia de León, 1792. Biblioteca Nacional de España

Aciaga suerte correrían, por el contrario, los aditamentos barrocos, tanto por cuestiones estéticas radicales como por suponer dichos elementos un peligro para la estabilidad estructural. Como remate del crucero, el cabildo tuvo el deseo de engrandecer esta zona de la catedral con una cúpula, encargándose de su diseño Juan de Naveda, arquitecto de Felipe IV, y levantándose entre 1631-1637, pero sus descargas comprometieron seriamente el sistema mecánico del edificio, ejecutando Joaquín de Churriguera unos pilastrones con el fin de contrarrestar dichos pesos. La verdad es que el remedio fue peor que la enfermedad, siendo el brazo sur del transepto el que más se resintió por las nuevas cargas, hasta el punto de tener que realizar obras de refuerzo en el propio siglo XVII que llevaron a un renovado remate del hastial meridional.

Reconstrucción infográfica de la cúpula de Juan de Naveda por fuera. GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 154

Pese a las advertencias dadas por otros tantos arquitectos de no levantar una linterna sobre la cúpula del crucero para evitar agravar más la estabilidad de la estructura, el insistente cabildo se salió con la suya y fue erigida una en madera en 1742. Siendo insuficiente la palabra de los profesionales, tuvo que ser Dios quien les diera un toque: en enero de 1743, como cabía esperar, cuatro bóvedas colapsaron, uno de los pilares torales se quebró y una capilla, la del Carmen, se desplomó (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 139). Tampoco bastó eso, pues el cabildo llamó al arquitecto italiano Giacomo Pavía para “desfacer el entuerto” y, por fin, darle a la peligrosa cúpula su todavía más peligroso remate en forma de linterna. El terremoto de Lisboa de 1755 fue la ultimísima llamada de emergencia para actuar prontamente o dejar morir a la Pulchra.

Reconstrucción infográfica de la cúpula de Juan de Naveda por dentro. GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 154

Durante un siglo, sucesivas reparaciones fueron conteniendo penosamente el colapso total del templo, pero en 1857 ya se estaban desprendiendo cascotes de la cúpula central que no solo hablaban de un serio peligro de desplome general, sino que, unido a ello, se estaba poniendo en riesgo las vidas de quienes pasaban por allí. En 1859, se crea la Junta de Restauración de la Catedral de León, pero aún tuvieron que transcurrir un par de meses hasta que la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando nombrara a Matías Laviña Blasco como su primer arquitecto de cabecera (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 156). Tras una inspección a fondo, no tardó en determinar que el foco de los males estructurales era la cúpula, pero al darse cuenta de que los pilastrones ejercían cargas desmesuradas de hasta 338 toneladas comenzó a preparar de inmediato los andamios para su desmontaje (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 158).

Desmontadas estas amenazas, elaboró a finales de 1860 su plan de restauración, ofreciendo la posibilidad de abogar por la conservación del edificio tal y como estaba, o derrumbar las zonas más comprometidas para poder reconstruirlas desde cero; esta última propuesta fue la vencedora, y para sorpresa de todos, fue ejecutada velozmente entre 1861-1863 (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 160). Pese a la radicalidad de la intervención, la RABASF apoyó firmemente a Laviña, quien procedió, primero, con el deseado derribo de la cúpula del seiscientos, luego reforzó los arcos torales y, después, comenzó a desmontar el brazo sur del transepto siguiendo un orden lógico: vidrieras, tejas, armaduras de madera, plementos y nervios de las bóvedas, arbotantes, pilares y, finalmente, la fachada, que hubo que vaciar hasta los pies debido al hallazgo de amplias grietas en su superficie (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 162).

Matías Laviña falleció en 1868, dejando atrás los inicios de una restauración donde se mostró dubitativo, desatando una polémica a nivel nacional que llegó a proponer la llamada de urgencia del célebre Viollet-le-Duc; desde la Academia respondieron rápidamente con efectivos españoles bien cualificados (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 162). No olvidemos algo importante, que las catedrales góticas funcionan como máquinas sabiamente engranadas, si falla una parte se corre el riesgo de que falle el todo, y precisamente el todo, hasta nuevas y rápidas intervenciones, permanecía entonces en hiato de existencia: el temor al derrumbe no había desaparecido ni podía aún hacerlo.

Acudió entonces a la dirección restauradora Juan de Madrazo y Küntz, que si bien protagonizó un lento desarrollo durante los primeros años en el puesto, entre 1869-1876, ese año contaba con los fondos necesarios para armar el complejo andamiaje de madera con que, además de reconstruir las partes retiradas por Laviña y otras nuevas que hubo que desarmar por su mal estado, se contuvieron los desequilibrios del sistema estático incompleto, que generaban empujes irregulares con los que la ruina seguía expandiéndose (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 175). Madrazo, que comprendió de verdad la estructura gótica a diferencia de su predecesor, priorizó la reconstrucción de las partes activas o sustentantes, como los nervios de las bóvedas o los arcos, para, una vez asegurada la estabilidad del edificio, continuar con las pasivas o sustentadas, como la plementería (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 177).

Vista del interior de la catedral de León desde el crucero hacia el ángulo suroeste. Wikimedia Commons

Rehechas las bóvedas altas que desmontara Laviña y sustituidas por nuevas fábricas aquellas que comprometían el equilibrio estructural, que fueron la inmensa mayoría de las que conforman la catedral, se proyectó también encimbrar el ábside para reparar sus bóvedas de crucería, primera labor a la que se entregó ya el sucesor de Madrazo una vez fue destituido en 1880, Demetrio de los Ríos y Serrano (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 182). En 1885, se cubrió el crucero con una bóveda ojival, descartando la RABASF cualquier idea de volver a levantar sobre él estructura cualquiera, como la nueva cúpula goticista según planos de Laviña o la deseada aguja de Ríos. Para 1888, se retiraron las cimbras y, para alivio de todos, la Pulchra Leonina volvía a estabilizarse.

Aparte de las bóvedas bajas, que también fueron sometidas a la revisión restauradora decimonónica, restan por atender las fachadas meridional y occidental. La primera, como dijimos, fue finalmente desmontada hasta los pies por Matías Laviña, que la restauró hasta la altura del triforio, parte que Juan de Madrazo se vio obligado a desmontar por no resultar suficientemente resistente; una vez más se demuestra que Laviña nunca entendió el funcionamiento de la “maquinaria gótica”. Estableció un proyecto restaurador tripartito que comprendía, respectivamente, la reconstrucción del triforio, el paño del rosetón y el piñón con su gablete, de tal forma que hubiera una cabal correspondencia entre exterior e interior. Las obras del hastial sur fueron concluidas ya en 1882 por Demetrio de los Ríos.

Manuel Navarro, Ortografía de la Fachada del mediodía de la Santa Iglesia de León, 1792. Biblioteca Nacional de España

Concluir esta parte del proyecto general de restauración de la Catedral de Santa María de Regla constituyó un hito muy aplaudido entre los académicos, mas la conciencia arqueológica de Ríos no se frenaría ahí, expandiría su visión restauradora “en estilo” hasta el punto de no ya reconstruir la obra original, sino reformarla en clave neogótica para forzar aún más la unidad visual del conjunto al eliminar las diferencias entre la fábrica medieval y la restaurada (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 202). Si el gablete de la fachada meridional fue el primer paso de esta “reimaginación” arquitectónica, el imafronte fue, quizás, su pieza maestra: igual que aquella, la fachada occidental, tras la aprobación de la RABASF primero y el Gobierno después, fue completamente desmontada en apenas seis meses entre 1888-1889 (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 211-212).

Tras una sólida argumentación por la que Demetrio de los Ríos expuso las peligrosas deficiencias estructurales de la fachada de poniente, el arquitecto ofreció a la Academia las dos posibles opciones de restauración del remate del hastial: volver a colocar los elementos platerescos de la reforma del siglo XVI tras estabilizar esta parte o construir un remate neogótico que armonizara con el resto del edificio. Sobra decir que Ríos, si bien no rechazaba el primero por su estética en sí, sí lo hacía por su riesgo de ruina y por considerarlo un injerto anacrónico en el tejido gótico, ofreciendo explicaciones extra para inclinar la balanza del lado de la propuesta revival, que fue la finalmente escogida por la RABASF y, tras muchas dudas, por el propio Gobierno de España.

Fotografía de hacia 1890 que muestra el andamiaje con que se desmontó y reconstruyó el hastial occidental. Wikimedia Commons

Restaurados los niveles del triforio y el paño del rosetón a semejanza del hastial sur entre 1889-1890, hubo que esperar hasta 1891 para que el Gobierno quedara completamente convencido con la retórica de Ríos, insistente en rematar el imafronte con un piñón neogótico más adecuado funcional y estéticamente que el viejo artificio plateresco, bastante mal conservado según sus propias palabras. Obtenida la aprobación, las obras de finalización se prolongaron hasta 1893, estando ya en la dirección el sucesor de Ríos, Juan Bautista Lázaro, debido al fallecimiento de aquel un año antes. Antes de morir, abrió en sus memorias de la catedral un debate muy interesante: tras las profundas restauraciones, ¿es la Pulchra Leonina un edificio restaurado o una catedral reinventada? (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 224)

Cobra de nuevo sentido aquella paradoja del barco de Teseo apuntada al iniciar el escrito, más si tenemos en cuenta que bajo las directrices del mismo Demetrio de los Ríos, paralelamente a las reconstrucciones se planificaron una serie de “restauraciones parciales” de elementos activos y pasivos durante la década de 1880. Siguiendo un orden coherente, empezó a reparar los apoyos exteriores, tales como botareles y arbotantes, y acto seguido se centró en los pilares interiores, en especial en los torales del crucero, aterradoramente incurvados, para lo que se tuvo que fortalecer la débil cimentación de esta zona, al hilo de lo cual se desarrollaron las citadas catas arqueológicas.

Resuelta toda la osamenta que sustenta la catedral, se restauró también el sistema de desagüe, completado por Lázaro y que conllevó la labra ad hoc de gárgolas neogóticas. Así mismo, Ríos efectuó una limpieza a fondo del triforio, renovando la práctica totalidad de su estructura, seriamente dañada, y eliminando el antepecho barroco sin dejar rastro (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 239), muy en su línea de “barrocofobia”. Finalmente, persistiendo en su afán de persecución de la unidad estilística a ultranza, reformó el perímetro de ventanales bajos y altos y renovó sus perfiles con añadidos neogóticos que la mentalidad de entonces intuía que debían estar ahí a falta de pruebas arqueológicas: entre cornisas, pináculos, rosetas y antepechos, su mayor obsesión fueron los gabletes (llamemos a esto “gabletemanía”).

Por si toda la campaña restauradora no hubiera comprendido suficientes cambios y repuestos en la fisonomía original, la desgracia con que se iniciaron los primeros trabajos de la iglesia siguió acompañando a la pobre Pulchra, ya que el 29 de mayo de 1966, a las 17 horas, un rayo impactó en los pararrayos que estaban instalados en el transepto, desatando un incendio en las sobrecubiertas de madera que no fue avistado hasta las 20. Actuaron con inmediatez los cuerpos de bomberos municipales y de otras provincias hasta apagar las llamas a las 00:15, quedando la desgracia limitada sobre todo a las susodichas armaduras lignarias (RODRÍGUEZ, 2004, p. 191). El 4 de junio, cinco días después, se reabrieron las puertas del templo al público; casualmente, servidor cumple años ese día, hay que ver cómo son la historia y el destino…

Rafael Marín Bañares, fotografía de la catedral de León en llamas, colección Guillermo Marín

ANÁLISIS DE LAS ARTES FIGURATIVAS

Dividir el comentario de una obra del calibre de una catedral, la de León en el presente caso, es siempre una decisión difícil pero práctica a la hora de tener que efectuar un análisis que desentrañe de la mejor manera posible los aspectos que hacen que brille y sea recordada en el panorama general de la Historia del Arte. Queda claro que, de entre todas las catedrales góticas que se inspiran en modelos franceses fuera de Francia, la de León es, con mucha seguridad, la que mejor habla el idioma de allende los Pirineos, hecho objetivo que no le resta, por otra parte, un ápice de su originalidad, y esto aplica tanto a su arquitectura como al apartado de artes figurativas con que se enriqueció el conjunto de la Pulchra Leonina no solo en clave ornamental, sino también y sobre todo iconográfica.

En este punto debemos tomar otra decisión importante para el devenir de esta segunda parte del análisis: ¿qué orden hemos de seguir? Un estricto procedimiento cronológico nos obligaría a realizar saltos abruptos entre unas partes y otras, así que, sin por ello desecharlo del todo, comenzaremos el recorrido por las portadas, primero la occidental y luego las del transepto, que como dejamos apuntado cuentan con puertas labradas que están fechadas unos años más tarde; a continuación nos dirigiremos al claustro para destripar su complejo programa, empezando por los sepulcros, siguiendo con los capiteles y repisas, y cerrando con los frescos del siglo XV; de ahí iremos al coro, a la librería capitular y a unas pocas capillas, primando la Capilla Mayor, reservándonos el abordaje de la vidriería para el final.

LA PORTADA OCCIDENTAL

Vista general de la triple portada occidental de la Pulchra Leonina. Wikimedia Commons

Sin más preámbulos, acudamos al hastial occidental, ese que de vez en cuando suele preguntarse en el examen de Historia del Arte de la EvAU, para comentar el aparato escultórico de su triple portada ojival, cuyo acceso central muestra mayor altura y anchura que los laterales, de los que se separa mediante arcos lanceolados, proyectándose toda esta parte en perspectiva con una estructura rectangular en saliente que cobija los vanos. Sucesiones de arquivoltas en los tres huecos les confieren un carácter abocinado, decorándose los intradoses de las más exteriores con macollas y quedando sustentados los arquillos en lanza por pilares con figuras de profetas y evangelistas, mientras que los extremos se plantean como extensiones del muro del que sobresalen.

De esta panorámica general pasamos a una introspección de cada puerta en particular, comenzando por la principal, la central, a la que seguirán las laterales. Al sector central de la portada occidental se le llama Puerta del Juicio Final o Puerta de la Virgen Blanca, ambas por motivos que el análisis iconográfico irá dilucidando, y fue concebida hacia 1270. La parte baja de las jambas queda articulada por sucesiones de arquillos apuntados sobre columnas entre las que se alojan paños de muro decorados con motivos vegetales y geométricos en bajorrelieve; esta parte es común a todas las portadas.

Portada del Juicio Final o de la Virgen Blanca de la catedral de León. Wikimedia Commons

De igual manera, la parte superior de esas mismas jambas queda dividida por nuevas tandas de columnillas que, en esta ocasión, flanquean estatuas de cuerpo entero de personajes bíblicos cubiertas por sus respectivos doseletes, cuya parte superior marca la imposta de los arcos de los tímpanos y las arquivoltas. Durante el proceso de restauración que se dio en el pórtico occidental (con la misma piedra de Boñar se labró también la parte escultórica) entre 2008-2013, buena parte de estas esculturas quedaron expuestas en una de las bandas del claustro hasta que fueran reubicadas en sus lugares de origen, cosa que aún no ha sucedido. A finales del año pasado se supo la noticia de que, al fin, se ha firmado el convenio para esta última “fase” de la restauración, que restituirá las esculturas de las jambas con réplicas realizadas con tecnología punta en un plazo de 4-8 años.

Afortunadamente, la Virgen Blanca del parteluz sí fue sustituida por su correspondiente copia, de lo contrario la Pulchra Leonina seguiría todavía privada en su portada principal de una de sus esculturas más destacadas. El efecto que esta estatua genera en el espectador es parangonable, como poco, con el que se siente al ver el Santiago del parteluz central del Pórtico de la Gloria, ambos destilan calidades de primer orden en su factura. En este caso, se nos presenta una Virgen coronada con el Niño no sedente, sino majestuosamente erguida sobre una peana, bendiciendo con la mano derecha al igual que Jesús, quien, además, porta en su izquierda la bola del mundo. Frontal ella y él levemente ladeado, se genera con ello un sutil dinamismo compositivo al que contribuyen los juegos de claroscuro de los pliegues de sus túnicas, de suave primor naturalista que contrasta con los ideales rostros redondeados.

Estatua de la Virgen Blanca del parteluz central de la portada occidental de la catedral de León. Wikimedia Commons

El doselete que cubre a la Virgen Blanca, flanqueado por bandas pobladas de hojas y tallos, nos da paso al tímpano central, dividido en tres registros horizontales que narran el episodio apocalíptico del Juicio Final. El inferior lo centra el arcángel de San Miguel, que con su balanza pesa las almas, episodio de raíz egipcia que se denomina Psicostasis; así, a su derecha quedan los bienaventurados, que conversan en paz y armonía y a los que se abren las puertas del Paraíso, mientras que a su izquierda los condenados son cruentamente castigados por monstruos infernales. El registro central lo preside Cristo en majestad mostrando las llagas de sus manos, estando a sus lados dos ángeles portando instrumentos de la pasión y, en los extremos, María y San Juan evangelista arrodillados. El registro superior complementa al anterior, ya que dos ángeles adaptados al marco llevan la corona de espinas del Calvario.

Tímpano y arquivoltas de la Puerta del Juicio Final de la catedral de León. Wikimedia Commons

Quedaos con esta introducción general de la iconografía de la Puerta del Juicio Final, porque ahora vamos a introducir una serie de cuestiones que nos van a dar una imagen mucho más completa y rica del programa en su conjunto, en el cual intervino directamente el obispo Martín Fernández, hecho del que no duda la profesora Rocío Sánchez Ameijeiras, que va más allá en algunos postulados (SÁNCHEZ, 2004, pp. 208-209). Empecemos con la disposición de la Virgen Blanca de pie: si bien sus orígenes se remontan a Bizancio, colocar a la madre de Dios en el parteluz es un préstamo que León toma del Gótico francés: María es figurada, así, como “Reina del Cielo” (Regina Coeli) y como la nueva Eva que abre las puertas del Paraíso que le fueron cerradas a la antigua Eva por el Pecado Original (SAUERLÄNDER, 2004, pp. 182-183).

El mayor protagonismo que alcanza la figura de la Virgen María en los siglos góticos responde a un auge generalizado de la devoción mariana que fue difundiendo la Orden del Císter por Europa occidental y también oriental a partir del siglo XII. Esta renovación espiritual empieza a ver a María como Madre de Dios y no como su Trono, resaltando así su humanidad, que resultaba mucho más cercana para el pueblo que la vida de Cristo; no es casualidad que las consideradas tres catedrales del Gótico clásico hispano (Burgos, Toledo, León) estén todas consagradas a Santa María. El humanismo gótico que se desprende de la figura en carne y hueso de la Virgen, crucial en las decisiones compositivas de las portadas leonesas, fue por tanto la antesala del humanismo renacentista y su visión antropocéntrica del mundo.

Hundirnos en elogios hacia la exquisita belleza con que el Maestro de la Virgen Blanca de León impregnó a esta pieza es tentador, pero extendería mucho más este escrito; ya en su momento lo hizo el historiador del Arte alemán Willibald Sauerländer, que dijo que su túnica y “la dulzura del rostro redondeado de la madre de Dios” eran incomparables frente a los ejemplos franceses y germanos (SAUERLÄNDER, 2004, p. 184). En el contexto de esta portada central, María es, además, intercesora ante quienes van a ser juzgados al final de los tiempos, no por casualidad tanto la Virgen Blanca como la figura mayestática de Cristo están alineadas en el eje de simetría que vertebra la composición general, abriéndose entre medias el citado proceso de la Psicostasis.

La representación del episodio de los bienaventurados y los condenados de la Puerta del Juicio Final de la catedral de León es uno de los más alabados por los especialistas, así como uno de los que más debates ha generado en lo referido a la identificación de ciertos personajes. Comencemos hablando de la “antesala del Paraíso”, a mano derecha del arcángel Miguel, por donde desfilan una serie de personajes de todas las condiciones y estamentos hacia las puertas del Paraíso, custodiadas por San Pedro. La paz y la tranquilidad invade sus rostros, pues saben que sus almas están salvadas, y por ello entablan diálogos mutuos que aportan vida a la escena, en la que se oye música celestial venida de ángeles que cantan y tocan un órgano labrado con gran realismo.

Detalle de los bienaventurados del primer registro de la Puerta del Juicio Final de la catedral de León, la “antesala del Paraíso”. Wikimedia Commons

Lo contrario ha de decirse de quienes son condenados al infierno, situados a la izquierda de San Miguel. En primer lugar, una serie de diablillos avivan con fuelles el fuego de unas marmitas con aceite hirviendo donde otros grotescos demonios están arrojando las almas de varios pecadores, algunos de cuyos vicios pueden reconocerse por ciertos atributos, como la lujuria en el caso de la mujer rodeada por la serpiente o la avaricia en el hombre que porta una bolsa. En segundo lugar, más a la derecha, tres grandes cabezas demoníacas de afilados colmillos están devorando con sus fauces otras tantas almas en pena, representadas, como es habitual, en forma de cuerpos desnudos. Intentad imaginaros el aspecto de la portada con su policromía original, y entenderéis de forma todavía más clara el atroz carácter carnívoro con que Sauerländer definía esta escena (SAUERLÄNDER, 2004, p. 189).

Detalle de los condenados del primer registro de la Puerta del Juicio Final de la catedral de León. Wikimedia Commons

En el cortejo de los bienaventurados se cifra uno de los dilemas más agudos de la teología medieval: la representación iconográfica de los salvados en un contexto donde el aumento de humanidad antes comentado comenzó a difundir la preocupación por la regeneración del cuerpo. Si bien este tema queda patente por vez primera en suelo castellano en la Puerta de la Coronería de la catedral de Burgos, que según muchos fue modelo para la del Juicio Final de León, lo cierto es que en esta confluyen cuestiones que giran en torno a una paradoja (otra más), un oxímoron: ¿cómo puede figurarse la “corporeidad espiritual”?

El centro de este debate lo encabezó una de las órdenes mendicantes que más difusión alcanzó en Europa durante la Baja Edad Media: los franciscanos. En muchas zonas estos nuevos predicadores del Evangelio fueron rechazados frontalmente por las autoridades eclesiásticas competentes, incluyendo en la nómina a los reinos hispanos, mas fue el propio Martín Fernández uno de los primeros en defenderlos en su diócesis. Ello explica en parte que se incluya un monje franciscano entre los bienaventurados y que se preste tanta atención a las teorías de esta orden sobre la resurrección del cuerpo (SÁNCHEZ, 2004, p. 232); quizás basándose en los escritos de San Buenaventura, se ideó un cortejo donde quedara plasmado el ideal del deseo del alma de reunirse con el cuerpo al final de los tiempos para alcanzar la plena perfección, de ahí que contemplemos una escena llena de felicidad, sensualidad y “emoción espiritual”.

Se completa esta portada central con las esculturas de las tres arquivoltas, encuadradas entre deliciosas cenefas vegetales que separan visualmente unas de otras. Además de los clásicos ángeles trompeteros, situados en la ojiva interior, en la mayoría de estos espacios vemos renovados trasuntos de lo explicitado en el tímpano: elegantes y dulces ángeles de caras redondeadas vistiendo a las almas de los salvados con pesadas túnicas y mantos, feroces diablos condenando a los pecaminosos liderados por un horripilante Satanás más próximo a las pautas representativas románicas (SAUERLÄNDER, 2004, p. 194), y algunas escenas concretas, como la Lapidación de San Esteban. Todos y cada uno de estos grupos se cubren con doseletes y se disponen en el sentido de las arquivoltas, marcando distancias con la composición radial románica.

Arquivoltas de la Puerta del Juicio Final de la catedral de León. Wikimedia Commons

Tanto la puerta a la izquierda del Juicio Final (portada septentrional) como la abierta a su derecha (portada meridional) escenifican temas de índole mariana que vuelven a traer a la palestra ese auge de la devoción hacia la Virgen antes precisado. La portada de la izquierda es la Puerta de San Juan, cuyo dintel lo recorren ángeles portando objetos para los oficios divinos, como incensarios, tocando el órgano y entonando canciones, mientras que el tímpano se divide en tres registros: el primero desarrolla, de izquierda a derecha, los episodios de la Visitación, el Primer Baño de Jesús (escena de los Evangelios apócrifos) y la Anunciación a los pastores; el segundo registro narra, en el mismo orden, los Reyes ante Herodes, la Adoración de los Reyes y la Huida a Egipto; finalmente, el tercero contiene la Matanza de los Inocentes.

Tímpano de la Puerta de San Juan de la catedral de León. Wikimedia Commons

Como podemos ver, todas las escenas escogidas pertenecen al ciclo de la Infancia de Cristo, ya que en él es donde mejor se observa la figura materna de la Virgen María que tanta fama adquirió en las centurias bajomedievales; es, por tanto, una portada mariológica. En la escena apócrifa del Primer Baño observamos un tratamiento iconográfico que incide en la cotidianidad del capítulo representado, mostrando interesantes detalles como los utensilios para el baño del Niño Jesús o la cama donde reposa su madre asistida por las matronas que, según rezan los Evangelios Apócrifos, la acompañaron en el parto.

Atendiendo a la topografía original, teniendo en cuenta que esta puerta conectaba con la antigua parroquia, dedicada a San Juan Bautista, es muy atractiva la hipótesis de la profesora Sánchez Ameijeiras al respecto, quien defiende que el programa iconográfico de la Puerta de San Juan pudo ser moldeado conforme al lugar al que daba acceso. Es decir, el Primer Baño de Cristo encarna el sacramento del Bautismo, a través del que un neófito entra al seno de la Iglesia cristiana, por lo que los niños que iban a ser bautizados cruzaban tanto la puerta norte de la fachada occidental (acceso físico) como la puerta al cristianismo (acceso espiritual) (SÁNCHEZ, 2004, p. 217).

Este ciclo de la Infancia de Cristo se completa con un ciclo dedicado al Bautista en la arquivolta central, respondiendo esta decisión a una tradición que ponía en estrecha relación las vidas de ambos personajes. Por su lado, la arquivolta interior figura reyes sedentes tañendo instrumentos, mientras que la exterior elabora, a mano izquierda, una jerarquía eclesiástica completa, desde el subdiácono hasta el Papa, y a mano derecha la historia de San Pablo.

Detalle de las arquivoltas de la Puerta de San Juan de la catedral de León. Wikimedia Commons

Se cierra el conjunto del hastial occidental con la Puerta de San Francisco, también llamada Puerta de la Coronación, donde se acentúa aún más el sentido profundamente mariano de la composición escultórica de este sector. Tres nuevos registros narrativos dividen este tercer tímpano: el inferior relata el Entierro de la Virgen, al que acude el colegio apostólico, los ángeles que flanquean su lecho en el dintel y Cristo, quien recoge su alma; en el intermedio María y Jesús quedan entronizados y flanqueados por sendos ángeles en los extremos, cerrándose la escena con el registro superior, en el cual dos ángeles portan la corona de la Madre dispuestos a colocársela en la cabeza. En cuanto a las arquivoltas, la interior contiene serafines con libros, la central ángeles turiferarios (portadores de incensarios) y ceroferarios (portadores de ciriales), y la externa una serie de Vírgenes necias y prudentes.

Tímpano de la Puerta de San Francisco o de la Coronación de la catedral de León. Wikimedia Commons

Nótese que no se ha elegido el trascendental tema de la Dormición de la Virgen, sino uno más humano y terreno que entronca con lo dicho hasta ahora: el Entierro. Y no es casualidad que justo encima se la represente en el acto de su coronación, ya que esto responde a la compleja idea de la regeneración carnal descrita para la Puerta del Juicio Final, con la que está directamente relacionada a nivel iconográfico esta Puerta de la Coronación, conformando un binomio Juicio/Coronación muy característico en el Gótico clásico (SÁNCHEZ, 2004, p. 222). Ambas portadas responden, por tanto, a la esperanza en la Resurrección, tema que pudo ser elegido, como apunta la misma Sánchez Ameijeiras, debido al hecho de que en el atrio delante de la fachada occidental hubo un cementerio, no extrañaría así que sus difuntos quisieran verse reflejados en María o en su Hijo (SÁNCHEZ, 2004, p. 223-224).

Antes de continuar el análisis por las puertas del transepto, es importante hacer una reflexión sobre esa cuestión de las influencias que a tantos quebraderos de cabeza y controversias genera siempre en la historiografía artística. Quizás el citado Sauerländer tuviera razón cuando dijo que “Los historiadores del arte deberíamos aprender no del descubrimiento de influencias sino de la identificación de metamorfosis” (SAUERLÄNDER, 2004, p. 202): sin poner en duda que la Catedral de Santa María de Regla es, en esencia, un claro ejemplo de “Opus Francigenum” en suelo hispano, tanto a nivel arquitectónico como escultórico, no es menos cierto que, más allá de haber podido inspirarse en modelos como Chartres, Reims, Amiens o Nôtre-Dame de París, “es un espejo vivo de la cultura visual independiente del reino castellano en tiempos del rey Alfonso el Sabio” (SAUERLÄNDER, 2004, p. 201).

De igual forma que ocurría en el Románico, que constituyó un idioma común que adquirió diferentes acentos o dialectos en cada región, la escultura gótica franca tuvo un alcance internacional, pero las zonas que se dejaron influir por sus valores adaptaron ese lenguaje a su propia pronunciación (SAUERLÄNDER, 2004, p. 179). En base a rigurosos análisis de dichos influjos y variantes locales, buena parte de quienes se han dedicado a estudiar los entresijos de la Pulchra Leonina han determinado dos grandes maestros escultores cuya labor se destaca, sobre todo, en la puerta central: el Maestro del Juicio Final, autor del Cristo de las llagas, los bienaventurados y algunos ángeles portadores de los instrumentos de la Pasión; y el Maestro de la Virgen Blanca, quien labró, además de la bella estatua del parteluz, los condenados y San Miguel (AZCÁRATE, 2010, p. 164).

No podemos dejar de lado, para rematar, las fabulosas puertas de madera de nogal de las tres entradas de este pórtico occidental. Las centrales, talladas en 1694, se dividen en marcos geométricos que se cuajan de motivos vegetales como roleos, algunos mascarones y personajes como putti, medallones con efigies frontales o de perfil e, incluso, una Virgen con el Niño. Por su parte, las puertas laterales fueron concebidas a comienzos del siglo XVI, según Raimundo Rodríguez Vega, por maestros flamencos (RODRÍGUEZ, 2013, pp. 52 y 54), organizándose sus batientes en recuadros que contienen escenas bíblicas, correspondiendo las de la Portada de San Juan al Ciclo de Pasión y Resurrección, mientras que las de la Puerta de la Coronación muestran parejas de santos, composiciones vegetales y una Anunciación.

Puerta de nogal de la Portada de San Juan de la catedral de León. Wikimedia Commons

LAS PORTADAS DEL TRANSEPTO

Como ya explicamos en el análisis arquitectónico, la fachada del brazo sur del transepto emula, hasta donde le es posible dentro de este espacio, la composición del imafronte, con su triple portada bellamente llena de esculturas, su división cuatripartita en altura y los contrafuertes laterales, reminiscencia de las torres-campanario, añadiendo la salvedad tanto en este flanco como en el septentrional de erigir una torre extra en el recodo entre el transepto y la cabecera para soportar los empujes de ambas bóvedas. El estilo del apartado figurativo de las portadas sur y norte es uno de los principales datos que ha permitido su datación unos años después que el pórtico occidental.

Vista general del hastial meridional de la catedral de León. Wikimedia Commons

El eje de la triple portada meridional de la catedral leonesa es el sector central, la llamada Puerta de San Froilán o Puerta del Sarmental, dadas las afinidades con la obra homónima de Burgos; en este caso, el protagonismo de esta portada es incluso mayor que en el pórtico occidental, ya que solo aquí se terminó el programa escultórico proyectado. Una de sus creaciones más destacadas es la figura de San Froilán del parteluz, patrón de la diócesis de León cuyos restos reposan en el interior del templo. La autoridad de su rostro va a juego con los pesados paños que viste, que caen en dinámicos pliegues en V contrastados con las líneas rectas de los bajos; el santo queda cubierto en la parte superior por un dosel rematado por un pináculo que acentúa la verticalidad, marca el eje de simetría y dirige la vista del espectador hacia arriba.

Puerta de San Froilán o del Sarmental de la catedral de León (izquierda) comparada con la Portada del Sarmental de la catedral de Burgos (derecha). Wikimedia Commons

Subiendo desde el mainel llegamos al tímpano, que está organizado en dos registros: el inferior despliega al colegio apostólico, con unas figuras de labra más ruda frente a la suavidad vista previamente, todas cubiertas por doseletes; el superior, por su parte, dispone en el centro al Pantocrátor rodeado de los animales simbólicos del Tetramorfos, a los que flanquean los correspondientes evangelistas en sus scriptoria, mientras que, en lo alto del marco compositivo, una serie de ángeles inciensan la Gloria del Señor. En este caso tenemos dos arquivoltas, una menos que en las puertas de Occidente: la interior la pueblan ángeles ceroferarios sonrientes, mientras que en la exterior se disponen reyes músicos ejecutados con una exquisita fineza.

Tímpano de la Puerta de San Froilán de la catedral de León. Wikimedia Commons

Para la profesora Sánchez Ameijeiras, una vez más, la topografía original de la zona de la catedral legionense tuvo que ver en la elección de la Portada del Sarmental burgalesa como modelo para la Puerta de San Froilán, ya que Burgos hizo de ella el acceso privado por excelencia desde el que el obispo transitaba hacia el palacio episcopal, el cual, en el caso de León, se hallaba también frente a la portada meridional, compartiendo ambas ciudades un contexto urbanístico que, por tanto, podría explicar esta inspiración (SÁNCHEZ, 2004, p. 210). No obstante, hay una gran diferencia entre ambas, y es que el Sarmental burgalés era un paso también destinado para los canónigos, acceso que, en León, se desplaza al norte debido a que su claustro, en contra de la morfología habitual, fue abierto en este flanco del espacio catedralicio.

León supo compensar esto en la portada a la derecha de la central, con la que se acentuó el discurso episcopal de esta fachada mediante un programa iconográfico basado en escenas de la vida de San Froilán, concretamente dos dispuestas en un total de tres registros: el inferior narra el traslado de los restos del santo a la catedral de León desde el Monasterio de Santa María de Moreruela a finales del siglo XII, mientras que los dos siguientes escenifican su muerte, reservándose el intermedio al entierro y el superior al traslado de su alma al cielo por acción de dos ángeles, quedando completa la escenografía con tres arquivoltas repletas de ángeles músicos y turiferarios.

Puerta sureste de la fachada meridional de la catedral de León. SÁNCHEZ, 2004, p. 212

Que ambos episodios respondan a festividades litúrgicas en loor del santo legionense documentadas desde 1260 quizás no sea casualidad, y así nos lo hace ver, una vez más, Sánchez Ameijeiras. De forma semejante al caso presenciado en la Puerta de San Juan, posible trasunto del sacramento bautismal con el que los niños neófitos entraban física y espiritualmente a la Iglesia, la procesión desplegada en el registro bajo podría estar trasladando a piedra los propios actos procesionales celebrados en la vida real frente a esta portada (SÁNCHEZ, 2004, p. 212). De esta manera, las puertas de la ciudad y de la catedral, representadas en dicho registro, están aludiendo a sí mismas en calidad de espacios liminares por los que discurrían estas procesiones en honor a San Froilán, precisamente a esta calle daba la histórica Puerta Obispo que fuera fatalmente demolida en un claro acto de negligencia patrimonial.

Si bien en esta puerta sureste echamos en falta las estatuas entre las columnillas de las jambas, en la suroeste no solo faltan estas, sino también la decoración escultórica del tímpano, prueba de que, con mucha seguridad, el programa de la fachada sur no llegó a concluirse jamás. Llamada con posterioridad Puerta de la Muerte debido a la figura de la misma que protagoniza una ménsula a mano derecha, las labras quedan aquí reducidas a las jambas de la puerta, el dintel y las arquivoltas, cubiertos en su mayoría por los cuartelados de Castilla y León y las flores de lis de Francia, amén de ornatos vegetales como hojas de vid o racimos de uvas. Figurarnos tan bellos doseles protegiendo a sus respectivas figuras y un tímpano con esculturas regiamente enmarcadas hace volar nuestra imaginación, pero debemos permanecer en tierra y preguntarnos algo lógico: ¿qué ocurrió en esta portada?

Puerta de la Muerte de la catedral de León. Wikimedia Commons

La clave la tenemos en la propia heráldica a la que hacen referencia los relieves: en 1269, el heredero a la Corona de Castilla Fernando de la Cerda se casó con la princesa Blanca de Francia, nupcias apadrinadas por el obispo Martín Fernández, quien concibió grandes esperanzas en aquel matrimonio, queriendo por ello honrarlo como correspondía en una de las portadas de su sede catedralicia. Esta alianza de poderes, que lucía fructífera, se vio truncada por la muerte de Fernando en 1275, echando así por tierra los planes de futuro del obispo leonés y dejando sin labrar un tímpano cuyo silencio, paradójicamente, habla de un pasado que nunca llegó a ser, erigiéndose así en el “símbolo de unas grandes esperanzas frustradas” (SÁNCHEZ, 2004, p. 214). Visto bajo este prisma, llamarla Portada de la Muerte tiene ahora incluso mayor sentido.

Nuestro recorrido por las portadas de la Pulchra Leonina culmina con el acceso septentrional, que es el que comunica el interior de la iglesia con su claustro, hallando en este ámbito, contra lo que parecía norma común, un único vano, la llamada Puerta de la Virgen del Dado. Es el más tardío de los pórticos de León, fechándose su fábrica a finales del siglo XIII, y su rica policromía, muy bien conservada, es obra de 1505 del pintor León Picardo. Iconográficamente, en su estructura se condensa la historia sagrada desde la Anunciación, figurada en la parte baja, hasta el Apocalipsis, desplegado en el tímpano.

Puerta de la Virgen del Dado de la catedral de León. Wikimedia Commons

En las jambas, a mano izquierda se representan santos sobre peanas bajo doseletes, mientras que a la derecha presenciamos al ángel Gabriel y a la Virgen María en el momento de la Anunciación, reservándose el parteluz a un grupo de la Virgen con el Niño que denota un estilo más arcaizante. En cuanto al tímpano, lo copa el Salvator Mundi, rodeado de la tradicional mandorla o almendra mística, sostenida por cuatro ángeles, quedando en las esquinas del arco ojival los cuatro evangelistas perfectamente identificados por sus símbolos animales del Tetramorfos. Finalmente, dos arquivoltas culminan esta parte del programa: en la interior se disponen santas mártires en postura sedente, mientras que la exterior la recorren otros personajes eclesiásticos también sentados.

EL PROGRAMA DEL CLAUSTRO

Cerrar el análisis escultórico de las portadas de la Pulchra Leonina por la fachada norte es perfecto, ya que el siguiente paso es cruzar la susodicha Puerta de la Virgen del Dado para acceder al recinto claustral, otro de los puntos más nutridos e interesantes del conjunto figurativo leonés. Ya hemos señalado varias veces su atípica disposición al norte del recinto catedralicio, reservando el flanco meridional al palacio del obispo. Así mismo, ya nos detuvimos en su análisis arquitectónico, en cómo el claustro tardorrománico ya se situaba al norte y que, aunque el nuevo fue levantado en las últimas décadas del siglo XIII, la profunda reforma tardogótico-renaciente del siglo XVI modificó bastante su aspecto, aunque se respetaron las trazas originales.

Aparte de los capiteles, las repisas y las pinturas murales, que conforman un completo programa iconográfico que explicaremos brevemente dentro de unos párrafos, hemos de recorrer primero sus sepulcros, ya que el área claustral era elegida por muchas dignidades eclesiásticas, en especial canónigos y obispos, como lugar de reposo eterno. Este derecho funerario no era privativo del clero, pudiendo descansar aquí, además, personalidades y familias civiles que así lo desearan y que concedieran notables donativos a la catedral para que los religiosos rezaran por sus almas y celebraran misas en su honor. Con todo, como es lógico suponer, el porcentaje de finados pertenecientes al estamento clerical es notoriamente superior (FRANCO, 2004, p. 267).

Hemos de hacer una rigurosa selección dado el alto volumen de sepulcros existentes en la Pulchra Leonina, encabezando esta lista la tumba del canónigo Munio Ponzardi por ser la primera labrada en estilo gótico de la catedral y mostrar algunas características que van a ser comunes a la mayoría de las sepulturas de este ámbito, como el arco apuntado con una arquivolta de encuadre, en este caso con decoración vegetal, apeado sobre capiteles que coronan modestos haces de columnillas; y un tímpano labrado escultóricamente. En este sepulcro se juntan tres escenas en su marco compositivo, que son, de izquierda a derecha, la Anunciación, la Virgen con el Niño siendo coronada por dos ángeles y un donante genuflexo ofreciéndole una construcción.

Tímpano del sepulcro del canónigo Munio Ponzardi en el claustro de la catedral de León. Wikimedia Commons

Como bien apuntó la especialista María Ángela Franco Mata, resulta ilustrativo tener en cuenta las portadas catedralicias ya analizadas como posible fuente de inspiración directa en los monumentos funerarios, por no decir que algunos de aquellos maestros también recibieron encargos para las trazas de sepulcros (FRANCO, 2004, p. 268). Así, al Maestro del Juicio Final se le atribuye la labra de la tumba del deán Martín Fernández de entre 1255-1260, que responde a una fórmula, la del lucillo, que va a tener mucho éxito en León; curiosamente, un municipio leonés se llama Lucillo, pero que esto no os despiste del tema principal.

Sepulcros del deán Martín Fernández y Domingo Juan en el claustro de la catedral de León. Wikimedia Commons

Consiste esta tipología en una urna de piedra que contiene los restos del fallecido, generalmente con una estatua del yacente y situada bajo un arcosolio, es decir, se horada el muro a la necesaria profundidad para empotrar el sarcófago. En este caso, la apertura se cubre con una tracería de arco ojival subdividida en dos arcos más pequeños y rematada por un óculo cuadrilobulado, reservando el fondo de la pared a la decoración relivaria, la de este sepulcro organizada en dos registros que contienen, de abajo a arriba, la Epifanía y el Calvario, esculpidos con notable primor.

De tipo lucillo es también la tumba del sacristán Diego Yáñez, con la particularidad de enmarcarse en un arco de medio punto y no uno apuntado, como dictaba la arquitectura gótica; se excava menos el muro y las arquivoltas pasan a tener elementos figurados, ángeles para ser exactos, emulando el tímpano que cobija la iconografía de la Puerta de la Coronación, según la cual el Hijo corona a su Madre estando ambos entronizados. Ya del siglo XV sería el sepulcro del canónigo y legista Juan Martínez de Grajal, una de las mejores muestras de la escultura leonesa de este siglo, si bien es más arquitectónico que escultórico, llamando poderosamente la atención las ménsulas, donde se figura vivo (izquierda) y muerto (derecha), en un tipo de representación del cadáver putrefacto, el transi, que tuvo gran arraigo en Europa a partir del siglo XIV.

Tumba del canónigo y legista Juan Martínez de Grajal en el claustro de la catedral de León. Wikimedia Commons

No podemos concluir el recorrido sepulcral legionense sin pararnos a contemplar la majestuosa tumba de Ordoño II, hoy ubicada en el trasaltar, en el centro de la girola, por lo que, si me lo permitís, saldremos un instante del claustro antes de proceder con la siguiente parte. Iniciado a finales del siglo XIII y terminado ya en el XV, su dorado y su policromía llenan los ojos de quienes aprecian su valor en conjunto. El yacente monarca duerme plácidamente con la tranquilidad de saber, allá donde esté, que haber donado el viejo palatium al obispo Frunimio II en el 914 permitió que, andando los siglos, llegara a alzarse sobre él la radiante Pulchra Leonina.

Tumba de Ordoño II en el trasaltar de la catedral de León. Wikimedia Commons

Ahora sí, regresamos al recinto claustral cruzando la Puerta de la Virgen del Dado para abordar las labras de los capiteles y repisas que recorren el conjunto de las cuatro bandas. Para el momento de su creación, el aparato escultórico de los conjuntos claustrales había pasado por toda la fase de institución, desarrollo y consolidación durante el Románico, evolucionando en la transición al Gótico su estilo y los intereses iconográficos. En este sentido, el programa de León es “complejo a la vez que sintético, global, muy variado, y no sujeto a un orden determinado”, siendo la idea rectora general la salvación del hombre a través del trabajo y la redención del pecado, por lo que va a predominar el tono moralizante (FRANCO, 2004, p. 273).

Aunque la temática religiosa es la que predomina en los capiteles y repisas del claustro leonés, hallamos también, además de piezas cuajadas de elementos vegetales y animales, bien reales (leones, pájaros, jabalíes…), bien fantásticos (arpías, dragones, basiliscos…), fábulas y escenas profanas. Sintetizando mucho, de entre las primeras señalaremos la repisa que contiene el lay compuesto en torno a Aristóteles y la cortesana Campaspa, que logra embaucar al filósofo griego y cabalgarlo (sí, en el sentido que estáis pensando) gracias a encomendarse a Dios, advirtiendo de esta manera de los peligros de la astucia femenina (FRANCO, 2004, pp. 281-282).

Repisa del lay de Aristóteles y Campaspa del claustro de la catedral de León. RODRÍGUEZ, 2013, p. 209

En cuanto a las composiciones de tema profano, hallamos, en primer lugar, algunas que representan a personajes históricos, siendo paradigmático en este grupo la repisa donde aparecen el rey Alfonso XI, su amada doña Leonor Ramírez de Guzmán y el obispo Juan Ocampo, bajo los que se articula un dinámico capitel con escenas lúdicas variopintas. En esta nómina hallamos también actividades relacionadas con la nobleza y la realeza, tales como banquetes, jornadas de caza e, incluso, un torneo caballeresco en el que los jinetes se disputan el premio que era habitual en esta clase de eventos: el amor de una bella dama. Así mismo, no se deja de lado la cotidianidad, véanse momentos como el de la vendimia o el de la panificación, perfecto documento etnográfico hecho piedra.

Repisa de Alfonso XI, doña Leonor Ramírez de Guzmán y el obispo Juan Ocampo, sobre capitel de escenas lúdicas. FRANCO, 2004, p. 284

Como vemos, estamos ante episodios sueltos dentro del contexto genérico del claustro leonés donde el único elemento en común es el tono moralizante destinado tanto al capítulo eclesiástico que transitaba por aquí mientras oraba como al público que accedía durante los actos procesionales. Es en la temática religiosa donde podemos determinar un programa que, si bien no distribuido ordenadamente y, por tanto, difícil de seguir, comienza con la creación de Adán y Eva y el Pecado Original del Antiguo Testamento, continúa en el Nuevo Testamento con el ciclo de la Infancia de Cristo, un par de escenas del ciclo de la Vida Pública y del ciclo de la Pasión y Resurrección, y concluye con el Juicio Final. Tan compleja y caótica iconografía, así como las evidentes diferencias de calidad entre unas labras y otras, llevan a algunos expertos a pensar que el programa no se completó (FRANCO, 2004, p. 273).

Repisa de San Pedro en la barca viendo a Cristo caminar hacia ella sobre las aguas; abajo, capitel de cabezas engullendo fustes. RODRÍGUEZ, 2013, p. 198

En este maremágnum de caliza esculpida no solo se recurre a la Biblia como fuente de inspiración, sino también a otros textos igualmente validados por la Iglesia, en especial las vidas de santos recopiladas por Santiago de la Vorágine en su Leyenda dorada. Además de populares santos europeos como Santa Margarita, San Cristóbal o Santa Catalina, ocupa un lugar protagonista un pequeño ciclo de la vida de San Pedro, primer Papa de Roma y, por tanto, instituidor de su cátedra episcopal; en unas centurias donde esta se hallaba en una delicada coyuntura a nivel internacional, encabezada por el llamado Cisma de Aviñón, la Iglesia requería de una potente propaganda para recuperar su debatido prestigio, justificándose así una mayor presencia iconográfica del “príncipe de los apóstoles” (FRANCO, 2004, p. 278).

A quienes quieran conocer en detalle todo el complejo escultórico claustral de León les remitimos al artículo de la profesora Franco Mata que hemos estado citando asiduamente, de igual manera que aconsejamos su lectura si vuestro deseo es conocer también el último punto que cierra este subapartado: las pinturas murales. El encargo le fue realizado al artista Nicolás Francés en 1451, si bien este no dio comienzo como tal hasta 1460 aproximadamente, y hay que hacer notar que, aunque resulta tentador denominar en general frescos a las pinturas murales, lo cierto es que en el claustro de León se utilizó la técnica al seco, es decir, se intervino directamente la superficie mediante temple, procedimiento que pronto se demostró ineficaz e inadecuado, razón por la que hoy muchas están deterioradas, si no perdidas en los peores casos, ello pese a las numerosas intervenciones practicadas (FRANCO, 2004, p. 288).

Nicolás Francés, Jesús con los discípulos de Emaús y Aparición a los doce, con la presencia de Tomás, claustro de la catedral de León; el capitel a mano izquierda representa el proceso de panificación. Wikimedia Commons

El programa pictórico completo constaba de 31 paneles para los que Francés contó seguramente con un equipo de ayudantes que le permitió ir cubriendo cada tramo claustral progresivamente. Aún habiéndose destruido algunos de ellos, bien por la mala conservación de la antedicha técnica o por remodelaciones posteriores, se han podido reconstruir las escenas faltantes siguiendo el relato evangélico que rige el conjunto, leído en sentido levógiro. Este comienza con episodios de la vida de la Virgen extraídos de los Evangelios apócrifos, luego avanza a un bastante completo ciclo de la Infancia de Cristo, continúa con unos cuantos capítulos del ciclo de la Vida Pública y culmina con un igualmente completo ciclo de Pasión y Resurrección, rematado por la Pentecostés. Una parte considerable de los dibujos de las pinturas fue repasada por el arquitecto restaurador Juan Crisóstomo Torbado a inicios del siglo XX.

En el tramo 17 del claustro, donde en su momento debió encontrarse pintado el episodio de la Oración en el huerto, en el siglo XVII se abrió la puerta a la Capilla del Conde de Rebolledo, así llamada por reposar en ella los restos de su promotor, el militar don Bernardino de Rebolledo y Villamizar, desde 1677. Amén del retablo churrigueresco, cuya hornacina central exalta a la Purísima Concepción entre pares de columnas salomónicas, lo más hermoso que yace en este espacio, nunca mejor dicho, es el sepulcro de Bernardino, concebido en forma de retablo de piedra con un arco ricamente casetonado bajo el que se encuentra su figura orante, enmarcado entre columnas con balaustre en el centro de sus fustes que dinamiza la composición, rematada por un entablamento y frontón retranqueados en su parte céntrica, trazando este último en lo alto serpentinos juegos de curvas y contracurvas.

Sepulcro de la Capilla del Conde de Rebolledo en el claustro de la catedral de León. RODRÍGUEZ, 2013, p. 218

EL CORO, LA LIBRERÍA CAPITULAR Y UN PAR DE CAPILLAS

Iniciado el anterior capítulo con los sepulcros claustrales y cerrado con uno más, aunque de época posterior al Gótico, misión nuestra la de ahora es dirigir los pasos del caminante hacia el coro para, jugando con las palabras, dar pie a esta tercera parte del análisis figurativo de la Catedral de Santa María de Regla de León. El programa escultórico de la sillería coral fue concebido a mediados del siglo XV, centuria de gran actividad artística en el entorno catedralicio que se saldó en sus máximas cotas de ambición tanto en el coro como en la librería capitular (TEIJEIRA, 2004, p. 390).

Teniendo en cuenta que como tal el edificio había sido consagrado una centuria y media atrás, hacia 1303, es evidente que, hasta la concepción de la nueva sillería, hubo de existir una antigua. Tras plantearse la idea en 1461 con ayuda de un carpintero, el Maestre Enrique, en 1464-1465 se registra en los archivos el nombre del artista Juan de Malinas, que figura como entallador o imaginero, siendo él, por tanto, quien aportara el proyecto con el que el cabildo procedió definitivamente (TEIJEIRA, 2004, pp. 390-391). El conjunto original, dispuesto en su tradicional ubicación ante el altar, constaba de 84 estalos, 26 en el nivel bajo y 58 en el alto, pero algunos elementos se perdieron en el traslado del coro a su situación actual, la nave central, en el siglo XVIII, debido a una serie de problemas en la liturgia (TEIJEIRA, 2004, p. 393).

Estalos altos y bajos de la sillería del coro de la catedral de León. Wikimedia Commons

La talla de la sillería coral concluyó en 1481 bajo la dirección de otro maestro, Copín de Ver, dado que Malinas había fallecido unos años antes, en 1475. La amplia cantidad de espacio figurable fue completamente aprovechada para trazar un complejo programa iconográfico que insiste en la importancia de mantener el orden jerárquico dentro del cabildo y, por extensión, de la Iglesia (TEIJEIRA, 2004, p. 392), disponiendo en los estalos bajos figuras de profetas veterotestamentarios, perfectamente identificados mediante textos en tipografía gótica, y reservando los altos a los apóstoles neotestamentarios y santos de toda índole. Dada la mayor altura de los dorsales superiores, aquí las figuras se muestran de cuerpo entero bajo ornatos flamígeros, quedando de medio cuerpo en los inferiores; en todo caso, estilísticamente denotan una marcada geometrización formal que contrasta con la suavidad en el modelado.

Una vez que el progreso de las obras constructivas del coro llegó a doblar en ángulo recto, ya en el siglo XVI, se planificó entonces la portada monumental de piedra del trascoro con que se cierra la estructura a occidente. Se organiza como un retablo de tres calles, dos entrecalles, un cuerpo y ático, con su banco y sotabanco, presidiendo el centro un gran acceso cubierto por arco de medio punto y articulando el cuerpo horizontal cuatro escenas desarrolladas bajo arcos carpaneles que son, de izquierda a derecha, la Natividad de la Virgen, la Anunciación, la Natividad de Jesús y la Adoración de los Magos. Los remates de los extremos son estatuas de los santos Pedro y Pablo, mientras que el ático, protagonizado por una hornacina con la Asunción de la Virgen, lo flanquean las figuras sedentes de San Marcelo y San Isidoro.

Trascoro de la catedral de León. Wikimedia Commons

En esta segunda mitad del siglo XV, como anticipamos al inicio del epígrafe, la otra gran empresa arquitectónico-escultórica es, sin duda, la librería capitular, que se construyó para albergar la creciente colección bibliográfica de la catedral, aunque desconocemos si hubo otra antes o no, lo que sí se sabe es que se tuvo que usar el coro para almacenar los libros hasta que el nuevo espacio estuviera listo (VALDÉS, 2004, p. 380). Fue construida entre 1492 y 1507 en el lugar que hoy ocupa la Capilla del Santísimo, y se compone de tres tramos cubiertos por bóvedas de crucería, un pequeño retablo pétreo de tres calles rematadas por pináculos, tres altas vidrieras y una orla perimetral jalonada por ménsulas donde se concentra la escultura, cuyas figuras expresan la dificultad de alcanzar la sabiduría (TEIJEIRA, 2004, p. 396).

Capilla del Santísimo, también llamada Capilla de Santiago o de la Virgen del Camino, antigua librería capitular. Wikimedia Commons

En cuanto a las capillas, hemos de dedicar unos párrafos al retablo de la Capilla Mayor, desmontado en el siglo XVIII para albergar uno nuevo adaptado al gusto barroco imperante que, para su desgracia, duró menos de lo esperado al ser retirado durante la restauración historicista decimonónica, que recompuso un modelo libre a partir de las cinco grandes tablas recuperadas del conjunto original, perteneciendo las seis pinturas del cuerpo inferior a otro retablo procedente de la localidad de Palanquinos (YARZA, 2004, p. 406). Los paneles grandes son obra del ya conocido Nicolás Francés, que recibió este encargo antes que el de los muros claustrales: su datación tiene como horizonte el año 1434 que constata la documentación, que algunos consideran de finalización, pero Joaquín Yarza Luaces dudó de ello y fijó parámetros cronológicos extensibles a toda la cuarta década del siglo XV (YARZA, 2004, p. 405).

Modelo del Retablo Mayor de Nicolás Francés de la catedral de León recompuesto en el siglo XIX. Wikimedia Commons

Se ha podido estudiar, en base a un dibujo previo a la remodelación barroca, que el Retablo Mayor original era mucho más monumental, constando de cuatro cuerpos e igual número de calles, dedicándose las que flanquean la central a episodios de la vida de la Virgen María y San Froilán, mientras que las de los extremos se centraban en San Alvito y Santiago (YARZA, 2004, pp. 405-406). Tenía también bastantes entrecalles, reservadas a tablas de santos y profetas dispuestos en formatos verticales, de las que se conservan solo veinte de un total de, como poco, 72 (YARZA, 2004, p. 411).

Las razones que llevaron a un artista como Francés, probablemente formado en talleres parisinos, a desarrollar una carrera profesional de unas cuatro décadas en un centro artístico tan poco reconocido como León, tanto a nivel nacional como internacional, siguen siendo desconocidas (YARZA, 2004, p. 401), y solo nuestra imaginación puede intentar hacerse una idea del aspecto completo que debió lucir su colosal empresa. Ello no impide que no podamos deleitarnos actualmente en sus exquisitas pinturas conservadas, encuadrables en el más puro Gótico Internacional, con características figuras monumentales, vivos colores y composiciones que, pese a incongruencias de espacio y perspectiva, no pierden su encanto de época.

Si damos la vuelta al Altar Mayor a través de la girola, en la zona del trasaltar, al lado del aludido sepulcro de Ordoño II se encuentra otra pintura mural salida de la mano de Nicolás Francés, un Ecce Homo al que, paradójicamente, le falta el Ecce Homo, la figura central de Jesús, presa del tiempo y sustituida por un lienzo decimonónico que nunca terminó de convencer, prefiriendo dejar a la composición sin su protagonista. En este mismo deambulatorio, no perdáis la ocasión de ver sus magníficas capillas radiales, como la Capilla de la Virgen Blanca, que alberga la figura original del parteluz central occidental; o la Capilla del Nacimiento, cuyo modesto retablillo de la Natividad en madera policromada no desmerece en viveza cromática, una acogedora pieza que no dudaría en tener en el salón de mi casa.

Retablillo de la Capilla del Nacimiento de la catedral de León. Wikimedia Commons

En cuanto a las capillas situadas en las naves laterales, al norte encontramos la Capilla de Santa Teresa, cuyas pinturas murales, atribuidas a Nicolás Francés y encabezadas por la escena del martirio de San Sebastián, fueron restauradas en 2009, recuperándolas así de una perdición que casi se daba por inevitable (RODRÍGUEZ, 2013, p. 124). Un poco más adelante, en el ángulo del brazo de este lado del transepto se encuentra el excelso Retablo de San Babilés, traído a la Pulchra Leonina desde la parroquia del pueblo zamorano de Quintanilla del Olmo en 1905; 26 tablas bien pintadas y cobijadas por doseletes reales se distribuyen en un banco y seis calles, quedando la central reservada a una talla policromada de la Virgen con el Niño, cubierta por un dosel mucho más lustroso que remata en chapitel como la Torre del Reloj.

LA VIDRIERÍA ESPAÑOLA EN SU MÁXIMO ESPLENDOR

Mientras os soltamos del brazo para daros una vuelta libremente por otras capillas, retablos y sepulcros del interior catedralicio, os vamos introduciendo al último subapartado de este análisis de las artes figurativas de la catedral legionense, sin duda la joya de la corona: las vidrieras. Los que oficiamos en el gremio de la Historia del Arte somos conscientes de que muchas veces se usan con demasiada libertad expresiones como “obra insuperable en su género”, “la más bella de las esculturas realizadas en España en el siglo XV y, todavía, de Europa”, “el retablo mejor trazado del Primer Renacimiento hispano”… Ahora bien, no es exagerado decir que la vidriería leonesa es la primera en España en valores lumínicos y estéticos, y en Europa solo es superada por la Sainte-Chapelle de París; no es mera palabrería, hay estudios objetivos al respecto.

La tesis doctoral del arquitecto Juan Manuel Medina del Río, intitulada “La luz como generadora del espacio arquitectónico de la catedral gótica” y concluida en 2012, propone un modelo de estudio de los valores lumínicos de espacios catedralicios en base a parámetros perfectamente cuantificables y cualificables, utilizando luxómetros para medir la intensidad luminosa en muestras muy concretas obtenidas durante los solsticios y los equinoccios. A través de este método, el autor demuestra que el verdadero cambio del Gótico con respecto al Románico no estriba tanto en una “cuestión de captación global de iluminación, sino en el de lograr la manipulación absoluta de la luz para servir a los fines de la arquitectura y la simbología” (MEDINA, 2012, p. 10).

Esto no implica que en las construcciones románicas no llegaran a existir vidrieras, lo que pasa es que es el mundo gótico el que no solo las eleva a su máximum, sino que hace de ellas un nuevo soporte para la iconografía (MEDINA, 2012, p. 12). Por otra parte, y como el mismo Medina demuestra en base a estudios comparativos, que la arquitectura gótica alcance el cénit de la manipulación de la luz solar no implica una mayor iluminación espacial, ya que los vitrales, por factores como el grosor o los colores, muestran un determinado grado de absortividad con el que filtran la luz, cosa que no sucedía en el Románico, que al no cubrir los vanos dejaba penetrar directamente los rayos solares en el interior, logrando con ello más cantidad de luz; así, un espacio gótico, aunque parezca mentira, resulta más oscuro (MEDINA, 2012, p. 21).

Más allá de sus cualidades prácticas, la luz y el color en el Medievo eran, ante todo, simbolismo en estado puro, y las vidrieras no solamente se entendían como elementos filtradores de la luz exterior, sino como emisores de luz propiamente dichos. Esta luz, evidentemente, se asocia al orden, a Dios, la mayor de todas las luces del Universo, ello en base a un sistema teológico-filosófico según el cual una entidad tiene más valor y, por ende, está más cerca del Altísimo, si de ella emana mayor o menor cantidad de luz, dado que “la claridad de la forma es la fuente de la hermosura y del conocimiento” (FERNÁNDEZ, 1994, p. 57). Los avances constructivos de la arquitectura gótica permitieron la materialización del arte de la luz por excelencia, la vidriería, que es la que realmente “activa” la estructura (MEDINA, 2012, p. 86).

Así, el conjunto de vidrieras de la Pulchra Leonina pasa por ser el más radiante de toda España y uno de los más sobresalientes de todo el mundo no solo por su viveza cromática, claridad lineal y despliegue iconográfico, sino por ser uno de los más numerosos del panorama general, contando con un total de 130 ventanales y tres rosetones que suman 1734 m2 de superficie, la mayor en la península Ibérica con diferencia, solo superada en Europa por las catedrales de Chartres (2600 m2) y Metz (6496 m2), y a nivel mundial por la Basílica de Nuestra Señora de la Paz de Yamusukro en Costa de Marfil (7363 m2) (RODRÍGUEZ, 2013, p. 80). La cronología de los vidrios leoneses no se restringe a los siglos medievales, sino que abarca también las centurias XVI-XX.

Gráfica comparativa de barras que indica la iluminación media total en luxes de cinco grandes iglesias españolas, despuntando claramente la catedral de León. MEDINA, 2012, p. 602

Las vidrieras de los siglos XIX y XX son las elaboradas al hilo de la analizada restauración decimonónica, iniciada por Matías Laviña en 1859 y concluida por Juan Bautista Lázaro, pudiendo reabrirse la catedral al público en 1901, cerca de cumplirse el sexto centenario de su consagración. Es a Lázaro, por tanto, a quien debemos agradecer la magna labor restauradora del conjunto vitral leonés, si bien ya el propio Laviña informó sobre este asunto y Demetrio de los Ríos llegó a elaborar una primera memoria en 1885 (REVUELTA, 2004, p. 604). Para esta empresa, Lázaro dividió el trabajo en dos proyectos: la reposición de las vidrieras de la zona alta (1894-1898) y las de la zona baja (1898-1901). La falta de mantenimiento motivó una limpieza y restauración iniciada en 2006 y cuya conclusión se prevé para 2029: con ella, las vidrieras quedan protegidas de agentes nocivos (RODRÍGUEZ, 2013, pp. 88-89).

Para comprender cómo se tomaron las decisiones durante el proceso del siglo XIX, hay que entender la historia, anatomía y técnica de las vidrieras medievales. Este arte fue importado a territorios hispanos desde Francia, igual que el Gótico en general, pues si bien existen ejemplos previos a León, en todo caso sus maestros se habían formado con mucha seguridad en talleres galos, como también sucedía al hablar de la arquitectura y la escultura (NIETO, 2004, p. 298). El periodo dorado de la vidriería fue, sin duda, el siglo XIII, gozando de un desarrollo y refinamiento progresivo que declinó a partir del siglo XVI, salvando excepciones como el propio Gótico Nacional hispano, y no volvió a resurgir con fuerza hasta su revalorización histórica en el siglo XIX, destacando su protagonismo en el Art Nouveau (MALTESE, 2001, p. 368).

Sin entrar en complejas cuestiones químicas, la composición del vidrio es, esencialmente, una combinación de sílice, calcio y sosa/potasa que forman una pasta cuyo punto de fusión medio está entre 1400-1600ºC. Pasado del estado sólido al líquido, la masa fundida es manejada con las herramientas y técnicas procedentes según los resultados y efectos buscados; para las vidrieras medievales, la preferente era el vidrio soplado, difundida por el área mediterránea por el Imperio Romano y hoy considerada una técnica de gran valor artesanal. Resumidamente, el vidriero, ya limpia la masa de escorias, inserta en el extremo de la masa viscosa una caña de soplar, dándole primero una forma cilíndrica y, después, moldeándola al gusto, asegurándose de recalentarla asiduamente para mantener su consistencia maleable. Obtenida la forma deseada, se deja enfriar muy lentamente para evitar cristalizaciones que devengan en una pieza más opaca y frágil.

Dibujo que ilustra el proceso artesanal tradicional de soplado de vidrio. Wikimedia Commons

En lo relativo a la obtención de unas gamas determinadas, se añadían a la mezcla inicial sustancias colorantes, generalmente óxidos metálicos, cuyo comportamiento no fue determinado químicamente hasta mediados del siglo XVII, por lo que los artesanos medievales se guiaban por su propia experiencia y la experimentación (MALTESE, 2001, p. 145). Para cortar las piezas y darles unas dimensiones específicas para la composición a la que se destinan, inicialmente se utilizaban hierros incandescentes con los que quedaban bordes irregulares, hasta que en el siglo XV se implementaran las puntas de diamante, con la que se obtienen cortes limpios (MALTESE, 2001, p. 358).

Previamente a todo el proceso de fabricación, se encargaba a un artesano o artista determinado unos dibujos preparatorios que, una vez fijados en composición y color, eran pasados a un cartón del tamaño de la vidriera en cuestión, marcando las líneas sobre una mesa cubierta de yeso. Cortadas las piezas de vidrio, estas son encajadas en listeles de plomo o emplomados que se soldaban entre sí con estaño, y con el vitral ya estructurado, el último paso era el montaje en un bastidor de hierro que tiene las dimensiones exactas del vano en el que ha de ser colocado (MALTESE, 2001, p. 359).

Este proceso de fabricación de vidrio y ensamblaje de vidrieras, mucho más complejo y laborioso de lo que la palabra pueda dar a entender, nos permite conocer, aunque sea sucintamente, todo el titánico esfuerzo que había detrás de la construcción de las grandes catedrales góticas, donde la arquitectura llega en un momento determinado de la historia del estilo a servir como esqueleto pétreo de un cuerpo vítreo, y si León es un ejemplo claro de esta metáfora, la Sainte-Chapelle de París es su máximo tour de force. A la hora de analizar en sí las vidrieras leonesas, los autores suelen dividir su estudio en tres secciones bien diferenciadas por su posición en altura y sus asuntos iconográficos, aun tomando en consideración las alteraciones y modificaciones experimentadas con el pasar de las centurias: serie baja, serie media y seria alta.

Si bien autores clásicos como José Fernández Arenas consideran otras dos series, las de las capillas y los rosetones (FERNÁNDEZ, 1994, p. 3), nosotros las vamos a incluir en el relato de la sección alta dada su afinidad iconográfica. En base al sistema de representación propio de la época, que tenía muy en cuenta la percepción y correcta lectura del contenido por parte del espectador, las imágenes de las zonas bajas contenían escenas narrativas que, por el tamaño de sus piezas, resultarían ilegibles desde lo alto, ámbito reservado para las figuras monumentales (NIETO, 2004, pp. 298-299).

Analizar las vidrieras de la catedral de León por secciones, como vamos a ver, impide inevitablemente seguir un orden cronológico estricto, debido a que muchas piezas fueron reemplazadas, movidas de sitio y restauradas con el paso del tiempo. La serie baja, situada en las naves laterales, está unida temáticamente por una representación de motivos del mundo terrenal, dado que es el nivel más cercano al suelo. La tracería tipo de este ámbito consta de cuatro lancetas y tres rosas, concentrando en las primeras motivos vegetales como flores, arbustos o enredaderas, mientras que las segundas albergan figuras que encarnan las actividades del hombre, como los trabajos, las virtudes, los saberes del trivium y quadrivium, los pecados… Las gamas son reducidas: rojos, azules, verdes, blancos, amarillos y violetas.

Una de las vidrieras de las naves laterales (sección baja). Wikimedia Commons

Es importante señalar que, exceptuando la parte correspondiente a los remates de las lancetas y las rosetas, todo lo demás fue restituido integralmente por Juan Bautista Lázaro. Desde el siglo XV, el cuerpo principal de estas vidrieras bajas había quedado tapiado por superficies de piedra toba en las que se pintaron patriarcas, profetas, sibilas, y santos, y si bien Demetrio de los Ríos propuso hacer nuevas vidrieras siguiendo estos patrones tardíos, Lázaro consideró que se podía restituir su posible imagen original en base a lo que se conservaba, datable a finales del siglo XIV (REVUELTA, 2004, p. 610).

Pasando a la serie media, este es el que corresponde a los vanos del perímetro externo del triforio, completamente calado, una solución poco común en el ámbito internacional, como vimos en el análisis arquitectónico. Semejante caso apreciamos en relación a lo descrito para las naves laterales, solo que en esta ocasión ya no hablamos de restituciones, sino de vitrales creados desde cero siguiendo la técnica medieval, ya que solo se cubrieron los vanos de los hastiales principalmente. Esta zona está entre lo terreno y lo celestial, ya que la copan escudos de reyes, personajes de la jerarquía eclesiástica, familias nobles y entidades cuya heráldica actúa como homenaje en agradecimiento a sus trascendentales aportaciones a la obra catedralicia. En cuanto al formato, las lancetas se reducen a dos y la rosa a una cuadrilobulada.

Parte de las vidrieras del triforio de la catedral de León. Wikimedia Commons

Sin duda, el culmen del arte del vidrio dentro de la Catedral de Santa María de Regla de León es la serie alta, sector en el que, por otro lado, el palimpsesto cronológico e iconográfico (no hace falta invocar de nuevo la paradoja del barco de Teseo, ¿no?) es mayor que en las restantes zonas, aunque el hilo conductor se alinea con lo que parece haber sido el programa rector hasta ahora: al estar en el ámbito superior, en ella residen personajes celestiales o que han obtenido la santidad a través de la redención (FERNÁNDEZ, 1994, pp. 54-55). Detenerse en todos y cada uno de estos ventanales es labor de las monografías que sobre las vidrieras leonesas se han escrito, tan solo daremos unas cuantas pinceladas sobre su distribución y algunas obras destacadas.

En este conjunto tan bien articulado de aires celestes, hay una composición, la llamada Vidriera Real o de la cacería, que se encuentra al final del norte del cuerpo de naves e interrumpe por completo esta narración por su temática mundana, razón por la que muchos han pensado que o bien esta no era su posición original o que, incluso, pudo ser concebida para otro edificio, tal vez el palacio, antes de ser acoplada a la fábrica catedralicia leonesa (FERNÁNDEZ, 1994, p. 27). En ella vemos el formato compositivo de vidriera más característico de León, al cual ya hemos aludido en el apartado arquitectónico: consiste en dos arcos apuntados subdivididos a su vez en dos lancetas y una rosa, coronados por otra roseta más y flanqueados por otras dos lanzas a los lados que son denominadas panneau reculé en la nomenclatura francesa.

Vidriera Real o de la cacería de la catedral de León. Blog Nos gusta León

Esta es una de las vidrieras del siglo XIII mejor conservadas de este periodo dentro de León, y cabe la probabilidad de que, dado el detalle con que se representa el arte de la cetrería, pudiera ser encargada por el propio Alfonso X, buen conocedor de sus secretos, como manifiesta el Libro de los animales que caçan, enmarcado en la literatura alfonsí (FERNÁNDEZ, 1994, p. 27). Salvando algunas inserciones de los siglos XV y XVI, todas las vidrieras de este lado norte de la nave central son del XIII-XIV, y, como dijimos, están protagonizadas por monumentales figuras que se distribuyen de a dos por la altura de los arquillos apuntados, colocando en la parte alta una serie de profetas del Antiguo Testamento y personajes históricos como reyes, papas y obispos en la baja.

La banda sur, no obstante, responde en su mayoría a un renovado impulso en las vidrieras promovido a principios del siglo XV por los obispos Juan Rodríguez de Villalón y Alonso de Cusanza, época de la que, por tanto, proceden muchos de los vidrios leoneses, cuyo conjunto para entonces no estaba concluido o presentaba un lastimoso aspecto que se quiso remendar con nuevos ejemplares (FERNÁNDEZ, 1994, p. 36). Los cartones de este lado de la nave central los diseñó Nicolás Francés, quedando la labor de vidrio y emplomado a los maestros Valdovín y Anequín: se achaparra el canon de las figuras para que quepan en total tres por lanceta, distribuyendo en sus niveles apóstoles, obispos, mártires y una muy completa letanía de santos y santas.

Echemos ahora un ojo a las composiciones de los tres rosetones, comenzando por el mayor de ellos, es decir, el occidental: sus piezas del siglo XIII-XIV fueron de las primeras en ser restauradas (FERNÁNDEZ, 1994, p. 35), y estas se articulan radialmente en tres anillos concéntricos de ángeles músicos cuyo disco central es una Virgen con el Niño. Semejante tamaño y organización presentan los rosetones de los hastiales norte y sur, puesto que este último, tras ser desmontado todo el brazo meridional del transepto, se reconstruyó imitando el modelo del primero: medallón central polilobulado con Cristo Rey en torno al que se distribuyen otros tres niveles anulares de forma radial, el interior y exterior decorativos, mientras que los tondos del medio figuran reyes veterotestamentarios tañendo instrumentos musicales.

Rosetón del hastial sur de la catedral de León, articulado en torno al medallón central con la escena de la Coronación de la Virgen. Wikimedia Commons

Volvemos a saltar del siglo XIII al XV al abordar las vidrieras de la zona del presbiterio, once ventanales salidos de la mano de otro maestro vidriero registrado en la documentación del archivo de la catedral: Juan de Arquer. Esto nos proporciona una unidad estilística apenas apreciable en otras partes del edificio, dividiéndose nuevamente los arquillos en dos registros de personajes en altura, quedando por lo general el inferior reservado a profetas y el superior al apostolado y, terminado este, a mártires. Conforme se va de los tramos de la nave central a los de la girola, el número de lancetas y rosas se reduce, pero la composición mantiene iguales directrices, exceptuando la ventana del eje, que es el famoso Árbol de Jesé del siglo XIII. Por otro lado, esta es la única zona donde los vitrales del triforio tienen santos en vez de escudos.

Vidrieras del presbiterio de la catedral de León, pudiendo apreciarse en la parte inferior los vitrales de santos de esta zona del triforio. Wikimedia Commons

Resta por hablar de las vidrieras de las capillas radiales, que en verdad fueron de las primeras en hacerse, entre 1270-1277, si bien hoy en día se trata de un conjunto muy alterado en el siglo XV y restaurado en el XIX, conservándose una quinta parte del material original (FERNÁNDEZ, 1994, p. 30). En sentido estricto, tan solo la Capilla de la Virgen Blanca cuenta con vitrales de una sola mano, el maestro Rodrigo de Herrera, piezas sobre el ciclo de la Infancia de Cristo firmadas a fecha de 1565. Las otras cuatro capillas se resumen temáticamente en los misterios de Jesús y la Virgen, así como las vidas de los santos a los que están o estaban advocadas. Mención especial merecen las vidrieras de la Capilla de Santiago (antigua librería), concebidas por uno de los últimos maestros documentados en León a comienzos del siglo XVI: Diego de Santillana.

CONCLUSIÓN

Con la impresión que dejan en nuestras retinas las luminosas vidrieras desde el interior, nos despedimos de la Catedral de Santa María de Regla, parada obligatoria para todo aquel viajero que desee conocer a fondo el alma de la que fuera la ciudad capital del Reino de León desde 912 hasta 1230, fecha que, si bien marcaría su declive político, anunciaría, paradójicamente, una era dorada para su Arte. Sobre un terreno con estratos que hunden sus raíces en una historia que arranca de las termas de un campamento romano y que pasa, primero, por una iglesia prerrománica y, después, por una catedral tardorrománica, se alzó gloriosa y triunfante la Pulchra Leonina, la más francesa de las catedrales góticas hispanas y una de las más emblemáticas de nuestro patrimonio.

En el armazón arquitectónico de este clásico del Gótico radiante se rastrean formas que van desde Reims en planta hasta Saint-Denis y otros ejemplos de Opus Francigenum en lo concerniente a alzados y diseños de tracerías, todo ello asimilado por un magister operis que conocía muy bien la nueva moda francesa del Style rayonnant, pero que no por ello despliega menores cotas de originalidad en la obra, construida, recordemos, en el tiempo récord de aproximadamente 50 años. La profusa y extensa labor restauradora que en el siglo XIX desempeñaron arquitectos como Matías Laviña, Demetrio de los Ríos y Juan Bautista Lázaro daría buena cuenta de que las prisas no son buenas (cimentación inadecuada, mala calidad de la caliza de Boñar…) y que los añadidos posteriores en una fábrica gótica hacen peligrar su férreo sentido unitario (la cúpula y los pilastrones barrocos casi echan por tierra todo el edificio).

Si se hubiera tardado un poco más en intervenir, ni hoy podríamos contemplar la majestuosa arquitectura de la catedral legionense ni su riquísimo apartado de artes figurativas. Desde las portadas del imafronte y los hastiales del transepto, que nos permiten apreciar, entre otras cosas, el progresivo auge del culto mariano en la Baja Edad Media, pasando por los sepulcros, capiteles, repisas y pinturas murales del claustro, hasta los estalos del coro, los retablos y, por supuesto, las vidrieras, no existe rincón de este conjunto que no contenga retazos de la Historia del Arte desde la Antigüedad hasta la Edad Contemporánea, que sigue velando por su buena preservación y restauración.

Finalizad el recorrido por la Pulchra Leonina accediendo a las salas del Museo Catedralicio Diocesano, abiertas en las pandas oeste y norte del claustro: plantea un camino cronológico desde piezas como vírgenes y crucifijos románicos, pasando por telas coptas y mozárabes, hasta llegar a esculturas y pinturas del Renacimiento y del Barroco, abarcando, en última instancia, lienzos religiosos de artistas de nuestra era. Empaparos de todo el Arte que esta catedral os pueda ofrecer, pasead vuestra vista por todo aquello que os llame la atención, deleitaros con el aprendizaje que adquiráis en una visita de este calibre y, sobre todo, recordad para siempre esta anécdota en el álbum de recuerdos.

Sala de Piedra del Museo Catedralicio Diocesano de León. Turismo de Castilla y León

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Pintura

La muerte de Sócrates

COMENTARIO HISTÓRICO ARTÍSTICO DE LA MUERTE DE SÓCRATES

Introducción

La muerte de Sócrates (1787), obra capital de Jacques-Louis David, constituye uno de los ejemplos más claros y emblemáticos del Neoclasicismo europeo, tanto por su forma como por su contenido ideológico. En este lienzo, el artista no se limita a representar un episodio histórico de la Antigüedad clásica, sino que construye una auténtica lección moral y filosófica, acorde con los ideales racionalistas y éticos de la Ilustración. Inspirándose en los diálogos platónicos, especialmente el Fedón y el Critón, David plasma el momento inmediatamente anterior a la muerte del filósofo ateniense, condenado a beber la cicuta por mantenerse fiel a sus principios.

La obra debe entenderse en su contexto histórico: la Francia de finales del siglo XVIII, marcada por la crisis del Antiguo Régimen y por un creciente deseo de regeneración moral y política. Así, Sócrates se convierte en un modelo de virtud cívica, de sacrificio personal y de supremacía de la razón frente a las pasiones y el miedo, valores que pronto encontrarán eco en la Revolución francesa.

Biografía del artista: Jacques-Louis David

Jacques-Louis David nació en París en 1748 y es considerado el principal pintor del Neoclasicismo francés. Se formó en la Real Academia de Pintura y Escultura y, tras varios intentos fallidos, obtuvo el Premio de Roma, lo que le permitió completar su formación en Italia. Allí entró en contacto directo con el arte de la Antigüedad clásica y del Renacimiento, especialmente con la escultura grecorromana y la obra de Rafael, que influyeron decisivamente en su concepción artística.

David defendió un arte austero, moralizante y racional, en oposición al gusto decorativo y frívolo del Rococó. Para él, la pintura debía educar al espectador y transmitir valores cívicos. Esta visión le llevó a implicarse activamente en la vida política durante la Revolución francesa, donde fue diputado y un firme defensor de los ideales republicanos. Más tarde, tras la caída de Robespierre, supo adaptarse al nuevo contexto y se convirtió en el pintor oficial de Napoleón Bonaparte.

Su trayectoria vital refleja de manera ejemplar la estrecha relación entre arte, política y moral, y La muerte de Sócrates puede considerarse una obra clave en la formulación de su ideario artístico y ético.

Análisis iconográfico

La muerte de Sócrates

Desde el punto de vista iconográfico, la pintura representa el momento culminante de la condena de Sócrates. El filósofo aparece rodeado de sus discípulos en la prisión ateniense, instantes antes de ingerir la cicuta. Aunque el episodio se basa en textos clásicos, David introduce modificaciones deliberadas para reforzar el mensaje moral.

Sócrates ocupa el centro de la composición, erguido y sereno, en una actitud que contrasta con el abatimiento general de sus seguidores. Con una mano señala hacia lo alto, gesto que puede interpretarse como alusión al mundo de las ideas, a la verdad eterna y a la inmortalidad del alma, mientras que con la otra se dispone a tomar la copa mortal. Su cuerpo aparece idealizado, fuerte y luminoso, reforzando la idea de dominio del espíritu sobre la materia.

Los discípulos, en cambio, encarnan distintas reacciones humanas ante la muerte: desesperación, tristeza, incredulidad o apego emocional. Destaca la figura de Critón, que se aferra a Sócrates en un último intento de retenerlo, símbolo del conflicto entre afecto y razón. Platón, representado como un anciano sentado al pie del lecho, aparece abstraído y silencioso, actuando como testigo intelectual y transmisor del pensamiento socrático, aunque históricamente no estuviera presente en ese momento.

La iconografía del conjunto subraya la idea central de la obra: la aceptación consciente de la muerte como acto de coherencia moral.

Análisis formal

Desde el punto de vista formal, la obra responde plenamente a los principios del Neoclasicismo. La composición es clara, ordenada y equilibrada, con una disposición casi escultórica de las figuras, organizadas en un friso horizontal que recuerda a los relieves clásicos. No hay elementos superfluos: todo contribuye a la comprensión racional de la escena.

El dibujo es preciso y dominante, subordinando el color a la línea, lo que refuerza la claridad formal. La paleta cromática es sobria, dominada por blancos, ocres, grises y rojos apagados. El uso del blanco en la túnica de Sócrates no es casual, ya que refuerza su carácter de figura moralmente pura y racional.

La iluminación es dirigida y selectiva: la luz incide directamente sobre Sócrates, convirtiéndolo en el foco visual y simbólico de la obra, mientras que el fondo arquitectónico, oscuro y severo, contribuye a crear una atmósfera de recogimiento y gravedad. Los gestos y expresiones son contenidos, evitando el dramatismo excesivo, lo que refuerza la dimensión intelectual de la escena frente a la emoción desbordada.

Curiosidades y aspectos destacables

Resulta significativo que David representara a Sócrates con una anatomía casi juvenil, a pesar de su avanzada edad en el momento de la muerte. Esta idealización responde a la intención de presentar al filósofo como un héroe moral, más cercano a los ideales clásicos que a la realidad histórica.

Asimismo, la obra fue interpretada por muchos contemporáneos como una alegoría política. El sacrificio voluntario de Sócrates por fidelidad a las leyes de la ciudad resonaba con las ideas de virtud republicana que comenzaban a difundirse en Francia. No es casual que el cuadro tuviera un enorme éxito en el Salón de 1787 y consolidara a David como el pintor moral por excelencia de su tiempo.

Actualmente, la obra se conserva en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York y sigue siendo una de las pinturas más estudiadas del arte occidental.

Conclusión

La muerte de Sócrates es una obra fundamental no solo por su calidad artística, sino por la profundidad de su mensaje. Jacques-Louis David transforma un episodio de la Antigüedad clásica en una reflexión universal sobre la ética, la razón y la responsabilidad individual. El filósofo ateniense se convierte en un símbolo atemporal del compromiso con la verdad y la coherencia moral, incluso a costa de la propia vida.

La pintura sintetiza de manera ejemplar los valores del Neoclasicismo y de la Ilustración, demostrando cómo el arte puede ser un instrumento de educación cívica y reflexión moral. Por ello, esta obra ocupa un lugar central en la historia del arte y sigue siendo plenamente vigente en su mensaje.

Galería de imágenes

Bibliografía orientativa

  • Honour, Hugh. Neoclasicismo. Alianza Forma.
  • Gombrich, E. H. La historia del arte. Debate.
  • Rosenblum, Robert. Transformations in Late Eighteenth-Century Art. Princeton University Press.
  • Platón. Fedón y Critón. Editorial Gredos.
  • Vaughan, William. Jacques-Louis David. Thames & Hudson.
  • Metropolitan Museum of Art, catálogo y ficha técnica de The Death of Socrates.




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