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Nuestra Señora Andalucía

COMENTARIO HISTÓRICO ARTÍSTICO DE NUESTRA SEÑORA ANDALUCÍA

CONTEXTO HISTÓRICO

Nuestra Señora Andalucía de Julio Romero de Torres es la obra cumbre del Regionalismo andaluz. A finales del siglo XIX el mundo del arte está dominado por las Vanguardias, que nacidas en París, se van multiplicando, apareciendo nuevas cada pocos años.

A medida que estas movimientos llegan a otros países, van impregnando de modernidad las tendencias artísticas dominantes en cada uno de ellos.

En la España de fines de siglo reinan las pinturas históricas, no obstante también existen pintores que siguen las líneas modernistas y simbolistas como Darío de Regoyos y Ramón Casas.

Julio Romero de Torres es un pintor culto, en contacto con la intelectualidad de su época. Sus viajes internacionales influirán notablemente en su pintura, sobre todo el simbolismo francés de Puvis de Chavannes y los Prerrafaelitas ingleses.

Nuestra Señora Andalucía es, sin duda, una declaración de amor del pintor a su Tierra, retrata toda su esencia, poniéndole cara a la idiosincrasia e identidad andaluzas.

Los planteamientos políticos de la época, reclamaban los derechos del andalucismo -Andalucía, como una región histórica- cuyo líder mas reconocido fue Blas Infante. En consonancia con estos postulados Nuestra Señora Andalucía se convierte en un cuadro lleno de simbolismo y significado. 

Precisamente, fue el uso del símbolo nada tradicional, incomprendido por sus coetáneos, a pesar de que sus compañeros de la Generación del 98 (los Machado, Valle Inclán, Unamuno…) lo defendían y animaban constantemente. 

La lectura de sus cuadros van más allá de la mera observación, pues se sirven de elementos populares para llegar a mensajes mas profundos y complejos.

ANÁLISIS FORMAL

Nuestra Señora Andalucía
Nuestra Señora Andalucía

Esta tela que en origen se tituló sólo Andalucía, fue presentada a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1908. Es una de las pinturas más conocidas del pintor, un canto a Andalucía y a su modo de vida.

La composición

Está compuesta por dos escenas claramente diferenciadas:

  • Al fondo un paisaje de campo andaluz imaginario con elementos urbanos de la ciudad de Córdoba.
  • Al frente, la escena central del cuadro donde se han colocado los personajes principales.

Esta es la primera vez que Julio Romero de Torres usa este tipo de composición, que le será muy discutida, es el llamado retablo pagano. Efectivamente si atendemos a la disposición de las figuras centrales de Nuestra Señora Andalucía, vemos como todas miran al espectador.

Al mismo tiempo que establecen una relación entre ellos, se muestran independientes los unos de los otros dentro del escenario.

Esta forma procede del género pictórico dentro de la pintura religiosa llamado “Sacra Conversazione”, que consiste en representar una escena divina de manera más natural.

El simbolismo de la composición

Imaginemos que estamos ante un retablo en una iglesia donde todas contribuyen al relato pero están separadas las unas de las otras, aportando cada una un mensaje, un símbolo.

Esta forma de representar un mensaje pagano, usando elementos propios de la religión católica, fue -por poco entendida- muy criticada en la época.

Al utilizar este recurso, el pintor nos quiere decir que Andalucía, su tierra, es tan especial, que merece veneración, cual figura divina. Por tanto, la composición es otro símbolo más dentro del cuadro.

Su amor por su tierra y sus costumbres marcarán toda su obra, hasta tal punto que hoy en día si vemos un cuadro de Romero de Torres, automáticamente pensamos en Andalucía. 

ANÁLISIS ICONOGRÁFICO

La escena principal, el “retablo” contiene cinco personajes. Cuatro de ellos se encuentran subidos a un pequeño escenario, que si atendemos al simbolismo de la pintura, se puede considerar la metáfora de un pequeño altar.

Y esto es así por Julio (personaje número cinco) que aparece autorretratado delante del escenario, es un apasionado del cante hondo y del flamenco. En otras obras suyas (ver Cante Hondo) aparecen elementos relacionados con la música, el cante y el baile.

En su biografía se cuenta que se llegó a presentar a un concurso de “cantaores”, cuyo resultado adivinamos puesto que volvió pronto  a los pinceles.

El flamenco, no solo para Julio Romero de Torres sino para la mayoría de los andaluces a principios del silgo XX (no existía otro estilo musical popular)  era un elemento definidor de la cultura andaluza.

Se entonaban coplillas en cada casa, marcaba la forma de vestir, incluso de actuar ante determinadas situaciones de la vida como el cortejo amoroso, tal como se detalla en las numerosas coplas que la tradición nos ha legado. 

El simbolismo de las figuras

Todos los personajes miran directamente al espectador, identificándolo como el como el director de la escena ,son tres mujeres y un hombre . Iluminados por una luz irreal,c reando una atmosfera onírica, destaca claramente el vestido blanco de la figura central.

Esta mujer de mirada desafiante representa la “Divinación de la mujer andaluza”, y se identifica con Andalucía. El vestido absorbe toda la luz del cuadro. Sus zapatos y medias también, son blancos.

A cada lado dos mujeres posan arrodilladas junto a ella en actitud de adoración. A la izquierda, una famosa cantaora, Carmen Casena, personifica el cante, y sostiene el vestido blanco con las dos manos. Su mirada es menos penetrante , vestida por ropas mas oscuras.

A la derecha de «Andalucía»,  una joven bailaora llamada “La Cartulina”, enseña sus brazos en actitud orante hacia la figura central. ambas mujeres posan de perfil y giran la cabeza hacia el frente, sus miradas también interpelan al espectador, al que miran fijamente.

Detrás el hombre, que simboliza “la música”, sostiene una guitarra española y va cubierto por el típico sombrero cordobés.  

La escena del fondo, la secundaria no está exenta de simbología. Las dos escenas en miniatura : una de amor ( dos jóvenes se besan) y otra de muerte(dos mujeres ante una tumba), son los símbolos de Tánatos y Eros, que exponen algo muy característico de Romero de Torres: el dialogo de contrarios.

SIGNIFICADO Y RELEVANCIA DE LA OBRA

Julio Romero de Torres es uno de los pintores más populares de la historia de España. La belleza y la sensualidad que se desprenden de sus retratos femeninos se convirtieron en el símbolo de la mujer andaluza (ver galería) y por extensión de la mujer española.

La chiquita Piconera, Julio Romero de Torres. 1929-1930. Museo del pintor en Córdoba.

Es cierto que, durante los primeros años del siglo XX, el auge del regionalismo andaluz extrapoló el ideario popular de Andalucía hasta convertirlo en la imagen de la cultura española.

Durante la Dictadura de Franco ( 1939-1975), se apropiaron de elementos plasmados en la pintura de Julio Romero de Torres, porque condensaban una serie de valores que desde el Régimen se fomentaban. Usaron su imagen en los billetes, crearon una colección amplísima de sellos etc.

Billetes de cien pesetas, con la imagen del propio pintor , y de una de sus obras titulada Fuensanta.

Esta concepción andaluza de la cultura española se prolongó hasta bien entrado el Franquismo. A través del cine franquista -propaganda de la época- llegó a todas las casas y caló en la población española.

De esta manera , el arquetipo de «lo español» se fue implantando en el imaginario colectivo nacional pero también extranjero: en España todos cantan coplas y van vestidos de flamenca a diario.

Aquello del “Spain is Different”  fue la base del llamado “exotismo cultural español” ,que utilizaron como recurso de marketing, para atraer el turismo internacional.

Por tanto, se demuestra el peso que tuvo la identidad popular andaluza en el grueso de la cultura española, hasta el punto de producirse una simbiosis entre ambas, dando lugar a estereotipos vigentes hasta el día de hoy.

La pintura de Julio Romero de Torres con su estética andaluza (mantillas, peinas, guitarras, sombreros cordobeses, mantones de Manila) y sus elementos casi oníricos, como si de un embrujo se tratara, sin duda contribuyeron a ello.

BIBLIOGRAFÍA Y WEBGRAFÍA

GARCÍA DE LA TORRE, Fuensanta: Julio Romero de Torres, 2008.

https://museojulioromero.cordoba.es

https://www.carmenthyssenmalaga.org

https://es.wikipedia.org/wiki/Julio_Romero_de_Torres

https://www.museoreinasofia.es

https://www.youtube.com/@educacciontv




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Arquitectura Escultura

Catedral de Santa María de Regla de León

COMENTARIO HISTÓRICO-ARTÍSTICO DE LA CATEDRAL DE SANTA MARÍA DE REGLA DE LEÓN

INTRODUCCIÓN

Procede del campo de la filosofía uno de los experimentos mentales más interesantes que recuerdo, y que, al hilo de la obra que estamos por analizar, viene perfecto para que le haga de telonero: la paradoja del barco de Teseo. Esta leyenda de origen griego, según nos cuenta Plutarco, relata que el barco en el que el héroe mítico Teseo navegó desde Creta tras matar al minotauro del laberinto se mantuvo activo durante mucho tiempo a base de ir sustituyendo las viejas tablas de madera por otras nuevas continuamente. Varios pensadores se hicieron la siguiente pregunta: ¿es el barco reparado el mismo que el utilizado originalmente por Teseo o uno diferente?

Como en otras tantas ocasiones, y de esto dan buena cuenta los artistas contemporáneos, vuelve a salir a la palestra la cuestión de la identidad, en este caso ligada al cambio inherente al paso del tiempo, un tema sobre el que se han postulado toda clase de variantes y que podemos aplicar a nosotros mismos, por ejemplo, preguntándonos si nuestro yo de hoy es el mismo que el de ayer. A nivel de personalidad, de un día para otro difícilmente vamos a cambiar, pero a nivel biológico las células de nuestro cuerpo se regeneran constantemente, y en ese sentido, por ende, no somos la misma persona.

A la Catedral de Santa María de Regla de León se le puede aplicar una lectura paralela a su coyuntura arquitectónica, puesto que los sillares de su estructura, en muchas ocasiones, han sido completamente reemplazados por otros nuevos mucho más resistentes que el débil material de base, fácil de labrar, pero poco propicio para los avatares climáticos leoneses. A poco que uno pasee su mirada por las fachadas de la bellamente llamada Pulchra Leonina, percibe diferencias de color entre unas partes y otras de los paramentos, algunas veces simples parches, otras zonas completamente restauradas, y es así que resulta lógico preguntarnos esto: ¿es la catedral de León que vemos hoy igual a la que vieron las gentes medievales que contemplaron su construcción?

Obviamente, no, pero no solo por una cuestión material que repercute en la apariencia del conjunto arquitectónico y escultórico, sino porque, desde la consagración de la obra gótica en 1303, muchas más adiciones, proyectos y remodelaciones han pasado por su historia, pero, en esencia, lo que observamos hoy sigue siendo la Pulchra Leonina, que lleva siete siglos presidiendo el horizonte de la vieja Legio. A partir del análisis que vamos a emprender a continuación, que cada cual reflexione más en profundidad sobre la paradoja de Teseo en relación a la fábrica catedralicia legionense.

CONTEXTO HISTÓRICO-ARTÍSTICO

Los horizontes cronológicos en la Historia del Arte, como bien sabéis si sois ávidos seguidores de este blog, siempre hemos de tomarlos como valores referenciales y pocas veces como fechas estrictas en las que un movimiento o periodo termina y comienza el siguiente porque el mundo así lo ha querido; valiéndonos de un dicho bien conocido en nuestro país, no sucedió, como en la Segunda República, que “España se acostó monárquica y se levantó republicana” el 14 de abril de 1931. Si la delimitación de marcos temporales para el estudio especializado de la materia histórico-artística fuese siempre así de sencillo, muchos debates desaparecerían del seno académico, pero el ser humano, por naturaleza, es complejo, y por tanto su historia también.

En el proceso histórico que llevó a la Europa medieval del Románico al Gótico unos ven una transición paulatina y armónica, de tal forma que el segundo no se entiende sin el primero, mientras que otros argumentan una ruptura clara del lenguaje gótico con respecto al románico, con el que conviviría durante bastantes décadas antes de que exhalara su postrero aliento. El arquitecto Fernando Chueca Goitia afirma que, en esta coyuntura, “la evolución y la transición no pueden negarse, porque en términos generales la ruptura no existe”, aclarando poco después que “los caminos del románico al gótico son muchos y no siempre coincidentes” (CHUECA, 2000, p. 162), defendiendo así que los factores que llevaron a la progresiva adopción del gótico frente al románico en todas las artes varían en unas zonas y en otras, ya que cambian las posibilidades materiales, las tradiciones, el bagaje cultural, los intereses, etc.

Por su parte, el difunto catedrático José María Azcárate, en su manual “Arte gótico en España”, impreso por vez primera en 1990, decía lo que sigue: “No hay solución de continuidad entre los estilos románico y gótico, sino que coexisten, aunque, no obstante, se acusa perfectamente la diversidad en los fundamentos estéticos” (AZCÁRATE, 2010, p. 1). Quizás la prueba más fehaciente de esta realidad podamos verla en el Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela, obra con que el Maestro Mateo cerró la fachada occidental del complejo, en cuya arquitectura se observan bóvedas de crucería que delatan un influjo del primer Gótico francés, así como una escultura más naturalista, como la que exhiben el Santiago del parteluz y el Cristo de las llagas, que convive con otra más encuadrable en los estilemas románicos.

Se acepta a nivel mundial el periodo aproximado de 1150-1200 como fase de desarrollo del Románico Tardío o Tardorrománico, que no acabó ahí del todo, ya que su estela siguió determinando fábricas, aunque de menor calado, de manera inercial mientras triunfaba en todo el Viejo Continente la moda goticista. Por esas fechas, en el norte de Francia, gracias a la imprescindible promoción del abad Suger, se estaban llevando a cabo las obras de la primera construcción gótica conocida, la Basílica de Saint-Denis, primera de una serie de edificios clásicos que se han encuadrado bajo el nombre de opus francigenum, literalmente “obra francesa”, donde hallamos catedrales como las de Reims, Amiens, Laon y, por supuesto, la Catedral de Nôtre-Dame de París.

Fachada principal de la Basílica de Saint-Denis. Wikimedia Commons

Esta primera etapa del Gótico va aproximadamente desde el 1150/1160 hasta el 1220, y deja sentadas las bases de un estilo que, si bien no puede entenderse homogéneo, sino con contrastes a veces muy acusados entre unas regiones y otras (ESPAÑOL, 1999, p. 8), va a ir perpetuando su identidad y predominio en Occidente hasta el siglo XV de forma general, en que el Quattrocento italiano empieza a ganarle terreno, y en algunas zonas hasta el siglo XVI y más allá, véase la propia España, cuyas catedrales de Segovia y Nueva de Salamanca responden ya a un “Gótico Nacional”, tal y como lo bautiza Chueca Goitia. En definitiva, el Arte gótico, en origen, es un producto autóctono galo que se va a ir expandiendo por toda Europa occidental y marcando las pautas a seguir hasta que, pasando los siglos, otros focos ganen en protagonismo.

Si precisamente atendemos exclusivamente al panorama español, el ya citado Azcárate nos ofrece una división cronológica por etapas del desarrollo del Arte gótico en nuestra nación. Un primer momento tendría lugar entre el 1175-1225 aproximadamente, que sería la fase preclásica o de transición, y que él bautizaba como “Protogótico”, si bien muchos especialistas pusieron en tela de juicio dicha nomenclatura. Vendría a continuación la etapa clásica, desarrollada entre 1225-1325, en la que se encuadrarían las tres grandes catedrales góticas españolas, donde predomina claramente el influjo francés: Burgos, Toledo y León. El siglo XIV depararía para los reinos hispanos una mirada más centrada en los Estados italianos, en lo que el catedrático llama fase “manierista” del estilo, siendo la fase “barroca” el Gótico flamígero del siglo XV y la fase “arcaizante” ese “Gótico Nacional” del siglo XVI, que constituye una “búsqueda de un nuevo clasicismo” (AZCÁRATE, 2010, p. 4).

Mapa de expansión del Gótico por Europa occidental. Pinterest

El término “gótico”, tal y como lo formula por primera vez Giorgio Vasari en sus famosas Vidas del siglo XVI, va imbuido de un tinte despectivo, puesto que la palabra deriva de “godo”, entendido en el sentido peyorativo de bárbaro, en contraposición al Renacimiento, basado en el orden, la armonía y el equilibrio de las manifestaciones artísticas grecolatinas. No fue hasta el siglo XVIII, y, sobre todo, con el Romanticismo en el XIX, que comenzaría a difundirse una nueva mirada y amor hacia el pasado, más concretamente al Medievo, donde las formas y elementos del Gótico serían concebidas como uno de los más bellos y refinados productos del hombre, hasta el punto de llegar a desarrollarse un revival inspirado en aquel, el Neogótico.

No nos cabe la menor duda de que Vasari o bien estaba cegado surfeando la gran ola del Renacimiento, o bien no entendía en toda su magnitud el fenómeno arquitectónico goticista, o quizás una combinación de ambas, ya que a poco que se conozca cómo opera la maquinaria estructural de una catedral gótica es imposible decir que ha sido realizada por gente inculta y sin sentido del orden y la razón; nada más lejos de la realidad, como iremos viendo. Para empezar, con la progresiva difusión del Gótico se fue renovando de forma mayor que en el Románico la imagen de Europa en su totalidad, no solo visualmente, sino también y, sobre todo, culturalmente.

El siglo XII europeo espolea uno de los fenómenos más destacados de la historia de la humanidad, las universidades, que van a ir aumentando en número exponencialmente hasta convertirse en los centros del saber racional por excelencia, frente a la fe divina de las escuelas religiosas. Esta “secularización del saber”, como la llama la historiadora Francesca Español, va a ir reduciendo considerablemente las tasas de analfabetismo, y al hilo de ello se desarrollan una serie de corrientes de pensamiento que miran más a la naturaleza física que a la naturaleza divina, en base a postulados derivados de la traducción de obras de Aristóteles que ahora llegan a Occidente. Ello conducirá irremediablemente, ya en el siglo XIV, al divorcio entre la fe y la razón.

Las universidades y las catedrales góticas son, por excelencia, fenómenos urbanos, es decir, nacen en la ciudad, que experimenta en estos siglos de la Baja Edad Media un desarrollo casi tan masivo y destacado como en el mundo islámico, que llevaba a Occidente siglos de ventaja. Es en el ámbito urbano donde, precisamente, empiezan a organizarse los trabajadores en gremios, lo que no quita que arquitectos, canteros y demás oficios relacionados con este campo sigan desplazándose en cuadrillas itinerantes para acometer las obras de mayor envergadura, en especial, obviamente, las catedrales:

“En la ciudad medieval europea, es la catedral el edificio más representativo de la vida y del espíritu de la sociedad, ya que en su construcción ha participado toda la ciudad, directa o indirectamente.” (AZCÁRATE, 2010, p. 4)

Una obra cuyas portentosas dimensiones se estima que van a llevar varias generaciones en ser levantadas de principio a fin, llegando a prolongarse varios siglos la mayoría de las veces por cuestiones ya no solo constructivas, sino también económicas, religiosas y sociales, requiere de un esfuerzo colectivo difícil de intuir siquiera en nuestra conciencia actual. Aparte de los propios arquitectos que daban la idea y las trazas del proyecto, así como las cuadrillas de canteros, bien dirigidas por sus respectivos capataces, y toda clase de artesanos, como escultores, pintores, vidrieros y carpinteros, el sustento pecuniario que hizo posible la erección de tales empresas, si no salía directamente de las arcas regias, del cabildo, los nobles o los propios gremios, procedía de las donaciones y limosnas que ciudadanos y peregrinos ofrecían caritativamente para financiar estas construcciones en loor de Dios.

Recalcamos el término “artesanos” con que hemos aludido a oficios tales como el de escultor o pintor, que si bien actualmente estudiamos bajo los parámetros artísticos con que merecen ser abordados, hemos de tener en cuenta que la noción del artista como creador individual con un estilo propio con que evocar emociones y suscitar reflexiones en el espectador la hemos heredado del Renacimiento, no del Gótico, bien que excepciones tan notorias como Giotto di Bondone obligan a reconsiderar ciertas visiones. En esencia, hasta el siglo XIV solo los arquitectos gozan entre el gran público de un mayor reconocimiento a nivel artístico debido a la magna labor que desarrollan al frente de las fábricas catedralicias, entre otros encargos que reciben; en este punto, ni la propia documentación hace distinciones especializadas entre escultores y pintores, ambos son considerados artesanos (ESPAÑOL, 1999, p. 18).

ANÁLISIS COMPOSITIVO Y FORMAL

LEÓN ANTES DEL GÓTICO: DEL IMPERIO ROMANO AL ROMÁNICO TARDÍO

“Entrar una tarde soleada en las ligeras naves de la “Pulcra” es algo que la pluma no alcanza a definir. Decir que entramos en un fanal de irisados colores es cierto, decir también que estamos en un mundo inmaterial donde todo reverbera y se convierte en pura luz es más cierto todavía, pero en el fondo son metáforas que no pueden asir la múltiple sensación que nos embarga.” (CHUECA, 2000, p. 213)

Si un arquitecto con un bagaje cultural y destreza profesional como es Chueca Goitia agachaba la cabeza y mostraba humildad de palabras y metáforas ante la catedral de León debido a que era incapaz de encontrar suficientes para expresar su magnificencia, ¿qué podré decir yo, modesto redactor de este blog? Muchas cosas tengo que contaros, ya que de eso va un análisis de obra, pero aun con la libertad de expresión que otorga un vocabulario tan rico y variopinto como el español, jamás podremos encontrar términos suficientes con que contener verbalmente el vibrante crisol que es la Pulchra Leonina.

En el solar donde se alza esta majestuosa catedral hubo previamente otras construcciones cuyo conocimiento parcial se lo debemos a las diversas catas arqueológicas que se han sucedido en este terreno desde el siglo XIX. En esta centuria fueron hallados, gracias a la intensa labor de Demetrio de los Ríos, restos de unas termas romanas bajo el suelo de la iglesia, erigido por la Legio VII Gemina que tenía aquí establecido su campamento. Se trata de un recinto balneario ornado con mosaicos que responde a la tradicional tipología axial, sucediéndose linealmente el frigidarium (sala de agua fría), el tepidarium (sala de agua templada) y el caldarium (sala de agua caliente), y que mantuvo su uso termal hasta el siglo IV (GARCÍA, CAMPOMANES y HERNÁNDEZ, p. 34).

Restos de las letrinas bajo las termas romanas hallados en las excavaciones arqueológicas de la catedral de León. Portal de Turismo de Castilla y León

Con la progresiva expansión del Reino asturiano, en el 912 el rey García I decide mover la capital de Oviedo a León, concediéndole a esta población una importancia inusitada hasta entonces, aunque todavía habría que esperar hasta el siglo XII por lo menos para que, a nivel urbanístico, la antigua Legio abandonara su “perfil semirrural” y luciera como una verdadera capital regia (GARCÍA, CAMPOMANES y HERNÁNDEZ, p. 37). Para entonces, las termas romanas seguían siendo el edificio más destacado del entorno leonés, razón por la que, incluso antes del traslado de la capitalidad, el rey Ordoño I, al conquistar León en el 856, mandó convertirlo en su palatium, hasta que en el 916 fuera donado al obispo Frunimio II para albergar la sede episcopal.

En ese siglo X, las viejas termas romanas no solo vieron trocada su funcionalidad en términos eclesiásticos, sino que albergaron también el panteón regio hasta la construcción de San Salvador de Palat del Rey durante el gobierno de Ramiro II de León (931-951), antesala del mucho más conocido Panteón Real de San Isidoro, cuyos frescos le han valido el epíteto de “Capilla Sixtina del Románico”. Volviendo a la primera iglesia que ocupó el solar del antiguo recinto termal, estaba consagrada a Santa María, advocación que se va a mantener hasta la fábrica gótica, llamada Catedral de Santa María de Regla por protagonizar la plaza de Regla que se planificó delante suya.

Sin embargo, de la inicial catedral prerrománica apenas se puede apuntar nada, pues casi nada queda de ella, tan solo un par de capiteles hoy guardados en el Museo Catedralicio Diocesano y el Museo de León que se fechan en esta décima centuria (BOTO, 2002, p. 590). Con la llegada del obispo Pelayo a la cátedra legionense (1065-1078), la iglesia primitiva, azotada por las aceifas de Almanzor, se hallaba en deplorable ruina estructural, por lo que, con el beneplácito de Fernando I, emprendió una serie de reformas que revitalizaron su aspecto, dotándose de un nuevo claustro y dependencias comunitarias, y concluyeron con una reconsagración ante Alfonso VI en 1073. Una nueva restauración fue acometida con el obispo Diego a partir de 1116, financiado por la reina Urraca y su hijo, el futuro Alfonso VII (BOTO, 2002, p. 591).

Capitel de la catedral prerrománica de León. Museo Catedralicio Diocesano

Fue en este espacio de esencia prerrománica con aderezos románicos en el que tuvo lugar la protocolaria coronación imperial del susodicho Alfonso VII en 1135, unos treinta años después de haber perdido la diócesis de León, por resolución papal, los derechos de aspiración a sede metropolitana, quedando en calidad de sufragánea con respecto a la archidiócesis de Oviedo; Diego Gelmírez tuvo más suerte con Santiago de Compostela en 1120, si recordáis. Transcurren las décadas y la todavía capital del reino sigue sin recibir en su suelo una iglesia episcopal siquiera equiparable con la que entonces se estaba levantando en la sede jacobea, hubo que esperar aún hasta la década de 1170 para que se pusiese en marcha un nuevo proyecto edilicio de envergadura, una catedral tardorrománica que se solapa con la obra gótica.

A finales del siglo XII, León todavía conservaba una de las puertas de la vetusta fortificación imperial romana, la porta principalis sinistra, que ya desde tiempos del obispo Frunimio II en la décima centuria comienza a ser rebautizada en las fuentes documentales como Puerta Obispo, cuyo portazgo era percibido, precisamente, por la diócesis. Este y otros recursos económicos fueron los que, en suma, llevaron al obispo Manrique de Lara (1181-1205) a decretar decididamente el inicio de una catedral ex novo que sustituyera a la del siglo X; no obstante, moriría sin ver concluida su gran empresa vital.

Siguiendo los planos trazados por el arquitecto Demetrio de los Ríos al hilo de las catas arqueológicas que desarrollo en la catedral leonesa entre 1884-1888, la iglesia románica tardía de la ciudad contaba con tres ábsides, el central con mayor desarrollo que los laterales, y un marcado transepto cuyo crucero prácticamente coincide con el gótico, ornándose el conjunto con relieves de los que se han podido conservar bastantes muestras de interés. En uno de ellos, la Virgen con el Niño recibe de un donante arrodillado, quizás el magister operis, una construcción cubierta con el típico tejado de escamas que caracteriza a las construcciones románicas del valle del Duero, en las que, quizás no por casualidad, se pudo inspirar el templo legionense tardorrománico, puesto que edificios como la Catedral Vieja de Salamanca o la Catedral de San Salvador de Zamora cuentan también con un triple ábside escalonado.

Demetrio de los Ríos, planta del conjunto catedralicio leonés a la luz de las excavaciones de 1884-1888, dejando ver parte del trazado de las termas romanas y del templo tardorrománico. Archivo de la Catedral de León

Intentar recrear hipotéticamente el aspecto que pudo tener la antecesora de la Pulchra Leonina es prácticamente imposible: dada la falta de restos y documentos que pudieran aportarnos descripciones que sirvieran como material de base para tal objetivo, en el estado actual de la cuestión restituir gráficamente la iglesia del Románico Tardío supondría un sobreesfuerzo gratuito. Semejantes labores titánicas tuvieron que ser sacadas adelante para que la antesala del gótico pudiera llegar a término, ya que en el tránsito al siglo XIII, con la frontera de la “Reconquista” en imparable avance hacia el sur, León iba perdiendo progresivamente su autoridad, hasta el punto de encerrarse en una “ficción política” (BOTO, 2002, p. 594) para intentar salvaguardar desesperadamente su estatus de ciudad real (civitas regia).

Relieve del donante ante la Virgen con el Niño procedente de la catedral tardorrománica de León. Museo Catedralicio Diocesano

Las estrategias de Manrique de Lara para acelerar la construcción fueron varias, desde lograr un mayor apoyo de la corona, cosa que consiguió sobre todo con Fernando II, hasta el patrocinio de las reliquias de san Froilán, trasladadas a la sede leonesa desde Moreruela a finales del siglo XII, y la renovación del viejo sepulcro del obispo San Alvito, ambos los tesoros espirituales que dan cuerpo a la catedral legionense (BOTO, 2002, p. 595). En el siglo XIII, con las nuevas conquistas de Fernando III, “el Santo” (1217-1252) y la reunificación de los reinos de Castilla y León, la posición de Legio en el mapa castellano iría aún más en declive: cuando la ciudad estaba en pleno apogeo urbano, cuando la Pulchra Leonina empezaba a perfilar los cielos de la vieja capital, la fortuna de su historia comenzó a periclitar. Cosas que pasan.

LA PULCHRA LEONINA, GLORIA DEL GÓTICO EN ESPAÑA

En el mismo lapso de cien años que conforma el siglo XIII, León vivió una situación aparentemente paradójica: a nivel político y territorial, había perdido la capitalidad monárquica y de su esplendoroso pasado apenas se oían ya sutiles ecos; en el plano artístico, la construcción de la nueva catedral, hito del Gótico español y europeo, auspició una edad de oro breve pero intensa que marcaría el devenir histórico de la urbe legionense. En el transcurso récord de apenas 50 años, hecho inédito en Europa hasta entonces, la Catedral de Santa María de Regla se erigió como uno de los mayores logros del Gótico radiante fuera de Francia: qué feliz relato resultaría si soltásemos ahora la pluma, pero no existe en el mundo una narración completamente exenta de villanos que continuamente nieguen las motivaciones del protagonista.

Primeramente, y como podéis esperaros si sois ávidos lectores de esta clase de artículos, muchos aspectos de la catedral leonesa siguen sin estar del todo esclarecidos, bien por carencia de testimonios históricos suficientes, bien por falta de rigurosos análisis desde otras disciplinas que puedan arrojar más luz sobre los debates que emanan de la historiografía artística. Las discrepancias entre unos especialistas y otros arrancan desde la propia fecha de inicio de la obra, punto para el que hemos de situarnos en la década de 1240, horizonte en el que la iglesia tardorrománica ya se estaba dilatando demasiado en el tiempo y la moda internacional circulaba por otros derroteros, por lo que comenzó a plantearse la erección de una fábrica gótica mientras seguían en uso las naves, la cabecera y el claustro anteriores (BOTO, 2002, p. 601).

En el contexto del Congreso Internacional «La Catedral de León en la Edad Media», celebrado en la dicha ciudad entre los días 7-11 de abril de 2003, acudieron académicos tanto de España como de Alemania, concordando en algunos puntos y chocando en otros. Uno de estos últimos, el catedrático Henrik Karge, comenta que por esos años comenzó a ganar fuerza una corriente crítica que retrasaba la fecha de inicio de la catedral varios años atrás con respecto a 1255, año que tradicionalmente se ha tomado como límite inicial. Si bien este especialista reconoce que en los años 40 del siglo XIII se llevaron a cabo algunas partes, por una cuestión estilística afirma que, antes de 1255, resultaba imposible concebir un proyecto en Gótico radiante al nivel evolutivo que demostró León (KARGE, 2004, p. 119).

Del otro parecer es la profesora María Victoria Herráez Ortega, que argumenta que no solo se comenzaron las obras de la Pulchra Leonina en el entorno de 1240, sino que el proyecto catedralicio en su conjunto, consagrado a inicios del siglo XIV, ya estaba plenamente concebido para entonces, si bien en un lenguaje clásico francés que, a partir de que se retomaran las obras en 1255, se reajustó a las directrices del estilo radiante (HERRÁEZ, 2004, p. 176). Aunque la documentación conservada no permite conocer con exactitud hasta qué fechas se prolongaron las obras tardorrománicas, entre 1225-1230, según señala la misma especialista, se constata la adquisición legal de nueve heredades en el valle de Fenar de cuyas canteras pudo extraerse la cantidad de piedra necesaria para erigir la futura nueva catedral (HERRÁEZ, 2004, p. 154).

Aunque en líneas de pensamiento diferentes, la realidad es clara: si bien hubo partes de la estructura que se edificaron entre 1243-1247, no fue hasta 1255, bajo el episcopado de Martín Fernández (1254-1289), cuando la obra recibió el impulso definitivo con que avanzó sin interrupciones hasta su consagración en 1303. ¿Qué ocurrió en esos años tan concretos de 1243-1247? En la primera fecha, el Papa Inocencio IV concede a la diócesis legionense el derecho a cobrar las tercias de los diezmos de las iglesias rurales de su jurisdicción para sufragar los gastos constructivos de la catedral, pero cuatro años después el mismo pontífice, con el fin de incentivar la “Reconquista” de Sevilla, puso a disposición de Fernando III esas “tercias de fábrica”, paralizando las obras y sumiendo a la diócesis en una fuerte deuda económica.

Con Martín Fernández en la cátedra leonesa y Alfonso X, “el Sabio” (1252-1284) en el trono castellano, se creó el tándem perfecto para espolear el avance de la fábrica catedralicia, “el corazón de la vida ciudadana” como decía José María Azcárate (AZCÁRATE, 2010, p. 5). Ahora bien, hay que matizar un par de cuestiones, ya que el rey sabio, si bien bastante interesado en el progreso de la Pulchra Leonina, por otra parte, se mostró durante casi todo su reinado ausente en la ciudad de León. Habiendo perdido León su condición de capital del reino cabe preguntarse esto: ¿qué intereses tenía el monarca en su catedral? Podéis echar cuenta de que aquí huele a política.

Hasta 1258, la monarquía castellana seguía reteniendo las tercias de la diócesis leonesa, fondo financiero fundamental que, no obstante, hubiera sido insuficiente para pagar las deudas contraídas a partir de 1247. Entra de nuevo en juego la misma fuerza que, en ese mismo año, privó a León de aquellas rentas que también le otorgara en 1243: la Santa Sede. Su Santidad Alejandro IV, además de interceder ante el rey para que devolviese las tercias a la diócesis, concedió diversas indulgencias a los fieles que visitaran la Catedral de Santa María de Regla y, además, eximió a Martín Fernández del pago de las deudas que ahogaban a las arcas diocesanas (KARGE, 2004, p. 124). Los fondos económicos, por último, reflotaron también, en buena medida, gracias a las donaciones efectuadas por el propio cabildo (HERRÁEZ, 2004, p. 58).

Por un lado, el interés particular de Alfonso X hacia la catedral de León, aunado con los vínculos personales que le unían a Martín Fernández, han llevado a hipotetizar sobre un posible interés político de la corona hacia Europa, que emulando modelos franceses en la sede leonesa pudo, quizás, estar aspirando al trono imperial del Sacro Imperio Romano Germánico, una pretensión internacional para la que, por ende, toda ayuda era bienvenida (KARGE, 2004, p. 125). En otro plano, no es menos cierto que la presencia regia real deja mucho que desear en los documentos, pues ni la ayuda económica concedida por la corona fue cuantiosa, ni se dejó ver asiduamente por la vieja capital, una relación con el templo leonés bastante pobre si la comparamos con el más notorio compromiso de su sucesor, Sancho IV (HERRÁEZ, 2004, p. 160).

Es buen momento para recordar la paradoja del barco de Teseo, ya que parece que, precisamente, de paradojas está compuesta la trama histórica de la radiante Pulchra Leonina, cuya refulgente naturaleza tiene más penumbras que un teatro de sombras chinescas. Pese a todo, casi fue un milagro que una catedral como esta pudiera no solo salir airosa de los problemas que la ataban, sino que, además, lo hizo en poco más de cinco décadas y sin parones, lo que nos permite hablar de un edificio unitario en el que difícilmente pueden distinguirse fases, hazaña arquitectónica de incalculable valor artístico que, cómo no, tiene un doble rasero: ello dificulta el estudio del proceso constructivo.

Vista de la Pulchra Leonina desde el ángulo suroeste. Wikimedia Commons

La uniformidad estilística de la catedral de León constituye, sin duda, un fenómeno pocas veces visto en la Historia del Arte; me permito recordar que la Catedral de Santiago de Compostela, no muy lejos de la que ahora nos atañe, se inició en estilo románico, se remató con el Pórtico de la Gloria, a caballo entre el Tardorrománico y el Primer Gótico, tiene un cimborrio gótico y toda una campaña constructiva barroca presidida por la Fachada del Obradoiro. Si bien después de consagrada la iglesia de la diócesis siguió desplegando una rica actividad artística, como veremos sobre todo en el análisis de las artes figurativas, la arquitectura principal, repetimos, se completó en unos 50 años bajo la batuta del Gótico radiante francés, sin grandes cambios en el proyecto.

Mucho más extremo es el caso de la monumental Catedral de San Pedro de Colonia en Alemania, iniciada a mediados del siglo XIII, casi paralelamente a la leonesa, pero no concluida hasta fines del XIX; no es un ejemplo casual, ya que la de Colonia es considerada la otra gran muestra extranjera del Gótico radiante, pero en términos cronológicos se separa de León en su terminación casi seis siglos. La variación estilística conforme al cambio de modas, por tanto, es inherente a la fábrica germana, quedando así de nuevo la Pulchra Leonina como la “única gran iglesia del siglo XIII fuera de Francia que fue construida en su totalidad de acuerdo con el sistema del Style rayonnant” (KARGE, 2004, p. 116).

Con respecto a la época clásica, el Gótico radiante toma en consideración todos los logros constructivos y mecánicos de aquel, como el arco apuntado, la bóveda de crucería, el arbotante y el pináculo, con los que se traba un conjunto donde cada una de las partes tiene sentido con las adyacentes hasta formar un todo armónico y estructuralmente sólido; lo que pasa es que la luz, metáfora de la divinidad, adquiere un protagonismo todavía mayor. La práctica totalidad del recinto murario se horada con altos y portentosos ventanales cubiertos de vidrieras multicolores que llenan de color el interior al filtrar los rayos solares, desmaterializando el muro de tal forma que parece ingrávido, no queda nada de la función sustentante que tuviera en el Románico, los pesos se desvían a la cimentación y hacia los botareles exteriores mediante arbotantes.

Esto nos habla del grado de refinamiento al que había llegado el saber arquitectónico medieval, implementado a través de una continua experiencia que parte del Primer Románico y alcanza sus máximas cotas de esplendor en el siglo XV con el Gótico flamígero. Ahora bien, es importante señalar que en el citado lapso de 1243-1247 se documenta la construcción de la base de la cabecera muy seguramente siguiendo un plan que, por cronología, más debía entroncar con el Gótico clásico francés que con el radiante, motor que rige el conjunto a partir de 1255. Gracias a las tercias de fábrica, aún en posesión de la diócesis, se pudieron acometer en esos años los muros de sustentación del zócalo de la girola y las cinco capillas radiales, base a la que, más o menos, intentó adaptarse el maestro de obras que trazó los planos definitivos.

Muchos apuntan a que ese arquitecto pudo ser el maestro Simón que figura en las fuentes de la época, que pudo hacerse cargo de la dirección de las partes más antiguas de la estructura catedralicia (KARGE, 2004, p. 126). Si ese es el caso, Simón denota en su proyecto un profundo conocimiento del saber hacer gótico en general y de las novedades constructivas, estilísticas y estéticas del radiante en particular, comenzando por la propia planta, que por unanimidad se sabe con certeza que está inspirada en la de la Catedral de Nuestra Señora de Reims, salvando algunas diferencias atribuibles a los contextos y preocupaciones particulares que rodean a ambas iglesias.

Comparativa de las plantas de las catedrales de León (izquierda) y Reims (derecha). Blog Viajar, ver, encontrar… y Wikimedia Commons, respectivamente

El distintivo más evidente lo observamos en el cuerpo de tres naves, mucho más alargado en Reims que en León, compuesto tan solo por cinco tramos; así mismo, en la zona de los pies puede verse cómo las torres-campanario que flanquean el pórtico occidental legionense no están integradas en el primer tramo, como era costumbre, sino separadas, solución que veremos en detalle al analizar las fachadas. En ambas iglesias existe, a su vez, un transepto formado por otras tres naves, sumándose dos tramos más antes de llegar a la cabecera, cuyas capillas mayores están rodeadas por una girola a la que se abren cinco capillas radiales, uniformes en el caso de León, con disposición escalonada en Reims por las mayores dimensiones de la central. La completa totalidad de los espacios se cubre con bóvedas de crucería, sustentadas al interior por pilares fasciculados.

El resultado es una iglesia macrocéfala, con forma de champiñón si se me permite la observación, debido a que no era necesario un extenso cuerpo de naves como en Reims, cuyo ceremonial de unción y coronación así lo requería (HERRÁEZ, 2004, p. 162), respondiendo esta desproporción a una cuestión utilitaria; según Chueca Goitia, “es el único lunar de tan excepcional monumento” (CHUECA, 2000, p. 217). Una diferencia más marca distancias entre las fundaciones española y francesa, una que requiere algo más de perspicacia: si miráis de nuevo la planta sobre estas líneas, veréis que preceden al hemiciclo de la cabecera unas capillas rectangulares que en León están cerradas por tres lados, mientras que en Reims quedan abiertas hacia el desarrollo occidental del edificio. Se ha argüido que esto puede deberse a que por esa línea discurría la muralla vieja de la ciudad, centro de debates donde no vamos a entrar.

Pasemos del papel a la realidad, y lo primero que nos llama la atención es aquello con lo que hemos abierto este artículo: los paramentos adolecen el uso de distintos tipos de piedra. Entre otros factores, la Catedral de Santa María de Regla pudo gozar de tal rapidez constructiva gracias a la facilidad de extracción que presenta la caliza de Boñar con que se levantó casi todo el edificio. El problema con esta piedra deriva de su irregular composición, altamente sensible a los condicionantes climáticos, bastante acusados en el entorno de León, de ahí que hubiera que restaurar la fábrica en el siglo XIX con los más robustos ejemplares calcáreos de Hontoria de la Cantera, complementados con las calizas de La Pola de Gordón para los enlosados y la toba de Rodiezmo de la Tercia para la plementería de las bóvedas (RODRÍGUEZ, 2013, p. 28).

Con las canteras de caliza boñarense a pleno rendimiento, el trasiego laboral que hizo posible el “milagro legionense” tuvo que ser bastante interesante de presenciar día tras día, ya que los especialistas, a la hora de estudiar el proceso de construcción de la Pulchra Leonina, dada su uniformidad y que se desarrolló en una campaña continuada de 50 años aproximadamente, han teorizado largo y tendido sobre un procedimiento a todas luces anómalo en lo que se refiere a la arquitectura eclesiástica. Lo común era iniciar la fábrica por la cabecera, orientada al este, y concluir por los pies, hacia el oeste; en León queda claro que entre 1243-1247 se comenzó, precisamente, con el zócalo de la cabecera, pero lo que aconteció a partir de 1255 apunta a un levantamiento simultáneo de todo el conjunto de fuera hacia dentro.

Esto quiere decir que la estructura en su totalidad fue alzándose hilada a hilada, pilar a pilar, desde los muros hasta el abovedamiento sin atender al tradicional y lógico avance de oriente a occidente (KARGE, 2004, p. 130), hecho que permitió, además de una intachable unidad estilística, mantener en pie la catedral tardorrománica hasta bien avanzadas las obras, oficiándose en su seno los oficios litúrgicos durante el tiempo que necesitara la catedral gótica en quedar operativa. Ello explicaría con bastante seguridad por qué las esculturas de la triple portada occidental fueron labradas con anterioridad a las de las puertas del transepto: lo habitual era ir concibiendo en el taller las piezas según la sección del edificio que estuviera realizándose (HERRÁEZ, 2004, p. 151), pero, si algo nos demuestra León, es que no debemos generalizar como el pavo “inductivista” de Bertrand Russell (estamos filósofos hoy, sí).

Es evidente que a nosotros no nos van a cortar el cuello en Nochebuena como a la susodicha ave, pero es en excepciones como León o la también gótica Catedral de Nuestra Señora de Amiens, que se construyó al revés, es decir, de los pies a la cabeza, cuando debemos dejar de lado las premisas epistemológicas generales y enfocar el asunto desde otro ángulo para hallar respuestas. Estas serán dadas en su completitud cuando se junten los factores que hagan posible un estudio a fondo de la organización y técnica constructivas de la catedral leonesa: hasta que no exista una monografía al respecto, seguirá cerniéndose en torno a la Pulchra la incógnita sobre su particular progresión.

Dado que, pese a todo, la cabecera tuvo una ligera delantera durante el avance de las obras, por esta parte comenzaremos a analizar el exterior. Las afiladas líneas rectas del perfil poligonal de las capillas del ábside, resultado de intentar adaptarse al zócalo previo a 1250, contrastan con las suaves curvas de las tracerías de los ventanales, rematados en arcos ojivales que resaltan la verticalidad característica de la arquitectura gótica junto a los contrafuertes y los pináculos que los rematan, elementos que no son puramente estéticos, sino que asientan las cargas de los botareles para evitar su pandeo. Hacia ellos precisamente se desvían los pesos de las bóvedas como tal a través de los arbotantes, solo así pueden abrirse tales vanos sin que peligre la estructura.

Cabecera de la catedral de León. Wikimedia Commons

De aquí nos movemos a los brazos del transepto, cuyas portadas fueron realizadas probablemente unos años después de la fachada occidental, como delata el estilo de sus esculturas (KARGE, 2004, p. 131). Estructuralmente, tanto la fachada septentrional como la meridional, aunque en menor escala y con salvedades, siguen el esquema del imafronte: sobre la portada se articula un hastial central, enmarcado por sendos contrafuertes y organizado en altura por un triforio de cuatro vanos dispuestos sin solución de continuidad, un segundo protagonizado por un rosetón de bella geometría y un remate en gablete horadado por un vano con forma de triángulo curvilíneo.

Fachada norte del transepto de la catedral de León. Wikimedia Commons

Separados del hastial y recibiendo sus pesos con arbotantes, dos botareles de mayor envergadura terminan de encuadrar el espacio, delimitando en la fachada sur, junto a los contrafuertes del propio hastial, la triple portada a los pies. Tanto en el lado norte como en el meridional, además, se levantan entre el transepto y la girola sendas torres, llamadas respectivamente “Limona” y “Silla de la Reina”, y su funcionalidad no es otra que la de actuar de nuevos contrafuertes para contrarrestar las cargas de estos puntos tan críticos de la estructura, donde convergen los arbotantes que llevan los pesos de las bóvedas del transepto y la cabecera (HERRÁEZ, 2004, p. 170). En general, el brazo sur ha sido siempre uno de los lugares más débiles de la catedral de León, motivando diversas restauraciones en clave historicista y la famosa leyenda del topo maligno que socavaba los cimientos del templo cada noche.

Fachada sur del transepto de la catedral de León. Wikimedia Commons

La joya de la corona del exterior de la Pulchra Leonina es, sin duda, la fachada occidental, tanto por su atípica composición como por la riqueza artística de su complemento escultórico, que analizaremos a su debido tiempo. Como ya hemos apuntado, contra la norma general, las torres que flanquean el hastial central están separadas del cuerpo de naves y no integradas en el primer tramo, lo que, por un lado, resalta el protagonismo de dicho cuerpo central y su triple portada, pero a nivel técnico lo priva de dos contrarrestos fundamentales para la mecánica del edificio, efectuándose esta transmisión de pesos con arbotantes que, por tanto, quedan al descubierto. La profesora Herráez califica este hecho de estéticamente deficiente (HERRÁEZ, 2004, p. 163), pero, bien visto, es un fenómeno único en el Gótico que no se ve fuera de León.

Fachada oeste de la catedral de León. Wikimedia Commons

Que cada uno juzgue en base a sus propias observaciones si el arquitecto que tomó esta decisión atinó o patinó, nuestro cometido es analizar, en primer lugar, dicho cuerpo central. El primer nivel lo constituye, evidentemente, la triple portada ojival, que sobresale notablemente de la línea de fachada; el arco central, la Portada del Juicio Final, es más ancho y alto que los laterales, de los que se separa mediante arquillos lanceolados. Igual que hemos visto en las fachadas del transepto, el segundo nivel, correspondiente al triforio, lo componen cuatro arcos apuntados sucesivos, organizados interiormente por dobles arquillos sobre columnillas rematados por un pequeño rosetón con motivo tetralobulado. El tercer nivel lo copa un gran rosetón, dividido por espléndidas tracerías que forman patrones geométricos radiales.

Remata el hastial un piñón en gablete, atravesado por otro rosetón, encima se aloja un grupo de la Anunciación y queda flanqueado por los contrafuertes que enmarcan el cuerpo central, terminados en crestados pináculos. Este nivel de coronación, separado del anterior por un antepecho en voladizo, fue completamente restaurado, al igual que el resto del hastial, por Demetrio de los Ríos a finales del siglo XIX, devolviendo el piñón a su estado original y retirando los elementos de la reforma plateresca del siglo XVI (RODRÍGUEZ, 2013, p. 46), algunos de ellos guardados en el patio del claustro, como los chapiteles, ornados con estrías helicoidales recorridas por ovos.

Chapitel plateresco del siglo XVI retirado del imafronte durante las restauraciones decimonónicas, hoy en el claustro. Wikimedia Commons

En cuanto a las torres-campanario, además de diferenciarlas una ligera variación de altura de poco más de tres metros (64,60 metros mide la torre norte y 67,80 la sur), media una no tan sutil de dos siglos en sus conclusiones. Ambas iniciaron su andadura constructiva en el siglo XIII, a la par que el resto de la obra, pero mientras que la fábrica septentrional, la Torre de las Campanas, fue terminada a finales del siglo XIV, la construcción meridional, la Torre del Reloj, tuvo que ser prácticamente rehecha a partir del siglo XV por los daños que adolecía. Por la evolución del Gótico en esas fechas, la torre del sur muestra un acabado plástico más abundante y potente que la del norte, articulando el ascenso arcos conopiales que llevan la mirada hasta la esplendorosa aguja, finamente calada y cuajada de cresterías.

Suficiente lo dicho para el exterior, es hora de mover nuestros pies hacia el interior de la Pulchra Leonina, cuyos alzados son la máxima muestra del estilo radiante de que hace gala esta fastuosa catedral, reconocible por unas amplísimas y coloridas vidrieras que generan una sensación en el espacio intramuros que así nos transmite, una vez más, Chueca Goitia:

“He contemplado catedrales francesas grandiosas y monumentales como Chartres, como Bourges, como Amiens, la de naves más bellas y perfectas, como Reims, pero en ninguna de ellas he experimentado una sensación pareja a la de León. Sensaciones acaso más fuertes, superiores, pero distintas.” (CHUECA, 2000, p. 213)

Si en planta la filiación de León con Reims está más que clara y demostrada, pese a las diferencias anotadas, en los alzados es más complicado atinar una única fuente posible de inspiración para el maestro de obras que trazó sus diseños. Tiempo tendremos de ahondar en los vitrales, quizás los mejores del Gótico hispano, cuando analicemos las artes figurativas, nos compete en estos momentos determinar aquellos edificios en que pudo inspirarse el arquitecto de la Pulchra Leonina, “la catedral más francesa de todas las españolas” (ESPAÑOL, 1999, p. 141), a la hora de trazar los alzados. Sea el maestro Simón u otro personaje por ahora desconocido, está claro que tuvo que viajar a Francia junto a un equipo de trabajadores que conoció de primera mano los grandes logros del opus francigenum (KARGE, 2004, p. 133).

Los muros que separan la nave central de las laterales se estructuran, como era normal en el contexto europeo en general y francés en particular, en tres niveles: arquerías apuntadas en el nivel bajo, triforio en el medio y alto claristorio en el superior. El diseño de las tracerías de los vitrales de los dos niveles superiores es bastante convencional dentro del Gótico radiante (KARGE, 2004, p. 135), consistiendo en dos pares de arquillos lanceolados rematados por sendos óculos de motivos polilobulados que, a su vez, se enlazan compositivamente en el centro por otro mayor. La particularidad de León radica en que, flanqueando los laterales de dichas vidrieras, se alojan unas lancetas más estrechas y, por ende, mucho más apuntadas que los pares de arquillos, motivo llamado en francés panneau reculé (KARGE, 2004, p. 139).

Comparativa entre los alzados interiores de la catedral de León (izquierda), la Basílica de Saint-Denis (centro) y la catedral de Châlons-en-Champagne. Wikimedia Commons

Aunque cumpla con el canon típico del estilo radiante y tenga una clara filiación gala, ya hemos aducido pruebas suficientes de que la Catedral de Santa María de Regla no es una mera copia de modelos transpirenaicos, sino que va imbuida con altas dosis de creatividad, véanse la distribución de las fachadas o su nutrido corpus de vidrieras. Si bien en los niveles del alzado pudo también inspirarse en parte en la catedral de Reims, calar los triforios hacia el exterior para que formen una unidad compositiva con el claristorio es una solución que León tomó de otra iglesia o planteó de forma original. Rastreando en el panorama, vemos que la Basílica de Saint-Denis se reformó a partir de 1231 en estilo radiante, planteando un alzado interior con el que León guarda hartas semejanzas en lo compositivo (HERRÁEZ, 2004, p. 168), así como la Catedral de San Esteban de Châlons-en-Champagne.

Antes de pasar a la última gran construcción de la catedral gótica legionense, el claustro, cabe mencionar que por entonces la citada Puerta Obispo fue objeto de una reforma alineada con los estándares del Primer Gótico, conformándose en su parte superior un pasadizo que conectara la Pulchra con el Palacio Episcopal. Se le dio entonces un carácter monumental a la altura del vetusto acceso romano de la porta principalis sinistra (GARCÍA, CAMPOMANES y HERNÁNDEZ, 2004, p. 43), pero la mala fortuna de la que parece heredera la vieja Legio dio con la incompetente demolición de Puerta Obispo entre 1910-1911, ello pese a las férreas resistencias de los miembros más cultos de la Comisión Provincial de Patrimonio (RODRÍGUEZ, 2013, p. 227).

Fotografía de 1910 de la Puerta Obispo desde el oeste durante su demolición. Archivo de la Catedral de León

Debido a que el palacio del obispo se ubicaba al sur de la catedral, el claustro hubo de ser levantado en el costado norte, contra lo que dictaba la práctica común de la arquitectura eclesiástica (nada raro en León con el historial que llevamos). Precisamente por esa zona se erigió el claustro de la catedral tardorrománica, que según los estudiosos debía contar, con mucha probabilidad, con unas dimensiones semejantes a las del recinto claustral gótico (30 metros de lado), fijadas definitivamente a comienzos del siglo XIII (BOTO, 2002, p. 601). A finales de la misma centuria, ya levantada la mayor parte de la iglesia goticista, se comenzó a sustituir el claustro románico, que todavía permanecía en pie.

Entra en juego en este contexto el arquitecto que sucedió a Simón como magister operis de la Pulchra Leonina: el maestro Enrique, activo entre 1261-1277, año de su fallecimiento, sustituyéndole entonces Juan Pérez. Se ha demostrado por sondeo documental que este maestro Enrique coincide con el mismo que se menciona en la Catedral de Santa María de Burgos, cuyo claustro se construyó aproximadamente entre 1260-1265, datando los planes para el de León de la década de 1270. No puede descartarse la posibilidad de que se reutilizara parte de los muros de las viejas bandas claustrales para acelerar el proceso constructivo de la fábrica gótica (KARGE, 2004, p. 132).

Claustro de la catedral de León. Wikimedia Commons

Una profunda transformación se llevó a cabo en el claustro en el siglo XVI bajo la dirección del arquitecto Juan de Badajoz el Mozo, que rehízo entre 1539-1554 las bóvedas de los corredores, estructuralmente encuadrables en el tardogótico y ornamentalmente renacentistas. En el conjunto claustral radica uno de los puntos más abundantes e interesantes de las artes figurativas de la Pulchra Leonina, ya que cuenta con capiteles y un conjunto de pinturas murales del siglo XV concebidos bajo un sólido programa iconográfico; ello se completa con los sepulcros bellamente esculpidos de una serie de dignidades eclesiásticas que desearon ser enterradas aquí (FRANCO, 2004, p. 267). Todo esto lo contemplaremos con la debida atención en el apartado figurativo.

Vista longitudinal de uno de los corredores del claustro leonés. Wikimedia Commons

LA CATEDRAL DE LEÓN ENTRE LA HISTORIA, LA RESTAURACIÓN Y LA DESGRACIA

Como hemos ido comentando a lo largo del artículo, la catedral de León cuenta con un nutrido historial de restauraciones que tuvo uno de sus momentos álgidos en el siglo XIX, ya que, para entonces, la construcción presentaba un aspecto deplorable y llegaba en algunos puntos a amenazar ruina; “un edificio herido de muerte” decía la RABASF. Tres fueron los factores fundamentales que se determinaron como causantes del deterioro de la fábrica catedralicia: la poca consistencia del material empleado, una cimentación irregular y defectos constructivos (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 146). De la caliza de Boñar y su sensibilidad ante el clima leonés ya hemos hablado, y el segundo punto se resume en que la catedral gótica reaprovechó los cimientos romanos y tardorrománicos sin tener en cuenta que su magnitud requería una cimentación mucho más adecuada para recibir sus potentes cargas.

En cuanto a los descuidos de la construcción gótica per se, los propios restauradores decimonónicos señalaron que, aunque habían contribuido a la debilidad de la estructura en ciertos puntos, eran de poco calado, atañendo sobre todo al asiento de los sillares y a una economía de medios y rapidez en el proceso que no imposibilitaron la erección de una obra sumamente admirable (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 149). Los mayores defectos que pudieron señalar esos mismos arquitectos se referían a los añadidos posteriores al auge del lenguaje gótico, criticando sobremanera los elementos de estirpe barroca, que no gozaron de la fortuna con que sí lo hicieran en Compostela, al contrario, casi nada queda de la historia del Barroco en la Pulchra Leonina.

El relato que se va a desplegar desde aquí hasta el final del presente apartado queda para juicio de cada uno a partir de los datos que vayamos exponiendo. Intervenciones renacentistas hubo en el siglo XVI, como ya hemos tenido oportunidad de atestiguar, siendo la mayor de ellas la reconstrucción de las bóvedas claustrales, así como el piñón con que se remata el hastial de la fachada occidental, cuyos chapiteles helicoidales, recordemos, fueron respetados por los restauradores decimonónicos y colocados en el patio del mismo claustro a la vista de todos.

Josef Asensio, Ortografía de la fachada principal de la Santa Iglesia de León, 1792. Biblioteca Nacional de España

Aciaga suerte correrían, por el contrario, los aditamentos barrocos, tanto por cuestiones estéticas radicales como por suponer dichos elementos un peligro para la estabilidad estructural. Como remate del crucero, el cabildo tuvo el deseo de engrandecer esta zona de la catedral con una cúpula, encargándose de su diseño Juan de Naveda, arquitecto de Felipe IV, y levantándose entre 1631-1637, pero sus descargas comprometieron seriamente el sistema mecánico del edificio, ejecutando Joaquín de Churriguera unos pilastrones con el fin de contrarrestar dichos pesos. La verdad es que el remedio fue peor que la enfermedad, siendo el brazo sur del transepto el que más se resintió por las nuevas cargas, hasta el punto de tener que realizar obras de refuerzo en el propio siglo XVII que llevaron a un renovado remate del hastial meridional.

Reconstrucción infográfica de la cúpula de Juan de Naveda por fuera. GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 154

Pese a las advertencias dadas por otros tantos arquitectos de no levantar una linterna sobre la cúpula del crucero para evitar agravar más la estabilidad de la estructura, el insistente cabildo se salió con la suya y fue erigida una en madera en 1742. Siendo insuficiente la palabra de los profesionales, tuvo que ser Dios quien les diera un toque: en enero de 1743, como cabía esperar, cuatro bóvedas colapsaron, uno de los pilares torales se quebró y una capilla, la del Carmen, se desplomó (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 139). Tampoco bastó eso, pues el cabildo llamó al arquitecto italiano Giacomo Pavía para “desfacer el entuerto” y, por fin, darle a la peligrosa cúpula su todavía más peligroso remate en forma de linterna. El terremoto de Lisboa de 1755 fue la ultimísima llamada de emergencia para actuar prontamente o dejar morir a la Pulchra.

Reconstrucción infográfica de la cúpula de Juan de Naveda por dentro. GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 154

Durante un siglo, sucesivas reparaciones fueron conteniendo penosamente el colapso total del templo, pero en 1857 ya se estaban desprendiendo cascotes de la cúpula central que no solo hablaban de un serio peligro de desplome general, sino que, unido a ello, se estaba poniendo en riesgo las vidas de quienes pasaban por allí. En 1859, se crea la Junta de Restauración de la Catedral de León, pero aún tuvieron que transcurrir un par de meses hasta que la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando nombrara a Matías Laviña Blasco como su primer arquitecto de cabecera (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 156). Tras una inspección a fondo, no tardó en determinar que el foco de los males estructurales era la cúpula, pero al darse cuenta de que los pilastrones ejercían cargas desmesuradas de hasta 338 toneladas comenzó a preparar de inmediato los andamios para su desmontaje (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 158).

Desmontadas estas amenazas, elaboró a finales de 1860 su plan de restauración, ofreciendo la posibilidad de abogar por la conservación del edificio tal y como estaba, o derrumbar las zonas más comprometidas para poder reconstruirlas desde cero; esta última propuesta fue la vencedora, y para sorpresa de todos, fue ejecutada velozmente entre 1861-1863 (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 160). Pese a la radicalidad de la intervención, la RABASF apoyó firmemente a Laviña, quien procedió, primero, con el deseado derribo de la cúpula del seiscientos, luego reforzó los arcos torales y, después, comenzó a desmontar el brazo sur del transepto siguiendo un orden lógico: vidrieras, tejas, armaduras de madera, plementos y nervios de las bóvedas, arbotantes, pilares y, finalmente, la fachada, que hubo que vaciar hasta los pies debido al hallazgo de amplias grietas en su superficie (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 162).

Matías Laviña falleció en 1868, dejando atrás los inicios de una restauración donde se mostró dubitativo, desatando una polémica a nivel nacional que llegó a proponer la llamada de urgencia del célebre Viollet-le-Duc; desde la Academia respondieron rápidamente con efectivos españoles bien cualificados (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 162). No olvidemos algo importante, que las catedrales góticas funcionan como máquinas sabiamente engranadas, si falla una parte se corre el riesgo de que falle el todo, y precisamente el todo, hasta nuevas y rápidas intervenciones, permanecía entonces en hiato de existencia: el temor al derrumbe no había desaparecido ni podía aún hacerlo.

Acudió entonces a la dirección restauradora Juan de Madrazo y Küntz, que si bien protagonizó un lento desarrollo durante los primeros años en el puesto, entre 1869-1876, ese año contaba con los fondos necesarios para armar el complejo andamiaje de madera con que, además de reconstruir las partes retiradas por Laviña y otras nuevas que hubo que desarmar por su mal estado, se contuvieron los desequilibrios del sistema estático incompleto, que generaban empujes irregulares con los que la ruina seguía expandiéndose (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 175). Madrazo, que comprendió de verdad la estructura gótica a diferencia de su predecesor, priorizó la reconstrucción de las partes activas o sustentantes, como los nervios de las bóvedas o los arcos, para, una vez asegurada la estabilidad del edificio, continuar con las pasivas o sustentadas, como la plementería (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 177).

Vista del interior de la catedral de León desde el crucero hacia el ángulo suroeste. Wikimedia Commons

Rehechas las bóvedas altas que desmontara Laviña y sustituidas por nuevas fábricas aquellas que comprometían el equilibrio estructural, que fueron la inmensa mayoría de las que conforman la catedral, se proyectó también encimbrar el ábside para reparar sus bóvedas de crucería, primera labor a la que se entregó ya el sucesor de Madrazo una vez fue destituido en 1880, Demetrio de los Ríos y Serrano (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 182). En 1885, se cubrió el crucero con una bóveda ojival, descartando la RABASF cualquier idea de volver a levantar sobre él estructura cualquiera, como la nueva cúpula goticista según planos de Laviña o la deseada aguja de Ríos. Para 1888, se retiraron las cimbras y, para alivio de todos, la Pulchra Leonina volvía a estabilizarse.

Aparte de las bóvedas bajas, que también fueron sometidas a la revisión restauradora decimonónica, restan por atender las fachadas meridional y occidental. La primera, como dijimos, fue finalmente desmontada hasta los pies por Matías Laviña, que la restauró hasta la altura del triforio, parte que Juan de Madrazo se vio obligado a desmontar por no resultar suficientemente resistente; una vez más se demuestra que Laviña nunca entendió el funcionamiento de la “maquinaria gótica”. Estableció un proyecto restaurador tripartito que comprendía, respectivamente, la reconstrucción del triforio, el paño del rosetón y el piñón con su gablete, de tal forma que hubiera una cabal correspondencia entre exterior e interior. Las obras del hastial sur fueron concluidas ya en 1882 por Demetrio de los Ríos.

Manuel Navarro, Ortografía de la Fachada del mediodía de la Santa Iglesia de León, 1792. Biblioteca Nacional de España

Concluir esta parte del proyecto general de restauración de la Catedral de Santa María de Regla constituyó un hito muy aplaudido entre los académicos, mas la conciencia arqueológica de Ríos no se frenaría ahí, expandiría su visión restauradora “en estilo” hasta el punto de no ya reconstruir la obra original, sino reformarla en clave neogótica para forzar aún más la unidad visual del conjunto al eliminar las diferencias entre la fábrica medieval y la restaurada (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 202). Si el gablete de la fachada meridional fue el primer paso de esta “reimaginación” arquitectónica, el imafronte fue, quizás, su pieza maestra: igual que aquella, la fachada occidental, tras la aprobación de la RABASF primero y el Gobierno después, fue completamente desmontada en apenas seis meses entre 1888-1889 (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 211-212).

Tras una sólida argumentación por la que Demetrio de los Ríos expuso las peligrosas deficiencias estructurales de la fachada de poniente, el arquitecto ofreció a la Academia las dos posibles opciones de restauración del remate del hastial: volver a colocar los elementos platerescos de la reforma del siglo XVI tras estabilizar esta parte o construir un remate neogótico que armonizara con el resto del edificio. Sobra decir que Ríos, si bien no rechazaba el primero por su estética en sí, sí lo hacía por su riesgo de ruina y por considerarlo un injerto anacrónico en el tejido gótico, ofreciendo explicaciones extra para inclinar la balanza del lado de la propuesta revival, que fue la finalmente escogida por la RABASF y, tras muchas dudas, por el propio Gobierno de España.

Fotografía de hacia 1890 que muestra el andamiaje con que se desmontó y reconstruyó el hastial occidental. Wikimedia Commons

Restaurados los niveles del triforio y el paño del rosetón a semejanza del hastial sur entre 1889-1890, hubo que esperar hasta 1891 para que el Gobierno quedara completamente convencido con la retórica de Ríos, insistente en rematar el imafronte con un piñón neogótico más adecuado funcional y estéticamente que el viejo artificio plateresco, bastante mal conservado según sus propias palabras. Obtenida la aprobación, las obras de finalización se prolongaron hasta 1893, estando ya en la dirección el sucesor de Ríos, Juan Bautista Lázaro, debido al fallecimiento de aquel un año antes. Antes de morir, abrió en sus memorias de la catedral un debate muy interesante: tras las profundas restauraciones, ¿es la Pulchra Leonina un edificio restaurado o una catedral reinventada? (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 224)

Cobra de nuevo sentido aquella paradoja del barco de Teseo apuntada al iniciar el escrito, más si tenemos en cuenta que bajo las directrices del mismo Demetrio de los Ríos, paralelamente a las reconstrucciones se planificaron una serie de “restauraciones parciales” de elementos activos y pasivos durante la década de 1880. Siguiendo un orden coherente, empezó a reparar los apoyos exteriores, tales como botareles y arbotantes, y acto seguido se centró en los pilares interiores, en especial en los torales del crucero, aterradoramente incurvados, para lo que se tuvo que fortalecer la débil cimentación de esta zona, al hilo de lo cual se desarrollaron las citadas catas arqueológicas.

Resuelta toda la osamenta que sustenta la catedral, se restauró también el sistema de desagüe, completado por Lázaro y que conllevó la labra ad hoc de gárgolas neogóticas. Así mismo, Ríos efectuó una limpieza a fondo del triforio, renovando la práctica totalidad de su estructura, seriamente dañada, y eliminando el antepecho barroco sin dejar rastro (GONZÁLEZ-VARAS, 2001, p. 239), muy en su línea de “barrocofobia”. Finalmente, persistiendo en su afán de persecución de la unidad estilística a ultranza, reformó el perímetro de ventanales bajos y altos y renovó sus perfiles con añadidos neogóticos que la mentalidad de entonces intuía que debían estar ahí a falta de pruebas arqueológicas: entre cornisas, pináculos, rosetas y antepechos, su mayor obsesión fueron los gabletes (llamemos a esto “gabletemanía”).

Por si toda la campaña restauradora no hubiera comprendido suficientes cambios y repuestos en la fisonomía original, la desgracia con que se iniciaron los primeros trabajos de la iglesia siguió acompañando a la pobre Pulchra, ya que el 29 de mayo de 1966, a las 17 horas, un rayo impactó en los pararrayos que estaban instalados en el transepto, desatando un incendio en las sobrecubiertas de madera que no fue avistado hasta las 20. Actuaron con inmediatez los cuerpos de bomberos municipales y de otras provincias hasta apagar las llamas a las 00:15, quedando la desgracia limitada sobre todo a las susodichas armaduras lignarias (RODRÍGUEZ, 2004, p. 191). El 4 de junio, cinco días después, se reabrieron las puertas del templo al público; casualmente, servidor cumple años ese día, hay que ver cómo son la historia y el destino…

Rafael Marín Bañares, fotografía de la catedral de León en llamas, colección Guillermo Marín

ANÁLISIS DE LAS ARTES FIGURATIVAS

Dividir el comentario de una obra del calibre de una catedral, la de León en el presente caso, es siempre una decisión difícil pero práctica a la hora de tener que efectuar un análisis que desentrañe de la mejor manera posible los aspectos que hacen que brille y sea recordada en el panorama general de la Historia del Arte. Queda claro que, de entre todas las catedrales góticas que se inspiran en modelos franceses fuera de Francia, la de León es, con mucha seguridad, la que mejor habla el idioma de allende los Pirineos, hecho objetivo que no le resta, por otra parte, un ápice de su originalidad, y esto aplica tanto a su arquitectura como al apartado de artes figurativas con que se enriqueció el conjunto de la Pulchra Leonina no solo en clave ornamental, sino también y sobre todo iconográfica.

En este punto debemos tomar otra decisión importante para el devenir de esta segunda parte del análisis: ¿qué orden hemos de seguir? Un estricto procedimiento cronológico nos obligaría a realizar saltos abruptos entre unas partes y otras, así que, sin por ello desecharlo del todo, comenzaremos el recorrido por las portadas, primero la occidental y luego las del transepto, que como dejamos apuntado cuentan con puertas labradas que están fechadas unos años más tarde; a continuación nos dirigiremos al claustro para destripar su complejo programa, empezando por los sepulcros, siguiendo con los capiteles y repisas, y cerrando con los frescos del siglo XV; de ahí iremos al coro, a la librería capitular y a unas pocas capillas, primando la Capilla Mayor, reservándonos el abordaje de la vidriería para el final.

LA PORTADA OCCIDENTAL

Vista general de la triple portada occidental de la Pulchra Leonina. Wikimedia Commons

Sin más preámbulos, acudamos al hastial occidental, ese que de vez en cuando suele preguntarse en el examen de Historia del Arte de la EvAU, para comentar el aparato escultórico de su triple portada ojival, cuyo acceso central muestra mayor altura y anchura que los laterales, de los que se separa mediante arcos lanceolados, proyectándose toda esta parte en perspectiva con una estructura rectangular en saliente que cobija los vanos. Sucesiones de arquivoltas en los tres huecos les confieren un carácter abocinado, decorándose los intradoses de las más exteriores con macollas y quedando sustentados los arquillos en lanza por pilares con figuras de profetas y evangelistas, mientras que los extremos se plantean como extensiones del muro del que sobresalen.

De esta panorámica general pasamos a una introspección de cada puerta en particular, comenzando por la principal, la central, a la que seguirán las laterales. Al sector central de la portada occidental se le llama Puerta del Juicio Final o Puerta de la Virgen Blanca, ambas por motivos que el análisis iconográfico irá dilucidando, y fue concebida hacia 1270. La parte baja de las jambas queda articulada por sucesiones de arquillos apuntados sobre columnas entre las que se alojan paños de muro decorados con motivos vegetales y geométricos en bajorrelieve; esta parte es común a todas las portadas.

Portada del Juicio Final o de la Virgen Blanca de la catedral de León. Wikimedia Commons

De igual manera, la parte superior de esas mismas jambas queda dividida por nuevas tandas de columnillas que, en esta ocasión, flanquean estatuas de cuerpo entero de personajes bíblicos cubiertas por sus respectivos doseletes, cuya parte superior marca la imposta de los arcos de los tímpanos y las arquivoltas. Durante el proceso de restauración que se dio en el pórtico occidental (con la misma piedra de Boñar se labró también la parte escultórica) entre 2008-2013, buena parte de estas esculturas quedaron expuestas en una de las bandas del claustro hasta que fueran reubicadas en sus lugares de origen, cosa que aún no ha sucedido. A finales del año pasado se supo la noticia de que, al fin, se ha firmado el convenio para esta última “fase” de la restauración, que restituirá las esculturas de las jambas con réplicas realizadas con tecnología punta en un plazo de 4-8 años.

Afortunadamente, la Virgen Blanca del parteluz sí fue sustituida por su correspondiente copia, de lo contrario la Pulchra Leonina seguiría todavía privada en su portada principal de una de sus esculturas más destacadas. El efecto que esta estatua genera en el espectador es parangonable, como poco, con el que se siente al ver el Santiago del parteluz central del Pórtico de la Gloria, ambos destilan calidades de primer orden en su factura. En este caso, se nos presenta una Virgen coronada con el Niño no sedente, sino majestuosamente erguida sobre una peana, bendiciendo con la mano derecha al igual que Jesús, quien, además, porta en su izquierda la bola del mundo. Frontal ella y él levemente ladeado, se genera con ello un sutil dinamismo compositivo al que contribuyen los juegos de claroscuro de los pliegues de sus túnicas, de suave primor naturalista que contrasta con los ideales rostros redondeados.

Estatua de la Virgen Blanca del parteluz central de la portada occidental de la catedral de León. Wikimedia Commons

El doselete que cubre a la Virgen Blanca, flanqueado por bandas pobladas de hojas y tallos, nos da paso al tímpano central, dividido en tres registros horizontales que narran el episodio apocalíptico del Juicio Final. El inferior lo centra el arcángel de San Miguel, que con su balanza pesa las almas, episodio de raíz egipcia que se denomina Psicostasis; así, a su derecha quedan los bienaventurados, que conversan en paz y armonía y a los que se abren las puertas del Paraíso, mientras que a su izquierda los condenados son cruentamente castigados por monstruos infernales. El registro central lo preside Cristo en majestad mostrando las llagas de sus manos, estando a sus lados dos ángeles portando instrumentos de la pasión y, en los extremos, María y San Juan evangelista arrodillados. El registro superior complementa al anterior, ya que dos ángeles adaptados al marco llevan la corona de espinas del Calvario.

Tímpano y arquivoltas de la Puerta del Juicio Final de la catedral de León. Wikimedia Commons

Quedaos con esta introducción general de la iconografía de la Puerta del Juicio Final, porque ahora vamos a introducir una serie de cuestiones que nos van a dar una imagen mucho más completa y rica del programa en su conjunto, en el cual intervino directamente el obispo Martín Fernández, hecho del que no duda la profesora Rocío Sánchez Ameijeiras, que va más allá en algunos postulados (SÁNCHEZ, 2004, pp. 208-209). Empecemos con la disposición de la Virgen Blanca de pie: si bien sus orígenes se remontan a Bizancio, colocar a la madre de Dios en el parteluz es un préstamo que León toma del Gótico francés: María es figurada, así, como “Reina del Cielo” (Regina Coeli) y como la nueva Eva que abre las puertas del Paraíso que le fueron cerradas a la antigua Eva por el Pecado Original (SAUERLÄNDER, 2004, pp. 182-183).

El mayor protagonismo que alcanza la figura de la Virgen María en los siglos góticos responde a un auge generalizado de la devoción mariana que fue difundiendo la Orden del Císter por Europa occidental y también oriental a partir del siglo XII. Esta renovación espiritual empieza a ver a María como Madre de Dios y no como su Trono, resaltando así su humanidad, que resultaba mucho más cercana para el pueblo que la vida de Cristo; no es casualidad que las consideradas tres catedrales del Gótico clásico hispano (Burgos, Toledo, León) estén todas consagradas a Santa María. El humanismo gótico que se desprende de la figura en carne y hueso de la Virgen, crucial en las decisiones compositivas de las portadas leonesas, fue por tanto la antesala del humanismo renacentista y su visión antropocéntrica del mundo.

Hundirnos en elogios hacia la exquisita belleza con que el Maestro de la Virgen Blanca de León impregnó a esta pieza es tentador, pero extendería mucho más este escrito; ya en su momento lo hizo el historiador del Arte alemán Willibald Sauerländer, que dijo que su túnica y “la dulzura del rostro redondeado de la madre de Dios” eran incomparables frente a los ejemplos franceses y germanos (SAUERLÄNDER, 2004, p. 184). En el contexto de esta portada central, María es, además, intercesora ante quienes van a ser juzgados al final de los tiempos, no por casualidad tanto la Virgen Blanca como la figura mayestática de Cristo están alineadas en el eje de simetría que vertebra la composición general, abriéndose entre medias el citado proceso de la Psicostasis.

La representación del episodio de los bienaventurados y los condenados de la Puerta del Juicio Final de la catedral de León es uno de los más alabados por los especialistas, así como uno de los que más debates ha generado en lo referido a la identificación de ciertos personajes. Comencemos hablando de la “antesala del Paraíso”, a mano derecha del arcángel Miguel, por donde desfilan una serie de personajes de todas las condiciones y estamentos hacia las puertas del Paraíso, custodiadas por San Pedro. La paz y la tranquilidad invade sus rostros, pues saben que sus almas están salvadas, y por ello entablan diálogos mutuos que aportan vida a la escena, en la que se oye música celestial venida de ángeles que cantan y tocan un órgano labrado con gran realismo.

Detalle de los bienaventurados del primer registro de la Puerta del Juicio Final de la catedral de León, la “antesala del Paraíso”. Wikimedia Commons

Lo contrario ha de decirse de quienes son condenados al infierno, situados a la izquierda de San Miguel. En primer lugar, una serie de diablillos avivan con fuelles el fuego de unas marmitas con aceite hirviendo donde otros grotescos demonios están arrojando las almas de varios pecadores, algunos de cuyos vicios pueden reconocerse por ciertos atributos, como la lujuria en el caso de la mujer rodeada por la serpiente o la avaricia en el hombre que porta una bolsa. En segundo lugar, más a la derecha, tres grandes cabezas demoníacas de afilados colmillos están devorando con sus fauces otras tantas almas en pena, representadas, como es habitual, en forma de cuerpos desnudos. Intentad imaginaros el aspecto de la portada con su policromía original, y entenderéis de forma todavía más clara el atroz carácter carnívoro con que Sauerländer definía esta escena (SAUERLÄNDER, 2004, p. 189).

Detalle de los condenados del primer registro de la Puerta del Juicio Final de la catedral de León. Wikimedia Commons

En el cortejo de los bienaventurados se cifra uno de los dilemas más agudos de la teología medieval: la representación iconográfica de los salvados en un contexto donde el aumento de humanidad antes comentado comenzó a difundir la preocupación por la regeneración del cuerpo. Si bien este tema queda patente por vez primera en suelo castellano en la Puerta de la Coronería de la catedral de Burgos, que según muchos fue modelo para la del Juicio Final de León, lo cierto es que en esta confluyen cuestiones que giran en torno a una paradoja (otra más), un oxímoron: ¿cómo puede figurarse la “corporeidad espiritual”?

El centro de este debate lo encabezó una de las órdenes mendicantes que más difusión alcanzó en Europa durante la Baja Edad Media: los franciscanos. En muchas zonas estos nuevos predicadores del Evangelio fueron rechazados frontalmente por las autoridades eclesiásticas competentes, incluyendo en la nómina a los reinos hispanos, mas fue el propio Martín Fernández uno de los primeros en defenderlos en su diócesis. Ello explica en parte que se incluya un monje franciscano entre los bienaventurados y que se preste tanta atención a las teorías de esta orden sobre la resurrección del cuerpo (SÁNCHEZ, 2004, p. 232); quizás basándose en los escritos de San Buenaventura, se ideó un cortejo donde quedara plasmado el ideal del deseo del alma de reunirse con el cuerpo al final de los tiempos para alcanzar la plena perfección, de ahí que contemplemos una escena llena de felicidad, sensualidad y “emoción espiritual”.

Se completa esta portada central con las esculturas de las tres arquivoltas, encuadradas entre deliciosas cenefas vegetales que separan visualmente unas de otras. Además de los clásicos ángeles trompeteros, situados en la ojiva interior, en la mayoría de estos espacios vemos renovados trasuntos de lo explicitado en el tímpano: elegantes y dulces ángeles de caras redondeadas vistiendo a las almas de los salvados con pesadas túnicas y mantos, feroces diablos condenando a los pecaminosos liderados por un horripilante Satanás más próximo a las pautas representativas románicas (SAUERLÄNDER, 2004, p. 194), y algunas escenas concretas, como la Lapidación de San Esteban. Todos y cada uno de estos grupos se cubren con doseletes y se disponen en el sentido de las arquivoltas, marcando distancias con la composición radial románica.

Arquivoltas de la Puerta del Juicio Final de la catedral de León. Wikimedia Commons

Tanto la puerta a la izquierda del Juicio Final (portada septentrional) como la abierta a su derecha (portada meridional) escenifican temas de índole mariana que vuelven a traer a la palestra ese auge de la devoción hacia la Virgen antes precisado. La portada de la izquierda es la Puerta de San Juan, cuyo dintel lo recorren ángeles portando objetos para los oficios divinos, como incensarios, tocando el órgano y entonando canciones, mientras que el tímpano se divide en tres registros: el primero desarrolla, de izquierda a derecha, los episodios de la Visitación, el Primer Baño de Jesús (escena de los Evangelios apócrifos) y la Anunciación a los pastores; el segundo registro narra, en el mismo orden, los Reyes ante Herodes, la Adoración de los Reyes y la Huida a Egipto; finalmente, el tercero contiene la Matanza de los Inocentes.

Tímpano de la Puerta de San Juan de la catedral de León. Wikimedia Commons

Como podemos ver, todas las escenas escogidas pertenecen al ciclo de la Infancia de Cristo, ya que en él es donde mejor se observa la figura materna de la Virgen María que tanta fama adquirió en las centurias bajomedievales; es, por tanto, una portada mariológica. En la escena apócrifa del Primer Baño observamos un tratamiento iconográfico que incide en la cotidianidad del capítulo representado, mostrando interesantes detalles como los utensilios para el baño del Niño Jesús o la cama donde reposa su madre asistida por las matronas que, según rezan los Evangelios Apócrifos, la acompañaron en el parto.

Atendiendo a la topografía original, teniendo en cuenta que esta puerta conectaba con la antigua parroquia, dedicada a San Juan Bautista, es muy atractiva la hipótesis de la profesora Sánchez Ameijeiras al respecto, quien defiende que el programa iconográfico de la Puerta de San Juan pudo ser moldeado conforme al lugar al que daba acceso. Es decir, el Primer Baño de Cristo encarna el sacramento del Bautismo, a través del que un neófito entra al seno de la Iglesia cristiana, por lo que los niños que iban a ser bautizados cruzaban tanto la puerta norte de la fachada occidental (acceso físico) como la puerta al cristianismo (acceso espiritual) (SÁNCHEZ, 2004, p. 217).

Este ciclo de la Infancia de Cristo se completa con un ciclo dedicado al Bautista en la arquivolta central, respondiendo esta decisión a una tradición que ponía en estrecha relación las vidas de ambos personajes. Por su lado, la arquivolta interior figura reyes sedentes tañendo instrumentos, mientras que la exterior elabora, a mano izquierda, una jerarquía eclesiástica completa, desde el subdiácono hasta el Papa, y a mano derecha la historia de San Pablo.

Detalle de las arquivoltas de la Puerta de San Juan de la catedral de León. Wikimedia Commons

Se cierra el conjunto del hastial occidental con la Puerta de San Francisco, también llamada Puerta de la Coronación, donde se acentúa aún más el sentido profundamente mariano de la composición escultórica de este sector. Tres nuevos registros narrativos dividen este tercer tímpano: el inferior relata el Entierro de la Virgen, al que acude el colegio apostólico, los ángeles que flanquean su lecho en el dintel y Cristo, quien recoge su alma; en el intermedio María y Jesús quedan entronizados y flanqueados por sendos ángeles en los extremos, cerrándose la escena con el registro superior, en el cual dos ángeles portan la corona de la Madre dispuestos a colocársela en la cabeza. En cuanto a las arquivoltas, la interior contiene serafines con libros, la central ángeles turiferarios (portadores de incensarios) y ceroferarios (portadores de ciriales), y la externa una serie de Vírgenes necias y prudentes.

Tímpano de la Puerta de San Francisco o de la Coronación de la catedral de León. Wikimedia Commons

Nótese que no se ha elegido el trascendental tema de la Dormición de la Virgen, sino uno más humano y terreno que entronca con lo dicho hasta ahora: el Entierro. Y no es casualidad que justo encima se la represente en el acto de su coronación, ya que esto responde a la compleja idea de la regeneración carnal descrita para la Puerta del Juicio Final, con la que está directamente relacionada a nivel iconográfico esta Puerta de la Coronación, conformando un binomio Juicio/Coronación muy característico en el Gótico clásico (SÁNCHEZ, 2004, p. 222). Ambas portadas responden, por tanto, a la esperanza en la Resurrección, tema que pudo ser elegido, como apunta la misma Sánchez Ameijeiras, debido al hecho de que en el atrio delante de la fachada occidental hubo un cementerio, no extrañaría así que sus difuntos quisieran verse reflejados en María o en su Hijo (SÁNCHEZ, 2004, p. 223-224).

Antes de continuar el análisis por las puertas del transepto, es importante hacer una reflexión sobre esa cuestión de las influencias que a tantos quebraderos de cabeza y controversias genera siempre en la historiografía artística. Quizás el citado Sauerländer tuviera razón cuando dijo que “Los historiadores del arte deberíamos aprender no del descubrimiento de influencias sino de la identificación de metamorfosis” (SAUERLÄNDER, 2004, p. 202): sin poner en duda que la Catedral de Santa María de Regla es, en esencia, un claro ejemplo de “Opus Francigenum” en suelo hispano, tanto a nivel arquitectónico como escultórico, no es menos cierto que, más allá de haber podido inspirarse en modelos como Chartres, Reims, Amiens o Nôtre-Dame de París, “es un espejo vivo de la cultura visual independiente del reino castellano en tiempos del rey Alfonso el Sabio” (SAUERLÄNDER, 2004, p. 201).

De igual forma que ocurría en el Románico, que constituyó un idioma común que adquirió diferentes acentos o dialectos en cada región, la escultura gótica franca tuvo un alcance internacional, pero las zonas que se dejaron influir por sus valores adaptaron ese lenguaje a su propia pronunciación (SAUERLÄNDER, 2004, p. 179). En base a rigurosos análisis de dichos influjos y variantes locales, buena parte de quienes se han dedicado a estudiar los entresijos de la Pulchra Leonina han determinado dos grandes maestros escultores cuya labor se destaca, sobre todo, en la puerta central: el Maestro del Juicio Final, autor del Cristo de las llagas, los bienaventurados y algunos ángeles portadores de los instrumentos de la Pasión; y el Maestro de la Virgen Blanca, quien labró, además de la bella estatua del parteluz, los condenados y San Miguel (AZCÁRATE, 2010, p. 164).

No podemos dejar de lado, para rematar, las fabulosas puertas de madera de nogal de las tres entradas de este pórtico occidental. Las centrales, talladas en 1694, se dividen en marcos geométricos que se cuajan de motivos vegetales como roleos, algunos mascarones y personajes como putti, medallones con efigies frontales o de perfil e, incluso, una Virgen con el Niño. Por su parte, las puertas laterales fueron concebidas a comienzos del siglo XVI, según Raimundo Rodríguez Vega, por maestros flamencos (RODRÍGUEZ, 2013, pp. 52 y 54), organizándose sus batientes en recuadros que contienen escenas bíblicas, correspondiendo las de la Portada de San Juan al Ciclo de Pasión y Resurrección, mientras que las de la Puerta de la Coronación muestran parejas de santos, composiciones vegetales y una Anunciación.

Puerta de nogal de la Portada de San Juan de la catedral de León. Wikimedia Commons

LAS PORTADAS DEL TRANSEPTO

Como ya explicamos en el análisis arquitectónico, la fachada del brazo sur del transepto emula, hasta donde le es posible dentro de este espacio, la composición del imafronte, con su triple portada bellamente llena de esculturas, su división cuatripartita en altura y los contrafuertes laterales, reminiscencia de las torres-campanario, añadiendo la salvedad tanto en este flanco como en el septentrional de erigir una torre extra en el recodo entre el transepto y la cabecera para soportar los empujes de ambas bóvedas. El estilo del apartado figurativo de las portadas sur y norte es uno de los principales datos que ha permitido su datación unos años después que el pórtico occidental.

Vista general del hastial meridional de la catedral de León. Wikimedia Commons

El eje de la triple portada meridional de la catedral leonesa es el sector central, la llamada Puerta de San Froilán o Puerta del Sarmental, dadas las afinidades con la obra homónima de Burgos; en este caso, el protagonismo de esta portada es incluso mayor que en el pórtico occidental, ya que solo aquí se terminó el programa escultórico proyectado. Una de sus creaciones más destacadas es la figura de San Froilán del parteluz, patrón de la diócesis de León cuyos restos reposan en el interior del templo. La autoridad de su rostro va a juego con los pesados paños que viste, que caen en dinámicos pliegues en V contrastados con las líneas rectas de los bajos; el santo queda cubierto en la parte superior por un dosel rematado por un pináculo que acentúa la verticalidad, marca el eje de simetría y dirige la vista del espectador hacia arriba.

Puerta de San Froilán o del Sarmental de la catedral de León (izquierda) comparada con la Portada del Sarmental de la catedral de Burgos (derecha). Wikimedia Commons

Subiendo desde el mainel llegamos al tímpano, que está organizado en dos registros: el inferior despliega al colegio apostólico, con unas figuras de labra más ruda frente a la suavidad vista previamente, todas cubiertas por doseletes; el superior, por su parte, dispone en el centro al Pantocrátor rodeado de los animales simbólicos del Tetramorfos, a los que flanquean los correspondientes evangelistas en sus scriptoria, mientras que, en lo alto del marco compositivo, una serie de ángeles inciensan la Gloria del Señor. En este caso tenemos dos arquivoltas, una menos que en las puertas de Occidente: la interior la pueblan ángeles ceroferarios sonrientes, mientras que en la exterior se disponen reyes músicos ejecutados con una exquisita fineza.

Tímpano de la Puerta de San Froilán de la catedral de León. Wikimedia Commons

Para la profesora Sánchez Ameijeiras, una vez más, la topografía original de la zona de la catedral legionense tuvo que ver en la elección de la Portada del Sarmental burgalesa como modelo para la Puerta de San Froilán, ya que Burgos hizo de ella el acceso privado por excelencia desde el que el obispo transitaba hacia el palacio episcopal, el cual, en el caso de León, se hallaba también frente a la portada meridional, compartiendo ambas ciudades un contexto urbanístico que, por tanto, podría explicar esta inspiración (SÁNCHEZ, 2004, p. 210). No obstante, hay una gran diferencia entre ambas, y es que el Sarmental burgalés era un paso también destinado para los canónigos, acceso que, en León, se desplaza al norte debido a que su claustro, en contra de la morfología habitual, fue abierto en este flanco del espacio catedralicio.

León supo compensar esto en la portada a la derecha de la central, con la que se acentuó el discurso episcopal de esta fachada mediante un programa iconográfico basado en escenas de la vida de San Froilán, concretamente dos dispuestas en un total de tres registros: el inferior narra el traslado de los restos del santo a la catedral de León desde el Monasterio de Santa María de Moreruela a finales del siglo XII, mientras que los dos siguientes escenifican su muerte, reservándose el intermedio al entierro y el superior al traslado de su alma al cielo por acción de dos ángeles, quedando completa la escenografía con tres arquivoltas repletas de ángeles músicos y turiferarios.

Puerta sureste de la fachada meridional de la catedral de León. SÁNCHEZ, 2004, p. 212

Que ambos episodios respondan a festividades litúrgicas en loor del santo legionense documentadas desde 1260 quizás no sea casualidad, y así nos lo hace ver, una vez más, Sánchez Ameijeiras. De forma semejante al caso presenciado en la Puerta de San Juan, posible trasunto del sacramento bautismal con el que los niños neófitos entraban física y espiritualmente a la Iglesia, la procesión desplegada en el registro bajo podría estar trasladando a piedra los propios actos procesionales celebrados en la vida real frente a esta portada (SÁNCHEZ, 2004, p. 212). De esta manera, las puertas de la ciudad y de la catedral, representadas en dicho registro, están aludiendo a sí mismas en calidad de espacios liminares por los que discurrían estas procesiones en honor a San Froilán, precisamente a esta calle daba la histórica Puerta Obispo que fuera fatalmente demolida en un claro acto de negligencia patrimonial.

Si bien en esta puerta sureste echamos en falta las estatuas entre las columnillas de las jambas, en la suroeste no solo faltan estas, sino también la decoración escultórica del tímpano, prueba de que, con mucha seguridad, el programa de la fachada sur no llegó a concluirse jamás. Llamada con posterioridad Puerta de la Muerte debido a la figura de la misma que protagoniza una ménsula a mano derecha, las labras quedan aquí reducidas a las jambas de la puerta, el dintel y las arquivoltas, cubiertos en su mayoría por los cuartelados de Castilla y León y las flores de lis de Francia, amén de ornatos vegetales como hojas de vid o racimos de uvas. Figurarnos tan bellos doseles protegiendo a sus respectivas figuras y un tímpano con esculturas regiamente enmarcadas hace volar nuestra imaginación, pero debemos permanecer en tierra y preguntarnos algo lógico: ¿qué ocurrió en esta portada?

Puerta de la Muerte de la catedral de León. Wikimedia Commons

La clave la tenemos en la propia heráldica a la que hacen referencia los relieves: en 1269, el heredero a la Corona de Castilla Fernando de la Cerda se casó con la princesa Blanca de Francia, nupcias apadrinadas por el obispo Martín Fernández, quien concibió grandes esperanzas en aquel matrimonio, queriendo por ello honrarlo como correspondía en una de las portadas de su sede catedralicia. Esta alianza de poderes, que lucía fructífera, se vio truncada por la muerte de Fernando en 1275, echando así por tierra los planes de futuro del obispo leonés y dejando sin labrar un tímpano cuyo silencio, paradójicamente, habla de un pasado que nunca llegó a ser, erigiéndose así en el “símbolo de unas grandes esperanzas frustradas” (SÁNCHEZ, 2004, p. 214). Visto bajo este prisma, llamarla Portada de la Muerte tiene ahora incluso mayor sentido.

Nuestro recorrido por las portadas de la Pulchra Leonina culmina con el acceso septentrional, que es el que comunica el interior de la iglesia con su claustro, hallando en este ámbito, contra lo que parecía norma común, un único vano, la llamada Puerta de la Virgen del Dado. Es el más tardío de los pórticos de León, fechándose su fábrica a finales del siglo XIII, y su rica policromía, muy bien conservada, es obra de 1505 del pintor León Picardo. Iconográficamente, en su estructura se condensa la historia sagrada desde la Anunciación, figurada en la parte baja, hasta el Apocalipsis, desplegado en el tímpano.

Puerta de la Virgen del Dado de la catedral de León. Wikimedia Commons

En las jambas, a mano izquierda se representan santos sobre peanas bajo doseletes, mientras que a la derecha presenciamos al ángel Gabriel y a la Virgen María en el momento de la Anunciación, reservándose el parteluz a un grupo de la Virgen con el Niño que denota un estilo más arcaizante. En cuanto al tímpano, lo copa el Salvator Mundi, rodeado de la tradicional mandorla o almendra mística, sostenida por cuatro ángeles, quedando en las esquinas del arco ojival los cuatro evangelistas perfectamente identificados por sus símbolos animales del Tetramorfos. Finalmente, dos arquivoltas culminan esta parte del programa: en la interior se disponen santas mártires en postura sedente, mientras que la exterior la recorren otros personajes eclesiásticos también sentados.

EL PROGRAMA DEL CLAUSTRO

Cerrar el análisis escultórico de las portadas de la Pulchra Leonina por la fachada norte es perfecto, ya que el siguiente paso es cruzar la susodicha Puerta de la Virgen del Dado para acceder al recinto claustral, otro de los puntos más nutridos e interesantes del conjunto figurativo leonés. Ya hemos señalado varias veces su atípica disposición al norte del recinto catedralicio, reservando el flanco meridional al palacio del obispo. Así mismo, ya nos detuvimos en su análisis arquitectónico, en cómo el claustro tardorrománico ya se situaba al norte y que, aunque el nuevo fue levantado en las últimas décadas del siglo XIII, la profunda reforma tardogótico-renaciente del siglo XVI modificó bastante su aspecto, aunque se respetaron las trazas originales.

Aparte de los capiteles, las repisas y las pinturas murales, que conforman un completo programa iconográfico que explicaremos brevemente dentro de unos párrafos, hemos de recorrer primero sus sepulcros, ya que el área claustral era elegida por muchas dignidades eclesiásticas, en especial canónigos y obispos, como lugar de reposo eterno. Este derecho funerario no era privativo del clero, pudiendo descansar aquí, además, personalidades y familias civiles que así lo desearan y que concedieran notables donativos a la catedral para que los religiosos rezaran por sus almas y celebraran misas en su honor. Con todo, como es lógico suponer, el porcentaje de finados pertenecientes al estamento clerical es notoriamente superior (FRANCO, 2004, p. 267).

Hemos de hacer una rigurosa selección dado el alto volumen de sepulcros existentes en la Pulchra Leonina, encabezando esta lista la tumba del canónigo Munio Ponzardi por ser la primera labrada en estilo gótico de la catedral y mostrar algunas características que van a ser comunes a la mayoría de las sepulturas de este ámbito, como el arco apuntado con una arquivolta de encuadre, en este caso con decoración vegetal, apeado sobre capiteles que coronan modestos haces de columnillas; y un tímpano labrado escultóricamente. En este sepulcro se juntan tres escenas en su marco compositivo, que son, de izquierda a derecha, la Anunciación, la Virgen con el Niño siendo coronada por dos ángeles y un donante genuflexo ofreciéndole una construcción.

Tímpano del sepulcro del canónigo Munio Ponzardi en el claustro de la catedral de León. Wikimedia Commons

Como bien apuntó la especialista María Ángela Franco Mata, resulta ilustrativo tener en cuenta las portadas catedralicias ya analizadas como posible fuente de inspiración directa en los monumentos funerarios, por no decir que algunos de aquellos maestros también recibieron encargos para las trazas de sepulcros (FRANCO, 2004, p. 268). Así, al Maestro del Juicio Final se le atribuye la labra de la tumba del deán Martín Fernández de entre 1255-1260, que responde a una fórmula, la del lucillo, que va a tener mucho éxito en León; curiosamente, un municipio leonés se llama Lucillo, pero que esto no os despiste del tema principal.

Sepulcros del deán Martín Fernández y Domingo Juan en el claustro de la catedral de León. Wikimedia Commons

Consiste esta tipología en una urna de piedra que contiene los restos del fallecido, generalmente con una estatua del yacente y situada bajo un arcosolio, es decir, se horada el muro a la necesaria profundidad para empotrar el sarcófago. En este caso, la apertura se cubre con una tracería de arco ojival subdividida en dos arcos más pequeños y rematada por un óculo cuadrilobulado, reservando el fondo de la pared a la decoración relivaria, la de este sepulcro organizada en dos registros que contienen, de abajo a arriba, la Epifanía y el Calvario, esculpidos con notable primor.

De tipo lucillo es también la tumba del sacristán Diego Yáñez, con la particularidad de enmarcarse en un arco de medio punto y no uno apuntado, como dictaba la arquitectura gótica; se excava menos el muro y las arquivoltas pasan a tener elementos figurados, ángeles para ser exactos, emulando el tímpano que cobija la iconografía de la Puerta de la Coronación, según la cual el Hijo corona a su Madre estando ambos entronizados. Ya del siglo XV sería el sepulcro del canónigo y legista Juan Martínez de Grajal, una de las mejores muestras de la escultura leonesa de este siglo, si bien es más arquitectónico que escultórico, llamando poderosamente la atención las ménsulas, donde se figura vivo (izquierda) y muerto (derecha), en un tipo de representación del cadáver putrefacto, el transi, que tuvo gran arraigo en Europa a partir del siglo XIV.

Tumba del canónigo y legista Juan Martínez de Grajal en el claustro de la catedral de León. Wikimedia Commons

No podemos concluir el recorrido sepulcral legionense sin pararnos a contemplar la majestuosa tumba de Ordoño II, hoy ubicada en el trasaltar, en el centro de la girola, por lo que, si me lo permitís, saldremos un instante del claustro antes de proceder con la siguiente parte. Iniciado a finales del siglo XIII y terminado ya en el XV, su dorado y su policromía llenan los ojos de quienes aprecian su valor en conjunto. El yacente monarca duerme plácidamente con la tranquilidad de saber, allá donde esté, que haber donado el viejo palatium al obispo Frunimio II en el 914 permitió que, andando los siglos, llegara a alzarse sobre él la radiante Pulchra Leonina.

Tumba de Ordoño II en el trasaltar de la catedral de León. Wikimedia Commons

Ahora sí, regresamos al recinto claustral cruzando la Puerta de la Virgen del Dado para abordar las labras de los capiteles y repisas que recorren el conjunto de las cuatro bandas. Para el momento de su creación, el aparato escultórico de los conjuntos claustrales había pasado por toda la fase de institución, desarrollo y consolidación durante el Románico, evolucionando en la transición al Gótico su estilo y los intereses iconográficos. En este sentido, el programa de León es “complejo a la vez que sintético, global, muy variado, y no sujeto a un orden determinado”, siendo la idea rectora general la salvación del hombre a través del trabajo y la redención del pecado, por lo que va a predominar el tono moralizante (FRANCO, 2004, p. 273).

Aunque la temática religiosa es la que predomina en los capiteles y repisas del claustro leonés, hallamos también, además de piezas cuajadas de elementos vegetales y animales, bien reales (leones, pájaros, jabalíes…), bien fantásticos (arpías, dragones, basiliscos…), fábulas y escenas profanas. Sintetizando mucho, de entre las primeras señalaremos la repisa que contiene el lay compuesto en torno a Aristóteles y la cortesana Campaspa, que logra embaucar al filósofo griego y cabalgarlo (sí, en el sentido que estáis pensando) gracias a encomendarse a Dios, advirtiendo de esta manera de los peligros de la astucia femenina (FRANCO, 2004, pp. 281-282).

Repisa del lay de Aristóteles y Campaspa del claustro de la catedral de León. RODRÍGUEZ, 2013, p. 209

En cuanto a las composiciones de tema profano, hallamos, en primer lugar, algunas que representan a personajes históricos, siendo paradigmático en este grupo la repisa donde aparecen el rey Alfonso XI, su amada doña Leonor Ramírez de Guzmán y el obispo Juan Ocampo, bajo los que se articula un dinámico capitel con escenas lúdicas variopintas. En esta nómina hallamos también actividades relacionadas con la nobleza y la realeza, tales como banquetes, jornadas de caza e, incluso, un torneo caballeresco en el que los jinetes se disputan el premio que era habitual en esta clase de eventos: el amor de una bella dama. Así mismo, no se deja de lado la cotidianidad, véanse momentos como el de la vendimia o el de la panificación, perfecto documento etnográfico hecho piedra.

Repisa de Alfonso XI, doña Leonor Ramírez de Guzmán y el obispo Juan Ocampo, sobre capitel de escenas lúdicas. FRANCO, 2004, p. 284

Como vemos, estamos ante episodios sueltos dentro del contexto genérico del claustro leonés donde el único elemento en común es el tono moralizante destinado tanto al capítulo eclesiástico que transitaba por aquí mientras oraba como al público que accedía durante los actos procesionales. Es en la temática religiosa donde podemos determinar un programa que, si bien no distribuido ordenadamente y, por tanto, difícil de seguir, comienza con la creación de Adán y Eva y el Pecado Original del Antiguo Testamento, continúa en el Nuevo Testamento con el ciclo de la Infancia de Cristo, un par de escenas del ciclo de la Vida Pública y del ciclo de la Pasión y Resurrección, y concluye con el Juicio Final. Tan compleja y caótica iconografía, así como las evidentes diferencias de calidad entre unas labras y otras, llevan a algunos expertos a pensar que el programa no se completó (FRANCO, 2004, p. 273).

Repisa de San Pedro en la barca viendo a Cristo caminar hacia ella sobre las aguas; abajo, capitel de cabezas engullendo fustes. RODRÍGUEZ, 2013, p. 198

En este maremágnum de caliza esculpida no solo se recurre a la Biblia como fuente de inspiración, sino también a otros textos igualmente validados por la Iglesia, en especial las vidas de santos recopiladas por Santiago de la Vorágine en su Leyenda dorada. Además de populares santos europeos como Santa Margarita, San Cristóbal o Santa Catalina, ocupa un lugar protagonista un pequeño ciclo de la vida de San Pedro, primer Papa de Roma y, por tanto, instituidor de su cátedra episcopal; en unas centurias donde esta se hallaba en una delicada coyuntura a nivel internacional, encabezada por el llamado Cisma de Aviñón, la Iglesia requería de una potente propaganda para recuperar su debatido prestigio, justificándose así una mayor presencia iconográfica del “príncipe de los apóstoles” (FRANCO, 2004, p. 278).

A quienes quieran conocer en detalle todo el complejo escultórico claustral de León les remitimos al artículo de la profesora Franco Mata que hemos estado citando asiduamente, de igual manera que aconsejamos su lectura si vuestro deseo es conocer también el último punto que cierra este subapartado: las pinturas murales. El encargo le fue realizado al artista Nicolás Francés en 1451, si bien este no dio comienzo como tal hasta 1460 aproximadamente, y hay que hacer notar que, aunque resulta tentador denominar en general frescos a las pinturas murales, lo cierto es que en el claustro de León se utilizó la técnica al seco, es decir, se intervino directamente la superficie mediante temple, procedimiento que pronto se demostró ineficaz e inadecuado, razón por la que hoy muchas están deterioradas, si no perdidas en los peores casos, ello pese a las numerosas intervenciones practicadas (FRANCO, 2004, p. 288).

Nicolás Francés, Jesús con los discípulos de Emaús y Aparición a los doce, con la presencia de Tomás, claustro de la catedral de León; el capitel a mano izquierda representa el proceso de panificación. Wikimedia Commons

El programa pictórico completo constaba de 31 paneles para los que Francés contó seguramente con un equipo de ayudantes que le permitió ir cubriendo cada tramo claustral progresivamente. Aún habiéndose destruido algunos de ellos, bien por la mala conservación de la antedicha técnica o por remodelaciones posteriores, se han podido reconstruir las escenas faltantes siguiendo el relato evangélico que rige el conjunto, leído en sentido levógiro. Este comienza con episodios de la vida de la Virgen extraídos de los Evangelios apócrifos, luego avanza a un bastante completo ciclo de la Infancia de Cristo, continúa con unos cuantos capítulos del ciclo de la Vida Pública y culmina con un igualmente completo ciclo de Pasión y Resurrección, rematado por la Pentecostés. Una parte considerable de los dibujos de las pinturas fue repasada por el arquitecto restaurador Juan Crisóstomo Torbado a inicios del siglo XX.

En el tramo 17 del claustro, donde en su momento debió encontrarse pintado el episodio de la Oración en el huerto, en el siglo XVII se abrió la puerta a la Capilla del Conde de Rebolledo, así llamada por reposar en ella los restos de su promotor, el militar don Bernardino de Rebolledo y Villamizar, desde 1677. Amén del retablo churrigueresco, cuya hornacina central exalta a la Purísima Concepción entre pares de columnas salomónicas, lo más hermoso que yace en este espacio, nunca mejor dicho, es el sepulcro de Bernardino, concebido en forma de retablo de piedra con un arco ricamente casetonado bajo el que se encuentra su figura orante, enmarcado entre columnas con balaustre en el centro de sus fustes que dinamiza la composición, rematada por un entablamento y frontón retranqueados en su parte céntrica, trazando este último en lo alto serpentinos juegos de curvas y contracurvas.

Sepulcro de la Capilla del Conde de Rebolledo en el claustro de la catedral de León. RODRÍGUEZ, 2013, p. 218

EL CORO, LA LIBRERÍA CAPITULAR Y UN PAR DE CAPILLAS

Iniciado el anterior capítulo con los sepulcros claustrales y cerrado con uno más, aunque de época posterior al Gótico, misión nuestra la de ahora es dirigir los pasos del caminante hacia el coro para, jugando con las palabras, dar pie a esta tercera parte del análisis figurativo de la Catedral de Santa María de Regla de León. El programa escultórico de la sillería coral fue concebido a mediados del siglo XV, centuria de gran actividad artística en el entorno catedralicio que se saldó en sus máximas cotas de ambición tanto en el coro como en la librería capitular (TEIJEIRA, 2004, p. 390).

Teniendo en cuenta que como tal el edificio había sido consagrado una centuria y media atrás, hacia 1303, es evidente que, hasta la concepción de la nueva sillería, hubo de existir una antigua. Tras plantearse la idea en 1461 con ayuda de un carpintero, el Maestre Enrique, en 1464-1465 se registra en los archivos el nombre del artista Juan de Malinas, que figura como entallador o imaginero, siendo él, por tanto, quien aportara el proyecto con el que el cabildo procedió definitivamente (TEIJEIRA, 2004, pp. 390-391). El conjunto original, dispuesto en su tradicional ubicación ante el altar, constaba de 84 estalos, 26 en el nivel bajo y 58 en el alto, pero algunos elementos se perdieron en el traslado del coro a su situación actual, la nave central, en el siglo XVIII, debido a una serie de problemas en la liturgia (TEIJEIRA, 2004, p. 393).

Estalos altos y bajos de la sillería del coro de la catedral de León. Wikimedia Commons

La talla de la sillería coral concluyó en 1481 bajo la dirección de otro maestro, Copín de Ver, dado que Malinas había fallecido unos años antes, en 1475. La amplia cantidad de espacio figurable fue completamente aprovechada para trazar un complejo programa iconográfico que insiste en la importancia de mantener el orden jerárquico dentro del cabildo y, por extensión, de la Iglesia (TEIJEIRA, 2004, p. 392), disponiendo en los estalos bajos figuras de profetas veterotestamentarios, perfectamente identificados mediante textos en tipografía gótica, y reservando los altos a los apóstoles neotestamentarios y santos de toda índole. Dada la mayor altura de los dorsales superiores, aquí las figuras se muestran de cuerpo entero bajo ornatos flamígeros, quedando de medio cuerpo en los inferiores; en todo caso, estilísticamente denotan una marcada geometrización formal que contrasta con la suavidad en el modelado.

Una vez que el progreso de las obras constructivas del coro llegó a doblar en ángulo recto, ya en el siglo XVI, se planificó entonces la portada monumental de piedra del trascoro con que se cierra la estructura a occidente. Se organiza como un retablo de tres calles, dos entrecalles, un cuerpo y ático, con su banco y sotabanco, presidiendo el centro un gran acceso cubierto por arco de medio punto y articulando el cuerpo horizontal cuatro escenas desarrolladas bajo arcos carpaneles que son, de izquierda a derecha, la Natividad de la Virgen, la Anunciación, la Natividad de Jesús y la Adoración de los Magos. Los remates de los extremos son estatuas de los santos Pedro y Pablo, mientras que el ático, protagonizado por una hornacina con la Asunción de la Virgen, lo flanquean las figuras sedentes de San Marcelo y San Isidoro.

Trascoro de la catedral de León. Wikimedia Commons

En esta segunda mitad del siglo XV, como anticipamos al inicio del epígrafe, la otra gran empresa arquitectónico-escultórica es, sin duda, la librería capitular, que se construyó para albergar la creciente colección bibliográfica de la catedral, aunque desconocemos si hubo otra antes o no, lo que sí se sabe es que se tuvo que usar el coro para almacenar los libros hasta que el nuevo espacio estuviera listo (VALDÉS, 2004, p. 380). Fue construida entre 1492 y 1507 en el lugar que hoy ocupa la Capilla del Santísimo, y se compone de tres tramos cubiertos por bóvedas de crucería, un pequeño retablo pétreo de tres calles rematadas por pináculos, tres altas vidrieras y una orla perimetral jalonada por ménsulas donde se concentra la escultura, cuyas figuras expresan la dificultad de alcanzar la sabiduría (TEIJEIRA, 2004, p. 396).

Capilla del Santísimo, también llamada Capilla de Santiago o de la Virgen del Camino, antigua librería capitular. Wikimedia Commons

En cuanto a las capillas, hemos de dedicar unos párrafos al retablo de la Capilla Mayor, desmontado en el siglo XVIII para albergar uno nuevo adaptado al gusto barroco imperante que, para su desgracia, duró menos de lo esperado al ser retirado durante la restauración historicista decimonónica, que recompuso un modelo libre a partir de las cinco grandes tablas recuperadas del conjunto original, perteneciendo las seis pinturas del cuerpo inferior a otro retablo procedente de la localidad de Palanquinos (YARZA, 2004, p. 406). Los paneles grandes son obra del ya conocido Nicolás Francés, que recibió este encargo antes que el de los muros claustrales: su datación tiene como horizonte el año 1434 que constata la documentación, que algunos consideran de finalización, pero Joaquín Yarza Luaces dudó de ello y fijó parámetros cronológicos extensibles a toda la cuarta década del siglo XV (YARZA, 2004, p. 405).

Modelo del Retablo Mayor de Nicolás Francés de la catedral de León recompuesto en el siglo XIX. Wikimedia Commons

Se ha podido estudiar, en base a un dibujo previo a la remodelación barroca, que el Retablo Mayor original era mucho más monumental, constando de cuatro cuerpos e igual número de calles, dedicándose las que flanquean la central a episodios de la vida de la Virgen María y San Froilán, mientras que las de los extremos se centraban en San Alvito y Santiago (YARZA, 2004, pp. 405-406). Tenía también bastantes entrecalles, reservadas a tablas de santos y profetas dispuestos en formatos verticales, de las que se conservan solo veinte de un total de, como poco, 72 (YARZA, 2004, p. 411).

Las razones que llevaron a un artista como Francés, probablemente formado en talleres parisinos, a desarrollar una carrera profesional de unas cuatro décadas en un centro artístico tan poco reconocido como León, tanto a nivel nacional como internacional, siguen siendo desconocidas (YARZA, 2004, p. 401), y solo nuestra imaginación puede intentar hacerse una idea del aspecto completo que debió lucir su colosal empresa. Ello no impide que no podamos deleitarnos actualmente en sus exquisitas pinturas conservadas, encuadrables en el más puro Gótico Internacional, con características figuras monumentales, vivos colores y composiciones que, pese a incongruencias de espacio y perspectiva, no pierden su encanto de época.

Si damos la vuelta al Altar Mayor a través de la girola, en la zona del trasaltar, al lado del aludido sepulcro de Ordoño II se encuentra otra pintura mural salida de la mano de Nicolás Francés, un Ecce Homo al que, paradójicamente, le falta el Ecce Homo, la figura central de Jesús, presa del tiempo y sustituida por un lienzo decimonónico que nunca terminó de convencer, prefiriendo dejar a la composición sin su protagonista. En este mismo deambulatorio, no perdáis la ocasión de ver sus magníficas capillas radiales, como la Capilla de la Virgen Blanca, que alberga la figura original del parteluz central occidental; o la Capilla del Nacimiento, cuyo modesto retablillo de la Natividad en madera policromada no desmerece en viveza cromática, una acogedora pieza que no dudaría en tener en el salón de mi casa.

Retablillo de la Capilla del Nacimiento de la catedral de León. Wikimedia Commons

En cuanto a las capillas situadas en las naves laterales, al norte encontramos la Capilla de Santa Teresa, cuyas pinturas murales, atribuidas a Nicolás Francés y encabezadas por la escena del martirio de San Sebastián, fueron restauradas en 2009, recuperándolas así de una perdición que casi se daba por inevitable (RODRÍGUEZ, 2013, p. 124). Un poco más adelante, en el ángulo del brazo de este lado del transepto se encuentra el excelso Retablo de San Babilés, traído a la Pulchra Leonina desde la parroquia del pueblo zamorano de Quintanilla del Olmo en 1905; 26 tablas bien pintadas y cobijadas por doseletes reales se distribuyen en un banco y seis calles, quedando la central reservada a una talla policromada de la Virgen con el Niño, cubierta por un dosel mucho más lustroso que remata en chapitel como la Torre del Reloj.

LA VIDRIERÍA ESPAÑOLA EN SU MÁXIMO ESPLENDOR

Mientras os soltamos del brazo para daros una vuelta libremente por otras capillas, retablos y sepulcros del interior catedralicio, os vamos introduciendo al último subapartado de este análisis de las artes figurativas de la catedral legionense, sin duda la joya de la corona: las vidrieras. Los que oficiamos en el gremio de la Historia del Arte somos conscientes de que muchas veces se usan con demasiada libertad expresiones como “obra insuperable en su género”, “la más bella de las esculturas realizadas en España en el siglo XV y, todavía, de Europa”, “el retablo mejor trazado del Primer Renacimiento hispano”… Ahora bien, no es exagerado decir que la vidriería leonesa es la primera en España en valores lumínicos y estéticos, y en Europa solo es superada por la Sainte-Chapelle de París; no es mera palabrería, hay estudios objetivos al respecto.

La tesis doctoral del arquitecto Juan Manuel Medina del Río, intitulada “La luz como generadora del espacio arquitectónico de la catedral gótica” y concluida en 2012, propone un modelo de estudio de los valores lumínicos de espacios catedralicios en base a parámetros perfectamente cuantificables y cualificables, utilizando luxómetros para medir la intensidad luminosa en muestras muy concretas obtenidas durante los solsticios y los equinoccios. A través de este método, el autor demuestra que el verdadero cambio del Gótico con respecto al Románico no estriba tanto en una “cuestión de captación global de iluminación, sino en el de lograr la manipulación absoluta de la luz para servir a los fines de la arquitectura y la simbología” (MEDINA, 2012, p. 10).

Esto no implica que en las construcciones románicas no llegaran a existir vidrieras, lo que pasa es que es el mundo gótico el que no solo las eleva a su máximum, sino que hace de ellas un nuevo soporte para la iconografía (MEDINA, 2012, p. 12). Por otra parte, y como el mismo Medina demuestra en base a estudios comparativos, que la arquitectura gótica alcance el cénit de la manipulación de la luz solar no implica una mayor iluminación espacial, ya que los vitrales, por factores como el grosor o los colores, muestran un determinado grado de absortividad con el que filtran la luz, cosa que no sucedía en el Románico, que al no cubrir los vanos dejaba penetrar directamente los rayos solares en el interior, logrando con ello más cantidad de luz; así, un espacio gótico, aunque parezca mentira, resulta más oscuro (MEDINA, 2012, p. 21).

Más allá de sus cualidades prácticas, la luz y el color en el Medievo eran, ante todo, simbolismo en estado puro, y las vidrieras no solamente se entendían como elementos filtradores de la luz exterior, sino como emisores de luz propiamente dichos. Esta luz, evidentemente, se asocia al orden, a Dios, la mayor de todas las luces del Universo, ello en base a un sistema teológico-filosófico según el cual una entidad tiene más valor y, por ende, está más cerca del Altísimo, si de ella emana mayor o menor cantidad de luz, dado que “la claridad de la forma es la fuente de la hermosura y del conocimiento” (FERNÁNDEZ, 1994, p. 57). Los avances constructivos de la arquitectura gótica permitieron la materialización del arte de la luz por excelencia, la vidriería, que es la que realmente “activa” la estructura (MEDINA, 2012, p. 86).

Así, el conjunto de vidrieras de la Pulchra Leonina pasa por ser el más radiante de toda España y uno de los más sobresalientes de todo el mundo no solo por su viveza cromática, claridad lineal y despliegue iconográfico, sino por ser uno de los más numerosos del panorama general, contando con un total de 130 ventanales y tres rosetones que suman 1734 m2 de superficie, la mayor en la península Ibérica con diferencia, solo superada en Europa por las catedrales de Chartres (2600 m2) y Metz (6496 m2), y a nivel mundial por la Basílica de Nuestra Señora de la Paz de Yamusukro en Costa de Marfil (7363 m2) (RODRÍGUEZ, 2013, p. 80). La cronología de los vidrios leoneses no se restringe a los siglos medievales, sino que abarca también las centurias XVI-XX.

Gráfica comparativa de barras que indica la iluminación media total en luxes de cinco grandes iglesias españolas, despuntando claramente la catedral de León. MEDINA, 2012, p. 602

Las vidrieras de los siglos XIX y XX son las elaboradas al hilo de la analizada restauración decimonónica, iniciada por Matías Laviña en 1859 y concluida por Juan Bautista Lázaro, pudiendo reabrirse la catedral al público en 1901, cerca de cumplirse el sexto centenario de su consagración. Es a Lázaro, por tanto, a quien debemos agradecer la magna labor restauradora del conjunto vitral leonés, si bien ya el propio Laviña informó sobre este asunto y Demetrio de los Ríos llegó a elaborar una primera memoria en 1885 (REVUELTA, 2004, p. 604). Para esta empresa, Lázaro dividió el trabajo en dos proyectos: la reposición de las vidrieras de la zona alta (1894-1898) y las de la zona baja (1898-1901). La falta de mantenimiento motivó una limpieza y restauración iniciada en 2006 y cuya conclusión se prevé para 2029: con ella, las vidrieras quedan protegidas de agentes nocivos (RODRÍGUEZ, 2013, pp. 88-89).

Para comprender cómo se tomaron las decisiones durante el proceso del siglo XIX, hay que entender la historia, anatomía y técnica de las vidrieras medievales. Este arte fue importado a territorios hispanos desde Francia, igual que el Gótico en general, pues si bien existen ejemplos previos a León, en todo caso sus maestros se habían formado con mucha seguridad en talleres galos, como también sucedía al hablar de la arquitectura y la escultura (NIETO, 2004, p. 298). El periodo dorado de la vidriería fue, sin duda, el siglo XIII, gozando de un desarrollo y refinamiento progresivo que declinó a partir del siglo XVI, salvando excepciones como el propio Gótico Nacional hispano, y no volvió a resurgir con fuerza hasta su revalorización histórica en el siglo XIX, destacando su protagonismo en el Art Nouveau (MALTESE, 2001, p. 368).

Sin entrar en complejas cuestiones químicas, la composición del vidrio es, esencialmente, una combinación de sílice, calcio y sosa/potasa que forman una pasta cuyo punto de fusión medio está entre 1400-1600ºC. Pasado del estado sólido al líquido, la masa fundida es manejada con las herramientas y técnicas procedentes según los resultados y efectos buscados; para las vidrieras medievales, la preferente era el vidrio soplado, difundida por el área mediterránea por el Imperio Romano y hoy considerada una técnica de gran valor artesanal. Resumidamente, el vidriero, ya limpia la masa de escorias, inserta en el extremo de la masa viscosa una caña de soplar, dándole primero una forma cilíndrica y, después, moldeándola al gusto, asegurándose de recalentarla asiduamente para mantener su consistencia maleable. Obtenida la forma deseada, se deja enfriar muy lentamente para evitar cristalizaciones que devengan en una pieza más opaca y frágil.

Dibujo que ilustra el proceso artesanal tradicional de soplado de vidrio. Wikimedia Commons

En lo relativo a la obtención de unas gamas determinadas, se añadían a la mezcla inicial sustancias colorantes, generalmente óxidos metálicos, cuyo comportamiento no fue determinado químicamente hasta mediados del siglo XVII, por lo que los artesanos medievales se guiaban por su propia experiencia y la experimentación (MALTESE, 2001, p. 145). Para cortar las piezas y darles unas dimensiones específicas para la composición a la que se destinan, inicialmente se utilizaban hierros incandescentes con los que quedaban bordes irregulares, hasta que en el siglo XV se implementaran las puntas de diamante, con la que se obtienen cortes limpios (MALTESE, 2001, p. 358).

Previamente a todo el proceso de fabricación, se encargaba a un artesano o artista determinado unos dibujos preparatorios que, una vez fijados en composición y color, eran pasados a un cartón del tamaño de la vidriera en cuestión, marcando las líneas sobre una mesa cubierta de yeso. Cortadas las piezas de vidrio, estas son encajadas en listeles de plomo o emplomados que se soldaban entre sí con estaño, y con el vitral ya estructurado, el último paso era el montaje en un bastidor de hierro que tiene las dimensiones exactas del vano en el que ha de ser colocado (MALTESE, 2001, p. 359).

Este proceso de fabricación de vidrio y ensamblaje de vidrieras, mucho más complejo y laborioso de lo que la palabra pueda dar a entender, nos permite conocer, aunque sea sucintamente, todo el titánico esfuerzo que había detrás de la construcción de las grandes catedrales góticas, donde la arquitectura llega en un momento determinado de la historia del estilo a servir como esqueleto pétreo de un cuerpo vítreo, y si León es un ejemplo claro de esta metáfora, la Sainte-Chapelle de París es su máximo tour de force. A la hora de analizar en sí las vidrieras leonesas, los autores suelen dividir su estudio en tres secciones bien diferenciadas por su posición en altura y sus asuntos iconográficos, aun tomando en consideración las alteraciones y modificaciones experimentadas con el pasar de las centurias: serie baja, serie media y seria alta.

Si bien autores clásicos como José Fernández Arenas consideran otras dos series, las de las capillas y los rosetones (FERNÁNDEZ, 1994, p. 3), nosotros las vamos a incluir en el relato de la sección alta dada su afinidad iconográfica. En base al sistema de representación propio de la época, que tenía muy en cuenta la percepción y correcta lectura del contenido por parte del espectador, las imágenes de las zonas bajas contenían escenas narrativas que, por el tamaño de sus piezas, resultarían ilegibles desde lo alto, ámbito reservado para las figuras monumentales (NIETO, 2004, pp. 298-299).

Analizar las vidrieras de la catedral de León por secciones, como vamos a ver, impide inevitablemente seguir un orden cronológico estricto, debido a que muchas piezas fueron reemplazadas, movidas de sitio y restauradas con el paso del tiempo. La serie baja, situada en las naves laterales, está unida temáticamente por una representación de motivos del mundo terrenal, dado que es el nivel más cercano al suelo. La tracería tipo de este ámbito consta de cuatro lancetas y tres rosas, concentrando en las primeras motivos vegetales como flores, arbustos o enredaderas, mientras que las segundas albergan figuras que encarnan las actividades del hombre, como los trabajos, las virtudes, los saberes del trivium y quadrivium, los pecados… Las gamas son reducidas: rojos, azules, verdes, blancos, amarillos y violetas.

Una de las vidrieras de las naves laterales (sección baja). Wikimedia Commons

Es importante señalar que, exceptuando la parte correspondiente a los remates de las lancetas y las rosetas, todo lo demás fue restituido integralmente por Juan Bautista Lázaro. Desde el siglo XV, el cuerpo principal de estas vidrieras bajas había quedado tapiado por superficies de piedra toba en las que se pintaron patriarcas, profetas, sibilas, y santos, y si bien Demetrio de los Ríos propuso hacer nuevas vidrieras siguiendo estos patrones tardíos, Lázaro consideró que se podía restituir su posible imagen original en base a lo que se conservaba, datable a finales del siglo XIV (REVUELTA, 2004, p. 610).

Pasando a la serie media, este es el que corresponde a los vanos del perímetro externo del triforio, completamente calado, una solución poco común en el ámbito internacional, como vimos en el análisis arquitectónico. Semejante caso apreciamos en relación a lo descrito para las naves laterales, solo que en esta ocasión ya no hablamos de restituciones, sino de vitrales creados desde cero siguiendo la técnica medieval, ya que solo se cubrieron los vanos de los hastiales principalmente. Esta zona está entre lo terreno y lo celestial, ya que la copan escudos de reyes, personajes de la jerarquía eclesiástica, familias nobles y entidades cuya heráldica actúa como homenaje en agradecimiento a sus trascendentales aportaciones a la obra catedralicia. En cuanto al formato, las lancetas se reducen a dos y la rosa a una cuadrilobulada.

Parte de las vidrieras del triforio de la catedral de León. Wikimedia Commons

Sin duda, el culmen del arte del vidrio dentro de la Catedral de Santa María de Regla de León es la serie alta, sector en el que, por otro lado, el palimpsesto cronológico e iconográfico (no hace falta invocar de nuevo la paradoja del barco de Teseo, ¿no?) es mayor que en las restantes zonas, aunque el hilo conductor se alinea con lo que parece haber sido el programa rector hasta ahora: al estar en el ámbito superior, en ella residen personajes celestiales o que han obtenido la santidad a través de la redención (FERNÁNDEZ, 1994, pp. 54-55). Detenerse en todos y cada uno de estos ventanales es labor de las monografías que sobre las vidrieras leonesas se han escrito, tan solo daremos unas cuantas pinceladas sobre su distribución y algunas obras destacadas.

En este conjunto tan bien articulado de aires celestes, hay una composición, la llamada Vidriera Real o de la cacería, que se encuentra al final del norte del cuerpo de naves e interrumpe por completo esta narración por su temática mundana, razón por la que muchos han pensado que o bien esta no era su posición original o que, incluso, pudo ser concebida para otro edificio, tal vez el palacio, antes de ser acoplada a la fábrica catedralicia leonesa (FERNÁNDEZ, 1994, p. 27). En ella vemos el formato compositivo de vidriera más característico de León, al cual ya hemos aludido en el apartado arquitectónico: consiste en dos arcos apuntados subdivididos a su vez en dos lancetas y una rosa, coronados por otra roseta más y flanqueados por otras dos lanzas a los lados que son denominadas panneau reculé en la nomenclatura francesa.

Vidriera Real o de la cacería de la catedral de León. Blog Nos gusta León

Esta es una de las vidrieras del siglo XIII mejor conservadas de este periodo dentro de León, y cabe la probabilidad de que, dado el detalle con que se representa el arte de la cetrería, pudiera ser encargada por el propio Alfonso X, buen conocedor de sus secretos, como manifiesta el Libro de los animales que caçan, enmarcado en la literatura alfonsí (FERNÁNDEZ, 1994, p. 27). Salvando algunas inserciones de los siglos XV y XVI, todas las vidrieras de este lado norte de la nave central son del XIII-XIV, y, como dijimos, están protagonizadas por monumentales figuras que se distribuyen de a dos por la altura de los arquillos apuntados, colocando en la parte alta una serie de profetas del Antiguo Testamento y personajes históricos como reyes, papas y obispos en la baja.

La banda sur, no obstante, responde en su mayoría a un renovado impulso en las vidrieras promovido a principios del siglo XV por los obispos Juan Rodríguez de Villalón y Alonso de Cusanza, época de la que, por tanto, proceden muchos de los vidrios leoneses, cuyo conjunto para entonces no estaba concluido o presentaba un lastimoso aspecto que se quiso remendar con nuevos ejemplares (FERNÁNDEZ, 1994, p. 36). Los cartones de este lado de la nave central los diseñó Nicolás Francés, quedando la labor de vidrio y emplomado a los maestros Valdovín y Anequín: se achaparra el canon de las figuras para que quepan en total tres por lanceta, distribuyendo en sus niveles apóstoles, obispos, mártires y una muy completa letanía de santos y santas.

Echemos ahora un ojo a las composiciones de los tres rosetones, comenzando por el mayor de ellos, es decir, el occidental: sus piezas del siglo XIII-XIV fueron de las primeras en ser restauradas (FERNÁNDEZ, 1994, p. 35), y estas se articulan radialmente en tres anillos concéntricos de ángeles músicos cuyo disco central es una Virgen con el Niño. Semejante tamaño y organización presentan los rosetones de los hastiales norte y sur, puesto que este último, tras ser desmontado todo el brazo meridional del transepto, se reconstruyó imitando el modelo del primero: medallón central polilobulado con Cristo Rey en torno al que se distribuyen otros tres niveles anulares de forma radial, el interior y exterior decorativos, mientras que los tondos del medio figuran reyes veterotestamentarios tañendo instrumentos musicales.

Rosetón del hastial sur de la catedral de León, articulado en torno al medallón central con la escena de la Coronación de la Virgen. Wikimedia Commons

Volvemos a saltar del siglo XIII al XV al abordar las vidrieras de la zona del presbiterio, once ventanales salidos de la mano de otro maestro vidriero registrado en la documentación del archivo de la catedral: Juan de Arquer. Esto nos proporciona una unidad estilística apenas apreciable en otras partes del edificio, dividiéndose nuevamente los arquillos en dos registros de personajes en altura, quedando por lo general el inferior reservado a profetas y el superior al apostolado y, terminado este, a mártires. Conforme se va de los tramos de la nave central a los de la girola, el número de lancetas y rosas se reduce, pero la composición mantiene iguales directrices, exceptuando la ventana del eje, que es el famoso Árbol de Jesé del siglo XIII. Por otro lado, esta es la única zona donde los vitrales del triforio tienen santos en vez de escudos.

Vidrieras del presbiterio de la catedral de León, pudiendo apreciarse en la parte inferior los vitrales de santos de esta zona del triforio. Wikimedia Commons

Resta por hablar de las vidrieras de las capillas radiales, que en verdad fueron de las primeras en hacerse, entre 1270-1277, si bien hoy en día se trata de un conjunto muy alterado en el siglo XV y restaurado en el XIX, conservándose una quinta parte del material original (FERNÁNDEZ, 1994, p. 30). En sentido estricto, tan solo la Capilla de la Virgen Blanca cuenta con vitrales de una sola mano, el maestro Rodrigo de Herrera, piezas sobre el ciclo de la Infancia de Cristo firmadas a fecha de 1565. Las otras cuatro capillas se resumen temáticamente en los misterios de Jesús y la Virgen, así como las vidas de los santos a los que están o estaban advocadas. Mención especial merecen las vidrieras de la Capilla de Santiago (antigua librería), concebidas por uno de los últimos maestros documentados en León a comienzos del siglo XVI: Diego de Santillana.

CONCLUSIÓN

Con la impresión que dejan en nuestras retinas las luminosas vidrieras desde el interior, nos despedimos de la Catedral de Santa María de Regla, parada obligatoria para todo aquel viajero que desee conocer a fondo el alma de la que fuera la ciudad capital del Reino de León desde 912 hasta 1230, fecha que, si bien marcaría su declive político, anunciaría, paradójicamente, una era dorada para su Arte. Sobre un terreno con estratos que hunden sus raíces en una historia que arranca de las termas de un campamento romano y que pasa, primero, por una iglesia prerrománica y, después, por una catedral tardorrománica, se alzó gloriosa y triunfante la Pulchra Leonina, la más francesa de las catedrales góticas hispanas y una de las más emblemáticas de nuestro patrimonio.

En el armazón arquitectónico de este clásico del Gótico radiante se rastrean formas que van desde Reims en planta hasta Saint-Denis y otros ejemplos de Opus Francigenum en lo concerniente a alzados y diseños de tracerías, todo ello asimilado por un magister operis que conocía muy bien la nueva moda francesa del Style rayonnant, pero que no por ello despliega menores cotas de originalidad en la obra, construida, recordemos, en el tiempo récord de aproximadamente 50 años. La profusa y extensa labor restauradora que en el siglo XIX desempeñaron arquitectos como Matías Laviña, Demetrio de los Ríos y Juan Bautista Lázaro daría buena cuenta de que las prisas no son buenas (cimentación inadecuada, mala calidad de la caliza de Boñar…) y que los añadidos posteriores en una fábrica gótica hacen peligrar su férreo sentido unitario (la cúpula y los pilastrones barrocos casi echan por tierra todo el edificio).

Si se hubiera tardado un poco más en intervenir, ni hoy podríamos contemplar la majestuosa arquitectura de la catedral legionense ni su riquísimo apartado de artes figurativas. Desde las portadas del imafronte y los hastiales del transepto, que nos permiten apreciar, entre otras cosas, el progresivo auge del culto mariano en la Baja Edad Media, pasando por los sepulcros, capiteles, repisas y pinturas murales del claustro, hasta los estalos del coro, los retablos y, por supuesto, las vidrieras, no existe rincón de este conjunto que no contenga retazos de la Historia del Arte desde la Antigüedad hasta la Edad Contemporánea, que sigue velando por su buena preservación y restauración.

Finalizad el recorrido por la Pulchra Leonina accediendo a las salas del Museo Catedralicio Diocesano, abiertas en las pandas oeste y norte del claustro: plantea un camino cronológico desde piezas como vírgenes y crucifijos románicos, pasando por telas coptas y mozárabes, hasta llegar a esculturas y pinturas del Renacimiento y del Barroco, abarcando, en última instancia, lienzos religiosos de artistas de nuestra era. Empaparos de todo el Arte que esta catedral os pueda ofrecer, pasead vuestra vista por todo aquello que os llame la atención, deleitaros con el aprendizaje que adquiráis en una visita de este calibre y, sobre todo, recordad para siempre esta anécdota en el álbum de recuerdos.

Sala de Piedra del Museo Catedralicio Diocesano de León. Turismo de Castilla y León

BIBLIOGRAFÍA

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Pintura

La muerte de Sócrates

COMENTARIO HISTÓRICO ARTÍSTICO DE LA MUERTE DE SÓCRATES

Introducción

La muerte de Sócrates (1787), obra capital de Jacques-Louis David, constituye uno de los ejemplos más claros y emblemáticos del Neoclasicismo europeo, tanto por su forma como por su contenido ideológico. En este lienzo, el artista no se limita a representar un episodio histórico de la Antigüedad clásica, sino que construye una auténtica lección moral y filosófica, acorde con los ideales racionalistas y éticos de la Ilustración. Inspirándose en los diálogos platónicos, especialmente el Fedón y el Critón, David plasma el momento inmediatamente anterior a la muerte del filósofo ateniense, condenado a beber la cicuta por mantenerse fiel a sus principios.

La obra debe entenderse en su contexto histórico: la Francia de finales del siglo XVIII, marcada por la crisis del Antiguo Régimen y por un creciente deseo de regeneración moral y política. Así, Sócrates se convierte en un modelo de virtud cívica, de sacrificio personal y de supremacía de la razón frente a las pasiones y el miedo, valores que pronto encontrarán eco en la Revolución francesa.

Biografía del artista: Jacques-Louis David

Jacques-Louis David nació en París en 1748 y es considerado el principal pintor del Neoclasicismo francés. Se formó en la Real Academia de Pintura y Escultura y, tras varios intentos fallidos, obtuvo el Premio de Roma, lo que le permitió completar su formación en Italia. Allí entró en contacto directo con el arte de la Antigüedad clásica y del Renacimiento, especialmente con la escultura grecorromana y la obra de Rafael, que influyeron decisivamente en su concepción artística.

David defendió un arte austero, moralizante y racional, en oposición al gusto decorativo y frívolo del Rococó. Para él, la pintura debía educar al espectador y transmitir valores cívicos. Esta visión le llevó a implicarse activamente en la vida política durante la Revolución francesa, donde fue diputado y un firme defensor de los ideales republicanos. Más tarde, tras la caída de Robespierre, supo adaptarse al nuevo contexto y se convirtió en el pintor oficial de Napoleón Bonaparte.

Su trayectoria vital refleja de manera ejemplar la estrecha relación entre arte, política y moral, y La muerte de Sócrates puede considerarse una obra clave en la formulación de su ideario artístico y ético.

Análisis iconográfico

La muerte de Sócrates

Desde el punto de vista iconográfico, la pintura representa el momento culminante de la condena de Sócrates. El filósofo aparece rodeado de sus discípulos en la prisión ateniense, instantes antes de ingerir la cicuta. Aunque el episodio se basa en textos clásicos, David introduce modificaciones deliberadas para reforzar el mensaje moral.

Sócrates ocupa el centro de la composición, erguido y sereno, en una actitud que contrasta con el abatimiento general de sus seguidores. Con una mano señala hacia lo alto, gesto que puede interpretarse como alusión al mundo de las ideas, a la verdad eterna y a la inmortalidad del alma, mientras que con la otra se dispone a tomar la copa mortal. Su cuerpo aparece idealizado, fuerte y luminoso, reforzando la idea de dominio del espíritu sobre la materia.

Los discípulos, en cambio, encarnan distintas reacciones humanas ante la muerte: desesperación, tristeza, incredulidad o apego emocional. Destaca la figura de Critón, que se aferra a Sócrates en un último intento de retenerlo, símbolo del conflicto entre afecto y razón. Platón, representado como un anciano sentado al pie del lecho, aparece abstraído y silencioso, actuando como testigo intelectual y transmisor del pensamiento socrático, aunque históricamente no estuviera presente en ese momento.

La iconografía del conjunto subraya la idea central de la obra: la aceptación consciente de la muerte como acto de coherencia moral.

Análisis formal

Desde el punto de vista formal, la obra responde plenamente a los principios del Neoclasicismo. La composición es clara, ordenada y equilibrada, con una disposición casi escultórica de las figuras, organizadas en un friso horizontal que recuerda a los relieves clásicos. No hay elementos superfluos: todo contribuye a la comprensión racional de la escena.

El dibujo es preciso y dominante, subordinando el color a la línea, lo que refuerza la claridad formal. La paleta cromática es sobria, dominada por blancos, ocres, grises y rojos apagados. El uso del blanco en la túnica de Sócrates no es casual, ya que refuerza su carácter de figura moralmente pura y racional.

La iluminación es dirigida y selectiva: la luz incide directamente sobre Sócrates, convirtiéndolo en el foco visual y simbólico de la obra, mientras que el fondo arquitectónico, oscuro y severo, contribuye a crear una atmósfera de recogimiento y gravedad. Los gestos y expresiones son contenidos, evitando el dramatismo excesivo, lo que refuerza la dimensión intelectual de la escena frente a la emoción desbordada.

Curiosidades y aspectos destacables

Resulta significativo que David representara a Sócrates con una anatomía casi juvenil, a pesar de su avanzada edad en el momento de la muerte. Esta idealización responde a la intención de presentar al filósofo como un héroe moral, más cercano a los ideales clásicos que a la realidad histórica.

Asimismo, la obra fue interpretada por muchos contemporáneos como una alegoría política. El sacrificio voluntario de Sócrates por fidelidad a las leyes de la ciudad resonaba con las ideas de virtud republicana que comenzaban a difundirse en Francia. No es casual que el cuadro tuviera un enorme éxito en el Salón de 1787 y consolidara a David como el pintor moral por excelencia de su tiempo.

Actualmente, la obra se conserva en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York y sigue siendo una de las pinturas más estudiadas del arte occidental.

Conclusión

La muerte de Sócrates es una obra fundamental no solo por su calidad artística, sino por la profundidad de su mensaje. Jacques-Louis David transforma un episodio de la Antigüedad clásica en una reflexión universal sobre la ética, la razón y la responsabilidad individual. El filósofo ateniense se convierte en un símbolo atemporal del compromiso con la verdad y la coherencia moral, incluso a costa de la propia vida.

La pintura sintetiza de manera ejemplar los valores del Neoclasicismo y de la Ilustración, demostrando cómo el arte puede ser un instrumento de educación cívica y reflexión moral. Por ello, esta obra ocupa un lugar central en la historia del arte y sigue siendo plenamente vigente en su mensaje.

Galería de imágenes

Bibliografía orientativa

  • Honour, Hugh. Neoclasicismo. Alianza Forma.
  • Gombrich, E. H. La historia del arte. Debate.
  • Rosenblum, Robert. Transformations in Late Eighteenth-Century Art. Princeton University Press.
  • Platón. Fedón y Critón. Editorial Gredos.
  • Vaughan, William. Jacques-Louis David. Thames & Hudson.
  • Metropolitan Museum of Art, catálogo y ficha técnica de The Death of Socrates.




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SALA DE DIBUJO

COMENTARIO HISTÓRICO-ARTÍSTICO SALA DE DIBUJO

ANÁLISIS FORMAL E ICONOGRÁFICO

«Un artista es alguien que produce cosas que la gente no necesita tener pero que él, por alguna razón, piensa que sería una buena idea darles».

Andy Warhol

Nos hallamos ante una de las acuarelas más notorias de la afamada artista Anna Alma-Tadema (Bruselas, ¿1865/7?-Londres, 1943).

Se trata de una obra ejecutada en formato vertical en la que se desarrolla una escena de interior, concretamente, en una estancia que presenta la vista a una segunda habitación; y dividida en dos planos compositivos bien diferenciados, regidos por una línea oblicua que organiza el espacio y que, al mismo tiempo, guía al ojo del espectador por la pieza.

En el primero, observamos parte de una sala compuesta por un pavimento de madera clara y una pared horadada por un arco de medio punto, que da acceso a una segunda estancia. La ornamentación del espacio está hecha con un gusto exquisito, pues en ella vemos, ubicado delante de la pared a la izquierda, un bello mueble de madera oscura con cajones, rematada por una repisa en la que apreciamos un candelabro de metal con una vela. Entre las patas altas del mueble, vislumbramos la decoración de la pared, siendo ésta un hermoso zócalo ajedrezado en la parte inferior, mientras que la superior es un muro liso encuadrado dentro de un ribete, con diseño de símbolos, que abarca también arco. A la derecha, contemplamos la esquina de un sofá bajo, sobre el que descansa un mullido cojín, y la cortina descorrida que nos deja ver el interior de la segunda habitación.

El segundo plano lo compone dicha segunda estancia, subdividida en tres ámbitos organizados por el suelo de madera oscura y el rico artesonado, de patrón geométrico, del techo del que cuelga una jaula metálica. En el primero advertimos, a la derecha, un pequeño taburete de madera con asiento acolchado, colocado delante de una hermosa mesa de corte islámico, embellecida con un jarrón de cristal. En el segundo divisamos, también a la derecha, un diván, adornado con mullidos cojines; una alfombra de estampado arabesco; un cojín redondo tirado al descuido sobre la alfombra delante del diván; y un resquicio del ventanal. Y en el tercero tenemos el fondo de la estancia, donde entrevemos, a la izquierda, una chimenea con repisa. Tiene el hogar tapado con una cortinilla y en su repisa vemos una serie de elementos decorativos como los dos candelabros metálicos con velas, colocados en los extremos de la misma; un jarrón, una vasija y una figurita de un animal, hechos de cerámica y encerrados entre los candelabros. En la pared sobre la chimenea, distinguimos un espejo cuadrado con marco de madera sobre el que reposan dos bandejas redondas. A la derecha, el muro se abre con una serie de arcos de tipología islámica que darían acceso a otra habitación.

Es una acuarela muy luminosa, ya que la escena plasmada es diurna, algo que percibimos por el foco lumínico que entra por el ventanal de la derecha y que queda oculto tras la cortina del arco. Esto influirá en la gama cromática utilizada, al optar la pintora por una paleta de vibrantes tonos marrones oscuros y claros; ocres; amarillos dorados; rojos, en diversas gradaciones; blancos; negros; grises; naranjas; salmón; o azules grisáceos.

Con respecto a su temática, podríamos decir que representa, a tenor del título, el retrato de la habitación de dibujo, vista desde un arco del Salón dorado que da al Salón con Columnas, de la Townshend House de Londres, hogar de la pintora y acuarelista Anna Alma-Tadema.

Visión general de la obra
Autorretrato, Anna Alma-Tadema, óleo sobre papel, c. 1893

Nació en el seno de una familia de artistas, ya que era la hija pequeña del célebre artista sir Lawrence Alma-Tadema y su primera esposa Marie-Pauline Gressin de Boisgirard, fallecida en 1869; y hermana de la novelista Laurence Alma-Tadema.

En lo referente a su vida personal, poca es la información que nos ha llegado. Se sabe que, tras la muerte de su madre, en 1870, se trasladó de Bruselas a Londres, donde su padre se casó con la pintora Laura Theresa Epps (luego Laura Theresa Alma-Tadema), quien la crio. Este traslado fue determinante para ella pues forjaría su carácter tímido, que conservó toda su vida; sus convicciones políticas, puesto que estuvo muy comprometida con el sufragio femenino, llegando a firmar la Declaración de Partidos del Movimiento por el Sufragio femenino en 1887; y su formación como artista, que fue en casa, teniendo como maestros a su padre y su madrastra. Esta formación la consagró, prontamente, como pintora y acuarelista, y la llevó a exponer sus obras en la Royal Academy de Londres en 1885; en el Salón de París de 1889, donde obtuvo una medalla; o en la Exposición Mundial Colombina de Chicago en 1893. Sin embargo, esa meteórica carrera se vio truncada con la muerte de su padre, pues ella y su obra cayeron en el olvido.

En lo relativo a su producción artística, cultivó un buen número de temas donde destacan los retratos; los cuadros de flores; o los interiores de las casas; y no podemos encuadrarla en un estilo concreto, ya que en sus piezas apreciamos:

-Una fuerte influencia paterna que se deja sentir en el detallismo y precisión con el que recrearlos objetos de la estancia, fruto de una observación minuciosa.

-De su propia cosecha, advertimos:

  • El individualismo en el tema, ya que se hizo especialista en la representación de interiores, alejándose así de la estela paterna.
  • El uso de tonos impecables, que se atisba en el extraordinario brillo de los mismos.
  • Y el ambiente estético de la habitación, donde se percibe, por un lado, la opulencia de los diferentes enseres y objetos que engalanan el espacio y, por otro, el gusto ecléctico de la familia Alma-Tadema a la hora de embellecer su casa, empleando, para ello, una gran variedad de estilos como el tradicional holandés; egipcio; pompeyano; bizantino; japonés; u oriental, como es el caso presente.

A modo de conclusión, debemos comentar que la artista realizó esta obra cuando era adolescente y que formó parte de una serie de acuarelas que hizo de los interiores de su casa-estudio, antes de que las habitaciones fueran desmanteladas.

Lleva la fecha de ejecución inscrita en la esquina inferior izquierda de la pieza.

BIBLIOGRAFÍA Y WEBGRAFÍA

-VV. AA., Enciclopedia del Arte, Vol. 1, Aach-Bos, Madrid, 2002.

-VV. AA., Enciclopedia Universal Ilustrada, Vol. 4, Alal-Ally, Madrid, 1991.

-VV. AA., Gran Diccionario Enciclopédico Ilustrado de Selecciones del Reader´s Digest, Vol. 1, A-Bzura, Madrid, 1973.

-VV. AA., Nueva Enciclopedia Sopena Diccionario Ilustrado de la Lengua Española, Vol. 1, A-Cepejón, Barcelona, 1955.

-ART RENEWAL CENTER, ANNA ALMA-TADEMA: https://www.artrenewal.org/artists/anna-alma-tadema/2707 (Consulta, 22/5/2025).

-ART RENEWAL CENTER, SALA DE DIBUJO, ANNA ALMA-TADEMA: https://www.artrenewal.org/artworks/anna-alma-tadema/the-drawing-room-at-townshend-house/51196 (Consulta, 3/6/2025).

-ART UK, SALA DE DIBUJO, ANNA ALMA-TADEMA: https://artuk.org/discover/artworks/the-drawing-room-townshend-house-318213 (Consulta, 3/6/2025).

-ARTNET, ANNA ALMA-TADEMA: https://www.artnet.com/artists/anna-alma-tadema/ (Consulta, 22/5/2025).

-ARTS DOT, SALA DE DIBUJO, ANNA ALMA-TADEMA: https://es.artsdot.com/@@/8EWRF3-Sir%20Lawrence%20Alma-Tadema-La%20sala%20de%20dibujo%20en%20Townshend%20House (Consulta, 3/6/2025).

-ARTVEE, ANNA ALMA-TADEMA: https://artvee.com/artist/anna-alma-tadema/ (Consulta, 22/5/2025).

-CHRISTIE´S, ANNA ALMA-TADEMA: https://onlineonly.christies.com/s/british-european-art/anna-alma-tadema-british-1867-1943-34/92227 (Consulta, 22/5/2025).

-GALLERIX.RU, SALA DE DIBUJO, ANNA ALMA-TADEMA: https://gallerix.ru/album/Lawrence-Alma-Tadema/pic/glrx-965900028 (Consulta, 3/6/2025).

-GOOGLE ARTS AND CULTURE, ANNA ALMA-TADEMA: https://artsandculture.google.com/asset/the-drawing-room-townshend-house-0001/pgHz-AvZPJgPEg (Consulta, 22/5/2025).

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-MUTUAL ART, ANNA ALMA-TADEMA: https://www.mutualart.com/Artist/Anna-Alma-Tadema/AFD957E285DAF24A (Consulta, 22/5/2025).

-ROYAL ACADEMY, LONDRES, ANNA ALMA-TADEMA: https://www.royalacademy.org.uk/art-artists/name/anna-alma-tadema (Consulta, 22/5/2025).

-ROYAL ACADEMY, LONDRES, ESTILO, ANNA ALMA-TADEMA: https://www.royalacademy.org.uk/art-artists/work-of-art/the-drawing-room-townshend-house (Consulta, 22/5/2025).

-ROYAL ACADEMY, LONDRES, SALA DE DIBUJO, ANNA ALMA-TADEMA: https://www.royalacademy.org.uk/art-artists/work-of-art/the-drawing-room-townshend-house (Consulta, 3/6/2025).

-SOTHEBY´S, ANNA ALMA-TADEMA: https://www.sothebys.com/en/auctions/ecatalogue/2013/daniel-katz-sale-l13232/lot.15.html (Consulta, 23/5/2025).

-TATE BRITAIN, LONDRES, ESTILO, ANNA ALMA-TADEMA, SIR LAWRENCE ALMA-TADEMA: https://www.tate.org.uk/art/artists/sir-lawrence-alma-tadema-6 (Consulta, 23/5/2025).




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Pintura

Los jugadores de cartas

Los jugadores de cartas de Caravaggio: engaño, realidad y nacimiento del Barroco

La pintura Los jugadores de cartas (The Cardsharps), realizada hacia 1594–1595, es una de las obras más significativas de los inicios de Michelangelo Merisi da Caravaggio y una pieza clave para comprender el profundo cambio que experimentó la pintura europea a finales del siglo XVI. Bajo la apariencia de una escena cotidiana y trivial, el artista introduce una reflexión visual sobre el engaño, la ingenuidad y la naturaleza humana, al tiempo que inaugura un nuevo lenguaje pictórico basado en el realismo y la observación directa.

Esta obra marca el momento en el que Caravaggio comienza a consolidar un estilo propio, alejándose de los artificios manieristas y sentando las bases del Barroco.

Contexto histórico-artístico

Los jugadores de cartas surge en la Roma de finales del siglo XVI, un entorno artístico dominado por la Contrarreforma, que exigía imágenes claras, comprensibles y emocionalmente eficaces. Frente a la elegancia artificial del Manierismo, empezaba a abrirse paso una pintura más directa y veraz, conectada con la experiencia cotidiana del espectador.

En este contexto, las escenas de género —representaciones de la vida diaria— gozaban de gran popularidad entre coleccionistas privados. Caravaggio aprovecha este interés para ofrecer una visión novedosa: no idealiza a sus personajes, sino que los muestra tal como son, con sus vicios, trampas y debilidades, reflejando la realidad social de su tiempo.

El artista: Caravaggio

Michelangelo Merisi, conocido como Caravaggio por su lugar de origen, nació en 1571 y se formó en el ámbito lombardo, donde adquirió su gusto por el naturalismo y el estudio de la luz. Tras llegar a Roma en torno a 1592, pasó por años difíciles hasta llamar la atención de importantes mecenas, especialmente el cardenal Francesco Maria del Monte.

Caravaggio revolucionó la pintura al:

  • Trabajar directamente del natural.
  • Utilizar modelos reales, alejados de la idealización clásica.
  • Emplear una iluminación dramática y selectiva.
  • Cargar sus escenas de intensidad psicológica.

Su vida estuvo marcada por el conflicto y la violencia, pero su legado artístico transformó para siempre la historia del arte occidental.

Análisis formal

Los jugadores de cartas
Los jugadores de cartas

Desde el punto de vista formal, Los jugadores de cartas presenta una composición cerrada e íntima, con tres figuras situadas en primer plano, casi al alcance del espectador. No hay apenas profundidad espacial ni elementos superfluos: toda la atención se concentra en la acción.

La luz, dirigida lateralmente, ilumina rostros y manos, reforzando el carácter narrativo de la escena. El color se mantiene sobrio, con predominio de ocres, marrones y tonos cálidos, que aportan unidad y realismo. Las texturas de las telas, las cartas y la mesa están tratadas con gran precisión, demostrando la maestría técnica del pintor.

Destaca especialmente el estudio de los gestos y las miradas, que transmiten tensión, complicidad y engaño sin necesidad de palabras.

Análisis iconográfico

Iconográficamente, la obra representa una partida de cartas fraudulenta. El joven jugador, absorto en sus cartas, simboliza la ingenuidad. Frente a él, los otros dos personajes actúan como cómplices: uno esconde cartas tras la espalda mientras el otro observa y señala, asegurando el engaño.

Este tipo de escenas tenían una clara lectura moralizante, muy común en la época:

  • Advertencia contra el vicio del juego.
  • Crítica a la astucia y la corrupción.
  • Reflexión sobre la facilidad con la que el ser humano puede ser engañado.

Caravaggio no juzga abiertamente; se limita a mostrar la escena con crudeza, dejando que el espectador extraiga sus propias conclusiones.

Curiosidades sobre la obra

  • Fue una de las pinturas que consolidó la reputación de Caravaggio en Roma.
  • Existen varias copias antiguas debido a su enorme éxito.
  • La obra anticipa temas recurrentes en el artista, como el engaño y la traición.
  • Se considera una de las primeras manifestaciones claras del realismo barroco.

Conclusión

Los jugadores de cartas no es solo una escena de género, sino una obra fundamental para entender el nacimiento del arte barroco. Caravaggio transforma una situación cotidiana en una poderosa reflexión sobre la condición humana, utilizando un lenguaje visual innovador que influirá decisivamente en generaciones posteriores. Su realismo, su intensidad psicológica y su dominio de la luz convierten esta pintura en un auténtico punto de inflexión en la historia del arte.

Galería de imágenes

Bibliografía

  • Gombrich, E. H., La historia del arte.
  • Puglisi, C., Caravaggio.
  • Langdon, H., Caravaggio: A Life.
  • Museo Kimbell, catálogo de la obra.




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Pintura

Vivir, pintar y cultivar el tiempo

COMENTARIO HISTÓRICO ARTÍSTICO DE VIVIR, PINTAR Y CULTIVAR EL TIEMPO

Tasha Tudor, mediante sus cuentos infantiles, ilustró una manera de estar en el mundo: vivir como pintaba, de forma lenta, observando en su vida rural aquel imaginario que en el presente nos parece casi utópico. 

Nacida el 28 de agosto de 1915 en Boston, Massachusetts, como Starling Burgess, Tasha adoptó el apellido de su padre —el reconocido diseñador naval y arquitecto William Starling Burgess—. Desde chica estuvo rodeada de creatividad, aunque su infancia estuvo lejos de ser convencional: tras el divorcio de sus padres, fue criada en el campo, bajo una educación alternativa que priorizaba la lectura, la observación de la naturaleza y la expresión artística por fuera de la escolarización tradicional.

Ese modo de crianza marcó profundamente su sensibilidad. Mientras otros niños asistían a la escuela, Tasha dibujaba, leía a los clásicos ingleses, aprendía tareas domésticas y desarrollaba una relación íntima con el paisaje rural. Allí comenzó a gestarse una artista que entendía el arte no como un producto aislado, sino como parte de la vida cotidiana.

Ilustrar la infancia

El reconocimiento artístico llegó temprano. En 1938 publicó su primer libro ilustrado, Pumpkin Moonshine, que ya dejaba ver los rasgos que definirían su estilo: líneas suaves, escenas domésticas, vestimentas antiguas y una atmósfera que remite a la Inglaterra rural del siglo XIX. A lo largo de su carrera ilustró y escribió más de cien libros, muchos de ellos hoy considerados clásicos de la literatura infantil, como Mother Goose (1944), A Child’s Garden of Verses (1947) y la serie Corgiville Fair (1971).

Sus ilustraciones se caracterizan por un realismo delicado, casi nostálgico: tazas de porcelana, jardines en flor, niños con ropa hecha a mano, interiores cálidos iluminados por la luz natural. No hay estridencias ni dramatismo; hay silencio y atención al detalle. Tudor ilustraba como quien borda: con paciencia y devoción.

Lejos de seguir las tendencias modernas de la ilustración infantil del siglo XX, eligió permanecer fiel a una estética tradicional, influenciada por el arte victoriano y la ilustración inglesa clásica. Esa decisión, que en su momento pudo parecer anacrónica, terminó siendo su mayor fortaleza: su obra se volvió atemporal.

Una vida elegida

A partir de sus 60 años, Tasha tomó la decisión radical de vivir como en el siglo XIX. Se instaló en una casa rural en Vermont, sin electricidad ni agua corriente, confeccionaba su propia ropa, cocinaba con métodos tradicionales y cultivaba un jardín que se volvió famoso por su calidez floral. Fue madre de cuatro hijos, a quienes también crió bajo principios poco convencionales. Su vida, idealizada muchas veces desde una mirada romántica, también estuvo atravesada por conflictos familiares y decisiones difíciles.

Este modo de vida no fue una performance ni una estrategia de marketing. Fue una elección coherente con su visión del mundo. Para Tudor, la modernidad implicaba una pérdida: de tiempo, de rituales, de conexión con la naturaleza. Su respuesta fue crear un refugio donde el arte y la vida fueran inseparables. Así ella misma lo decía:

“No hay paz que no pueda hallarse en el momento presente. Hoy en día la gente está tan abatida. Si tomaran un tecito de manzanilla y pasaran más tiempo libre en la noche disfrutarían más la vida. La simplicidad es el arte de ser una misma estando en paz y armonía con el mundo”

El jardín como obra viva

El jardín, diseñado y cuidado por ella misma, funcionaba como espacio de contemplación e inspiración, dando lugar a tardes de té y celebraciones familiares. Rosales, huertas, senderos y flores silvestres aparecen una y otra vez en sus ilustraciones. La primavera traía nuevas paletas cromáticas; el otoño, escenas más introspectivas y melancólicas. Pintar y cultivar eran gestos complementarios. 

La naturaleza es fundadora de su obras y su vida, por ello, como las estaciones su historia tuvo tensiones. Mientras su obra ganaba reconocimiento, su vida personal estuvo atravesada por cambios y dificultades. Se casó en 1938 con Thomas McCready, con quien tuvo cuatro hijos: Bethany, Seth, Thomas y Efner. El matrimonio se disolvió en 1961, y a partir de entonces Tudor debió sostener a su familia principalmente a través de su trabajo artístico, ilustrando de manera ininterrumpida.

Mother Goose, nietos y corgis

Dentro de este universo íntimo, Tasha tenía entre tres y cinco corgis, raza perruna que habita con frecuencia sus pinturas, integrados a escenas familiares, acompañando a sus nietos y nietas, descansando junto al fuego o entre los árboles. Los pequeños fueron la compañía fiel y alegre de sus días al aire libre. 

Entre las innumerables ilustraciones que realizó a lo largo de su vida, las imágenes creadas para Mother Goose (1944) condensan de manera ejemplar el universo estético y sensible de Tudor. Las figuras —niñas, niños, ancianas, animales— habitan el espacio.

La paleta cromática es suave, dominada por tonos pasteles, verdes apagados, ocres y azules grisáceos que refuerzan una sensación de calma y continuidad. El trazo es preciso pero delicado. Cada elemento —una tetera, una cerca de madera, un vestido bordado— está trabajado sin caer en el exceso decorativo. La escena no busca el impacto inmediato, sino la permanencia. La mirada del espectador se desliza lentamente, como si recorriera un recuerdo.

Resulta significativo que muchas de estas escenas guarden una relación directa con su propia vida, Tasha pinta como quien cuida a quien ama de verdad, preserva los gestos pequeños. 

Un legado controversial

Durante las últimas décadas de su vida, Tasha Tudor alcanzó una fama que trascendió el ámbito editorial. Su estilo de vida fue documentado en libros, entrevistas y fotografías, despertando admiración y también controversia. Ella, sin embargo, se mantuvo fiel a sus elecciones, sin intentar justificarlas ni adaptarlas a los discursos del momento.

Al morir, en 2008, con 92 años, su familia asumió la responsabilidad de compartir su vida y obras, recuperando cada tarjeta y souvenir creado por su abuela. 

En tiempos de hiperconectividad, su vida propone vivir el presente con atención, parando el coche para apreciar la belleza de lo cotidiano, que susurra mundos incluso en lo más pequeño. Elegir la pausa, lo artesanal y analógico, el detalle. El proyecto vital de Tasha nos propone una pregunta hoy vigente: ¿de qué manera queremos vivir y crear?

WEBGRAFÍA

INSTAGRAM – TASHA TUDOR AND FAMILY: https://www.instagram.com/tashatudorandfamily/?hl=es

TASHA TUDOR AND FAMILY (SITIO OFICIAL): https://tashatudorandfamily.com

TASHA TUDOR SOCIETY:




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Escultura

Magdalena Penitente de Donatello

MAGDALENA PENITENTE: ¿Por qué esta obra incomoda desde el primer segundo?

Esta escultura no busca gustarte.
No quiere ser bella, no pretende tranquilizarte y no aspira a que salgas de aquí sintiéndote mejor.

La Magdalena Penitente de Donatello hace exactamente lo contrario: te obliga a mirar un cuerpo consumido por la fe, el tiempo y el sacrificio. Un cuerpo que ya no promete nada.

Y eso es lo verdaderamente inquietante.

La obra surge en pleno Renacimiento, una época obsesionada con la belleza perfecta, el cuerpo ideal y la armonía como valor supremo. Mientras otros artistas esculpían juventud eterna, Donatello decidió mostrar lo que ocurre cuando el cuerpo deja de ser ideal y se convierte en un campo de batalla.

Aquí no hay heroísmo ni triunfo espiritual. Hay desgaste, fragilidad y una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando el arte deja de consolarnos y empieza a decir la verdad?

Comprender esta escultura implica aceptar que, después de mirarla con atención, quizá ya no vuelvas a observar el cuerpo —ni el arte— de la misma manera.

El Renacimiento y la promesa de belleza: cuando el cuerpo era un ideal

El Renacimiento europeo construyó una nueva imagen del ser humano. Inspirado por la Antigüedad clásica, colocó el cuerpo en el centro del pensamiento artístico, celebrándolo como símbolo de equilibrio, razón y orden.

Las esculturas y pinturas de la época buscaban proporciones perfectas, gestos armónicos y una belleza capaz de reflejar la dignidad del hombre. El cuerpo se convirtió en una promesa: la promesa de que lo humano podía aspirar a la perfección.

En este contexto, el espectador esperaba santos idealizados, cuerpos jóvenes y expresiones serenas incluso en escenas de sufrimiento. El arte debía elevar, consolar y ofrecer modelos ejemplares.

La Magdalena Penitente rompe de forma violenta con esa expectativa. En este cuerpo no hay promesa alguna. No hay equilibrio ni armonía. Hay desgaste, fragilidad y una verdad que el Renacimiento prefería no mirar de frente.

Donatello, el renacentista incómodo: cuando la belleza no es suficiente

Donatello fue uno de los grandes artistas del Renacimiento, pero también uno de sus espíritus más inquietos. A diferencia de muchos de sus contemporáneos, nunca se conformó con repetir los ideales clásicos de belleza.

Su interés se centró en la expresividad, en la psicología y en la verdad del cuerpo humano. Para él, el arte no era solo un medio para mostrar lo que aspiramos a ser, sino para explorar lo que realmente somos.

A lo largo de su trayectoria, mostró una atención constante por los cuerpos envejecidos, los rostros marcados por el tiempo y las figuras que parecen cargar con una historia interior.

La Magdalena Penitente representa el punto más extremo de esa búsqueda. Donatello no intenta agradar ni tranquilizar al espectador; intenta ser honesto. Y es precisamente esa honestidad la que hace que la obra resulte tan incómoda, incluso hoy.

La elección de la madera: cuando el material habla de mortalidad

Uno de los aspectos más significativos de esta escultura es su material. Donatello renuncia al mármol —símbolo de eternidad y perfección— y elige la madera, un material orgánico, frágil y mortal.

La madera envejece, se agrieta y se oscurece con el paso del tiempo, igual que el cuerpo humano. Esta elección no es secundaria: forma parte esencial del significado de la obra.

Al trabajar en madera, Donatello acepta el deterioro como destino. No busca una imagen inmortal, sino una presencia vulnerable. El material refuerza la idea de que el cuerpo de Magdalena no es eterno ni perfecto, sino expuesto al desgaste.

Aquí, la materia no es un soporte neutro, sino una voz que habla de fragilidad.

El cuerpo como campo de batalla: fe, ayuno y desgaste físico

El cuerpo de la Magdalena es uno de los aspectos más perturbadores de la escultura. Extremadamente delgado, con extremidades alargadas y una anatomía casi antinatural, parece un cuerpo llevado al límite.

No hay carne, solo piel adherida al hueso. La sensación no es de equilibrio, sino de tensión constante, como si el cuerpo estuviera a punto de quebrarse.

En esta representación, la fe no ennoblece el cuerpo ni lo eleva. Al contrario: lo consume. Donatello muestra un cuerpo utilizado como instrumento de penitencia, un cuerpo que ha pagado el precio de la devoción.

No hay heroísmo. Hay resistencia, agotamiento y una entrega que deja huella visible.

El rostro y la mirada que no busca al espectador: el cansancio de creer

El rostro de la Magdalena no establece contacto visual. Los ojos hundidos y la expresión ambigua transmiten una sensación difícil de definir.

No es serenidad, pero tampoco sufrimiento teatral. Es cansancio. Un cansancio profundo, casi definitivo, que parece provenir de una fe sostenida durante demasiado tiempo.

Este rostro no invita a la admiración ni a la exaltación devocional. Invita al silencio. Obliga al espectador a adoptar una actitud más contenida y respetuosa.

Mirarla durante demasiado tiempo resulta incómodo, como si observarla fuera una forma de invasión.

El cabello y la inversión del significado: de seducción a penitencia

El cabello desempeña un papel clave en la obra. En la tradición cristiana, el cabello largo de María Magdalena estaba asociado a la seducción, al pecado y a su pasado mundano.

Donatello invierte ese significado. Aquí, el cabello cubre el cuerpo como una vestidura, sustituyendo la ropa y ocultando la desnudez.

La belleza que antes era motivo de culpa se transforma en instrumento de penitencia. El cabello ya no atrae miradas: las rechaza. El pasado de la figura no desaparece, sino que se convierte en parte visible de su castigo y de su transformación.

Las manos: una fe sin triunfo ni éxtasis

Las manos de la Magdalena aparecen unidas de forma frágil, casi insegura. No hay gesto heroico ni exaltación mística.

Son manos cansadas de rezar, manos que continúan orando más por necesidad que por entusiasmo. Este detalle refuerza una idea esencial de la obra: la fe aquí no es victoria ni éxtasis, sino resistencia.

Es una espiritualidad sin gloria, sostenida en el tiempo incluso cuando el cuerpo ya no responde con fuerza.

Recepción y escándalo: una obra demasiado humana para su tiempo

Durante siglos, la Magdalena Penitente fue considerada una obra incómoda. Demasiado cruda, demasiado humana, poco adecuada para representar a una santa.

Su rechazo de la belleza ideal chocaba con las expectativas religiosas y artísticas de su época. Sin embargo, precisamente por eso hoy se reconoce como una obra adelantada a su tiempo, casi moderna en su intensidad expresiva.

Esta escultura anticipa una sensibilidad que no se volverá común hasta siglos después: la voluntad de mostrar el cuerpo como lugar de conflicto, desgaste y verdad.

Cuando el arte se niega a consolar

La Magdalena Penitente no está hecha para gustar. Está hecha para decir la verdad. Nos recuerda que el cuerpo envejece, que la fe puede doler y que la redención no siempre se presenta envuelta en belleza.

Donatello comprendió algo esencial: el arte no existe solo para tranquilizarnos, sino para enfrentarnos a nuestra propia fragilidad.

Ante esta escultura no somos espectadores cómodos. Somos cuerpos que miran a otro cuerpo y reconocen, aunque sea por un instante, su propio destino. Y quizá por eso esta obra sigue incomodando: porque no habla del pasado, sino de nosotros.

BIBLIOGRAFÍA

  • Baxandall, Michael. La escultura del Renacimiento. Madrid: Cátedra, 2000.
  • Burckhardt, Jacob. La cultura del Renacimiento en Italia. Madrid: Alianza Editorial, 2014.
  • Gombrich, E. H. La historia del arte. Madrid: Debate, 2018.
  • Hall, James. Diccionario de temas y símbolos artísticos. Madrid: Alianza Editorial, 2003.
  • Paolucci, Antonio. Donatello. Madrid: Akal, 2008.
  • Pope-Hennessy, John. La escultura italiana del Renacimiento. Madrid: Cátedra, 2001.
  • Schlosser, Julius von. El arte del Renacimiento. Madrid: Alianza Editorial, 1992.
  • Varela Bravo, Ramón. Iconografía cristiana. Madrid: Ediciones Encuentro, 2008.
  • Varazze, Santiago de la. La Leyenda Dorada. Madrid: Alianza Editorial, 2016.




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Pintura

Circe Invidiosa

COMENTARIO HISTÓRICO-ARTÍSTICO CIRCE INVIDIOSA

ANÁLISIS FORMAL

Nos hallamos ante uno de los cuadros más famosos del célebre pintor John William Waterhouse (Roma, 6/4/1849- Londres, 10/2/1917).

Se trata de una obra ejecutada en formato vertical en la que se desarrolla una escena de exterior, concretamente, en una ensenada; y dividida en dos planos compositivos bien diferenciados, regidos por el juego de líneas verticales, diagonales y ondulantes que guía el ojo del espectador por la obra.

En el primero, observamos unas hipnotizantes aguas cristalinas en las que se yergue, sobre una figura monstruosa, la imponente figura de una hechizante y sensual mujer. Si nos fijamos en ella, detenidamente, contemplamos como con gesto reverencial y concentrado, potenciado este con la cabeza gacha y la mirada penetrante, está vertiendo, controladamente, un líquido contenido en una enorme vasija semicircular de cristal, que sostiene entre sus manos de forma ceremonial, sobre el monstruo que se retuerce bajo sus pies.

En cuanto a la indumentaria, la dama viste una espectacular túnica de tirantes, con estampado de ojo de pavo real, y entallada a la cintura mediante una cinta que no se percibe, debido a la caída del tirante derecho sobre el pecho que oculta la cinta de la cintura, mientras que el izquierdo se mantiene firme sobre el hombro. Completa el atuendo su peinado, llevando suelta su preciosa cabellera, dividida al medio por una raya.

Creando el perfecto photocall en el que se enmarca la figura femenina, tenemos el segundo plano que lo componen las aguas cristalinas; las ondulantes formaciones rocosas; y la frondosidad del follaje de la ensenada en la que se desarrolla la acción.

Cromáticamente, a pesar de ser una escena diurna, es un cuadro con una luminosidad un tanto tenue debido a la paleta usada, donde la oscuridad de los marrones oscuros del follaje y las formaciones rocosas de la ensenada; y los negros de las sombras, conjugan bien con el electrizante verde del líquido de la vasija; el amarillo dorado del estampado de la túnica; los blancos y naranjas de las carnaciones; los rojos y rosáceos del rubor del rostro; y los diversos azules de las aguas y la túnica.

Llegados a este punto cabe preguntarse, ¿Quién es ella y qué está haciendo?. Pronto lo sabremos.

Visión general de la obra

ANÁLISIS ICONOGRÁFICO

“Cuando nací, el nombre para lo que era no existía”.

Circe, Madeline Miller

Respondiendo a los interrogantes planteados anteriormente, quien aparece representada es ni más ni menos que la maga Circe del mito Circe, Escila y Glauco, narrado por el poeta Ovidio en Las Metamorfosis, que nos relata la historia de como la hechicera Circe, cegada por los celos, transforma a su adversaria, la ninfa Escila, en un monstruo marino porque Glauco despreció el amor de la maga por querer el amor de su rival.

Un mito que fue plasmado, en numerosas ocasiones, por uno de los grandes exponentes de la plástica británica de finales del siglo XIX: John William Waterhouse.

Fotografía de John William Waterhouse

Nacería en Roma en el seno de una familia de artistas, ya que su padre también fue pintor y estaba trabajando como copista en la ciudad eterna en el momento de su alumbramiento. De su vida personal, nada se sabe, y los pocos datos existentes sobre ella son los relativos a su regreso a Inglaterra cuando era muy pequeño y su formación como artista, que comenzaría en el taller paterno en Leeds y que proseguiría con el ingreso en la Royal Academy Schools de Londres en 1870, institución que lo consagraría como artista, pues le brindó la oportunidad de exponer sus obras regularmente entre los años 1885-95, y le nombraría miembro de pleno derecho en 1895. También se conocen sus continuos viajes por el continente, donde destacó su periplo por Italia, que contribuirían a su enseñanza artística y a su evolución estilística, ya que es un pintor que no se puede definir por un único estilo.

Si observamos atentamente su producción pictórica, encontraremos en ella la convergencia de una gran amalgama de estilos como pueden ser: el Neoclasicismo victoriano de Alma-Tadema y sir Frederick Leighton; el Romanticismo; el Prerrafaelismo, ya que se le consideró como el último prerrafaelita; o la pintura francesa. Estilos que, salvo el Neoclasicismo, se pueden advertir en la obra:

-Del Prerrafaelismo toma prestado:

Dibujo preparatorio a carboncillo y lápiz del rostro de Circe Invidiosa, John William Waterhouse
  • El detallismo que queda patente en la recreación de la cabeza de la maga, donde se refleja la formación clásica del autor, ya que realizó numerosos estudios previos de la misma.
  • El colorido, compuesto por tonos vibrantes y brillantes propios del estilo e inspirados en los colores de las aguas y las tierras dela costa amalfitana y Capri, fruto de la estancia del pintor en Italia.
  • La temática, donde, siguiendo la estela del artista prerrafaelita Burne-Jones, se decanta por la literatura clásica. En lugar de escoger La Odisea del poeta griego Homero, puesto que Circe era un personaje de dicha historia, se basó en un fragmento del mito recogido por el poeta romano Ovidio en el libro XIV de sus Metamorfosis, siendo el trozo plasmado este:

» […]Pequeño había un abismo, ensenado en curvos arcos, grato descanso de Escila, adonde ella se retiraba del hervor del mar y del cielo, cuando muchísimo en mitad de su orbe el sol era y mínimas desde su vértice hiciera las sombras. Éste la diosa previamente lo malogra, y con venenos hacedores de portentos lo inquina. Aquí, exprimidos líquidos de una raíz dañosa asperja, y, oscuro, del rodeo de sus palabras nuevas, en tres novenas la canción largamente murmura con su mágica boca. Escila llegó y hasta el vientre en su mitad había descendido, cuando desfigurarse sus ingles merced a monstruos que ladraban contempló y, al principio, creyendo que no aquellas de su cuerpo eran partes, rehúye y espanta y teme las bocas protervas de los perros, pero a los que huye consigo arrastra a una, y el cuerpo buscando de sus muslos, y piernas, y pies, cerbéreos belfos en vez de las partes aquellas

encuentra […]»[1].

  • Y el modelo de mujer. Aquí nos presenta su prototipo habitual de mujer de gran sensualidad, pero llevándolo un paso más allá, al plantearnos la visión de una mujer que exuda poder y de la que queremos descubrir todos sus secretos, invitándonos a explorar la procedencia de esta diosa, para algunos críticos, hechicera, para otros, que poseía el poder de la transformación con el uso de plantas venenosas.

-Del Romanticismo, la exaltación sentimientos que se puede apreciar tanto en el cromatismo utilizado, que enfatiza el aura amenazante y místico que rodea al cuadro, como en la gestualidad del rostro, que evidencia las emociones que siente la maga, donde los celos y el despecho, reflejados en su faz mediante esa mirada penetrante, la llevan a ejecutar el malévolo y litúrgico acto de envenenar el agua para que Escila y Glauco no puedan amarse.

-Y de la pintura francesa, la tipología de pincelada, caracterizada por ser gruesa, debido al empleo del empaste a la hora de construir ciertos elementos de la composición como, por ejemplo, la elaboración de los cabellos de la hechicera.

A modo de conclusión, debemos decir que la pintura que vemos hoy es una versión retocada, pues antes de enviar la obra a la Art Gallery of South Australia de Adelaida, donde se conserva, el autor cambió varios aspectos de la composición:

  • Suavizó el patrón de ondas que formaba el agua en superficie.
  • E hizo la serpenteante cola del monstruo menos visible y más siniestra.

[1] Líneas 52-65 del Libro XIV de Las Metamorfosis de Ovidio, Madrid, 2018.

CURIOSIDADES

Como curiosidad, debemos comentar que la obra tuvo una tibia acogida por el público cuando fue adquirida por la Art Gallery of South Australia de Adelaida en 1892. De hecho, la prensa, en concreto el Daily Telegraph de 1893, escribió que la pintura repelía en lugar de atraer al turista promedio por el aura oscuro que transmitía. Pero eso ha cambiado en la actualidad, ya que es uno de los cuadros más queridos y reproducidos del museo. 

BIBLIOGRAFÍA Y WEBGRAFÍA

-ARIAS ANGLÉS, Enrique y RINCÓN GARCÍA, Wifredo, Historia Universal del Arte, Vol. 9, Del Romanticismo al Modernismo, Madrid, 1996.

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Catedral de Santiago de Compostela

COMENTARIO HISTÓRICO-ARTÍSTICO DE LA CATEDRAL DE SANTIAGO DE COMPOSTELA

Si preferís el formato videográfico al escrito, os dejamos aquí abajo los enlaces a los dos vídeos de YouTube que tenemos en nuestro canal sobre la Catedral de Santiago de Compostela. Debajo de ellos, comienza el artículo para quienes gusten más de leer.

CONTEXTO HISTÓRICO-ARTÍSTICO

“En esta iglesia, en fin, no se encuentra ninguna grieta ni defecto; está admirablemente construida, es grande, espaciosa, clara, de conveniente tamaño, proporcionada en anchura, longitud y altura, de admirable e inefable fábrica, y está edificada doblemente, como un palacio real. Quien por arriba va a través de las naves del triforio, aunque suba triste se anima y alegra al ver la espléndida belleza de este templo.” (Liber Sancti Iacobi, Codex Calixtinus, V, 9)

Con esa descripción refiere el autor del Liber Sancti Iacobi la magnificencia de la Catedral de Santiago de Compostela hacia 1137, fecha en la que se compuso el texto. El extracto se encuadra, precisamente, en el capítulo IX del libro V, catalogado como una verdadera “Guía del peregrino”, quizás la primera guía turística de la que tengamos noticia. Este pasaje suele ser citado con bastante frecuencia por los especialistas de la materia tanto por la belleza de las palabras escogidas como por el valor documental y testimonial del texto, escrito por alguien que, además de ser versado en asuntos de la Iglesia, conoce muy bien el lenguaje de la arquitectura de la época.

Vayamos a lo más básico antes de ahondar en el contexto histórico-artístico que puso al alcance de Compostela los medios y fuerzas necesarias para la erección del conjunto catedralicio, si bien, como irá comprobando el lector, este es fruto de diversos contextos, aunque ahora nos centremos en el originario y principal: “los medievales eran medievales, pero no imbéciles”. Esta frase me la dijo en la primera clase de la asignatura “Historia medieval” el doctor Martín Alvira Cabrer, versado conocedor de la realidad histórica que vertebra el milenio medieval desde el difuso inicio en la Antigüedad Tardía hasta el paso a la Edad Moderna, que tiene en 1492 un taxativo horizonte cronológico.

¿Por qué traer a colación una sentencia así en este artículo? Por desgracia, aún existe un amplio porcentaje del público general que sigue viendo y aludiendo al Medievo como un periodo de oscuridad que trajo, entre otras consecuencias, barbarie bélica, obstáculos para el progreso científico, masacres indiscriminadas y un notorio retroceso en los campos del Arte y la cultura, sobre todo en relación con el periodo que le precede, la dorada Antigüedad clásica, y el que iba a sucederle, el siempre alabado Renacimiento. Pues bien, ni este fue un periodo absolutamente rosa, como ha hecho creer la literatura, ni la Edad Media una era oscura de sangre, injusticia y atraso: si comparamos las cifras de mortalidad de este periodo con nuestra Edad Contemporánea, aquel queda, digámoslo claramente, en pañales ante la Segunda Guerra Mundial.

Siempre que escucho a alguien decir cosas del tipo “la Edad Media fue una época bárbara en la que sólo se sabía matar”, yo les digo: si tan oscura fue, ¿por qué en el seno de su vasta historia tuvo cabida el periodo artístico de la luz por excelencia, el Gótico? Y ahí ya no saben qué contestar, tan solo les queda reconocer que están errando en su visión de este periodo de la historia humana, igual que se erra al afirmar que las pirámides de Guiza son producto de una sociedad esclavizada por faraones tiránicos, bulo que ya tuve ocasión de desmentir en el artículo que publiqué en septiembre.

Hoy es nuestra tarea desplazarnos a los siglos centrales del Medievo para dar cuenta de cómo en esta época ni hubo retroceso cultural, ni parón artístico, ni ninguna de las pamplinas que a fecha actual siguen difamando el buen hacer de estas centurias. La propia catedral compostelana debiera valer para echar por tierra todos esos bulos, y más todavía el estilo bajo el que fue concebida, el Románico, que constituye el primer estilo internacional en Europa tras la deposición del emperador Rómulo Augústulo en el 476 y, con ello, la consecuente caída de la Pars Occidentalis. El propio nombre “románico” ya nos habla de una coyuntura en la que el mundo romano va a estar presente, no en tanto que modelo a continuar, como sucedió en el Arte carolingio, sino en tanto que modelo en que inspirarse para luego evolucionar por su propio paso.

Mapa político de Europa hacia el año 1000. Euratlas

Frenadas definitivamente las invasiones externas, siendo un hito clave la victoria de las tropas otonianas contra los magiares en la Batalla de Lechfeld (955), las estructuras políticas del Viejo Continente comienzan a auspiciar un periodo de bonanza económica, comercial y cultural gracias a que ya no son presa de continuos saqueos ni deben destinar grandes cantidades al engrosamiento de los cuerpos militares. Es así que el horizonte cronológico del Arte románico, encuadrado entre el 1000-1200 aproximadamente, hizo posible la promoción general de grandes obras que llevan su sello; si ya sois veteranos en cuestiones historiográficas, sobra decir que lo que catalogamos como románico tuvo ya unos primeros fenómenos antes del año mil y manifestaciones inerciales pasado el siglo XIII y más allá.

Este “retorno al orden” (utilizando la famosa expresión referida a las corrientes neofigurativas de las vanguardias del siglo XX) conllevó, además de lo apuntado, la unidad de la Cristiandad occidental, ganando una fuerza imparable su máximo representante, el Papa. Esto es lo que motiva que comiencen a plantearse y desarrollarse plenamente una serie de reformas en el aparato eclesiástico, destinadas a implantar masivamente el rito romano por todo el continente, así como en las reglas monásticas, donde va a tener un papel protagonista la orden de Cluny, que desde Borgoña va a promover fundaciones en buena parte de Europa occidental.

En esta misión unificadora del cristianismo era necesaria, de cara a la correcta ejecución del rito romano, una estructura adecuada que fuera capaz de cubrir todas sus necesidades, y es ahí donde entra en juego el Románico, ya que “la cronología de la reforma litúrgico-monástica coincide exactamente con la introducción del nuevo estilo” (BANGO, 1989, p. 34). La difusión de esta nueva manera de hacer arquitectura, que pronto alcanzaría a los otros estratos artísticos, en especial la escultura y la pintura, tuvo su epicentro en la región italiana de Lombardía, que dio las trazas de lo que se denomina Primer románico o Románico lombardo, desde donde irradió al sur de Francia y los condados catalanes y aragoneses, única región hispana donde se desarrolló esta primera fase estilística, habría que esperar al Románico Pleno para que se extendiera por todo el territorio “reconquistado” (BANGO, 1989, p. 74).

Se va asimilando así, de forma paulatina, un lenguaje plástico común, una koiné que, no obstante tener rasgos comunes que permiten su identificación estilística, tuvo desarrollos locales diferentes entre sí, adaptándose a las exigencias que unas tierras y otras pedían. Es así que, de la unidad imperial romana, nace la variedad románica (CONANT, 1982, p. 37), o, como la nombra el catedrático Isidro Bango Torviso, la “complejidad románica” (BANGO, 1989, p. 6). Dentro de esa multiplicidad de “escuelas regionales”, como muchas veces se las denomina en la bibliografía, se identifican estilemas genéricos que han posibilitado una subdivisión del Románico en tres fases sucesivas: el ya mencionado Primer románico (ca. 1000-1050), el Románico Pleno (ca. 1050-1150) y el Románico Tardío (ca. 1150-1200).

Mapa de la expansión del Románico por Europa. Urbipedia

Uno de los mayores logros que alcanza la arquitectura románica a nivel general es el abovedamiento completo de los edificios, si bien en algunas regiones como Italia se siguen empleando las tradicionales cubiertas de madera. El sistema abovedado fue una de las características más notorias del Arte romano, el cual no solo es adoptado por los arquitectos románicos, sino también y sobre todo perfeccionado, constituyendo este el principal rasgo distintivo frente a la arquitectura carolingia (CONANT, 1982, p. 37). La pauta más común de abovedamiento de las grandes iglesias románicas va a ser el uso de medio cañón sobre arcos fajones en la nave central y aristas en las laterales, y precisamente ese modelo es el que veremos en la catedral compostelana.

Unido al abovedamiento general de los edificios, hito que corresponde especialmente al Románico Pleno, se suma un pleno interés en su perfecta articulación estructural, lo que da lugar a la creación del tramo, unidad básica de medida del edificio románico cuyo espacio es delimitado en el interior por los arcos fajones de las bóvedas, los arcos formeros que separan las naves, los pilares compuestos y, en el exterior, por los contrafuertes, generando ello una efectiva traba funcional. El tramo es, sin duda, la mayor innovación del Románico, condensa la esencia del estilo y sus aportaciones a la historia de la arquitectura serán altamente tenidas en cuenta hasta finalizar la Edad Media (DURLIAT, 1982, p. 51).

El fenómeno del Románico Pleno, partiendo de las conquistas del Primer Románico, alcanzó a una mayor cantidad de territorios europeos, en los cuales, como ya hemos indicado, los sabores locales, los intereses de sus respectivos promotores, las posibilidades económicas y el determinado peso de unas tradiciones u otras marcaron la existencia de variantes regionales a partir de un mismo sustrato. Una de las zonas alcanzadas, la que justo nos interesa, es el Reino de León, que va a encabezar, junto al Reino de Aragón, la “renovación cultural que dará madurez al románico pleno” (CASTIÑEIRAS, 2005, p. 82).

La expansión de esta etapa central del Románico halla una fructífera vía en los caminos de peregrinación a las principales ciudades santas del momento, que eran Roma y Jerusalén, a las que bien pronto habría de unirse Santiago de Compostela. Si bien este no fue el único medio de difusión de las nuevas formas estilísticas que afloraban en Europa, es innegable el protagonismo que tuvieron estos espacios en el intercambio, innovación y producción artísticas, destacando, sobre todo, el papel del Camino de Santiago, que ya estaba perfectamente definido en el primer tercio del siglo XI, en tiempos del rey navarro Sancho III, “el Mayor” (CASTIÑEIRAS, 2005, pp. 89-90).

Mapa político que traza los caminos de Santiago de Europa occidental y las ciudades por las que discurren. Wikimedia Commons

“La piedad y los caminos abiertos favorecieron extraordinariamente a la arquitectura en la segunda mitad del siglo XI” (CONANT, 1982, p. 171), afirma el historiador de arquitectura medieval Kenneth John Conant en su libro Arquitectura carolingia y románica (800-1200), especialista que, por cierto, presentó en 1925 su tesis La historia de la arquitectura temprana de la Catedral de Santiago de Compostela;qué bien luce todo lo bien hilado. Se tienen noticias de peregrinaciones a Santiago ya desde el 844, mas sería a partir del siglo XI cuando estos caminos se convirtieran en masivas vías de comunicación a nivel europeo, con etapas bien marcadas y jalonadas por una serie de edificios, como monasterios u hospicios, para acoger a los cansados peregrinos que caminaban miles de kilómetros para venerar los restos del santo jacobeo.

El mismo Conant efectúa en la susodicha obra un paralelismo con el mundo contemporáneo que hará más fácil la comprensión del fenómeno de las peregrinaciones en los siglos centrales del Medievo: la organización de la distancia de los tramos e hitos que marcaban el tránsito hacia Compostela y permitían el descanso del viajero hace pensar en la existencia lógica de un mutuo acuerdo entre quienes regentaban dichos establecimientos, al igual que sucede hoy en día en las vías de servicio de las carreteras (CONANT, 1982, p. 173). En la promoción y dirección de estos espacios jugó un papel relevante, sin duda, la orden cluniacense, que, como ya indicamos, va a protagonizar una de las más importantes reformas monásticas de Europa Occidental en este periodo.

Es así como seguramente penetrara el bagaje internacional del Románico en tierras gallegas, concretamente coruñesas, en el preciso horizonte del año 1067, cuando se documenta la reformulación estilística de la iglesia monástica de San Antolín de Toques (VALLE, 2013, p. 60). Pronto habría de desencadenarse, hacia el 1075, el inicio de la gran obra por excelencia del románico coruñés, que si bien, como dicen sus estudiosos, apenas ofrece soluciones complejas en sus exteriores (VALLE, 2013, p. 53), va a tener en la catedral santiaguesa, además de la máxima cumbre de toda su historia, el referente por antonomasia de otras tantas fundaciones de la primero diócesis y luego archidiócesis de Santiago.

Iglesia de San Antolín de Toques, Galicia. Wikimedia Commons

El impulso necesario para construir una obra de tal calibre, cuyas obras se prolongaron desde el 1075 hasta la definitiva consagración de la catedral el 21 de abril de 1211, vino dado por unos agentes que aportaron la idea y la financiación necesaria para que saliera adelante la fábrica. Además de los propios obispos, como Diego Peláez y Diego Gelmírez, y los reyes que se sucedieron en estos 146 años, desde Alfonso VI hasta Alfonso IX, cabe integrar en esta lista a los diversos arquitectos que dieron forma a un proyecto que desde el inicio estuvo firmemente consolidado, pensado y organizado, dándole remate al conjunto por el lado occidental el afamado Maestro Mateo, quien, como veremos, encumbró un edificio centenario con el exquisito Pórtico de la Gloria. Tiempo al tiempo, estos nombres darán prueba de su trascendencia.

Antes de meternos en el análisis, y emulando lo que llevamos a cabo en el artículo sobre las pirámides de la meseta de Guiza, van a resultar de gran aporte nutritivo unas pinceladas sobre la organización laboral imperante en tiempos románicos, aquella que hizo posible el levantamiento de las monumentales catedrales que definen el skyline de muchas ciudades históricas europeas. Cuando abordamos catedrales, los promotores son por lo general el obispo o el arzobispo, y el cabildo, mientras que el abad es quien está detrás de una fundación monástica; en ambos casos, suelen contar con el patrocinio regio, cuyas donaciones económicas son fundamentales para la obra.

Precisamente así se llamaba el órgano gestor de la construcción, Obra o Fábrica, que contaba con rentas propias administradas, junto a las donaciones reales, impuestos eclesiásticos como diezmos y primicias, limosnas de almas caritativas, parias de los musulmanes y otras fuentes de riqueza, por el operarius, función que, a veces, podía desempeñar el propio arquitecto. A este se le denomina en las fuentes primarias magister operis, literalmente “maestro de la obra”, que goza de gran prestigio social dada la envergadura de la labor que acomete; según la región y su estatus, este podía recibir en su formación ciertos conocimientos científicos, como geometría o aritmética, mas lo normal era que, una vez culminado su aprendizaje práctico, viajara por diversos núcleos de población para que sus servicios fueran contratados y pudiera, acto seguido, conformar un taller artístico en la zona.

El corpus teórico y técnico de la obra, por ende, venían de su mano, pero en obras de cierta envergadura requería de capataces para supervisar los diferentes equipos de canteros y albañiles, igualmente formados con un maestro y que, en las fundaciones religiosas, que constituían el groso del porcentaje de la arquitectura románica, eran alimentados por el clero. Se piensa que, al igual que ocurrirá en la arquitectura gótica, los trabajadores operaban en cuadrillas itinerantes, prueba de las cuales son las marcas de cantero de los sillares, pero la idea de que las iglesias medievales fueron construidas por monjes peregrinos es una fantasía romántica; lo que sí es cierto es que los miembros de la jerarquía eclesiástica podían tener nociones de arquitectura, como comprobamos con el autor del Liber Sancti Iacobi.

ANÁLISIS COMPOSITIVO Y FORMAL I: HASTA LA OBRA ROMÁNICA

DE LAS BASÍLICAS PRERROMÁNICAS A LAS OBRAS DEL OBISPO DIEGO PELÁEZ (1075-1088) Y EL MAESTRO ESTEBAN (1094-1101)

“La posesión de un simple fragmento del cuerpo de un mártir tiene un valor difícil de imaginar en nuestro tiempo. Significa la apropiación de una fuente espiritual de unos poderes ilimitados en todo sentido. Son las reliquias las que confieren a las iglesias su carácter sagrado, hasta el punto de que no podía concebirse su consagración o dedicación sin ellas. Gracias a su intercesión se buscaba el contacto con el más allá y una protección e intervenciones milagrosas (DURLIAT, 1982, p. 38)”

Marcel Durliat, reconocido medievalista que publicó amplios estudios sobre el Románico, así nos habla del papel protagónico que adquirieron las reliquias de santos en la Edad Media en su libro El arte románico de 1982, referencia capital y obligatoria a quien desee penetrar en los secretos y pormenores de esta etapa de la Historia del Arte. No nos extraña, por ende, que la fuerza espiritual y protección sagrada emanadas de los huesos del apóstol Santiago el Mayor, hallados por el obispo de Iria Flavia Teodomiro hacia el 820-830 tras advertirle el ermitaño Pelayo de unas misteriosas luminarias, fuera a marcar el inicio de uno de los fenómenos cruciales desde el Medievo hasta ahora: la peregrinación a Santiago de Compostela. Ahora bien, no hubo solo parámetros religiosos involucrados en el apogeo que derivaría en la construcción de su suntuosa catedral.

Miniatura del Tumbo A de la Catedral de Santiago de Compostela que narra el descubrimiento de la tumba del apóstol Santiago por el obispo Teodomiro. Museo Catedral

Esa monumental iglesia cuyas torres-campanario, hoy barrocas, rompen armónicamente los celajes de aquellas “terras galegas” que exaltara la poetisa compostelana Rosalía de Castro en sus versos, en sus orígenes fue una modesta basílica mandada erigir por el rey Alfonso II, “el Casto” (791-842), que supuso la introducción en Galicia del Arte prerrománico asturiano (PEIRÓ, 2024, p. 41). Esta primigenia fábrica pronto hubo de ser sustituida por otra de Alfonso III, “el Magno” (866-910), dado el crecimiento de la comunidad a la que servía y los peregrinos que acudían a venerar los restos apostólicos, ejecutándose así un nuevo templo basilical de tres naves y testero recto iniciado hacia el 872 y consagrado con seguridad el año 899.

Durante casi un siglo, la basílica prerrománica llevó a cabo su cometido sin mayores percances, de manera ininterrumpida, pero en agosto del 997 Almanzor, temido visir del califa andalusí Hisham II, lanzó una de sus conocidas aceifas contra Compostela, destruyendo el templo alfonsino a su paso, aunque parece que, pese a ello, respetó el sepulcro del apóstol. Conta viento y marea, y en lo que, según parece, fue un tiempo récord, la fábrica fue reconstruida en tiempos de los monarcas leoneses Bermudo II, “el Gotoso”, y Alfonso V, “el Noble” (PEIRÓ, 2024, p. 43).

Maqueta de la basílica prerrománica de Santiago de Compostela erigida en tiempos de Alfonso III, “el Magno”. Museo de las Peregrinaciones y de Santiago

Hacia el último tercio del siglo XI, una serie de condicionantes harían necesaria la planificación de un templo de mayor envergadura, no solo relacionados con el empequeñecimiento del aforo debido a la cada vez más masiva afluencia de peregrinos, sino también debido a la necesidad de modernizar la vertebración del espacio martirial de las reliquias jacobeas con el espacio de culto, ya que por entonces existía un dominio compartido entre el obispo de la diócesis y otras instituciones religiosas (BANGO, 2013, p. 947). El progresivo auge en importancia de Compostela como centro sagrado de peregrinación, más teniendo en cuenta que los restos venerados son de uno de los apóstoles más queridos por Jesús, llevaría a los obispos a desplazar la cátedra episcopal de Iria Flavia a Santiago, acto que no se consumaría definitivamente hasta 1095, en que lo ratificara el Papa Urbano II.

En este contexto es destacable la figura del obispo Cresconio, uno de los grandes artífices del engrandecimiento de la sede compostelana, que convocó para ello una serie de sínodos que sientan las bases de la idea de erigir una magnífica catedral con que se reordenara la topografía monumental de la población en ciernes, pero había que clarificar antes el problema de la propiedad, que recaía sobre todo en los monjes de la comunidad de Antealtares (BANGO, 2013, pp. 948-949). Comienza aquí una de las cuestiones más delicadas y debatidas de la Catedral de Santiago de Compostela: la fecha de inicio de las obras, tema este, el de la cronología, que siempre es fuente de posturas enfrentadas en el seno de la comunidad académica medieval.

La totalidad de autores que han investigado sobre esta obra, y así consta en artículos y manuales, afirman que esta dio comienzo en los años del obispo Diego Peláez (1070-1088), que contaba con el beneplácito y apoyo económico del rey Alfonso VI, “el Bravo”, que accedió al trono tras encarcelar a su hermano, García de Galicia, en 1071, y que es ampliamente conocido en nuestra historia por ser el conquistador de Toledo en 1085. Sumando a ello su política de control del poder eclesiástico mediante el nombramiento arbitrario de clérigos fieles a su causa, se desencadenaría en 1087 una revuelta encabezada por el conde Rodrigo Ovéquiz en la que participó el propio Peláez, quien acabaría siendo encarcelado y depuesto un año después en el Concilio de Husillos.

Fue en la época de Peláez cuando se pasó en el Reino de León del rito hispano al rito romano que estaba imponiendo la Reforma Gregoriana, motivo por el que se celebra un Concilio Magno en enero de 1075 cuyas actas han suscitado teorías variopintas entre los especialistas: mientras que unos afirman que ese año comenzaron las obras catedralicias gracias a las parias obtenidas de Granada, que permitieron sufragar los ingentes gastos (NODAR, 2004, p. 35), otros piensan que, en verdad, estas serían un complemento para una obra que ya llevaba unos años gestándose (BANGO, 2013, p. 948). Esta misma fecha es la que señala una inscripción sita en la Capilla del Salvador.

Plano de la parte de la girola realizada durante la campaña constructiva de Diego Peláez, con los temas representados en sus capiteles. NODAR, 2004, p. 190

Otras fuentes dan fechas que varían un par de años a lo sumo, como la Historia Compostelana o el Códice Calixtino, que contiene el texto del Liber Sancti Iacobi: su autor indica que “La iglesia se comenzó en la era MCXVI (año 1078)” (Liber Sancti Iacobi, Codex Calixtinus, V, 9). En este panorama, es de vital importancia el documento intitulado “Concordia de Antealtares”, a fecha de 1077 (era 1115), que da testimonio de cómo el obispo Peláez, al planear su empresa catedralicia, hubo forzosamente de destruir la vieja iglesia de Antealtares, reservando las nuevas capillas para el culto de los monjes de aquella comunidad hasta que finalizaran las obras de la girola, elemento que encabeza esta primera campaña constructiva y que se articula en siete tramos cubiertos con bóvedas de arista.

Este deambulatorio, que permitiría a los fieles rodear el presbiterio y apreciar el sepulcro sin molestar los actos litúrgicos, es un elemento característico del llamado grupo de iglesias de peregrinación, un conjunto afín de cinco edificios donde ciertos autores clásicos del tema llegan a hablar de una “escuela de peregrinación”, aunque otros defienden que este desarrollo se dio en las grandes iglesias europeas en general, “sean de peregrinación o no” (BANGO, 2013, p. 951). El modelo que ofrecen es de un santuario de grandes dimensiones, pericia en las trazas y seguridad en su composición (CONANT, 1982, p. 174), con planta de cruz latina formada por nave central y tres o cinco laterales con tribunas, un espacioso transepto también con varias naves que permiten la circulación del peregrino por el perímetro hasta conectar con la girola, alrededor de la cual se abren absidiolos.

Plantas de las iglesias del “grupo de peregrinación”

Hasta que fuera construida la Puerta Francígena en el brazo sur del transepto, los peregrinos penetraban por la cabecera de la catedral a través de la Puerta de la Vía Sacra, que aún hoy se conserva, reservándose el clero el acceso por la Puerta de san Pelayo, ambas abiertas entre las capillas de la girola, solución constructiva única dentro de las iglesias de peregrinación (NODAR, 2004, p. 38). Tres de estas capillas están consagradas a las mismas advocaciones que en la antigua iglesia monacal de Antealtares (el Salvador, san Juan y san Pedro), aunando así tanto este culto como el de Santiago (NODAR, 2004, p.36); completan el ábside otras dos dedicadas a san Andrés y santa Fe, erigidas con posterioridad a la deposición de Peláez de la sede jacobea.

En el ámbito específico de la Capilla del Salvador, las labras de dos capiteles historiados llaman nuestra atención al figurar a dos personajes con filatelias en latín que permite identificarlos con el rey Alfonso VI y el obispo Diego Peláez. Ambos aluden a la fundación y conclusión de una obra, que seguramente sea la propia capilla a la que se adscriben y no tanto la catedral románica en su totalidad, pues para entonces solo se iba, como estamos comentando, por la cabecera (BANGO, 2013, p. 949).

Capiteles fundacionales de la Capilla del Salvador: a la izquierda, capitel de Alfonso VI; a la derecha, capitel de Diego Peláez. CASTIÑEIRAS, 2013, p. 971

Prosiguiendo con el análisis figurativo de los capiteles de la girola y las capillas radiales, principal soporte de la escultura monumental de la catedral hasta la apertura de las grandes puertas del transepto y los pies, es patente la presencia de animales en este conjunto. El doctor Victoriano Nodar Fernández, que centró el tema de su tesis en dichos capiteles, nos comenta en su libro de 2004 Los inicios de la catedral románica de Santiago: el ambicioso programa iconográfico de Diego Peláez que en este sector del templo Diego Peláez ideó un programa iconográfico de tipo homilético, es decir, una trasposición a piedra de un sermón religioso (NODAR, 2004, p. 48).

Tomando elementos de fuentes como el Fisiólogo (tratado pseudocientífico sobre animales reales y fantásticos, que a ojos de un habitante de entonces eran igual de verdaderos que los primeros), los bestiarios, las fábulas, la mitología grecolatina o la historia pagana, se proyecta hacia monjes y fieles una estampa de horror que les hace ver la presencia del mal en el mundo, contra la que ha de luchar continuamente el bien para mantenerla a raya. Salvando las distancias, la religión egipcia confiaba al faraón esta continua pugna contra las fuerzas del caos para salvaguardar el orden terrenal, pues en su cosmogonía el demiurgo no aniquiló completamente la oscuridad primordial.

Se ofrecía así a los receptores del mensaje de estos capiteles un contenido didáctico y moralizante que les instaba no solo a mantener una actitud vigilante, sino también a combatir el acechante pecado y sus tentaciones, pudiendo aspirar a la salvación mediante la penitencia, como dictaba la Reforma Gregoriana (NODAR, 2004, p. 84). El propio Nodar clasifica los contenidos particulares de estos capiteles en tres tipos distintos: animales de presa, donde se incluyen seres mitológicos como arpías, grifos, sirenas y dragones; escenas con presencia humana, de mayor carga narrativa, donde sobresale la ascensión a los cielos de Alejandro Magno y el castigo del pecado de la lujuria; y animales seriados, en especial leones y águilas, que evidencian un componente mayormente ornamental (NODAR, 2004, pp. 58-82).

Capitel de la girola del tipo “animales de presa” identificado con la fábula de la zorra y el ave. CASTIÑEIRAS, 2013, p. 973

Merece la pena detenerse un poco más en el susodicho capitel de Alejandro Magno, sobre todo por compartir espacio en la Capilla del Salvador con el que figura a Alfonso VI como rey-emperador, en el que lleva la filatelia latina. Dentro de la Iglesia, el emperador macedonio era visto como una encarnación manifiesta de los pecados del orgullo y la soberbia, pues estuvo muy apegado a los bienes terrenales en calidad de conquistador, hecho parangonable con la vida de Alfonso VI, quien recuperó, como dijimos, Toledo, pretérita capital visigótica. Encarcelado y depuesto Diego Peláez, esta iconografía alcanza su pleno significado: se está utilizando la vida de Alejandro Magno como exemplum para advertir al monarca leonés de que, si sigue ese camino, no se reunirá con Dios, sino con el Diablo (NODAR, 2004, pp. 87-89).

Capitel de la Capilla del Salvador que figura el episodio mítico de la ascensión a los cielos de Alejandro Magno. CASTIÑEIRAS, 2013, p. 972

Quizás en relación a este ejemplo moralizante que el obispo Peláez está dirigiendo Su Majestad se inserten los relatos que se esculpen en los capiteles de la pared de enfrente de la misma Capilla del Salvador. El situado justo delante del capitel de Alfonso VI figura una escena, posiblemente ligada también a la historia de Alejandro, en la que una sirena con dos colas, agarrada por dos personajes que parecen tirar de ella, en verdad podría estar hechizándolos con sus cantos; el que está en la diagonal, por su parte, dispone dos grifos afrontados ante un cáliz que simboliza el sacramento de la Eucaristía. El uso de animales mitológicos en un contexto cristiano es una clara alegoría de los vicios y los pecados, mas adquiere una nueva capa de lectura en relación con la soberbia monárquica, que se entromete en asuntos eclesiásticos (NODAR, 2004, p. 92).

Capitel de la Capilla del Salvador que contiene la escena de la sirena y los marineros. Victoriano Nodar Fernández

En cuanto a los directores de esta parte de la obra, el Códice Calixtino indica los nombres de Bernardo el Viejo y Roberto, a los que alude como “maestros canteros” que dirigirían a “otros cincuenta canteros poco más o menos” (Liber Sancti Iacobi. Codex Calixtinus, V, 9). Sus propios nombres, así como el estilo de las trazas de los capiteles de la cabecera, han llevado a los especialistas a dedicar ríos de tinta a rastrear su origen extranjero, mayormente de Francia, de la que procederían artistas en contacto con el Camino de Santiago que aportaron composiciones y formas de clara procedencia transpirenaica, sin caer por ello en la mera copia de modelos (NODAR, 2004, p. 129). El Calixtino, además, nos da el nombre de los operarius que administrarían las obras, Wicarto y Segeredo, así como del abad Gundesindo.

Con el mencionado encarcelamiento del obispo Diego Peláez en el 1087 y su deposición de la cátedra compostelana un año después, las obras de la catedral se ralentizaron en buena medida, sobre todo tras la marcha de los maestros Bernardo y Roberto. Una pequeña etapa de nuevos avances se dio con la llegada de un obrador a cargo del maestro Esteban, que trabajó en el templo santiagués entre 1094-1101, año en que dejó el puesto para dirigir la construcción de la Catedral de Pamplona. En estos años, Peláez residía en la Corte de Pedro I de Aragón y contaba con la amistad del obispo de Pamplona, Pedro de Rodez; teniendo en cuenta que este segundo taller es de origen navarro-aragonés, es bastante plausible vislumbrar al exobispo de Compostela manejando los hilos desde las sombras (CASTIÑEIRAS, 2013, p. 973).

Posible aspecto de la planta de la catedral durante la intervención del maestro Esteban. Wikimedia Commons

Seguramente su desempeño fue escaso, limitándose a rematar los muros perimetrales de la girola, en cuya conclusión fue también el artífice de las capillas poligonales de santa Fe y san Andrés, nota formal que supone la mayor novedad de este pequeño obrador. A él se deben también buena parte de los muros del transepto, al que se abren otras cuatro capillas más, dos por cada brazo, que antes de su marcha hacia la catedral pamplonesa debían estar, si no terminadas, sí en una fase muy avanzada (CASTIÑEIRAS, 2013, p. 974).

LA CAMPAÑA DE DIEGO GELMÍREZ (1101-1140)

Fue en ese mismo año de 1101 cuando sería nombrado obispo de Compostela Diego Gelmírez, figura fundamental no solo en la renovada dirección que adquiriría la fundación catedralicia, sino también por su infatigable presencia en la escena política leonesa. Para muestra de lo que decimos un botón: su insistencia le valió que en 1120 el obispado de Compostela adquiriera el rango de sede metropolitana, es decir, que evolucionara a archidiócesis, convirtiéndose Gelmírez en su primer arzobispo. Bajo su mando se entiende, por tanto, que “Un simple culto local de Galicia se transforma con rapidez en una de las devociones más importantes de Occidente” (DURLIAT, 1982, p. 38).

Gelmírez contaba con una sólida formación que le garantizó una red de contactos con que pudo emprender una serie de políticas para revestir su autoridad y, por extensión, la de toda la (archi)diócesis. A partir de la Reforma Gregoriana, todas las decisiones importantes que afectaran al orden eclesiástico habían de pasar necesariamente por el Papa, hecho del que era ávido conocedor, y, vinculándose a ello, intentó hacer prevalecer el poder religioso sobre la realeza leonesa, logrando, además del rango metropolitano, hacer de su jurisdicción su propio señorío independiente, sin injerencia del poder laico; el descontento popular y los intereses reales le valdrían a Gelmírez una bonita estancia entre rejas como a su tocayo Diego Peláez, aunque se mantuvo en sus trece al frente del señorío hasta su muerte en 1140 (PORTELA, 2013, pp. 32-33).

Previamente a todo ello, Gelmírez, en calidad aún de obispo, puso fin a la primera campaña de la catedral compostelana en 1105 consagrando las capillas de la girola y el transepto, cerrando así el capítulo iniciado por Peláez, al que durante mucho tiempo se tuvo en el olvido. Además de materialmente, quedó fijado por escrito este hecho tan importante en dos inscripciones ubicadas en los paños bajos de los muros laterales de la Capilla del Salvador, una de ellas indicando la primitiva fundación de la iglesia jacobea por Alfonso II de Asturias, la otra aludiendo a la consagración de estos altares treinta años después de iniciar las obras catedralicias en 1075 (NODAR, 2004, pp. 118-119).

Urna de plata de 1886 que alberga los restos del apóstol Santiago y de sus discípulos, Atanasio y Teodoro, en la cripta bajo el presbiterio. Wikimedia Commons

Entre las capillas consagradas destaca la Capilla Mayor bajo la que reposa el túmulo apostólico, cuya completa remodelación es una de las primeras grandes decisiones tomadas en esta segunda campaña de las obras. La mayor oposición con que se topó el nuevo obispo fue el hecho de decretar el derribo de un mausoleo que, supuestamente, había sido levantado por los propios discípulos de Santiago el Mayor, Atanasio y Teodoro, pero que, en los tiempos de Gelmírez y dadas las necesidades engendradas por un conjunto catedralicio, resultaba insuficiente a todas luces. Así pues, la cripta bajo el presbiterio se dejó intacta, mientras que la capilla superior que le hacía de baldaquino fue reconstruida y recibió un altar de mayores medidas (BANGO, 2013, p. 954), hoy engalanado por elementos de progenie barroca.

Planta completa de la catedral románica de Santiago de Compostela. Wikimedia Commons

Hecho esto, y partiendo de las trazas del transepto realizadas por el maestro Esteban hasta su marcha del obrador en 1101, se desarrolla la mayor etapa arquitectónica de la Catedral de Santiago de Compostela, que tan solo dejó inacabada la fachada occidental, luego concluida magistralmente por el Maestro Mateo. El magister operis de esta fase constructiva adoptó para las medidas un módulo que destila armonía por todos sus costados, por lo que, sí, va a tocar aplicar un poco de matemáticas básicas: la base modular es el ancho de un tramo de las naves laterales, al que llamaremos x; de ahí se saca el ancho de la nave central, que sería 2x, la altura de las naves laterales equivaldría a 2,5x, mientras que la de la central se elevaría a 5x y las tribunas a 1,5x (YZQUIERDO PERRÍN, 2013, p. 237).

Vista longitudinal de la nave central hacia el Altar Mayor desde la tribuna. Wikimedia Commons

Este sistema modular se traduce, a nivel estructural, en un perfectamente calculado sistema de empujes y contrarrestos. La nave central, cubierta con bóveda de cañón sobre arcos fajones, recibe los empujes de las bóvedas de cuarto de cañón de las tribunas, apeadas a su vez sobre las naves laterales, que se cubren con bóvedas de aristas. A nivel exterior, los puntos en que se concentran las descargas de pesos, que son, en esencia, los fajones, son recibidos por contrafuertes engatillados en sus extremos superiores por series de arcos de medio punto que permiten la apertura de ventanas que iluminan directamente las tribunas y las naves laterales e indirectamente la central. Estos contrafuertes están ausentes en el muro oriental del transepto, donde el arquitecto, “en un arranque de genio”, confío en el propio muro desnudo y las tribunas para contrarrestar los empujes de las bóvedas (BANGO, 2013, p. 961).

Los soportes de la zona del transepto alternan rítmicamente la sección cuadrada con la circular para recibir los diversos elementos sustentantes, como los arcos fajones de las bóvedas de cañón y de aristas, y los arcos formeros que separan las naves. En sus lados y esquinas se adosan columnillas con sendos capiteles, donde no volvemos a apreciar un programa iconográfico como el proyectado por Diego Peláez para la girola, sino que predominan motivos vegetales, zoomorfos y alguna que otra representación historiada, como el Castigo del Avaro del brazo norte. Este predominio atañe también a la nave central, a la que se abren las tribunas mediante una sucesión de bíforas enmarcadas por arcos de medio punto que conforman, así, un triforio.

Maestro de las Tentaciones, capitel del Castigo del Avaro del brazo norte del transepto, ca. 1101-1103. CASTIÑEIRAS, 2013, p. 983

Mientras se estaba construyendo el transepto, la vieja basílica prerrománica de Santiago seguía en pie, pero en 1112 se decreta su destrucción para poder avanzar hacia el cuerpo de naves. En ese lapso que va del nombramiento diocesano de Diego Gelmírez en 1101 hasta que se derruye el templo de Alfonso III, “el Magno”, se lleva a cabo la proyección arquitectónica y escultórica de las fachadas de los extremos norte y sur del transepto, conformadas por cuatro tramos cada una. Los dos centrales se reservan a sendas puertas, cuyos programas iconográficos, con hartos visos de probabilidad, parecen “haber desempeñado un importante lugar en el nacimiento del gran portal historiado románico” (CASTIÑEIRAS, 2013, p. 976).

Kenneth John Conant, reconstrucción gráfica del aspecto original de la Catedral de Santiago de Compostela

De estas dos portadas, solo conservamos la meridional, la Puerta de las Platerías, habiendo sido reemplazada la septentrional, llamada Puerta Francígena por ser el acceso principal de los peregrinos que venían por el Camino francés, por la Fachada de Azabachería en el siglo XVIII, que contemplaremos con detenimiento en la segunda parte del análisis. Para el posible aspecto de esta última, la detallada descripción de la “Guía del peregrino” del Liber Sancti Iacobi es idónea: estaba precedida por un atrio, llamado “paraíso”, donde se ubicaba una fuente de 1122, la Fons Mirabilis (cuya taza posiblemente sea la que está en el centro del claustro), presidida por una columna broncínea “de cuyo remate surgen cuatro leones por cuyas bocas salen cuatro chorros de agua” (Liber Sancti Iacobi. Codex Calixtinus, V, 9), y, en lo estructural, era semejante a la Fachada de Platerías.

El programa iconográfico de la Puerta Francígena, en base a los datos aportados por el propio Liber Sancti Iacobi, los relieves conservados y los trabajos de los especialistas, parecía estar focalizado en un friso superior con la historia de Adán y Eva (CASTIÑEIRAS, 2013, p. 978). Dichos relieves están actualmente en el Museo Catedral y la vecina Puerta de las Platerías, que tenía el tratamiento de puerta de la ciudad de Compostela, pues por ella discurría la mayor parte de la población y las entradas solemnes de importantes acontecimientos; amén de ello, era también la puerta de difuntos, pues delante de ella se extendía el viejo cementerio (BANGO, 2013, p. 962).

Reconstrucción 3D hipotética de la Puerta Francígena, generada en 2010 con motivo de la exposición Compostela y Europa. La historia de Diego Gelmírez

En lo arquitectónico, la Fachada de Platerías, quizás iniciada hacia 1103 según una dudosa inscripción en la jamba izquierda del ingreso de la derecha, consta de un piso bajo con doble vano de medio punto sustentado en once columnas, tres de ellas marmóreas, que alternan fustes lisos y entorchados, y sobre ellas apean las tres arquivoltas de cada acceso, que se retranquean en perspectiva y enmarcan sendos tímpanos. Por encima se extiende un friso rematado por una cornisa, sostenida por canecillos, que separa el nivel inferior del superior, donde se abren ventanas que iluminan la tribuna, encuadradas por arcos polilobulados y contenidas en estructuras de arquivoltas sobre columnillas acodilladas que emulan las del piso bajo.

Nivel inferior de la fachada sur del transepto de la catedral, propiamente la Puerta de las Platerías. Wikimedia Commons

La totalidad de todos los elementos descritos va a ser empleada para el desarrollo de un complejo programa de escultura monumental cuyo sentido iconográfico, no obstante, no puede leerse bien debido a los comentados añadidos, así como a una serie de desajustes entre estructura y escultura debido a cambios en el proyecto. A pesar de ello, y como quedó dicho, en las puertas del transepto compostelano se cifra una de las primeras grandes empresas para la configuración de la portada románica historiada. Aquí entra en juego la llamada aplicabilidad de los cuatro sentidos de la interpretación de las escrituras a la comprensión de las imágenes, un largo epígrafe obligatorio en los temarios de Arte románico que se refiere a la forma en que eran interpretadas las esculturas de soportes como portadas o capiteles por las personas de la época.

Nivel superior de la Fachada de Platerías. Wikimedia Commons

Quizás os suene la expresión de que las portadas románicas son “Biblias en piedra”, y hasta cierto punto esto es verdad, pero debemos tomar en consideración dos preguntas fundamentales: ¿a quiénes iban dirigidos estos programas iconográficos?, ¿podían todos leerlos de igual manera? Evidentemente, por las puertas pasaba todo el mundo, entonces su contenido iba dirigido al público general, no sucediendo lo mismo, por ejemplo, en los conjuntos conventuales, reservados a los monjes de la orden que los rigiera, constituyendo los claustros un rico soporte programático.

Con respecto a la segunda cuestión, debido al fructífero desarrollo de la narratividad visual que vemos en estos programas, las relaciones simbólicas y los motivos representados muchas veces no eran entendidos por el pueblo en su totalidad, dada la complejidad de su carga iconográfica y las altas tasas de analfabetismo imperantes. Para entender los niveles de lectura de las imágenes de los recintos sagrados, se siguen las enseñanzas de los exégetas medievales, que determinan cuatro sentidos: el sentido literal, que es, básicamente, la historia o elemento figurado; el sentido tipológico, centrado en las asociaciones entre pasajes del Antiguo y el Nuevo Testamento; el sentido moral, con el que el receptor aprende el mensaje que le permitirá seguir la senda del buen cristiano; y, finalmente, el sentido anagógico, el más complejo, ya que implica la abstracción del pensamiento humano para elevarnos hacia Dios.

Es evidente que los dogmas de la fe encuentran en la portada un enlace visual muy atractivo para el público en general y, en el caso de este tipo de iglesias, para los peregrinos en particular, que quedan seducidos por las bellas imágenes pétreas al igual que nosotros nos deleitamos en apreciar las cartelas de las marquesinas de cine (CASTIÑEIRAS, 2005, p. 102). De igual manera, resulta obvio que, al pensar los programas iconográficos, sobre todo los de entrañada complejidad, se aplica una jerarquía en el orden de lectura que concede mayor privilegio a unas partes que a otras, en especial a aquellas ubicadas a mayor altura y hacia el fondo, como son los tímpanos, que suelen contener el núcleo del mensaje que se quiere dar.

Con todo esto tenido en cuenta, podemos meternos con un poco más de profundidad en los entresijos de la Puerta de las Platerías, sin ahondar en todos los detalles para evitar extender el relato innecesariamente; recordemos, unas pinceladas, que hay más material que despachar. Si bien se documentan en la Puerta Francígena hasta cuatro artistas con estilos diferentes, todos identificados con la clásica fórmula de “Maestro de…”, indispensable cuando nos faltan sus nombres en la tradición documental, en Platerías se registran a su frente dos: el Maestro de las Tentaciones y el Maestro de la Transfiguración.

Fotograbado de Enrique Mayer Castro para el libro La Tumba del Apóstol Santiago de Manuel Vidal Rodríguez, publicado en 1924. Muestra el hipotético aspecto de la Fachada de Platerías previamente a remodelaciones posteriores, como la que implicó la Torre del Reloj.

Esto si las obras se hubieran desarrollado conforme al primer proyecto, dirigido por el primero de estos dos maestros, que concibió unos tímpanos más pequeños y espacios al modo de los de la Puerta Francígena. ¿Qué pasó? Que no se respetaron dichas trazas y se apostó por un segundo proyecto que diera mayor realce a los susodichos tímpanos, pero los relieves pensados para la propuesta previa ya estaban realizados (CASTIÑEIRAS, 2013, p. 981). ¿Conclusión? Al ejecutar las trazas, las esculturas no casaban con el nuevo marco y se tuvieron que rellenar los huecos con nuevas esculturas, sobre todo, del Maestro de la Porta Francigena, tradicionalmente conocido como Maestro de Platerías. Fácil de entender, ¿verdad?

Dibujos de Victoriano Nodar sobre los proyectos de la Puerta de las Platerías: arriba, reconstrucción hipotética del primer proyecto (1101-1103), nunca realizado; abajo, posible aspecto de la portada hacia 1111. CASTIÑEIRAS, 2013, pp. 982 y 985

El resultado de esos cambios de proyecto, unido a los añadidos procedentes de la desmontada Puerta Francígena en la era dieciochesca, nos han legado un rompecabezas de lastras relivarias que no se adaptan bien al marco, una de las leyes compositivas más reconocibles de la figuración románica. Vemos así piezas que sobresalen de los límites en que se intentan insertar, esculturas cuyas junturas se nota que no son autóctonas de esta portada y elementos iconográficos que, aunque reinterpretados en su nuevo contexto con gran acierto, se sabe que no eran parte del programa de Platerías. La improvisación en la marcha de estas obras, por tanto, dio al traste con un proyecto inicial perfectamente pensado y escuadrado por primar la apertura de unas entradas de mayor diámetro (CASTIÑEIRAS, 2013, p. 984).

Tímpano izquierdo de la Puerta de las Platerías. Wikimedia Commons

En base a todo lo comentado, olvidémonos de apreciar en la Puerta de las Platerías una unidad estilística, dadas las diversas manos que intervinieron, parte de las cuales fueron contratadas personalmente por Diego Gelmírez en su primer viaje a Roma en el 1100 (CASTIÑEIRAS, 2013, p. 977). El tímpano izquierdo acomete el tema de las Tentaciones de Cristo, entre cuyas labras sobresale una mujer portando una calavera a la que se refiere el Liber Sancti Iacobi en estos términos: “¡Oh cuán grande y admirable castigo de la mujer adúltera para contarlo a todos!” (Liber Sancti Iacobi. Codex Calixtinus, V, 9). Por su parte, el tímpano derecho se divide en dos mitades: la superior narra la Adoración de los Reyes, mientras que la inferior despliega escenas del Ciclo de la Pasión de Cristo, como el Prendimiento y la Flagelación.

Tímpano derecho de la Puerta de las Platerías. Wikimedia Commons

Intermediando con el friso hallamos ángeles trompeteros en las enjutas de los arcos, y ascendiendo por la parte central hallamos, en este orden, una pareja de leones, un crismón, quizás la figura de Moisés y, justo debajo de la figura de Cristo rey, Abraham; en estas piezas es muy palpable el desajuste proyectual, ya que sobresalen del marco al haberse reducido el espacio entre los arcos. En el friso como tal se planificó el despliegue del colegio apostólico al completo, del que se conservan nueve figuras, destacando, a mano derecha de Jesús, el Santiago entre cipreses, donde se trazó una inscripción que podría aludir a la coronación de Alfonso VII en la catedral compostelana. La reivindicación de Compostela como sede apostólica y metropolitana podría estar detrás de la elección del Apostolado en este segmento (CASTIÑEIRAS, 2013, p. 980).

Friso de la Puerta de las Platerías: arriba, mitad izquierda; abajo, mitad derecha. Wikimedia Commons

El conjunto escultórico se completa con otras tantas figuras y grupos en las columnillas que sustentan las arquivoltas y las jambas laterales, como la Creación de Adán, David músico o el Sacrificio de Isaac, así como con los relieves de la cornisa, compuesta de graciosos canecillos entre los que se alojan metopas y cobijas decoradas con rosetas. En conjunto, si la Puerta Francígena encarnaba el veterotestamentario Pecado Original de Adán y Eva, la Anunciación de su tímpano izquierdo prefiguraba la neotestamentaria Luz de Cristo que emana de los relieves de la Puerta de Platerías; en resumidas cuentas, un compendio completo de la caída y redención en la historia humana.

Escena de la Creación de Adán en la jamba izquierda de la Puerta de las Platerías. Wikimedia Commons

Pasando a otros elementos con que cerrar el extenso capítulo de la campaña compostelana de Diego Gelmírez, hay que hablar de las torres, nueve según la Guía del Códice Calixtino, con que “refulge magníficamente gloriosa la catedral de Santiago” (Liber Sancti Iacobi. Codex Calixtinus, V, 9), si bien, como dice a continuación, “parte está completamente terminado y parte por terminar”. Serían dos torres flanqueando cada brazo del transepto, otras dos para la debatida fachada occidental, otro par más para las cajas de escaleras ubicadas en las axilas, donde confluyen el transepto y el cuerpo de naves, y, finalmente, el cimborrio del crucero, lugar de intersección de la nave mayor longitudinal con la transversal; este fue sustituido por uno gótico.

Nuevamente nos resultan de interés las descripciones del Liber Sancti Iacobi en lo referido al mobiliario litúrgico “gelmiriano”, que comenta la existencia de un frontal de plata para el altar, con un “trono del Señor” en su centro; un baldaquino o ciborio para el Altar Mayor, rematado en su cúspide por la Santísima Trinidad; y tres suntuosas lámparas, obra también de fina platería, lista a la que cabría añadir un retablo argénteo, no citado en el Calixtino por ser posterior a su redacción, y un rico ajuar donado por el propio arzobispo, donde se incluían libros, cajas, vestiduras, cálices, etc. Nada de esto ha llegado a nuestro tiempo, ni tampoco las trazas de la reja que protegía este tesoro, pero es evidente la filiación romana de esta composición de altar mayor, adquirida por Gelmírez en sus dos viajes a la Ciudad Eterna (CASTIÑEIRAS, 2013, p. 987).

Reconstrucción 3D hipotética del Altar Mayor gelmiriano, generada en 2010 con motivo de la exposición Compostela y Europa. La historia de Diego Gelmírez

Aunque como tal no forma parte de la fábrica de la catedral, no podemos dejar este epígrafe sin mencionar el palacio arzobispal del flanco norte, también conocido como “pazo de Gelmírez” por haber instigado él su construcción. En verdad, lo que hoy vemos es en su mayoría de la segunda mitad del siglo XII y del siglo XIII, promoviéndose múltiples añadidos y reformas en la Edad Moderna que impiden apreciar su aspecto originario. Para acomodarse al espacio, cuenta con dos pabellones, uno paralelo a la fachada del Obradorio y otro occidental que surge como prolongación de esta (CARRERO, 2013, p. 1024), ambos unidos por una torre. Es preciso resaltar, al menos, el piso alto de este último, el salón de ceremonias, tanto por los nervios y claves de sus bóvedas de crucería como por las esculturas de las ménsulas en que apean, estilísticamente relacionables con el Pórtico de la Gloria.

Vista longitudinal del salón de ceremonias del palacio arzobispal compostelano. Turismo Santiago de Compostela

Según el Códice Calixtino, aunque planteando muchas y comprensibles dudas entre los expertos, “[…] desde el año que se colocó la primera piedra en sus cimientos (1078) hasta aquél en que se puso la última pasaron cuarenta y cuatro (años)” (Liber Sancti Iacobi. Codex Calixtinus, V, 9), es decir, las obras estarían terminadas en 1122. Mas, como ya leímos, el propio texto concluye el epígrafe de las torres de la catedral así: “Pero de todo lo que hemos dicho parte está completamente terminado y parte por terminar” (Liber Sancti Iacobi. Codex Calixtinus, V, 9). El debate está servido en el lapso que va desde aquel año de 1122 hasta 1168, fecha en la que aparece por primera vez el nombre del responsable de culminar la obra por la fachada occidental: el Maestro Mateo.

LA GUINDA DEL PASTEL: EL PÓRTICO DE LA GLORIA DEL MAESTRO MATEO (1168-1211)

En el arranque de este capítulo final de la obra románica de la Catedral de Santiago de Compostela contaremos con, cómo no, dos debates que harán de teloneros: la hipótesis de la existencia de una fachada occidental previa al Pórtico de la Gloria y la dificultosa biografía de su autor, el célebre Maestro Mateo.

Seremos concisos con la primera de las cuestiones: fue Kenneth John Conant quien formuló esta teoría por primera vez, y autores posteriores han intentado elaborarla con argumentos de toda clase. Ahora bien, lo cierto es que el Liber Sancti Iacobi, aun diciendo que “aventaja a las otras puertas en belleza, tamaño y arte”, que es “mayor y más hermosa”, y que “su obra es tan enorme que no cabe en mi narración” (Liber Sancti Iacobi. Codex Calixtinus, V, 9), todo lo que aporta sobre ella en términos tangibles es una mucho más pequeña descripción donde solo destaca un relieve de la Transfiguración en la parte superior. Aunque pudo existir un cierre occidental previo al pórtico mateano, es bastante poco probable que tuviera relieve alguno (CASTIÑEIRAS, 2013, p. 987).

Igual de breves habremos de ser en lo relativo al relato biográfico del Maestro Mateo que puede intentar construirse a través de la escasa documentación que menciona con seguridad el nombre ligado a quien remató la catedral santiaguesa. Las únicas referencias cronológicas precisas sobre su figura datan respectivamente del 23 de febrero de 1168 y del 1 de abril de 1188, ambas ligadas a la fábrica del Pórtico de la Gloria: la primera se refiere a un documento, titulado “Concesión de una pensión vitalicia al Maestro Mateo por Fernando II”, por el que se ofrece al maestro un pago anual por su trabajo, mientras que la segunda, transcurridos veinte años, se localiza en la inscripción de los dinteles de la portada, testimoniando que estos fueron colocados dicho día, y que, por tanto, el complemento escultórico debía estar acabado o casi.

Más allá de estas fechas, todo lo demás que pueda decirse del Maestro Mateo entra en el terreno de la elucubración, que abarca desde teorías dispares sobre su procedencia (León, Lugo, la propia Compostela, Francia…) hasta mitos populares, algunos de cariz trágico, como el que postula que le arrancaron los ojos para evitar que pudiera concebir una obra tan bella como el Pórtico de la Gloria (YZQUIERDO PERRÍN, 2005, p. 254). Nótese aquí el evidente parangón con aquella otra leyenda que reza que el zar ruso Iván IV, “el Terrible”, haciendo honor a su epíteto, extirpó las cuencas oculares de Póstnik Yákovlev, arquitecto de la Catedral de San Basilio de la plaza Roja de Moscú, una vez la hubo terminado, para que no pudiera volver a crear una arquitectura tan hermosa.

Desconocemos dónde trabajó antes de venir a Santiago de Compostela, pero sí sabemos, como se desprende de la concesión de 1168, que Mateo llevaba ya un tiempo trabajando en su obra magna, el suficiente como para adquirir el prestigio profesional necesario para recibir una pensión vitalicia por parte del monarca (PRADO, 2013, p. 993). Igualmente, se sabe con seguridad que pasaría sus últimos días viendo cómo aún no llegaba a su conclusión, que, definitivamente, se daría el 21 de abril de 1211, fecha de consagración de la catedral. De igual manera, no queremos meternos a sopesar si el maestro fue el arquitecto y escultor director del Pórtico de la Gloria, o si, como apuntan la mayoría de especialistas, fue en verdad el director del plan general de obras, el magister operis, dedicándose un nutrido taller a la labra escultórica.

Hechas las presentaciones del principal agente de esta última fase del templo gallego, y retomando el hilo histórico donde lo dejamos, a la muerte del arzobispo Diego Gelmírez en 1140 sucedió, haciendo las cuentas, un periodo de más de dos décadas en el que, si bien la fachada occidental ya estaba planificada desde inicios de la campaña gelmiriana, no se retomó su proyecto hasta la subida al trono leonés del citado Fernando II (1157-1188), hijo de Alfonso VII. Una de las políticas que marcaron su reinado fue la renovación de la alianza entre la monarquía y la sede metropolitana, lo que propicia una nueva dirección en las obras destinada a engrandecer todo el espacio catedralicio en base al intento de convertirlo, como ya intentara Gelmírez, en un “gran escenario de la liturgia política” (PRADO, 2013, p. 991).

La conclusión de las obras apremiaba, no ya por una mera cuestión de querer ver la obra terminada en todo su esplendor para poder consagrarla, sino por un tema de urgencia estructural, ya que la catedral se asienta en una peligrosa terraza con pendiente en dirección nordeste-sudoeste cuyo suelo mostraba una composición que provocó un deslizamiento de la fábrica construida (BANGO, 2013, p. 967): o actuaban ya o la naturaleza iba a privar a Santiago de Compostela de su magnífica catedral. Las dificultades topográficas a sortear serían hasta peliagudas para los arquitectos e ingenieros de nuestra era, y ahí llegó el Maestro Mateo, con su amplio bagaje intelectual, a resolverlas con destreza y, más importante, con gran originalidad.

Sección longitudinal de la Catedral de Santiago de Compostela que permite apreciar el desnivel de la cabecera hacia los pies, salvado por la cripta mateana. BANGO, 2013, p. 955

Para poder anclar el peso de la fábrica al suelo y, así, evitar nuevos capítulos de amenaza por desestabilización, era necesario salvar el desnivel con una potente cimentación que constituyera la plataforma sobre la que erigir todo el cuerpo occidental; si sois ávidos lectores de mis artículos o espectadores de sus versiones videográficas de YouTube, sabréis que la Mezquita de Córdoba frenó su ampliación hacia el flanco meridional en la fase de Al-Hakam II precisamente por un desnivel semejante que crece progresivamente hasta el Guadalquivir. Mateo adoptó una solución muy ingeniosa: aprovechar este ámbito subterráneo de los cimientos para alojar una cripta.

Esta cripta es el primer nivel del proyecto mateano, siendo los dos siguientes, que iremos analizando paulatinamente, la zona de los pies, lo que propiamente llamamos Pórtico de la Gloria, que sería el plano intermedio; y el remate de las tribunas. No existe unanimidad entre los especialistas a la hora de determinar si la obra de Mateo fue un producto completamente original o si, por el contrario, fue una remodelación de una estructura preexistente (VALLE, 2013, p. 64). Arquitectónicamente, es una versión a pequeña escala de la iglesia bajo la que se encuentra: tiene planta de cruz latina con deambulatorio y absidiolos para capillas, cubierto con unas incipientes bóvedas de crucería que apean en pilares cruciformes y cuadrados a los que se adosan columnas. Esto delata en Mateo una formación en Francia, donde debió asimilar las formas del Primer Gótico, las cuales combinará con la más selecta tradición románica.

Interior de la cripta del Maestro Mateo. Catedral de Santiago online

La decoración escultórica de este espacio inferior, llamado a veces “catedral vieja”, no se limita a capiteles y jambas, sino que hallamos también dos ejemplares en las claves de las bóvedas de crucería fundamentales para entender el complejo programa iconográfico ideado por Mateo. En estas claves se figuran a dos ángeles que portan, respectivamente, los astros solar y lunar, que, simbólicamente, iluminan el mundo terrenal, del que esta cripta sería un trasunto, por tanto. Esos astros desaparecen en el Pórtico de la Gloria, inspirado en la visión de la Jerusalén Celeste, donde la sola luz de Dios es necesaria, y, tras el final de los tiempos, todo quedará iluminado por el Cordero Místico (Agnus Dei) de la tribuna. Así, hallamos en conjunto una representación temporal que va, de abajo arriba, desde nuestro tiempo hasta la segunda venida (Parusía) de Cristo y, finalmente, la eternidad de la Jerusalén Celeste.

Claves de las bóvedas de crucería de la cripta mateana: arriba, ángel portando el Sol; abajo, ángel portando la Luna. Wikimedia Commons

Es así como ascendemos al Pórtico de la Gloria, hoy encajonado y oculto por la fachada barroca del Obradoiro, y donde apreciamos algo inédito hasta la fecha en la catedral: el uso de policromía cuya viveza cromática original, afortunadamente, fue muy bien restaurada entre 2008-2018, al hilo de la cual también se corrigieron las filtraciones de humedad y condensación. La riqueza de colores con que se revestían las ya de por sí vivas esculturas del pórtico acercaban el mensaje de su misión al espectador, a quien abrazaban y acompañaban en la estructura que le daría acceso al interior de la catedral.

Dicha estructura arquitectónica abarca los tres últimos tramos catedralicios, cubiertos por bóvedas de crucería, la del medio obviamente más ancha por corresponder a la nave central, cuyos nervios, claves y arcos formeros de separación se cuajan de florones bellamente esculpidos que enriquecen su factura, dejando los plementos lisos, al igual que en la cripta. Bajo ellos se cobija una triple portada de medio punto, contando con tímpano únicamente la central y con tres arquivoltas los laterales, y está sustentada por gruesos pilares en los que se adosa un doble piso de columnas y estatuas-columnas, tipología también incipiente en el ámbito hispano que alcanzará su pleno desarrollo en el Gótico.

Vista general del Pórtico de la Gloria

Este marco arquitectónico se convierte, gracias a la indudable destreza técnica e intelectual del Maestro Mateo, así como a su clara devoción cristiana, en un elaborado programa iconográfico, como hemos anticipado, centrado en la segunda Parusía de Cristo al final de los tiempos, tras la cual vendrá la Jerusalén Celeste. La metáfora de la portada como “Biblia en piedra” cobra aquí un sentido todavía mayor que en la Puerta de Platerías, por no decir que todo lo que vemos en este ámbito es fruto de una campaña continuada dirigida y pensada por una única cabeza al frente de un taller, por lo que, si bien veremos de nuevo variedad estilística, nada de otras puertas se ha insertado aquí, ni ha habido cambios de proyecto que produjeran desajustes entre la arquitectura y la escultura.

Antes de analizar las esculturas del pórtico como tal, debemos primero dar un paso para entrar en la catedral y contemplar una pequeña estatuilla a los pies del parteluz, popularmente llamada “Santo dos Croques”, y que podría tratarse de un autorretrato del Maestro Mateo. Se hace representar arrodillado, de frente, sosteniendo un báculo con la mano izquierda y señalando con la derecha al pecho, gesto donde radica una tradición iconográfica con bases bíblicas: Mateo, consciente de su papel y prestigio en la culminación de esta excelsa catedral en loor de Dios, se muestra como arquitecto sabio (sapiens architectus) cuya obra se fundamenta estructuralmente en su saber técnico e intelectualmente en su corazón, del que emana la capacidad creadora en su sentido más profundo y simbólico (PRADO, 2013, pp. 994-995).

“Santo dos Croques”, posible autorretrato del Maestro Mateo. Wikimedia Commons

Su figura se ubica, por tanto, al amparo de la segunda Parusía figurada en el frente del glorioso pórtico, que nos muestra la visión de la Jerusalén Celeste según el Apocalipsis de San Juan, ofreciendo así un mensaje apocalíptico y salvífico. Toda esta narración arranca de unos basamentos conformados por monstruos reales (osos, lobos y leones) y fantásticos, alegoría del Mal, de los vicios, sobre los que se impone el Bien, las virtudes. Destaca la base del pilar central, es decir, del mainel o parteluz, ya que representa a una figura central, de identificación dispar y nada clara, sujetando a dos leones con fauces abiertas a sus lados, a los que está domando; de nuevo, la bondad puede a la maldad. Curiosamente, estas fauces conectan con el nivel de la cripta.

Basamento del soporte central del Pórtico de la Gloria, que figura a un hombre entre bestias leoninas. Museo Catedral de Santiago

Reservándonos la parte central para el final, subimos primeramente hacia las columnas, de fustes lisos en su mayoría y coronadas por una nueva tanda de capiteles labrados donde predominan los temas vegetales y zoomórficos. Algunas de estas columnas son de mármol, como la del parteluz y las laterales, donde aguardan otras tantas marañas vegetales entre las que asoman algunos temas veterotestamentarios, como el Sacrificio de Isaac.

Ascendiendo a las estatuas-columnas que apean sobre las anteriores, y cuyos capiteles elaboran temas semejantes, apreciamos dos grupos diferenciados de ocho personajes cada uno: a la izquierda, el Pilar de los Profetas; a la derecha, el Pilar de los Apóstoles, todos identificados con cartelas que, en ocasiones, han quedado ilegibles por el paso del tiempo. Faltan aquí las figuras de algunos profetas, como Elías y Enoc, hoy en el Museo de Pontevedra, Testigos del Apocalipsis que se representan como tal, con largas túnicas, bastones y cartelas cuyos textos han desaparecido; irían colocados en las jambas del arco central, haciendo por tanto pendant con Moisés a la izquierda y San Pedro a la derecha (PRADO, 2013, p. 1000).

Vista del Pilar de los Apóstoles en la parte central, representándose de izquierda a derecha San Pedro, San Pablo, Santiago y San Juan. Wikimedia Commons

En otro orden se encontrarían los también profetas Ezequiel y Jeremías, conservados en la Colección Franco, que estarían situados en los muros adyacentes del Pórtico de la Gloria, y ambos son reconocibles por su marcada gesticulación y fisonomía: Ezequiel se manifiesta iracundo ante los terribles sucesos que augura en su profecía, mientras que Jeremías se muestra con una melancólica beatitud (PRADO, 2013, pp. 1004-1005). Esta serie de personajes continúa al otro lado, en la contrafachada, donde se yergue San Juan Bautista, única figura perfectamente identificable en este contexto.

Estatuas de profetas del Pórtico de la Gloria hoy en otras colecciones. De izquierda a derecha: Elías, Enoc, Ezequiel y Jeremías. PRADO, 2013, pp. 999, 1000 y 1004

Buena parte de estas figuras hacen gala de un estilo emparentado con rasgos de una plástica a caballo entre el Románico Tardío y el Primer Gótico (de cada estudioso depende inclinar más la balanza a un lado u otro) y, por ende, son creaciones del taller mateano. Se caracterizan por un modelado suave que confiere individualidad y vida a los personajes, un naturalista tratamiento de los pliegues, que caen rítmicamente y traslucen la anatomía interior; y unos sutiles movimientos para generar complicidad y conexión narrativa.

El ejemplo más destacado de este, diríamos, “estilo mateano”, es el Santiago Apóstol que corona el parteluz, el cual es sustentado por una columna marmórea que contiene el Árbol de Jesé, el primero de la historia de la iconografía española (YZQUIERDO PERRÍN, 2005, p. 263), coronado a su vez por un capitel con la Santísima Trinidad. Santiago se presenta sedente, portando en la mano derecha una cartela y en la izquierda el báculo de tau que acostumbraban a usar los arzobispos compostelanos. Va nimbado con una aureola dorada con patrón de venera donde, de forma única, se insertan cabujones que debían refulgir cuando el pórtico recibía los rayos del Sol.

Santiago del parteluz del Pórtico de la Gloria, bajo el cual se puede ver el Capitel de la Santísima Trinidad. Wikimedia Commons

Un capitel con las Tentaciones de Cristo es el último eslabón que nos conduce al tímpano central, el único del pórtico, como hemos dicho, y donde se aprecian de forma clara varias manos. La composición la preside Cristo redentor mostrando las llagas, identificable además por la corona y el nimbo crucífero, al que flanquean inmediatamente los cuatro evangelistas con sus respectivos símbolos y, hasta los extremos del tímpano, una serie de ángeles portando los instrumentos de la Pasión; se completa el espacio con el conjunto de justos y bienaventurados de las esquinas, y los veinticuatro ancianos del Apocalipsis en la rosca, que tañen instrumentos en su mayoría, aunque algunos sostienen unas copas de perfume llamadas redomas.

Tímpano central del Pórtico de la Gloria, vislumbrándose en la parte superior la bóveda de crucería de este tramo. Wikimedia Commons

Se aprecia en la composición una evidente perspectiva jerárquica, según la cual Cristo se representa a mayor tamaño, reduciéndose a un cuarto de sus medidas los evangelistas, los ángeles y los ancianos, y a uno más diminuto los justos y bienaventurados. En el plano estilístico, son fácilmente reconocibles las figuras salidas del taller mateano, donde sobresale, una vez más, el Cristo mayestático, y en el que se encuadran también los ancianos, que interactúan entre ellos en un aura de suave dinamismo tardorrománico/protogótico. Por su parte, los otros conjuntos adolecen una talla más propia del Románico Pleno, con rasgos como frontalidad, menor expresividad y pliegues esquemáticos.

Detalle de algunos ancianos del Apocalipsis de la rosca del arco central del Pórtico de la Gloria. Wikimedia Commons

En cuanto a las puertas laterales, las arquivoltas de la de la izquierda representan el momento en que Cristo bajó al Limbo para salvar a los justos antes de llegar a la Tierra, mientras que en las de la derecha se figuran a Jesús y san Miguel separando a los bienaventurados, aquellos que accederán a la Jerusalén Celeste, que son llevados por ángeles, de los condenados, a los que arrastran unos grotescos demonios hacia el Infierno. Los arcos laterales se conectan con el central mediante los ángeles que conducen las almas de justos y bienaventurados, en forma de niños desnudos, a la Gloria, reservándose en los extremos huecos para disponer los ángeles trompeteros del Apocalipsis.

Detalle de un demonio arrastrando a los condenados al Infierno en el arco derecho del Pórtico de la Gloria. Wikimedia Commons

Resulta tentador seguir deteniéndonos en los menesteres iconográficos y técnicos que destila la magistral comitiva estatuaria a la que dio vida el taller del Maestro Mateo, pero el final del Pórtico de la Gloria, de este nártex de la Catedral de Santiago de Compostela, nos aguarda en el plano superior. Cuando Mateo fue puesto al frente de las obras, las tribunas presentaban un estado de retraso con respecto al cuerpo principal y las naves laterales, quedando bajo su cargo concluir los últimos cuatro tramos, así como uno más monumental que apearía en la estructura intermedia del pórtico ya comentada.

Estructuralmente, Mateo fue completamente respetuoso con la obra de Gelmírez, por lo que la continuidad en las trazas es prácticamente impoluta e imperceptible, notándose únicamente la mano de su taller en los capiteles de dichas tribunas. Ni siquiera se intuye la magnificencia del programa escultórico desde el interior, así de respetuoso fue en el interior, únicamente se advierte la inserción de ventanas con forma de cuadrifolio y, sobre todo, un gran óculo en el cierre, hoy tapiado, para iluminar directamente la nave central, elemento que, una vez más, anticipa la arquitectura gótica. Tras él, se halla la tribuna del Pórtico de la Gloria, mayor en altura que el cuerpo de naves y cuya clave es rematada por el relieve del Agnus Dei, la luz que ilumina a la Ciudad Santa.

Tribuna del Pórtico de la Gloria desde el interior, con su gran óculo, sus vanos cuadrifoliados y su bóveda de crucería rematada por la clave del Agnus Dei. Catedral de Santiago online

Aquí concluye el complejo programa iconográfico nacido del intelecto de Mateo, mas no termina el conjunto de las obras, ya que nos restan aún tres elementos de este periodo por abordar: la fachada del Obradoiro previa a la reconstrucción barroca de Fernando de Casas Novoa; el primigenio coro de piedra y el Panteón Real. Para hacernos una idea aproximada del aspecto de la fachada occidental original que enmarcaba el Pórtico de la Gloria, hemos de acudir a un dibujo realizado por el canónigo José Vega y Verdugo entre 1656-1658: en él se aprecia el cierre del pórtico del siglo XVI, así como dos torres-campanario, la meridional de mayor altura, y la estructura central con el rosetón, también llamado “espejo grande”, que se dividía en tres calles y dos cuerpos.

Reconstrucción 3D hipotética de la fachada occidental compostelana al término de la campaña del Maestro Mateo. Videojuego The Waylanders

En lo que respecta al coro granítico, sustituía a otro primitivo mandado levantar en 1112 por Diego Gelmírez en los cuatro primeros tramos de la nave central, y que, desgraciadamente, fue reemplazado por otro de madera en 1604. No obstante, contamos desde 1999 con una reconstrucción parcial de su imagen en el Museo Catedral: lo antecedía un trascoro protagonizado por un tímpano de la Epifanía del que solo se conservan los caballos de los Reyes Magos; pasado el acceso, el envolvente coro estaba conformado por dos sillerías, una baja y otra alta, ricamente ornada, en función del rango de cada clérigo; en lo alto de la cabecera coral se habilitó una tribuna para lecturas litúrgicas, llamada leedoiro, y todo el perímetro iba cubierto por una estructura sobre columnas con tramos cobijados por plafones florales y rematada por una crestería donde se prefigura arquitectónicamente la Ciudad de Dios.

Reconstrucción del coro pétreo del Maestro Mateo en el Museo Catedral de Santiago

Basten estas últimas pinceladas para darle el broche al programa de Mateo, que ensalza la fastuosa catedral con un remate inmejorable que dota a la sede metropolitana de la citada escenografía regia perseguida por Gelmírez. Su organización queda perfectamente detallada en el Libro de la Coronación de los Reyes de Castilla, compuesto para Alfonso XI (1311-1350): tras cruzar una de las puertas de la muralla compostelana, el monarca se reunía con las dignidades eclesiásticas en una procesión por el callejero urbano hasta la cripta, donde acontecía la investidura de armas; de ahí pasaba al Pórtico de la Gloria, donde juraba lealtad y defender la fe ante el arzobispo; luego transitaría del coro al Altar Mayor para ser ungido junto a la reina, y, finalmente, ascendía a la tribuna del glorioso pórtico, donde escucharía la polifonía que anunciaba el “Cántico Nuevo” de la Jerusalén Celeste (PRADO, 2013, pp. 1012-1016).

Esta escenificación de la política monárquica (regnum) en relación con el poder eclesiástico (sacerdotium), al cual debía rendir sumisión en tanto que representante de Dios en la tierra, según dictaba la Iglesia, culmina con la definitiva codificación de un Panteón Real que ya había sido esbozado, como no podía ser de otra manera, por Diego Gelmírez, quien enterró al conde Raimundo de Borgoña en un sepulcro de piedra dentro de la catedral. Si bien el entierro de doña Berenguela, esposa de Alfonso VII, conformó un nuevo eslabón para este proyecto familiar, fue su hijo Fernando II quien, decididamente, tuvo desde el inicio la conciencia de querer convertir el recinto jacobeo en el lecho de su descanso eterno (YZQUIERDO PEIRÓ, 2024, p. 50), y para su fortuna lo logró.

Sepulcro con la estatua yacente de Fernando II, aunque también podría ser Alfonso IX. Museo Catedral de Santiago

La institucionalización del Panteón Real compostelano, no obstante, no tendría carta de oficialidad hasta que se configura la llamada Capella dos Reis con Alfonso IX (1188-1230), quien lograra convencer al entonces arzobispo Pedro Muñiz de celebrar por todo lo alto la consagración del templo el 21 de abril de 1211. Inicialmente, esta capilla, dedicada a San Lorenzo, estuvo situada en el extremo norte del transepto, pues ahí había sido enterrado Fernando II y serían, por consiguiente, sepultados sus sucesores (YZQUIERDO PEIRÓ, 2024, p. 60); en 1535, su ubicación cambiaría al antiguo cabildo y volvería a reordenarse en 1624 al convertirse este espacio en la Capilla de las Reliquias. El proceso de traslado fue caótico, acarreando esta negligencia un intenso debate acerca de las identidades de los yacentes, cuya claridad se perdió en la memoria del pasado (YZQUIERDO PEIRÓ, 2024, p. 70).

Sepulcro con la estatua yacente de Alfonso IX, aunque también podría ser Fernando II. Museo Catedral de Santiago

Esta amarga pérdida debemos contrastarla, para concluir el capítulo final de la primera parte de este análisis, con la dulce meditación en torno a los lapídeos reyes del panteón, sumidos en el sueño de la Era Compostelana, época dorada de la historia de Galicia y de la Catedral de Santiago de Compostela. Las efigies de sus máximos promotores, los reges leoneses Fernando II y Alfonso IX, permanecerán sumidas para siempre en el sempiterno abrazo de la muerte, mas las labras reflejan una negación de su condición, un deseo inercial de seguir vagando por el mundo de los vivos en forma de almas contemplativas donde respira, por vez final, el soplo fresco del arte mateano (PRADO, 2013, p. 1017).

ANÁLISIS COMPOSITIVO Y FORMAL II: DE LAS REFORMAS GÓTICAS A LA FACHADA BARROCA DEL OBRADOIRO

LA HUELLA DEL GÓTICO Y DEL RENACIMIENTO EN LA CATEDRAL

Los primeros pasos del Gótico ya habían sido dados en Galicia gracias al innovador estilo del Maestro Mateo, que aúna los sabores tradicionales del último Románico con los aprendizajes adquiridos del Primer Gótico en Borgoña. Históricamente, el asentamiento definitivo de los valores e ideas goticistas en tierras galaicas cuadra con una coyuntura histórica según la cual su pretérito protagonismo cede paso a la Corona de Castilla, nuevo centro lógico de operaciones debido al avance de la “Reconquista”. El canto del cisne del esplendor que protagonizara la catedral jacobea llega en 1230, año de la incorporación de Galicia y León al Reino de Castilla bajo el bastón de mando de Fernando III, “el Santo” (1217-1252), que desplaza a la primera a la periferia geográfica y política (PORTELA, 2013, p. 24).

En un contexto donde, por tanto, la gloria coruñesa de la Era Compostelana vio completamente mermada su primacía, el viejo esplendor que exudan los poros de la fábrica catedralicia nunca se dejó caer en el olvido, sino que, además, fue perpetuado en el formato del Románico inercial a través de diversas fundaciones por todo el territorio gallego (VALLE, 2013, p. 65). Esto, evidentemente, chocó de frente durante un periodo de tiempo con el imparable avance de la expansión del Gótico por Europa, y es quizás debido a este dilema dual por el que nunca se llevó a la práctica el proyecto íntegro del arzobispo compostelano Juan Arias de reemplazar la cabecera románica por una de trazas goticistas en 1258 (VALLE, 2013, p. 1258).

La obra gótica de que goza por excelencia la catedral de la archidiócesis compostelana es el cimborrio, al que hemos aludido en parte al hablar de las torres, mas previamente a darnos una ligera vuelta por su dilatada historia debemos desviarnos un momento por un camino abierto en el noreste, entre el brazo norte del transepto y la cabecera. Este nos lleva hacia la Iglesia de Santa María de la Corticela, hoy capilla catedralicia, que nos regala a la vista una pequeña basílica tardorrománica de inicios del siglo XIII, asentada a su vez sobre una prerrománica de la segunda mitad del IX (CARRERO, 2013, p. 1032).

Se trata de una modesta edificación de tres naves en dos tramos cubiertas con madera y triple ábside de testero recto con bóvedas de cañón, abriéndose en la nave central vanos rectangulares y, por encima del arco que comunica con el altar mayor, un pequeño rosetón. A ambos lados de las naves laterales, una serie de arcosolios y sepulcros de tiempos góticos muestran que fue también lugar de enterramiento para su clero. El pórtico occidental que nos recibe lo sostienen cuatro columnas con capiteles vegetales cuyo tímpano contiene la Epifanía, con la Virgen con el Niño en el centro, San José a la derecha y un Rey Mago genuflexo a la izquierda, completado por los otros dos en la primera arquivolta.

Portada occidental de la Iglesia de Santa María de la Corticela, hoy capilla de la catedral compostelana. Wikimedia Commons

Retomando el relato del cimborrio con que se corona el crucero de la iglesia, el de tiempos románicos fue presa del incendio que asoló a la catedral durante la insurrección popular de 1117 que se levantó contra Gelmírez y la reina doña Urraca. Refugiados en esta torre central, el fuego del encendido pueblo no dudó en ser arrojado hacia la ventana, convirtiendo en un pequeño lapso de tiempo a la sede jacobea en una gigantesca falla valenciana. No sería este el único episodio en que el cimborrio románico resultaría seriamente damnificado, ni el único caso de daños por incendios.

A comienzos del siglo XIV, gobernando el arzobispo Rodrigo del Padrón, este tomó la decisión de fortificar los muros y el cimborrio de la catedral con potentes almenas para hacer frente a una inminente sublevación popular convocada contra el dominio señorial de la archidiócesis (por una razón semejante metieron a Gelmírez en la trena, ¿lo recordáis?). A su sucesor, efectivamente, le estalló la revuelta, saldada en 1320-1321 con la ejecución de sus cabecillas y la reparación de los daños causados, pero eran tales en algunas secciones, entre ellas el cimborrio, que se optó por sustituirlo por uno nuevo (YZQUIERDO PERRÍN, 2019, pp. 246-249).

Esta labor de reconstrucción tuvo lugar mientras ocupaba la cátedra episcopal Lope de Mendoza, pues una inscripción en uno de los arcos torales rezaba que las obras dieron inicio la “Era MCCCCXXII”, es decir, 1422: en esta época ya no se utiliza el cómputo hispano, “Era” es sinónimo de año (YZQUIERDO PERRÍN, 2019, pp. 249-250). El maestro de obras de este nuevo cimborrio lo diseñó con planta octogonal, con la que probablemente también contaría el ejemplar románico, para lo cual debía utilizar bovedillas cónicas (trompas) en las esquinas para pasar del cuadrado del crucero a dicho octógono, cubierto con una bóveda de ocho nervios entre los que se alojan ventanas, y remataba con una clave vegetal, reemplazada en fecha incierta por una tabla con el triángulo trinitario; durante las restauraciones en 2017, esta fue retirada y aquella devuelta a su legítimo lugar (YZQUIERDO PERRÍN, 2019, p. 257).

Vista del cimborrio por el interior, con la clave vegetal ya restaurada y en cuyos ángulos se sostiene el ingenio del botafumeiro. Wikimedia Commons

En su faceta exterior, si bien se sigue apreciando su planta octogonal, así como la caja de escalera de la esquina que permite ascender a la parte superior de la torre, lo que nuestros ojos presencian ya no es una obra gótica. Los contrafuertes de las esquinas remataban en sus tiempos mozos con esbeltos pináculos que subrayaban su verticalidad, pero el Barroco tuvo otros planes para toda esta parte: además de articular una balconada interior, inicialmente pensada en hierro, pero luego realizada en madera en 1766, se recubrió el tejado gótico con una ostentosa cúpula con linterna, cupulín y esbelto pináculo a mediados del siglo XVII, en el marco de las intervenciones del canónigo Vega y Verdugo (YZQUIERDO PERRÍN, 2019, p. 266).

El tan aquejado problema de las humedades que motivó la citada restauración del Pórtico de la Gloria afectaba, de forma mucho más grave, a la fábrica del cimborrio, hasta el punto de que sus defectos estructurales y el escaso mantenimiento que se le dio en los siglos posteriores provocaron que en 2011 amenazara con colapsar. Se hacía entonces urgente promover una urgente restauración, para la que los Presupuestos Generales del Estado de 2015 (sí, esos que el PSOE lleva ya tres años sin presentar) destinó 900.000 euros, cuyo monto final ascendió a casi 1.250.000. Las obras, dirigidas por el arquitecto Javier Alonso de la Peña, culminaron con buena fortuna en verano de 2018 (YZQUIERDO PERRÍN, 2019, pp. 274-275).

Vista del cimborrio por el exterior, completamente reformado en época barroca. Wikimedia Commons

Todo lo dicho sobre el cimborrio es suficiente para haceros una idea de las vicisitudes que este experimentó desde el Románico hasta ayer como quien dice. Otros tantos avatares fueron vividos por el claustro, encajado entre el brazo sur del transepto y el flanco meridional del cuerpo de naves, una estructura de planta cuadrada que tuvo sus inicios ya en tiempos de Gelmírez, si bien parece que este nunca pudo verlo en pie, pese a las cuantiosas donaciones que ofreció para consumar esta parte del conjunto. El Códice Calixtino informa de la existencia en la nave lateral sureña de dos puertas, llamadas de la Pedrera o “Petraria”, que hacen pensar que, antes de morir Gelmírez, se estaban efectuando las obras de adaptación topográfica de este espacio (CARRERO, 2013, p. 1020), recordemos el desnivel que existía en esta dirección.

En el siglo XIII ya tenemos vestigios documentales y materiales suficientes como para determinar la existencia de un claustro en condiciones, que sería reformado en las siguientes centurias hasta su definitiva destrucción en 1521, debido a los daños que amenazaban su fábrica. Fue sustituido por un nuevo claustro trazado por Juan de Álava y Rodrigo Gil de Hontañón que se concluyó en 1559, y que adolece un estilo mixto gótico-renacentista, el primero apreciable en las bóvedas de crucería, los pináculos que rematan los contrafuertes y las cresterías que recorren el cornisamento, mientras que el segundo respira en su vertiente plateresca a través de la llamada Fachada del Tesoro hacia Platerías, organizada en tres pisos separados por cornisas, fruto de la adaptación a este accidentado terreno. Sus ángulos quedan encumbrados por la Torre de la Vela y la Torre del Tesoro, reconocibles por sus remates en forma de pirámide escalonada.

Vista interior del claustro quinientista de Juan de Álava y Rodrigo Gil de Hontañón, con la Fons Mirabilis en el centro. Wikimedia Commons

El claustro quinientista, para ayudarse en esta nivelación, tuvo que conservar a la fuerza parte del claustro medieval, concluido seguramente hacia 1256 y cuyos restos de soportes y bancadas permiten conocer la envergadura de este proyecto, ya que fue cubierto con crucería, igual que lo haría su sucesor, y sus pandas abarcaban un largo aproximado de 30 metros (CARRERO, 2019, p. 1021). En el Museo Catedral, el depósito de las excavaciones y el Museo de las Peregrinaciones y de Santiago se conservan elementos de esta parte de la historia de la catedral, como claves de bóveda, fragmentos de arcos y capiteles que estilísticamente deben contextualizarse en el “arte post-mateano” del siglo XIII (CARRERO, 2019, p. 1021).

Claves de bóveda del claustro medieval en el Museo de las Peregrinaciones y de Santiago. Wikimedia Commons

LA “SEGUNDA EDAD DE ORO” DE COMPOSTELA: LA LLEGADA DEL BARROCO

El apartado anterior nos demuestra a las claras que, aunque intentemos subdividir esta segunda parte del análisis de la Catedral de Santiago de Compostela en dos capítulos diferenciados, resulta imposible evadir la huella dejada por el Barroco en su imagen. La difusión de este estilo a Galicia en general, al ámbito coruñés en particular y al compostelano en concreto nos llevan a referirnos a él, con justicia, como “Segunda Edad de Oro”, ya que la primera sería el Románico. Esta terminología la adoptamos emulando la utilizada para el Imperio Bizantino, cuya segunda época áurea estuvo protagonizada por los basileos de las dinastías Macedónica y Comnena entre los siglos IX-XII.

El Barroco compostelano o gallego, cronológicamente hablando, se desarrolló aproximadamente en el tiempo de una centuria, desde 1658 hasta 1763 (VIGO, 2006, pp. 54-55). Todos los que hablan sobre esta variante tan singular del lenguaje barroco no dudan en catalogarla con términos como original, creativa, de enorme personalidad y diferente a nada que se estuviera haciendo en el resto de España y Europa en ese momento. Ahora bien, como casi todo periodo de bonanza, hubo previamente una tempestad, concretamente una por la que se puso en entredicho el patronato único del apóstol Santiago en España, cuestionando así al cabildo catedralicio hasta que, en 1643, por insistencia de este último, el Papa Urbano VII derogó el compatronato de Santa Teresa que años antes él mismo había aprobado, devolviendo a Santiago su merecido protagonismo (VIGO, 2006, p. 52).

Ese mismo año, el rey Felipe IV, uno de los Austrias menores, volcó también sus esfuerzos al patrocinio de obras de mejora y enaltecimiento de la Catedral de Santiago de Compostela, que volvía a recibir un hálito de aire fresco con la nueva victoria de Santiago como titular de la Iglesia española, y lo hacía con el mayor proyecto de remodelación que había experimentado su factura desde el Pórtico de la Gloria. Por este motivo, el monarca donó al santuario jacobeo una cuantiosa suma económica en escudos y ducados con que se sufragó la primera gran empresa de esta renovada etapa de la iglesia santiaguesa: la construcción de un entorno áureo digno para la Capilla Mayor.

Tenemos que comprender que aludir a la condición histórica de Felipe IV como Austria menor no ha sido gratuita, tiene un porqué: su reinado vivió momentos de dura tensión y enfrentamiento con grandes potencias europeas en la Guerra de los Treinta Años, por no decir que el enemigo también estaba en casa, concretamente en Cataluña y Portugal, que en 1640 se sublevaron contra la autoridad monárquica. En un momento donde todo va en tu contra, las cosas se te empiezan a ir seriamente de las manos y no sabes qué hacer, se entiende que el rey buscara apoyo espiritual en Santiago el Mayor (VIGO, 2012, pp. 561-562), más concretamente en su versión iconográfica de caballero ecuestre, aquel que se apareció ante Ramiro I en la Batalla de Clavijo contra las tropas andalusíes, de ahí que, aunque pueda sonar inapropiado bajo los estándares actuales, se le llame también Santiago matamoros.

Superado el trance que llegó a tildar de legendaria la evangelización del territorio español por el apóstol Santiago, y con el telón de fondo ya comentado, el Barroco compostelano se erigió en la mayor arma con que reforzar el santo patronato santiaguista a todos los niveles. Pero, como todo nuevo proyecto que se emprende, existen pros y contras, y de entre estos últimos uno muy acusado era que no existía en el entorno de la catedral un taller artístico capaz de hacer frente a las exigencias que esta empresa iba a requerir. La razón de esta ausencia era sencilla: desde el obrador del Maestro Mateo, con el que se consagró el templo en 1211, no había vuelto a haber obras de gran envergadura en el conjunto, recordemos que de entonces a esta parte las obras nuevas más destacadas habían sido el cimborrio y el claustro.

La solución pasaba necesariamente por contratar a maestros exteriores al ámbito gallego, y contando con el patrocinio regio de Felipe IV, parecía claro que estos iban a venir de la Corte madrileña; esta situación de maestros foráneos en la catedral se prolongaría hasta la década de 1670, cuando se auspicia una primera generación de maestros gallegos, la cual va a ser la verdadera instigadora y desarrolladora del Barroco compostelano, entendido como aquel identificativo de la sede del sepulcro jacobeo (VIGO, 2006, p. 55). Estos artistas se formaron en el taller del Altar Mayor, para cuyo proyecto definitivo idearon los arquitectos de Madrid un conjunto exento que resultara más adecuado para el particular espacio en que debían intervenir, donde no había lugar para el tradicional retablo (VIGO, 2020, p. 564).

Se diseñó así un complejo construido entre 1658-1677 y que está formado, en primer lugar, por el propio altar y un camarín donde alojar la estatua sedente mateana de Santiago apóstol que todos los peregrinos del Camino besan y abrazan al finalizar su viaje; dicho camarín lo encumbra otra estatua de Santiago, esta vez de pie, ante el que se arrodillan los monarcas Alfonso II, “el Casto”, Ramiro I, Fernando II de Aragón, “el Católico” y Felipe IV. En segundo lugar, tenemos un exquisito y magnánimo baldaquino que cubre y engrandece el altar con sus vibrantes columnas salomónicas, sustentado por ocho ángeles de alas doradas y rematado por la estatua ecuestre de Santiago caballero. Finalmente, se planteó una estructura enfática en torno al altar y su baldaquino, nuevamente cubierta con pan de oro y que termina de resaltar la sensación de horror vacui de toda la Capilla Mayor.

Altar o Capilla Mayor de la catedral compostelana, pendiendo en frente suya el botafumeiro. Wikimedia Commons

Reluce a través de los ricos materiales utilizados, los colores y el empaque general de este portento una clara proyección del triunfo de la magnificencia regia (VIGO, 2020, p. 570), cuyos fondos han permitido erigir la primera parte de un lavado de imagen de la vieja basílica románica al hilo del renaciente poder del apóstol Santiago. En este poderoso panorama inicial de reformas sobresale la figura del canónigo José Vega y Verdugo, que fue fabriquero de la catedral compostelana entre 1658 y 1672, periodo temporal en el que coordinó y supervisó las emergentes obras barrocas; por cierto, él era de Ciempozuelos, al sur de la Comunidad de Madrid, lo cual casa en este contexto de venida a Compostela de maestros capitalinos.

Vega escribió entre 1656-1658 la Memoria sobre las obras en la Catedral de Santiago de Compostela, donde incluyó una serie de dibujos resultado fundamentales en la historiografía para intentar reconstruir el aspecto original de ciertos sectores de la iglesia antes de las reformas barrocas, en especial la fachada occidental, como ya vimos. Uno de ellos ilustra cómo lucía la parte oriental del templo, aquella por la que comenzó el proyecto catedralicio en tiempos del obispo Diego Peláez; más semejaba una fortaleza que la cabecera de una catedral, y presentaba un aspecto desastroso, tortuoso y quebrado que no se adaptaba para nada a la plaza de la Quintana a la que daba. Por todo ello, se puso en marcha su regularización y modernización entre 1658-1666 gracias a la intervención del maestro cantero salmantino José de la Peña de Toro, a instancias de Vega y Verdugo, obviamente (VIGO, 2020, p. 575).

José Vega y Verdugo, dibujo de la parte oriental de la catedral compostelana, 1656-1658. Catedral de Santiago online

Los abruptos entrantes y salientes que el transcurso de las centurias había plasmado en este sector oriental se estandarizaron arquitectónicamente en paños murales de doble altura separados por una cornisa continua y cuajados de ventanas ricamente enmarcadas en molduras mixtilíneas, y se corona todo con una teatral balaustrada ritmada con imponentes pináculos. En esta Fachada de Quintana se practicaron tres aperturas donde se aprecia una clara jerarquía, así como una individualidad en cada una de ellas dentro del carácter monumental del conjunto (VIGO, 2020, p. 576): la más destacada es la Portada Real, enmarcada por cuatro columnas toscanas de orden gigante y dos estípites centrales engalanados con sartas frutales; luego está la Puerta Santa, compuesta por 24 recuadros habitados por esculturas procedentes del coro pétreo del Maestro Mateo y rematada por esculturas de Santiago y sus discípulos de Pedro del Campo; y mucho más humilde es la Puerta de Abades.

Portada Real de la Fachada de Quintana. Wikimedia Commons

La obra magna de Peña de Toro en la Catedral de Santiago de Compostela, no obstante, es la torre sur de la fachada del Obradoiro, llamada Torre de las Campanas, a imagen y semejanza de la cual articularía a mediados del siglo XVIII Fernando de Casas Novoa la Torre de la Carraca, su hermana. Cumpliendo el deseo de Vega y Verdugo de embellecer y dar resalte a la fachada principal del conjunto santiaguista, que entonces mostraba sus torres con alturas desiguales, Peña de Toro, respetando la estructura medieval, desplegó a la vez el recargado imaginario barroco en todos sus rincones, un desbordamiento creativo que comenzó a levantarse en 1665 y que pudo terminarse hacia 1675, si bien su aspecto completo junto a la otra torre no culminaría hasta 1750 (VIGA, 2020, pp. 579-580). La analizaremos en detalle un poco más adelante.

Puerta Santa de la Fachada de Quintana. Wikimedia Commons

Hemos de introducir previamente a una de las figuras más destacadas que prestaron su conocimiento y habilidad al buen hacer de la campaña barroca de la Catedral de Santiago de Compostela: Domingo Antonio de Andrade. Sucedió a Peña de Toro como maestro de obras en 1676 y permaneció en el cargo hasta su fallecimiento en 1712, siendo por tanto trascendental al efectuarse bajo su tutela la transición del siglo XVII al XVIII. Su primera gran aportación fue la Torre del Reloj y la última la Nueva Sacristía, hoy Capilla del Pilar, efectuando entre medias otras intervenciones de menor calado, pero no por ello menos importantes y dignas de elogios, mas no podemos entretenernos en ellas, so pena de incurrir en un artículo más extenso del que ya nos está quedando; os remitimos al especialista en Barroco gallego Alfredo Vigo Trasancos, cuyas lecturas estamos siguiendo en este apartado.

Comenzamos así por la Torre del Reloj, construida en el siglo XIV en el frente sur de la Fachada de Platerías, en sustitución de la vieja torre románica, y que también recibe el nombre de Torre de Berenguela por haberla fortificado el arzobispo Berenguel de Landoria. Consta de tres cuerpos escalonados: el primero, de época gótica, tiene planta cuadrada y sus superficies las recorren esbeltas pilastras estriadas embutidas en ménsulas; el segundo cuerpo es el primero que proyectó Andrade entre 1676-1680, igualmente de planta cuadrada, que apea sobre una quebrada cornisa, erige templetes cupulados en las esquinas y aloja las campanas, visibles a través de arcos de medio punto flanqueados por dobles pilastras cajeadas; el último cuerpo, de la misma época y autor, es octogonal y emula compositivamente al anterior, rematándose con una pequeña cúpula con linterna.

Vista de la Torre del Reloj desde la Torre de las Campanas. Wikimedia Commons

Y os preguntaréis ahora mismo: ¿por qué el cabildo catedralicio no decidió continuar, como hubiera sido lógico, con las obras de remodelación de la fachada occidental iniciadas por Peña de Toro con la Torre de las Campanas? La respuesta está en un hecho que ya hemos apuntado: el torreón gótico tenía un aspecto fuertemente almenado que chocaba con el carácter propio de una iglesia apostólica (VIGO, 2020, p. 588), y era urgente modernizarla e integrarla en la renovada imagen con que se estaba revistiendo a la catedral. Andrade demostró una maestría inigualable en la Torre del Reloj, hasta el punto de que dispuso en la decoración tantos símbolos jacobeos que ha sido referida como la “torre más santiaguista de la catedral” (VIGO, 2020, p. 591).

El asentamiento de esta primera generación de arquitectos gallegos coincidió contextualmente con un momento en el que comenzó a verse a Dios como el primer arquitecto del mundo, aquel que proporcionó los planos del arca a Noé y del templo de Jerusalén al rey Salomón, entre otras grandes construcciones bíblicas. En última instancia, quienes ejecutaban las trazas divinas eran los aparejadores, que desarrollaron en estos tiempos una conciencia de sí mismos que les hacía sentirse seguros y orgullosos por su magna y sacra labor, lo que se veía respaldado por los elogios que el público y los propios promotores escribían sobre ellos (VIGO, 2006, p. 57).

Debemos así imaginar a un Andrade sumamente satisfecho al contemplar los cuerpos finales de la Torre del Reloj concluidos en 1680, mas no pudo ver terminada su otra gran intervención en el taller catedralicio, la Nueva Sacristía, que hubo de ser terminada por Casas Novoa, quien, de acuerdo con el cambio de uso que experimentó el espacio de sacristía a Capilla del Pilar, implementó cambios y licencias de mayor calado. Está ubicada entre el brazo sur del transepto y la girola, por lo que, para su construcción, hubo que demoler dos capillas románicas y trasladar sus cultos a otro lugar; el problema fue convencer a los ocupantes de dichas capillas, lo que abrió un complicado periodo de negociaciones que impidió empezar la fábrica hasta 1696 (VIGO, 2020, p. 595).

Desde entonces hasta 1723, cuando, como hemos dicho, termina las obras Casas Novoa y puede abrirse la capilla al público, a la catedral compostelana se la fue dotando de uno de los espacios más interesantes de su conjunto, bello por sí mismo y en relación con su entorno. Su planta octogonal la conforman ocho paños de muro separados por esbeltas pilastras con capiteles dorados que enlazan con una cúpula nervada rematada por linterna a través de cuatro trompas con forma de venera en las que se adosa una cruz de Santiago. Los plementos de la bóveda exponen un ejercicio máxime de horror vacui en cuyas bases se abren ventanas para inundar de luz el interior. Lo más interesante son las decoraciones de las paredes, verdaderas taraceas marmóreas que incluso figuran arquitecturas fingidas al modo del segundo estilo pompeyano.

Vista hacia la cúpula nervada de la Nueva Sacristía, pronto convertida en Capilla del Pilar. Wikimedia Commons

Un legado como el dejado por Andrade era difícil de superar, pero a la vista está que nadie vive para siempre, y el cabildo tuvo que pensar cuanto antes en su sucesor en cuanto aquel enfermó; de todos los discípulos que se formaron en el taller catedralicio bajo la docencia de Andrade, fue al tantas veces mencionado Fernando de Casas Novoa a quien le fue encomendado el cargo desde 1712 hasta su fallecimiento en 1749. Con Novoa se relaciona la última gran fase del “santiaguismo arquitectónico” como lo refiere Vigo Trasancos, y, por tanto, con este maestro de obras culmina el esplendor del Barroco compostelano y se anuncia su ocaso, tras el que vendrá un nuevo y agrio amanecer con el Neoclasicismo, de mucho menos esplendor.

Tres palabras condensan el personal estilo de Casas Novoa: primor, preciosismo y virtuosismo. Estos valores los desplegó con una destreza inusitada en los elementos con que remató la Capilla del Pilar, en especial el sepulcro del arzobispo Diego Monroy y el retablo. El primero, dispuesto en altura bajo un arco de medio punto, exhibe incrustaciones de mármoles y jaspes sabiamente combinados y la estatua orante del prelado; cimas aún más extraordinarias alcanzó con el retablo de la Virgen, trazado con un sentido vertical ascensional, arquitectura y escultura se fusionan sobresalientemente convirtiéndose la primera en soporte absoluto de la segunda como ocurría en la Puerta de Platerías, destacando sobremanera la calle central, cuya casa superior acoge un grupo protagonizado por la Virgen del Pilar, ante la que se arrodilla Santiago apóstol tras su radiante y teatral aparición.

La intervención de Casas Novoa en la Capilla del Pilar de la catedral compostelana: a la izquierda, sepulcro del arzobispo Diego Monroy; a la derecha, retablo de la Virgen. Wikimedia Commons

Si el nivel de refinamiento expresado por Casas Novoa en este modesto retablo (entiéndase la facultad de modestia en relación al tamaño, en lo decorativo ya ha quedado demostrado que no) superó en sus incrustaciones marmóreas, como afirma Vigo Trasancos, la propia labor de su maestro Andrade en el suelo y paredes de la misma capilla (VIGO, 2020, p. 611), qué cabe decir de su obra maestra, cumbre del Barroco gallego: la reforma definitiva de la fachada del Obradoiro. El encargo del cabildo tuvo lugar en 1738, y la fábrica quedó rematada en sus últimos detalles en 1750, un año tras la muerte del maestro; 274 años después (que se dice pronto, pero ya ha llovido), no podemos imaginar una escenografía mejor para el templo del patrón de España.

Recapitulemos lo que sabemos de la fachada occidental hasta el momento anterior de iniciarse las obras que le otorgaron el aspecto con el que recibe a los peregrinos actualmente: uno de los dibujos realizados por José Vega y Verdugo entre 1656-1658 nos presenta un imafronte disimétrico, donde la torre meridional está más elevada que la septentrional, donde el Pórtico de la Gloria ya había sido aislado del exterior con una contraportada y donde el cuerpo central lo preside ese gran óculo que llamaban las voces populares “Espejo grande”. Por si el desbarajuste fuera aún pequeño, no olvidemos que José de la Peña de Toro dio el diseño barroco de esa misma torre del sur, la Torre de las Campanas, acentuando todavía más su altura y su divergencia estilística con respecto al resto de la fachada románica.

José Vega y Verdugo, dibujo de la fachada occidental de la catedral compostelana, 1656-1658. Wikimedia Commons

Como poco, el panorama y problemas a resolver con que se topó Casas Novoa fueron interesantes, y cabe mencionar que si el cabildo dejó de postergar la remodelación de la fachada del Obradoiro indefinidamente fue, muy seguramente, porque cayó en la Torre de las Campanas un rayo en 1729 que también afectó a parte del “espejo” (VIGO, 2020, p. 615); Dios se cansó de esperar, podríamos decir. Casi un siglo después, por ende, el proyecto de Vega y Verdugo iba a llegar a su apoteósica conclusión, y el primer paso, en base a lo que ya estaba realizado, era levantar la Torre de la Carraca para obtener una fachada armónica o en H mucho más equilibrada.

Para ello, Novoa emuló la torre de 80 metros de alto ya erigida por Peña de Toro, a la se le tuvo que añadir en el siglo XVII un refuerzo mural y un poderoso contrafuerte frontal para evitar su peligrosa inclinación. El autor de estos añadidos fue Ginés Martínez, el mismo autor que diseñó a inicios del mismo siglo la escalera que permite enlazar el nivel de la plaza del Obradoiro, antes llamada del Hospital, con la terraza de la fachada, nadie se olvide que esta se asienta sobre la cripta con que el Maestro Mateo salvó hábilmente el acusado desnivel hacia el suroeste. Los volúmenes de refuerzo, que pronto hubieron de ser nuevamente engrosados, fueron estilizados por Novoa, que hizo gráciles estas pesadas formas con elementos como pilastras y balaustradas.

Fachada del Obradoiro de la Catedral de Santiago de Compostela tras las remodelaciones barrocas. Wikimedia Commons

El modelo de torre que Peña de Toro instituyó y que Novoa copió fielmente consta de cuatro cuerpos, todos de planta cuadrada salvo el último, que es octogonal, rematados por entablamentos cuajados de ménsulas y gotas y separados por quebradas cornisas sobre las que corren balaustradas, aprovechando los salientes de aquellas para colocar intrincados pedestales rematados por pináculos con bolas. El primer cuerpo alterna rítmicamente en sus fachadas pilastras y columnas estriadas cuyos marcados resaltes proyectan interesantes juegos de claroscuro, mientras que el segundo abre vanos de medio punto flanqueados por pilastras cajeadas que sobresalen menos del plano. Potentes aletones con forma de voluta y coronados por ovoides presiden los frontales del tercer cuerpo, donde se practican vanos ciegos, coronándose el cuarto y último con una cupulilla, una linterna, un pináculo y el orbe con la cruz.

Torres de la fachada principal compostelana desde el tejado, pudiendo apreciar parte del primer cuerpo románico original. Wikimedia Commons

En lo esencial, quitando las labores de embellecimiento de las torres, Casas Novoa apenas pudo demostrar su creatividad en ellas, donde realmente desplegó un derroche fastuoso de imaginación fue en el cuerpo central, el del “espejo grande”, que hace de nexo entre las susodichas. Si bien le faltó ver la guinda del pastel al fallecer, Novoa presenció más del 95% de su obra magna, y no nos cabe duda del orgullo que debió inundar el corazón de este viejo arquitecto, que, como expresa Vigo Trasancos:

“[,,,] había realizado una obra nunca vista, emocionante, moderna y ascensional a la vez, cristalina como un espejo y llena de luz, ligera y vibrante como una llama, prolija en sus detalles de labra, muy acomodada a las renovadas formas artísticas de nuestro barroco y, en definitiva, perfecta para pregonar la importancia y visibilidad que el santuario necesitaba.” (VIGO, 2020, pp. 618-619)

El cuerpo central de la fachada del Obradoiro es, a la vez, colosal retablo, arco de triunfo al estilo de los del Imperio Romano y una gigantesca “custodia de oro que, en este caso, expone en su apoteosis la figura del Apóstol” (VIGO, 2020, p. 620). Retablo porque tiene una estructura tripartita con dos cuerpos, tres calles y un glorioso ático en la cúspide que se alza intentando tocar el celaje gallego; arco de triunfo porque muestra un frente tetrástilo corintio, con sobresalientes columnas de pronunciado éntasis e imoscapo emperifollado en el primer cuerpo, más esbeltas y completamente recubiertas de ornamentos vegetales en el segundo, manteniendo el anillo que delimita el tercio inferior del fuste y proporcionando marcadas sombras a sus respectivas retropilastras.

Primer nivel del cuerpo central de la Fachada del Obradoiro de Casas Novoa

En las calles laterales se abren generosos vanos enmarcados por finos y dinámicos moldurajes, en algunos casos verdaderas labores de pasamanería pétrea, y muchos presididos por la concha de vieira identificativa de Santiago peregrino. Más llamativa es aún la calle central, en cuyo piso bajo alberga la puerta de entrada al recinto apostólico, un gran arco de medio punto guardado por tres finas columnas minuciosamente labradas como si fueran joyas, dos vanos nuevamente presididos por la venera jacobea y un tímpano dividido centralmente por la cruz de la Orden de Santiago, sobre la que se esculpe simbólicamente el escudo de España, que se acogió al poder espiritual de Santiago para solventar su situación. En el segundo cuerpo, ventanas de gran calado sustituyeron al óculo de Mateo en su función de irradiar luz a la nave central, engalanándose este sector con sartas frutales, molduras, volutas…

Este gran ventanal central invade parte del ático, situándose por encima de él un altorrelieve protagonizado por el sepulcro del apóstol, envuelto en una guirnalda con angelotes que, en la parte inferior, sostienen una filatelia, reservando la superior a la estrella que vio Pelayo. A sus lados, dos hornacinas alojan respectivamente a Atanasio y Teodoro, discípulos de Santiago, aprovechando la zona de las calles laterales para elaborar intrincados patrones decorativos que guardan la simetría entre sí y en relación al conjunto. La obra cumbre de Casas Novoa enmarca su último tramo en un frontón curvo partido en el que, a modo de edículo, se alza la figura victoriosa de Santiago peregrino, cobijada por un arco de medio punto por el que penetran las tonalidades del cielo, y desde ahí asciende, para culminar, hacia un frontón roto más pequeño que encuadra una linterna con cupulín, pináculo y bola con cruz.

Ático del cuerpo central de la Fachada del Obradoiro de Casas Novoa. Catedral de Santiago online

En definitiva, la fachada del Obradoiro de la Catedral de Santiago de Compostela no solo lleva la consagrada firma del último de los grandes maestros de obras del taller santiaguista, Fernando de Casas Novoa, sino que es el manifiesto más cabal del Tardobarroco, una solución excelente que compensa los macizos y los huecos, urde hábiles juegos de claroscuro con entrantes y salientes, y trata la piedra traída de las diversas canteras con la misma finura y delicadeza que se pone en la artesanal tradición del encaje de bolillos. Confluyeron en las trazas de este monumental broche una serie de influencias de toda clase y tiempos que, no obstante, no restaron ni un ápice de originalidad al proyecto en conjunto del discípulo de Domingo de Andrade, orquestándose así la fachada “más espectacular nunca erigida en el mundo hispánico” (VIGO, 2020, p. 625), y ya es decir.

Terminar aquí este capítulo de la “Segunda Edad de Oro” de Compostela hubiera sido idóneo, pero entonces estaríamos siendo injustos con otras partes que son el verdadero punto y final del Barroco compostelano, uno, como vais a ver, bastante agridulce. Debemos volver al interior y acercarnos a la Capilla de la Concepción o de Prima para conocer al otro gran discípulo que se formó bajo la tutela de Domingo de Andrade, Simón Rodríguez, quien reformó este pequeño espacio para potenciar su iluminación y proyectó un retablo en 1721 que, teniendo que adaptarse a estas condiciones, debía además resaltar la mejora lumínica. Rodríguez salió más que airoso: planificó una estructura de un único cuerpo con tres calles, la central presidida por un arcángel, la izquierda por el Descendimiento de la Cruz y la derecha, bajo una llamativa y reluciente hornacina, da resguardo a una estatua de la Inmaculada Concepción.

Simón Rodríguez, retablo de la Capilla de la Concepción o de Prima de la catedral compostelana, 1721. Wikimedia Commons

Continuando el relato de los maestros de obras catedralicios, cabe preguntarse: ¿quién sucedió al ilustre Casas Novoa? Su nombre y apellidos son Lucas Antonio Ferro Caaveiro, los años que duró en el puesto van del 1749 al 1763, y la mejor creación que pudo haber salido de su mano fue la Fachada de Azabachería, si bien previamente debió asumir la reconstrucción de algunas estancias del claustro que quedaron severamente afectadas por un incendio en 1751 (ya avisamos al hilo del quemado cimborrio románico que iba a haber más incendios, ¿verdad?), prolongándose esta labor hasta 1756. Los mejores frutos de esta nueva fase del claustro son la Sala Capitular y la Biblioteca, cubiertos con bóvedas esquifadas para evitar más daños por fuego, finamente adornadas con lunetos, florituras doradas varias que resaltan sobre un fondo lechoso y frescos que les otorgan un aspecto de “salones cortesanos” (VIGO, 2020, p. 629).

Lucas Ferro Caaveiro, Sala Capitular (arriba) y Biblioteca (abajo) del claustro catedralicio, 1751-1756. Catedral de Santiago online

Hemos dicho al inicio del anterior párrafo que la puerta norte del transepto, con que se sustituyó la Puerta Francígena del Románico y se trasladaron sus relieves al Museo Catedral y a la Puerta de Platerías, como explicamos con mayor detalle en su momento, fue la obra cumbre que “pudo haber salido” de la mente de Caaveiro, pero variopintos avatares frustraron su proyecto. Una serie de desacuerdos con el entonces arzobispo compostelano Bartolomé Rajoy (no confundir con Mariano Rajoy, por favor) terminarían con la deposición del discípulo de Casas Novoa en 1763, nombrando en su lugar a Domingo Lois Monteagudo, pupilo de Ventura Rodríguez y, por tanto, introductor del pujante Neoclasicismo en la historia de la Catedral de Santiago de Compostela, que auspiciaba así el final de su áureo auge barroco.

El proyecto como tal de la fachada neoclásica fue trazado por el propio Ventura Rodríguez, acometiendo su discípulo la dirección de las obras en sí, con el gran problema de que, para su desgracia, la Fachada de Azabachería de Caaveiro ya estaba muy avanzada, el Barroco seguía luchando por sobrevivir en Campus Stellae (Compostela, vamos). El primer cuerpo es, con seguridad, de esta índole, resaltando potentemente con un frente tetrástilo toscano recorrido por un cargado entablamento y entre cuyos paños de muro se abren ventanas lujosamente coronadas, reservando la calle central a una doble apertura que respeta la composición románica primigenia, separándose ambos con una imponente pilastra cajeada que semeja un parteluz y llenándose el espacio por encima de ellos con sendos escudos del cabildo y el arzobispo.

Fachada de Azabachería de la Catedral de Santiago de Compostela. Wikimedia Commons

Queda claro que donde más mano pudieron meter Rodríguez y Monteagudo fue en el cuerpo superior y su coronamiento, mucho menos espectacular y recargado que el exquisitamente dibujado por Caaveiro en 1762. El incipiente Neoclasicismo compostelano hubo de adaptarse a la estructura inferior, cuyas calles laterales sobresalen del muro como auténticas alas, y para no irrumpir la unidad compositiva tuvieron también de respetar los frontones partidos que derivaban lógicamente de esta clase de disposición. A partir de ahí, las columnas exentas cambiaron su orden al jónico y ganaron en esbeltez, el entablamento se redujo a una sucesión armónica y ordenada de dentículos, los vanos laterales se remataron con frontones curvos y los centrales con clípeos jacobeos, culminándose el coronamiento en un frontón curvo partido sostenido por moros atlantes (la versión masculina de las cariátides) sobre enhiestos pedestales y, en lo alto, una tríada formada por Santiago y dos reyes.

Lucas Ferro Caaveiro, diseño original para el ático de remate de la Fachada de Azabachería, 1762. Archivo catedralicio

No duró mucho en el cargo Domingo Lois Monteagudo, pues tal cual se terminó la Fachada de Azabachería en 1769 dimitió ante el disgusto provocado por su repentina elección, las presiones derivadas de ello y otras muchas decisiones que afectaron a la plantilla del taller, y la ignorancia que padeció hasta del propio arzobispo Rajoy (VIGO, 2020, p. 638); vamos, que no le quería nadie. Curiosamente, quien le sucedió como maestro de obras de la catedral fue el hijo de Lucas Ferro Caaveiro, Miguel Ferro Caaveiro, que permaneció durante su estancia desde 1772 hasta 1807, entrando con él en los albores del siglo XIX.

Bajo su mandato se dirigieron las reformas de la Capilla de la Comunión, antigua Capilla de Don Lope, entre 1771-1784, cuyas trazas pertenecen seguramente en verdad a Monteagudo, arquitecto que, aunque nadie quisiera reconocerlo, tenía un amplio currículum, la recomendación del mismísimo Ventura Rodríguez y el beneplácito de la RABASF. En esencia, lo que aquí vemos es una rotonda puramente neoclásica tanto en sus volúmenes como en su composición y rasgos estilísticos, firmemente articulada con un entablamento anular sustentado en ocho columnas jónicas, reservando los tramos de muro centrales a grandes arcos y los de esquina, más estrechos, se dividen en dos vanos. Por encima de la cornisa del entablamento, óculos y ventanas de medio punto alternan armónicamente en el redondo perímetro, quedando separados por pilastras cajeadas de las que arrancan los nervios de la cúpula, rematada por un óculo. Si se me permite decirlo, es un Panteón en miniatura.

Domingo Lois Monteagudo y Miguel Ferro Caaveiro, Capilla de la Comunión de la catedral compostelana, 1771-1784. Catedral de Santiago online

Quizás fue esta la última gran fábrica ex novo de la Catedral de Santiago de Compostela, a partir de aquí solo hallamos obras menores, pequeñas reformas y proyectos que no pasaron del papel, no restándole ello ningún interés, mas no es este el lugar adecuado para detenerse en cuestiones tan especializadas. Cabe decir que, desde el siglo XVI, se ocultaron cuidadosamente los restos del apóstol para evitar una posible incursión destructiva del pirata Francis Drake, y el sepulcro no fue redescubierto hasta 1879, debiéndole el logro a un grupo de canónigos a cuya cabeza se encontraba Antonio López Ferreiro, cuyos escritos constituyen una fuente valiosísima de información. La Bula Deus Omnipotens, emitida por el papa León XIII en 1884, certificó la autenticidad de las reliquias.

Es así como el Camino de Santiago revive una parte del apogeo que experimentara en los siglos centrales del Medievo, un nuevo resurgir que cobraría un paulatino e imparable crecimiento hasta que, a finales del siglo XX, se dispara el fenómeno jacobeo a niveles tanto o más grandes que los de los siglos XI y XII. Primero Juan Pablo II en 1982 y 1989, y luego Benedicto XVI en 2010, acudieron a la catedral santiaguesa en calidad de Papas peregrinos, viviendo en sus propias carnes y corazones la elación que una experiencia así produce; sus santas visitas quedaron inmortalizadas en una placa conmemorativa de bronce donde dan su bendición sendos bustos realistas.

Placa conmemorativa de la peregrinación a Santiago de los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI. Wikimedia Commons

A modo de epílogo, y por no querer extendernos más, no dejéis de visitar las fantásticas colecciones del Museo Catedral, formado por piezas que en muchos casos exceden la cronología de la propia fundación catedralicia, abarcando desde restos arqueológicos romanos hasta piezas del siglo XXI, procediendo los fondos de toda clase de acciones: ofrendas de peregrinos, adquisiciones del cabildo, encargos para suplir necesidades litúrgicas, donaciones reales, etc. Fue fundado en 1928 y el recorrido museográfico se plantea sobre todo en el ala occidental del claustro, habiendo experimentado cambios, remodelaciones y actualizaciones a lo largo de las décadas, la última realizada en 2011 con motivo del VIII centenario de la consagración de la catedral (YZQUIERDO PEIRÓ, 2017, p. 43).

El visitante que acude a estas salas no solo puede disfrutar de un recorrido cronológico por la historia de la catedral en los más de 800 años que han transcurrido desde que fue consagrada en 1211, sino que experimenta un viaje absoluto por todos los estilos y medios imaginables, desde orfebrería, pintura y piezas textiles hasta suntuosos tapices, confeccionados siguiendo diseños de grandes maestros como Rubens y Goya, gran cantidad de numismática y un copioso fondo bibliográfico. Punto a destacar es el Tesoro-Capilla de San Fernando, cuyo ítem más destacado es la custodia procesional, obra de Antonio de Arfe del siglo XVI.

Vista general del Tesoro-Capilla de San Fernando del Museo Catedral de Santiago. Catedral de Santiago online

En el recorrido museístico se incluye también la Capilla de las Reliquias y, por tanto, el Panteón Real; el retablo actual de 1921, que sustituye a uno del siglo XVI que se incendió (otro caso más), expone en su fachada joyas tan significativas como el Busto-Relicario de Santiago el Menor. Si hablamos de capillas, no hay nada mejor que concluir este apasionante recorrido, además de por las ya comentadas del Pilar, la Concepción y la Comunión, por otras no menos interesantes a nivel artístico, como la Capilla del Espíritu Santo, la Capilla Mondragón o la Capilla del Cristo de Burgos. Si toda esta visita la realizamos, además, bajo el aromático incienso de su solemne botafumeiro de 53 kg, cuyo ingenio pende de unas vigas del cimborrio y traza en sus vaivenes hipnóticas parábolas, la experiencia vivida en la Catedral de Santiago de Compostela la recordaremos vivamente hasta la última exhalación.

Capilla Mondragón de la catedral compostelana, presidida por un retablo con el Descendimiento. Wikimedia Commons

CONCLUSIÓN

Hazaña loable es la de llegar hasta el final de este ambicioso artículo, querido lector, pues, aunque se intente ser sintético, cuando la materia principal es una catedral, y cuando esta es, concretamente, la que rige la archidiócesis compostelana bajo la tutela del apóstol Santiago, la labor es difícil y laboriosa. No obstante su extensión, espero de corazón que la forma en que he decidido estructurarla, presentarla y diseccionarla te permita salir de nuestro humilde blog con unos aprendizajes que te hagan sentir mejor como persona por lo mucho que te han podido cultivar y cautivar a partes iguales.

Desde el hallazgo del sepulcro jacobeo por el obispo de Iria Flavia Teodomiro hacia el 820-830 y la temprana construcción de una basílica prerrománica en tiempos del rey asturiano Alfonso II, “el Casto”, pronto sustituida por una más espaciosa por Alfonso III, “el Magno”, pasando por las campañas constructivas de Diego Peláez (ca. 1075-1088), los años del maestro Esteban (1094-1101), la fase de Diego Gelmírez (1101-1140) y el remate occidental con el Pórtico de la Gloria del Maestro Mateo (1168-1211), hasta las obras posteriores, donde ocupan, como hemos visto, un lugar preeminente las intervenciones barrocas de maestros como Peña de Toro, Domingo de Andrade y Casas Novoa, no podría resultar más interesante la historia que ha jalonado el santuario apostólico gallego a lo largo de más de un milenio.

No es de extrañar, por ello, que la catedral compostelana haya sido protagonista de algunos destacados medios de la cultura popular, de los que citaremos únicamente dos. Primeramente, el videojuego The Waylanders, lanzado al mercado en 2022 por Gato Studio, que reconstruye digitalmente el posible aspecto de la Compostela medieval, pudiendo recorrer el complejo catedralicio desde la fachada occidental hasta la girola, observando cómo pudo ser el mobiliario litúrgico gelmiriano. En segundo lugar, tenemos la serie cómica Manos a la obra, bien conocida en la cultura española, y en cuyo capítulo 38 de la segunda temporada sus protagonistas, encabezados por los míticos Manolo y Benito (siempre discutiendo por quién aparece primero en las tarjetas), peregrinan hacia el templo santiagués para rogarle al santo que les lluevan chapuzas con que sacar adelante su pyme, ello tras aparecérsele a Benito el apóstol en el bar “La molleja” de Evaristo.

Que el apóstol Santiago esté con vosotros, que su estrella os guíe igual que ha guiado el camino de millones de personas que han encontrado en su cálida acogida las respuestas que estaban buscando, y, sobre todo, que este artículo te acompañe en tu visita física a la Catedral de Santiago de Compostela igual que a mí su redacción me ha permitido conocer una parte fundamental de nuestra Historia del Arte. La paz esté contigo y con tu espíritu.

FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

FUENTES

Liber Sancti Iacobi. Codex Calixtinus, trad. de MORALEJO, A., TORRES, C., y FEO, J., Santiago de Compostela, Xunta de Galicia, 2014 (1ª ed. 1951)

BIBLIOGRAFÍA

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YZQUIERDO PEIRÓ, R., Los tesoros de la catedral de Santiago, Santiago de Compostela, Teófilo, 2017

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Pintura

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CONTEXTO HISTÓRICO ARTÍSTICO

Aunque su apellido da cuenta de la que, probablemente, fuera la ciudad de su nacimiento, Domenico Veneziano (1438-1461) fue florentino de adopción y, por tanto, desarrolló la mayor parte de su obra a orillas del río Arno.

Fuera de donde fuera y más de 500 años después, Domenico es aún recordado como uno de los jefazos de la pintura renacentista en la primera mitad del siglo XV. Aun así, no es muy conocido popularmente al contrario de muchos otros, aunque sí se sabe que fue un tipo con influencia y se codeó con familias de alta alcurnia tanto en Florencia como en Umbría. Recordemos que si eso no era así, no pintabas ná de ná.

Por tanto, ya que es probable que no le tengáis muy controlado, paso a referenciar artistas más renombrados que sirvieron de inspiración y que, claramente, han pasado a la historia por marcar un nuevo renacer italiano. Donatello y de Luca della Robbia están presentes en base a sus ideales clásicos de belleza pero al servicio de la obsesión de estos eruditos del pincel: la perspectiva aplicada a la pintura pero especialmente al paisaje. Un precepto básico que caló en otro que andaba por allí y del que, seguro, has escuchado nombrar como Piero della Francesca. De hecho, el autor de una de las flagelaciones de Cristo más famosas, aparece en documentos como ayudante del propio Domenico en una serie de frescos de tinte religioso y continuados por otro virtuoso renacentista más: Andrea del Castagno.

El protagonismo que Domenico Veneziano otorga al paisaje en su obra sigue dando coletazos. Una teoría se inclina por el origen flamenco, otra prefiere atribuirlo a una formación en el norte de Italia y otra le atribuye el mérito directamente al ya mencionado Donatello.

ANÁLISIS FORMAL E ICONOGRÁFICO

Con permiso de ‘La adoración a los Reyes Magos’ custodiada en Berlín, el también conocido como ‘El retablo de santa Lucía’ (y no me extraña por lo extenso del título) es su obra maestra. Hay que tener en cuenta que lo que vemos aquí es solo una parte ya que está repartido entre varios museos. Además de la propia Galleria degli Uffizi en Florencia, el resto de piezas se almacenan en la National Gallery de Washington, la Gemäldegalerie de Berlín y el Fitzwilliam Museum de Cambridge.

Virgen con el niño en el trono y San Francisco, Juan Bautista, San Cenobio y Lucía

Como avanzábamos, en este caso no vemos paisaje como tal pero sí un escenario bello y cuidadoso que, además, pone de manifiesto el control y gusto de Domenico por la arquitectura renacentista florentina y, especialmente, el trabajo de Brunelleschi y su proporción, equilibrio, racionalidad y matemática. No sé si es la configuración de la escena, la armonía del color, los arcos apuntados, la mirada de la Virgen o el estilismo salvaje de Juan Bautista pero esta obra me seduce.

La Virgen, con gesto aburrido, protagoniza la escena ocupando la parte central de la composición sosteniendo por el trasero a un niño Jesús gordelas y en escorzo recordando a Masaccio.

Haciendo alusión a ese espacio mágico y estelar que reúne almas santas, se aprecia cierta complejidad temprana que lo distingue de un estilo anterior plano y ordenado individualmente. Aquí los personajes parecen establecer cierto diálogo en una composición creada a diferentes niveles y contrastes entre espacios abiertos y abovedados. ¿En algún momento has pensado en la ‘Anunciación’ de Fra Angelico? No vas desencaminado/a pero he de decir que aquí la luz es más natural, lo que reduce el misticismo y facilita la realidad. Basta con apreciar como esa luz parece reducir la rigidez de los mármoles dando plasticidad a la dureza. Esa luminosidad condiciona, además, el colorido recordando a la paleta de tonos pastel de los impresionistas.

Virgen con el niño en el trono y San Francisco, Juan Bautista, San Cenobio y Lucía

De hecho, y de nuevo aludiendo a Masaccio, las figuras son corpóreas, tienen volumen y, si ahora, volvemos a sumar a Donatello a la fiesta podemos encontrar explicación a que los protagonistas del cuadro parecen ser humanos, cotidianos. Sí, especialmente visible en Juan el que parece que llega a casa después de pasar la mañana en un after.

De este modo, puede decirse que el artista consigue aprovecharse de la tardía elegancia gótica aún reminiscente junto al triunfo de la perspectiva galopante actuando como preludio al propio Piero della Francesca que termina de dar el pelotazo en esta línea.

CURIOSIDADES

Como no puede decirse que Domenico fuese el más popular de la clase, faltan bastantes alusiones a lo que fue su vida y andanzas. Por ello, veamos qué escribe sobre el pintor el Lidia Lozano de la época, Giorgio Vasari.

Veneziano, en la recta final de su carrera y ya ejecutando la que sería su última obra, era famoso y admirado por sus mezclas de colores. Tanto es así que voces afirman que fue el primer pintor en utilizar el aceite en la Toscana y que, de buen rollo, habría compartido esta técnica secreta con su ayudante Andrea del Castagno. Sin embargo el cronista del Renacimiento por excelencia, Vasari, lo pone en duda afirmando que Andrea habría sido capaz de matar a Dominico para mantener el secreto para sí mismo.

La realidad es que no existe evidencia histórica de que nuestro protagonista fuera el primero en utilizar el óleo. Andrea murió cuatro años antes que el propio Dominico.

Y cuál fue su última obra. Una que cuelga de las paredes de Santa Croce: ‘Santos Juan Bautista y Francisco’ (1454). Y que, además de poder demostrar la evolución en la propia ejecución de las figuras incluyendo expresión en sus rostros, apuntala una consistencia iconográfica ya que este Juan es igual al que pintara en el retablo de Santa Lucía.




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